A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Todo documento de la cultura es, al mismo tiempo,
un documento de la barbarie.
—Walter Benjamin

 

Confieso que soy un amante del Museo Nacional de Antropología. En los años en los que viví fuera de México no había regreso a casa sin por lo menos una visita; desde mi repatriación, el museo se ha convertido en una parada obligada en el recorrido que les doy a los amigos extranjeros que vienen a visitarme. Es un enorme placer llevar a alguien a ese sitio por primera vez, poner un pie en la sala de los mexicas y decir, con un amplio gesto de la mano: “Éste es mi país”. Tengo incluso una pieza favorita: el espejo negro de Tezcatlipoca. Me gusta pararme frente a la vitrina y mirarlo largamente, haciendo el esfuerzo de lo que Giambattista Vico llamaba penetrar en el pasado: imaginar a los seres humanos que imaginaban el porvenir como un oscuro reflejo en un trozo de piedra pulida.

Este amor por el museo —por sus colecciones, por su curaduría, por los admirables profesionales que han dedicado su vida a la preservación de los monumentos del pasado— es la razón por la cual escribir este ensayo resultará difícil. Mi intención, siento decirlo, es excavar en las raíces amargas de uno de mis lugares más queridos. El Museo Nacional de Antropología, para decirlo en corto, debería de llamarse el Museo de la Destrucción de las Indias. Entre las sombras que proyectan sus piezas se esconde un proceso ideológico fascinante y peligroso: la transformación de una de las catástrofes más terribles de la historia universal en un pasado digno de orgullo. Es cierto que en la colección hay un par de piezas que ilustran el horror de la Conquista —pienso en la escultura mutilada cerca de la salida de la sala mexica— pero la retórica del museo tiende a minimizar, si no es que a pasar por alto, la enorme violencia de la historia que pretende recordar.

Ilustraciones: Izak Peón

La pregunta es, más bien, cómo es que el museo consigue transmutar una colección de trofeos ensangrentados en una serie de monumentos que halagan a todos los mexicanos, tanto a los que descendemos de los conquistadores como a los herederos de los conquistados. La respuesta, creo yo, yace en las intenciones de sus fundadores corporativistas, aquellos reaccionarios subterráneos. Para explorar esta posibilidad, quisiera leer con detenimiento el discurso que el poeta Jaime Torres Bodet, por esas fechas secretario de Educación Pública, pronunció durante la inauguración del recinto en 1964. Se trata de un texto pedante y plagado de lugares comunes, pero que constituye algo así como la traducción literaria de la arquitectura del museo. Entre su tupida selva retórica se oculta una revalorización de dos ideas funestas: la sangre y la tierra, esas categorías fundamentales de la derecha más peligrosa. Si el nacionalismo revolucionario de México es en efecto el “hermano menor” del fascismo europeo, como sugerí el año pasado en estas páginas, entonces el Museo Nacional de Antropología es la versión arquitectónica del Triunfo de la Voluntad.

 

Leamos, entonces, el discurso de Torres Bodet. El señor secretario comienza con su habitual grandilocuencia:

El gran edificio austero, de sobrias líneas y espacios nobles (…) abre sus puertas esta mañana. Y las abre, en septiembre, en Chapultepec. Tierra egregia la de estos sitios, cerca de la colina inmortalizada por la pasión de los Niños Héroes (…) ¿Y qué momento mejor para el acto que nos reúne? Septiembre es el mes en que nuestro pueblo conmemora su independencia y engavilla, como su recolección el labriego, la cosecha moral de su libertad. Al evocar su pasado, México mide el tamaño de su presente y (…) se proyecta hacia el porvenir.1

Desde el primer momento queda claro que el discurso de Torres Bodet tiene un propósito ritual. El énfasis en la fecha encuadra a la inauguración del museo en el calendario eclesiástico de la religión cívica mexicana: no se trata del aniversario de la caída de Tenochtitlan, sino el de una Independencia consumada siglos después. El propósito del rito consiste en afirmar —o mejor: establecer— una continuidad ininterrumpida en la historia de México. Al inaugurar el museo, el régimen corporativista incorpora a las civilizaciones precolombinas a una línea del tiempo cuya culminación es el régimen mismo. El pasado indígena se convierte entonces en prólogo del presente posrevolucionario. Lo curioso del asunto, por supuesto, es que esta incorporación supone menos una “proyección hacia el porvenir” que una proyección del pasado reciente sobre el pasado remoto: septiembre no se convirtió en un mes significativo sino hasta el siglo XIX. Lo mismo puede decirse de la “pasión de los Niños Héroes”: en términos históricos, la invasión estadunidense no nos dice nada sobre los mexicas; en términos simbólicos, sin embargo, la defensa de Ciudad de México en 1848 se convierte en un eco de la defensa de Tenochtitlan en 1521.

La pregunta que surge es cuáles son los vasos comunicantes entre el presente, el pasado reciente y el pasado remoto que le permiten a Torres Bodet proyectar a la Independencia sobre las civilizaciones precolombinas. La primera mitad de la respuesta queda en evidencia en el pasaje que citamos arriba: los mexicanos contemporáneos quedamos unidos a los pueblos precolombinos porque habitamos la misma “tierra egregia” donde vivían los antiguos mexicas y mayas. La segunda mitad, sin embargo, no aparece sino hasta el siguiente párrafo:

A todas horas y en todas partes, somos los hombres historia viva (…) ímpetu que, de pronto, al realizar la menor acción, revela un impulso antiguo, callado e insobornable, y obtiene para nosotros (…) victorias póstumas, según contaban quienes creían en las batallas que, incluso muerto, ganaba el Cid. En el día de honrar a los creadores de tantas culturas decapitadas, mencionar a un campeón de España podrá tal vez sorprender a algunos. Aunque no veo por qué razón. Sangre de España corre también por las venas de millones de mexicanos.

Dejemos de lado por el momento la mención del Cid, tan chocante que el propio Torres Bodet se siente obligado a justificarla. Además de la tierra, el otro vaso comunicante que permite establecer la continuidad de la historia de México es la sangre que corre por las venas de los mexicanos. Tenemos entonces que el discurso de Torres Bodet establece explícitamente que el fundamento de la nacionalidad mexicana es la continuidad histórica de su Blut und Boden: las mismas categorías con las que los fascistas europeos justificaban la exclusión —y, al final, el exterminio— de los Otros y los Extranjeros.

Pero ¿no es injusto acusar a Torres Bodet de fascismo simplemente por insistir en la importancia de la sangre y la tierra? Después de todo esas son las categorías a través de las cuales los Estados definen la ciudadanía: jus solis en el caso de los países que la otorgan por el simple hecho de nacer dentro del territorio nacional; jus sanguinis en el caso de aquéllos que la reservan para los hijos de ciudadanos. Tal vez, pero tenemos que recordar que el contexto ideológico de Torres Bodet estaba peligrosamente cerca del fascismo. El poeta inició su larga carrera en el servicio público como secretario particular de Vasconcelos, ese “olvidado nazi mexicano”, como lo llama Héctor Orestes Aguilar.2 Por lo que valga, Torres Bodet mismo parece intuir que está jugando con fuego:

Nuestra vinculación con semejantes realizaciones no podría pensarse exclusivamente en términos geográficos (…) Ni podrá pensarse tampoco, exclusivamente, en términos étnicos, porque circule en las arterias de nuestro pueblo sangre que un día acompañó el pulso de Netzahualcóyotl (…) Las circunstancias de vivir en la misma tierra y de haber recibido (…) el caudal de la misma sangre, ¿bastan, acaso, para allanar el secreto de los anhelos que estas culturas sintieron intensamente, y que, a su modo, soñaron y proclamaron?

La pregunta retórica al final del párrafo parece anunciar la existencia de un tercer vaso comunicante, uno que excedería a la sangre y a la tierra. El problema es que la respuesta que Torres Bodet ofrece a su propia pregunta es tan vaga y etérea que se deshace en el aire:

Porque el hombre no es sólo una reacción frente al lugar donde nace (…) ni es tampoco una pasiva entidad subordinada al rigor de la biología (…) Contestación vulnerable, y en ocasiones imprevisible, a las exigencias del medio que lo circunda y al llamado de su linaje, es el hombre también hipótesis sin descanso, invención sin tregua, creación perenne y descubrimiento incesante de los enigmas que le propone su propia esfinge en la ondulación —luminosa y sombría— del universo.

Nótese cómo el vocabulario del discurso tiende a la abstracción a lo largo del párrafo. Decir que “el hombre” es la colección de sus respuestas a su ambiente tiene cierto sentido, pero confieso que no tengo la más remota idea de a qué se refiere el poeta cuando habla de “la ondulación —luminosa y sombría— del universo”. En el momento en el que Torres Bodet trata de complicar sus imágenes para alejarse del Blut und Boden, su texto naufraga en la incoherencia. Quizás sea por esto que el discurso retoma casi de inmediato sus metáforas originales:

La historia es irreversible. Al pronunciar la palabra Patria, no sugerimos por cierto un regreso utópico a la Liga de Mayapán (…) Sin embargo, nuestra visión general de México resultaría arbitraria y falsa si no admitiéramos francamente que (…) la tierra que nos sustenta [fue] el marco de una evolución singular, de cuyos trofeos debemos reconocernos depositarios agradecidos y respetuosos.

Aquí aparece una nueva metáfora: la sangre y la tierra nos hacen los “depositarios agradecidos” —es decir: los herederos— de los “trofeos” de las civilizaciones prehispánicas. La imagen que emerge es la de una descendencia familiar: el museo resguarda el legado que nos dejaron nuestros abuelos étnicos y geográficos. El problema, por supuesto, es que la metáfora de la herencia presupone la misma continuidad histórica que Torres Bodet establece en los primeros párrafos. A manera de ilustración, va otra pregunta retórica: ¿con quién debemos sentirnos agradecidos? ¿Con los creadores de los trofeos o con sus destructores?

El propio Torres Bodet parece intuir este dilema. El vocabulario con el que adjetiva a las civilizaciones prehispánicas —“decapitadas”, “interrumpidas”— traiciona una cierta conciencia de la enorme violencia de la Conquista. Es precisamente por esto que el poeta se ve obligado a enfatizar, una vez más, la continuidad de la historia de México, una continuidad que no admite ni siquiera la ruptura de la destrucción de las Indias:

Aplastadas por los vencedores (…) las culturas indígenas no desaparecieron jamás del todo (…) Por eso, junto a las joyas de la escultura (…) nuestros colaboradores buscaron el acompañamiento antropológico indispensable: fondo histórico y etnográfico (…) que comprueba la permanencia de ciertos hábitos, vivos aún, en las tradiciones de numerosas comunidades de la República.

El problema que surge aquí es que la supervivencia del pasado en el presente no discrimina entre lo bueno y lo malo. Torres Bodet es incapaz de ver que el hecho de que ciertas tradiciones indígenas sobreviven en nuestros días implica que la violencia de la Conquista también persiste en el presente, ya no se diga de interrogar la posibilidad de que el museo resulte, él mismo, parte de la expresión contemporánea de esta violencia. Así como Torres Bodet afirma la unidad orgánica del “pueblo mexicano” al mismo tiempo que establece una diferencia implícita entre “los indios” que mantienen sus tradiciones y aquellos mexicanos en cuyas venas corre la sangre del Cid, así el museo pretende abordar a todos los mexicanos en el mismo momento en que los divide entre aquéllos que observan a las exhibiciones etnográficas y aquéllos a quienes dichas exhibiciones pretenden representar. Como Mario Arriagada sugirió en estas páginas hace unos años: “Para este museo, que aún vive de la preservación de una idea particular de lo indígena, el mejor indio es el indio maniquí”.

Esta ceguera frente a la persistencia de la Conquista le permite a Torres Bodet afirmar una serie de falsedades sumamente dañinas: “Es fuerza, en nosotros, el mestizaje. Avanzamos, por la afirmación de lo nacional, hacia la integración de lo universal. Nuestra vocación no se encuentra desfigurada por prejuicios étnicos o geográficos”. Aquí tenemos, en toda su claridad, la operación ideológica que aún hoy les permite a algunos negar que México es un país profundamente racista: si todos somos mestizos, es imposible que nos despreciemos los unos a los otros.

Siento decir que la cosa se pone peor. Un poco más adelante, Torres Bodet parece responsabilizar a las civilizaciones precolombinas de su propia destrucción:

El mundo intelectual y moral que expresaron los creadores de las culturas representadas en estas salas sucumbió (…) porque los acontecimientos lo sometieron a la más dramática de las pruebas: la de luchar contra algunas técnicas superiores. La poesía, el denuedo, la intrepidez en el combate y el estoicismo ante la muerte (…) no bastaron a compensar, en la hora de la invasión, lo que Spengler llamó “falta de voluntad de potencia técnica”.

Resulta que la derrota de los mexicas se explica no por la viruela o el sarampión, sino por su incapacidad de encauzar su voluntad al desarrollo de la tecnología en lugar de al cultivo de la poesía y la ética del guerrero suicida. Pero ¿cuál es el objetivo ideológico de esta negación del racismo mexicano? ¿Para qué quiere el régimen corporativista insistir en la continuidad de la historia a través de la sangre y la tierra? Otro párrafo del discurso nos ofrece algunas pistas:

México parece destinado a un deber de orden universal (…) Colocado en un punto clave del espacio y del tiempo, México tiene plena conciencia de sus responsabilidades como nación (…) Por los orígenes de su población, es un puente histórico entre las tradiciones americanas precolombinas y las europeas del orbe mediterráneo (…) Ahora bien, la audacia de todo puente supone una garantía: la solidez de su estructura. México no lo ignora. De ahí su voluntad de conciliación patriótica.

La palabra clave de este pasaje es conciliación. Se trata, quisiera sugerir, de un desliz: la elección del término resulta curiosa cuando recordamos que Torres Bodet acaba de negar que en México existan prejuicios raciales. Si los mexicanos, en efecto, no nos odiamos los unos a los otros, ¿por qué necesitamos reconciliarnos? El proyecto del museo se nos revela entonces como lo que es: un intento de barrer bajo la alfombra las enormes tensiones que existen entre los mexicanos que descendemos de los invasores europeos y aquéllos que descienden de los invadidos; de esconder las rupturas de nuestra historia detrás de una gruesa capa de retórica vacía. El corporativismo mexicano, como el fascismo europeo, quiere concebir a la nación como una unidad integral e idéntica a sí misma. La apelación a la sangre y la tierra tiene como fin último afianzar la supremacía ideológica del partido total que Vasconcelos no pudo fundar, pero que sus herederos priistas construyeron con enorme éxito: dentro del partido, todo; fuera del partido, nada —ni siquiera las ruinas prehispánicas, mucho menos los Otros que pertenecen a las naciones indígenas—.

Torres Bodet cierra su discurso haciendo eco de su amigo de la adolescencia, Carlos Pellicer, quien dedicó el final de su primer gran poema político al último tlatoani de Tenochtitlan:

Pienso en Cuauhtémoc. Un día de agosto, cuatrocientos cuarenta y tres años antes de éste, vio caer la capital de su heroico imperio. La defendió (…) contra el sentido de sus presagios, contra la fuerza de sus leyendas, contra el pronóstico de sus dioses. Los tesoros que no entregó están representados aquí (…) Por los tesoros que no entregó fue llevado al suplicio injusto. Se estremecieron, bajo sus plantas, lenguas de fuego. Pero el silencio de Cuauhtémoc resuena aún (…) La ceremonia que nos reúne lo confirma admirablemente: Cuauhtémoc no murió en vano.

El sentimentalismo de Torres Bodet no debería cegarnos a lo evidente: en realidad no importa si Cuauhtémoc entregó sus tesoros o no, pues en todo caso le fueron arrebatados. El señor secretario, quien claramente sabía una o dos cosas de retórica, cierra el círculo de su discurso como lo abrió: apelando a un héroe. La falsedad de la “conciliación patriótica” que Torres Bodet ve reflejada en el museo se nos revela con claridad cuando intentamos reconciliar al Cid con Cuauhtémoc. Al ensayar resolver la contradicción entre los dos héroes —contradicción a la que he llamado la Cuestión Criolla—, el poeta no tiene otra opción que echar mano del mestizaje: ese mito que pretende hacernos olvidar la violencia de nuestro pasado mediante una insistencia en la continuidad espuria de la sangre y la tierra.

 

Tenemos entonces que el Museo Nacional de Antropología —o al menos la versión del museo que Torres Bodet ayudó a inaugurar, que es importante admitir no es exactamente la misma que existe hoy— es otro ejemplo más de una de las adicciones centrales de la reacción subterránea: el tipo de historia al que Nietzsche llamaba “monumentalismo”. Esta aproximación a la historia, cuya versión mexicana debemos a Vasconcelos y en menor grado a Pellicer, no busca esclarecer la verdad de los hechos pasados, sino inspirarnos a realizar grandes hazañas en el presente. Torres Bodet lo dice explícitamente en un vocabulario que recuerda a los eslóganes electorales del morenismo: “[Una de las funciones del museo es] la de inspirar a los mexicanos, junto con el orgullo de la historia heredada, el sentido de su responsabilidad colectiva ante la historia que están haciendo y la que habrán de hacer en el porvenir”.

El problema, según Nietzsche, es que la historia monumental implica una deformación del pasado. Veamos ahora algunos pasajes de la segunda Meditación Intempestiva:

Mientras que el pasado se escriba como algo digno de imitación (…) la historia está en peligro de adulterarse, de verse reinterpretada como algo más bello de lo que es (…) El pasado mismo sufre entonces daños: partes enormes quedan olvidadas, despreciadas, fluyendo como una inundación gris y sin interrupciones, de la cual surgen como islas un puñado de hechos embellecidos.3

Así, quisiera aprovechar que estamos de nuevo en septiembre, la pascua de nuestra religión nacionalista, para proponer un cambio radical en nuestra actitud frente al pasado. En lugar de la historia monumental, propongo una revaloración de lo que Nietzsche llamaba “historia crítica”, aquélla que “arrastra al pasado frente al tribunal de la justicia, lo investiga meticulosamente, y finalmente lo condena”:

Cuando analizamos al pasado críticamente, lo atacamos a cuchilladas desde la raíz (…) Dado que somos el producto de las generaciones pasadas, somos también el producto de sus aberraciones, pasiones, errores e incluso sus crímenes (…) En el mejor de los casos, inventamos un conflicto entre la naturaleza que hemos heredado y el conocimiento que hemos adquirido (…) Cultivamos así un nuevo hábito, un nuevo instinto, una segunda naturaleza, de manera que nuestra naturaleza original se atrofia y muere. Se trata de un intento de darnos a nosotros mismos un pasado a posteriori, a través del cual podemos oponernos al pasado del que descendemos.

Con estas consideraciones en mente, quisiera volver a la idea con la que abrí este ensayo: ¿qué pasaría si en lugar de un Museo Nacional de Antropología que apela a la sangre y la tierra tuviéramos un Museo de la Destrucción que se enfrentara críticamente a la primera gran ruptura de la historia de México? ¿Qué le sucedería a nuestra narrativa nacional si tomáramos como punto de partida la idea de que el hecho fundacional de México fue un holocausto? ¿Si, en lugar de ensalzar versiones melodramáticas de la Independencia, la Reforma, y la Revolución, hiciéramos un esfuerzo sincero por entender la magnitud de la catástrofe de la Conquista? ¿Si, en lugar de insistir en una continuidad orgánica entre Tenochtitlan y la supuesta Cuarta Transformación, aceptáramos que la nuestra es una historia de rupturas y catástrofes, los tropiezos de un ciego que busca el paraíso pero no avanza más que en círculos?

De adoptar una postura verdaderamente crítica frente a nuestra historia, muchos de los problemas que hoy nos asedian se nos revelarían no como aberraciones o retrocesos, sino como la consecuencia natural de nuestro pasado. México es violento —México siempre ha sido violento— porque es un país fundado en la destrucción de una civilización a manos de otra. Las causas profundas de nuestra desigualdad se esconden en el robo a mano armada del tesoro de Moctezuma; las de nuestra corrupción, en la burocracia imperial que inventamos para administrar la violencia del colonialismo. Es por esto que nadie parece ser capaz de “arreglar” a México: la raíz de nuestras cuitas es tan profunda que la única manera de extirparlas sería, como Nietzsche apunta con lucidez, condenarlo todo o casi todo. Para ser justo, México tendría que dejar de ser México.

La historia de nuestro país —y quizá también la historia universal— no es épica sino trágica: Cuauhtémoc murió en vano. Pero entonces, ¿cómo vivir? ¿Cómo no rendirse a la desesperación después de aceptar que nada en nuestro pasado es digno de orgullo? Ese es el reto que la historia crítica nos presenta: tenemos que hacer un intento sincero de redimir el presente, de romper con el pasado, de inventarnos una nueva naturaleza para reemplazar la que hemos heredado y que nos condena a la infelicidad. De lo contrario, nos arriesgamos a seguir construyendo monumentos a la violencia o a la derrota. Prueba de nuestra persistencia en este error es el mal llamado Tren Maya, que no es otra cosa que una enorme expansión del Museo Nacional de Antropología.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.


1 Todas las citas del discurso provienen de: Torres Bodet, J. Obras escogidas, FCE, México, 2015, pp. 1138-1144.

2 Aguilar, H. O. “Ese olvidado nazi mexicano de nombre José Vasconcelos” en Istor, CIDE, México, año VIII, núm. 30, Otoño 2007.

3 Véase: Nietzsche, Friedrich. Untimely Meditations. Cambridge, Reino Unido, 1997. La traducción de los pasajes citados es mía.

 

5 comentarios en “El secreto del Museo Nacional de Antropología

  1. NO lo tengo de cierto, por ser una narrativa familiar. Más lo relevante está en la decisión de construir tan digno y amado recinto en ese lugar cuando los museos locales eran menores en el que apilaban historias sin contarlas. Es cierto, que toca gestionar la grandeza que en alguna parte se extravío entre tanta medianía para tener el extracto aquel sin el dominio del invasor resurgir la creatividad de la autonomía nacional.

    • Cuando niño quede fascinado con el museo de antropología. Yo insistía en ir también al de historia natural e imaginaba que seria aun más fantástico…vaya decepción y tristeza. Supe entonces el tipo de país en el que vivía.

  2. En síntesis: un pueblo que vivía en la edad de piedra fue dominado por un pueblo que vivía en la edad de bronce.

    Donde esta el mérito y la épica?

    A alguien le extraña que esa amalgama no logre entender que ahora es la época del silicio?

  3. Cuando niño quede fascinado con el museo de antropología. Yo insistía en ir también al de historia natural e imaginaba que seria aun más fantástico…vaya decepción y tristeza. Supe entonces el tipo de país en el que vivía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.