A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Las crisis no siempre están limitadas por el tiempo, los momentos de falta de equilibrio pueden convertirse en el estado de las cosas. Dejar de ser episodios. Adoptar los favores de la permanencia que diluyen la alarma de las embestidas porque ya todo es embestida. Hay crisis que se perciben como eventos, otras son fenómenos. Ninguna inestabilidad se equilibra con la perpetuidad o costumbre al desbalance; la conciencia de su gravedad cambiará según la interpretación de los hechos, aunque los hechos no se modifiquen y con ellos la crisis se mantenga.

La estabilidad de una crisis no le quita su condición, sino que aumenta el deterioro. Con él, llegan nuevas formas de la inestabilidad, emergencia o rompimiento de posibilidades. Éstas cobrarán urgencia y se adueñarán de la atención, pero, incluso si sus consecuencias llegan a ser trágicas, se tratarán de síntomas. Las crisis tienden a ser síntomas de una previa. Desatendida, habitada, impuesta por su propiedad y control de aquello que la rodea: un entorno definido por la estampa de la crisis.

Ilustración: Víctor Solís

Las crisis son entornos, eventos y pueden ser fenómenos. Siempre dependientes de la conciencia sobre ellos. Sin conciencia de lo disfuncional en las sociedades o en sus condiciones, pueden existir sectores que en su interpretación nieguen las crisis que viven o preocupan a otros sectores, parte de la misma sociedad. De esta forma, las crisis también pueden entenderse como una mala perspectiva sobre el futuro común. Son susceptibles a dejar la limitación temporal de lo presente y lo tangible para adoptar formas silenciosas en espera del instante en el que cobrarán saldos: las crisis políticas.

Tendemos a prestarle atención a las crisis políticas cuando conquistan los terrenos de la estridencia. Parlamentos incapaces de llegar a acuerdos, órganos gubernamentales que se contradicen y chocan entre las múltiples jerarquías de sus propios aparatos. Imposibilidades de gobernanza. Olvido de proyectos, exigencias y rigor. Desdibujo de representatividades ganadas. Todas ellas, con la amplitud de desgracias que pueden provocar, encuentran una versión aún más peligrosa en la discreción.

Pocos escenarios de crisis política deberían de preocupar más que la pérdida del espacio para administrar las diferencias. La frecuencia del extravío en latitudes variadas se asemeja a un fenómeno y en sus orígenes, se encuentran desde la ingenuidad política al malentendido de lo público. La indiferencia a conceptos base de la administración social como lo son el bien mayor y el mal menor. Sin embargo, ninguna relación es más perversa y tiene mayor peso en este deterioro que las nociones de identitarismo que no observan pudor ni límite para manifestarse, a pesar del costo social que cargan. Aparecerá la crisis política si las percepciones de cada grupo cultural, ideológico, gremial, etcétera, deciden ignorar las inquietudes ajenas y transforman las propias en bandera de irreductibilidad.

Ese es el entorno que hemos construido por décadas en México y se ha amplificado en los últimos años. Aquí nadie está interesado en administrar las diferencias. Las consecuencias pueden ser variopintas y de muchas jerarquías. No es un escenario privativo de lo nacional y encuentra espejos de distintos aumentos en otras naciones.

La pérdida del espacio para administrar las diferencias fue caldo de cultivo para que, en Estados Unidos, se dispersara con facilidad el discurso irracional de Donald Trump. Ese mismo entorno, ataviado de indiferencia, ineptitud e irresponsabilidad, vio su cara criminal en la explosión que destruyó el puerto de Beirut y parte de la ciudad.

Siempre, cuando desaparece la política surge la violencia. De algún tipo. Provocada por la ausencia del Estado como ocurrió en el caso libanés. Discursiva, punitiva y xenófoba en el estadunidense. Criminal y aniquilador en la guerra civil siria.

En cada uno de los ejemplos similares se verá el rastro de estructuras diseñadas en respuesta a un momento histórico que, con el tiempo, producen escenarios para la repetición de lo dañino y de lo que, en un principio, quizá se buscó contener.

Durante los últimos nueve años, mi cercanía con Siria me ha llevado a tomarla como el epítome de la barbarie en tiempo modernos. La expresión de lo no aprendido del siglo XX y el resultado de todos los vicios posibles en el mundo entero. Dichos vicios fueron adquiriendo nuevos y no tan nuevos modos conforme la guerra se estableció en statu quo para el país de mis orígenes familiares y herencia. La imposibilidad de administrar las diferencias en otros lugares llevó, en voces que nunca arrojaron una mirada al país, pero tenían demasiadas certezas sobre los propios, a la justificación de una dictadura o a la invención de una democracia siria que ni siquiera ha existido en apariencias.

Sin conciencia externa sobre la tragedia y sus causas, se ha hecho imposible preservar la angustia pública por el desastre.

Con sus seis mil heridos, par de centenar de muertos y kilómetros de destrucción, la explosión de una bodega portuaria en Beirut se convirtió en el ejemplo paralelo de los costos que produce esa imposibilidad de administración de diferencias. Exhibición parte de los vicios regionales y, en simultáneo, reflejo de algunos que componen la vida política del país donde decidí vivir. La famosa y excesivamente adornada hermandad entre México y Líbano abraza elementos poco virtuosos que dan pistas para pensar en necesidades compartidas.

Aquella explosión, sus casi tres mil toneladas de material confiscado seis años atrás y arrojados al olvido, son el síntoma de un sistema diseñado para disfuncionalidad política. Las protestas que sacaron a miles a las calles libanesas desde los últimos meses de 2019 orillaron a la sustitución del entonces primer ministro. Otro ocupó su lugar y tras la hecatombe presentó éste también su dimisión. Se le pidió mantenerse en el cargo para fungir de guardián en la construcción de un nuevo gabinete. No existe una sola razón para no anticipar que los resultados serán repetitivos.

La estructura política libanesa es producto, en gran medida, de los acuerdos posteriores a la guerra civil que destruyó el país de 1975 a 1990. La destrucción alcanzó todos los niveles imaginables. Con la intención de secularizar la política de un país con pulsiones sectarias, se estableció la distribución de cargos por afinidades religiosas. Por fuerza, culturales. Tres décadas después el sectarismo es norma política. Cada quien defiende sus propios intereses y percepciones, anulando las demás. Una estructura que exige romperse para cambiar y transitar a un entorno de normalidad. La no crisis.

En México, nuestra estructura política obedece a un pasado que a menudo imaginamos más glorioso de lo que la historia rigurosa admitiría. Seguimos hablando de una incipiente democracia. Pasan las décadas y es imposible dejar de considerarnos en los años de formación que se transformaron en una escuela permanente de la que nunca salimos.

México no pasó por una transición de sus estructuras de disfuncionalidad, raíces en cada aspecto de descomposición. No hemos tenido un gobierno o la intención de hacer un paréntesis transitorio que renovará estructuras. El reciclaje de nombres y formas obliga a situarse una espiral de la que no escapamos. Los aires de renovación caen invariablemente en antiguos personajes. El sustento de los símbolos parece tan poderoso que con ellos se intenta, y muchas veces se logra, colocar a la administración de lo público por encima de la ley mientras se renuncia a la legalidad y a lo público. Lo de todos los diferentes. Si el inicio del milenio fue una promesa inconclusa, al cambio de poderes de 2018 ya es prudente considerarlo el gran desperdicio de oportunidad en la historia política mexicana.

Por un momento, breve, hubo la posibilidad de establecer una ruta que funcionara como paréntesis. En cambio, el convencimiento tan recurrente de nuestros gobiernos a ser una solución absoluta a todos los males impidió la menor consideración al periodo de transición que exigen las realidades descompuestas. Esas en crisis continua.

Como en el caso libanés, el mexicano insiste en la modificación de estructuras que no pueden reconfigurarse si se siguen viendo como solución. Los cambios de leyes terminan por ser aplicaciones de figuras retóricas que quieren diferenciar lo ilegal de lo alegal. Lo fuera de la ley que sólo se ampara en la visión de un uno sobre los demás. Sólo que en el manejo del Estado nada puede ser alegal sin contradecir su naturaleza máxima: ser el espacio donde podemos convivir quienes no tenemos más razón para hacerlo que compartir un lugar que nos obliga a administrar aquellas diferencias.

Un gobierno de transición, definido por su desinterés en la historia —lo que lo llevará a la Historia—, es la única opción para romper con la inercia de nuestras imposibilidades. Un gobierno que se considere un puente, no una novedad, un salvador o una promesa. Un gobierno que renuncie a ser algo más que quien pone la mesa para un futuro que no lo contemple. Un gobierno capaz de proponer reformas contra sí mismo, porque se sabe producto de la anormalidad que lo envuelve. Aquí, en Siria, en Líbano, en Estados Unidos. En cada lugar donde dejamos de hablar de República y de ciudadanos.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado FatimahCasa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.