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Paul Wittgenstein, sobrino del filósofo vienés, trabó una buena amistad con el dramaturgo Thomas Bernhard y, en cierto momento, aquél le anunció a Bernhard que a su entierro asistirían doscientas personas y que él debería pronunciar el discurso funerario. No fue así; al cementerio acudieron una docena de personas y el dramaturgo no pudo asistir, pese a la buena amistad que se había creado entre ellos. No he logrado olvidar este pasaje de El sobrino de Wittgenstein, puesto que no albergo dudas acerca de lo decepcionantes que suelen ser los sepelios. Como si ninguna alegoría o despliegue funerario tuviera la más remota posibilidad de aproximarse a la gravedad que en la mente despierta la noción de la muerte: la espera del día en que la rama del árbol se enredará en nuestro cuello. No hay manifestación humana capaz de aproximarse a la eternidad, esa infame concepción del tiempo creada por la imaginación humana. Los funerales son decepcionantes porque no están a la altura del dolor metafísico y mucho menos de la literatura. Son similares a los desfiles pueblerinos en donde la única virtud es la repetición tradicional y el despliegue de una inventiva ingenua. Es posible que en la literatura haya dos funerales —y un gesto— que me impresionaron a un grado superlativo. El primero de ellos tiene lugar en Carpe Diem, la novela de Saul Bellow, y en donde Wilhelm, un personaje hundido en sus fracasos y víctima de sus proyectos destruidos, entra por error a un funeral ajeno y hasta entonces llora amargamente por la muerte del desconocido: un llanto sentidísimo y desgarrador que alcanza las regiones más sensibles del corazón humano. Es evidente que Wilhelm se lamenta de sí mismo y libera su profundo dolor ante el ataúd de un extraño. Sólo de esa manera podría uno enfrentarse al desasosiego de su propia muerte. El otro funeral se narra en Hotel Savoy, de Joseph Roth, en un pasaje donde, según recuerdo, un burro se encuentra entre los asistentes al entierro del malhadado. Se trata de la muerte de Santschin, un personaje de vodevil en Hotel Savoy. Cuando Santschin, el payaso y animador muere, entonces su asno, August, que lo acompañara en sus correrías lúdicas, decide asistir también al entierro: “Con arreos negros, de luto, y con las orejas caídas, el asno permaneció inmóvil. Inmóvil junto al borde de la tumba, y todo el mundo se puso a su alrededor sin atreverse a apartarlo”. La presencia del asno en el entierro de su amo y compañero me conmovió a un extremo que podría considerarse cercano a la gravedad que supone en mi ánimo la noción de la intangible muerte. Sólo la mirada de un burro podría acercarse a la representación de un dolor que me imagino es capaz de causar el deceso de un ser humano: sus ojos tristones, sus orejas gachas, sus sentimientos más allá de toda literatura y pantomima humana. Llorar en el sepelio de un desconocido, observar a un burro asistiendo a un entierro; he allí los dos únicos funerales que me han conmovido de manera ontológica y profundamente humana. Si la tragedia del ser humano es su conciencia, esta conciencia se revela en toda su dimensión en esta clase de funerales.

Ilustración: Kathia Recio

Cuando asistí al funeral de mis padres no sucedió nada extraordinario. Era yo el hijo mayor y debí de mantener un cierto protocolo. Lo hice pese a estar ebrio, desconcertado y desorientado. Se trataba de un dolor puro e inédito, pero siempre predecible. Y aunque el paso de los años no aminoró la sequía de su ausencia, su muerte no me produjo una experiencia fuera de lo meramente mortal, más allá de saber que la orfandad tan temida había llegado y de que su sola espera conformaba ya la sustancia del acontecimiento mortuorio. He acudido a muy escasos entierros o funerales, pero nada me conmueve excepto el asombro y la tranquilidad de los vivos —aunque éstos se hallen en medio de las lágrimas, los desmayos o los gritos—. Los funerales jamás estarán a la altura épica de la ausencia incomprensible y de la noción de eternidad que acompaña a esta sensación.

El gesto: en El teatro de Sabbath, el personaje de Philip Roth, Mickey Sabbath, desea orinar en la tumba de su amante para, de esa forma, continuar teniendo una intensa relación carnal, química, corporal con ella. He allí una celebración a la altura de un arte lúdico y vital. A algunos críticos les pareció una descripción desagradable, puesto que lo humano les es ajeno y sólo intentan construir una paradoja o alternativa vivencial a través de un gusto esquemático, académico o simplemente moral. A mí, en cambio, me pareció un gesto envidiable, digno de ser plagiado.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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