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B··· estaba intranquila. Esa mañana, un colibrí había llegado a casa. C···, la señora que iba los martes a hacer la limpieza, lo había traído.

—Levanté un pájaro —le dijo a I···, el marido de B···, cuando él le abrió la puerta—. Estaba en la banqueta, afuera de la estación, mire. Se ha de haber caído de un árbol.

I··· resintió que la señora les llevara el colibrí. Sería una responsabilidad cuidarlo. Además, sabía que B··· no iba a dejar que C··· se lo llevara, que se interesaría en él. B··· e I··· aún no tenían hijos y vivían en un departamento.

—¿Cree que la señora lo quiera cuidar? —preguntó C··· mientras lo dejaba encima de la lavadora, anidado en un suéter.

Cuando I··· volvió al cuarto, B··· salía.

—La señora trajo un pajarito —le dijo en el pasillo—. Lo vio en una banqueta y se lo trajo. Ahí lo tiene.

—¿Y por qué nos lo trajo? —preguntó B···.

—Pues sí, pues sí.

Era un colibrí polluelo, una pelusa oscura con un nudo negro en medio. De la pelusa emergía, agudo y un poco corvo, el pico largo, naranja. Por la base del pico se reconocían los ojos, negros, lustrados, fijos.

A B··· le gustaban las mascotas, en especial los perros de razas chicas, como los terrier, malteses, pomeranias. Eran perros manejables, podía cuidar de ellos y mimarlos. Había tenido un perico, y ahora venía a casa un crío de colibrí.

—¿Qué vamos a hacer con él? —le preguntó I··· al cabo de una hora.

—Lo metí en una caja de zapatos y le prendí la lámpara. La señora dice que se lo lleva.

B··· le enseñó la caja. La tenía en un cuarto chico, contiguo al tendedero, que ella usaba para hablar por teléfono, trabajar en la laptop, oír música y estar. El pelambre oscuro estaba en un rincón de la caja, sobre un paño. No se movía. El pico levantado pegaba con el cartón. B··· le había hecho agujeros a la tapa. Lo volvió a cubrir.

—Le voy a poner agua para colibrís.

En la tarde, cuando I··· volvió de la oficina, la señora ya se había ido.

—Mejor me lo quedé —le dijo B···. Después siguió con lo que hacía y alzó un poco la voz—. Que ella lo cuidaba, que sí, Hasta jaula le tengo, decía. Ahí están mis pájaros y ahí lo pongo— y rió.

Una hora más tarde, sin embargo, se le había ensombrecido el semblante. Fue al cuarto que I··· ocupaba para trabajar.

—Le hablé al veterinario. Me dijo que lo tenga cerca del foco y le dé agua dulce con un gotero, pero no quiere. Se lo acerco al pico y no se mueve. Es difícil que se salve.

Al otro día, lo llevó a consulta.

—Dijo que no tiene nada —le explicó a I··· por teléfono—. Que lo ve bien, pero que está muy chico. Le voy a poner moscos en su jarabe, de los de la fruta. Son nutritivos.

Cuando I··· regresó, había papayas abiertas en la cocina y el tendedero, y los mosquitos se empezaban a juntar.

—Mi mamá también me los está juntando.

Esa tarde, el colibrí empezó a beber del gotero.

—Tiene la lengua fina y alargada. La mete en el gotero y la saca. La tiene viperina.

I··· fue a verlo. B··· levantó la tapa y él lo miró. El colibrí retiró el pico naranja, lo pegó de nuevo al cartón.

B··· lo tuvo en la caja por cosa de una semana. Si iba a casa de sus papás, donde trabajaba en las mañanas, se lo llevaba consigo.

Una tarde, mientras B··· tomaba una siesta, I··· se asomó al cuarto del fondo. La caja descansaba sobre el banco del tocador y una rama delgada atravesaba sus paredes. Los extremos tronchados de la rama emergían por los lados. Levantó un poco la tapa y vio que el colibrí se sostenía en ese travesaño proporcional, tres o cuatro centímetros por encima de la base acolchada. Era una rama natural, con musgo. El colibrí volteó de inmediato, con un solo movimiento de cabeza, y lo miró con confusión. El gotero, en posición inclinada, estaba pegado al cartón gris de una de las paredes, con diúrex. En el líquido rojo flotaban fragmentados los moscos de la fruta.

No mucho después de que ocuparan el departamento, B··· había visto que los colibrís de jardines y árboles cercanos venían a su edificio y entraban en las terrazas inmediatas, arriba y abajo, a tomar en los bebederos que los vecinos habían dispuesto. Muy pronto, B··· había colgado su propio bebedero y lo había llenado. En un primer momento, sólo hubo acercamientos. Venían hasta el edificio, se sostenían afuera de la ventana abierta, reconocían el depósito rojo y amarillo y se iban, se alejaban velozmente. Hacían esto de manera sucesiva, primero uno, luego otro, como si tomaran turnos. A veces, se ponían en la reja que delimitaba la propiedad. Desde ese punto abarcaban todo el costado norte del edificio, y desde ahí iban sin demora a los distintos bebederos, los de los departamentos 102, 104 ó 302. Al cabo de una semana, sin embargo, también entraron en la terraza de B···. Entre el tendedero y la cocina había una puerta. Por el vidrio de esa puerta, los veía. El nuevo colibrí —Ch···, lo llamaban— parecía mejorar. Si se recuperaba, ¿encontraría un lugar entre las cuadrillas de colibrís de la zona? ¿Buscaría regresar a la parte donde C··· lo había encontrado?

B··· se mantuvo en contacto telefónico con el veterinario y, al cabo de otros ocho días, el Ch··· dejó la caja. En el cuarto del fondo, B··· reprodujo en una escala distinta las condiciones de la morada original. La alfombra quedó cubierta de hojas de periódico y el espacio, atravesado de ramas delgadas. Desde el manubrio de la bicicleta de ejercicio y apuntalada con cinta canela subía una de ellas, con moderada inclinación. En dos de las esquinas de la habitación, formando triángulos con las paredes y a considerable altura, otras tantas. Desde uno de los postes del espejo del tocador y dispuesta de tal modo que se reflejara en él, una más. También había goteros con líquido rojo y partes de mosco en distintos puntos. En el asiento del reposet de tela permanecía la caja, abierta y acondicionada, para que la transición resultara sencilla.

A veces, I··· se asomaba para ver dónde estaba. En la rama del espejo, oblicuamente respecto a éste y reproducido en él. Cerca, en la extensión del manubrio, la cual oscilaba con el peso oscuro. O en una de las hipotenusas, al fondo y en lo alto, si la aparición de I··· lo había puesto en alerta.

En casa de sus papás, B··· había adaptado un baño con los mismos recursos. El colibrí viajaba en su caja.

Un día, B··· fue a decirle a I··· que el Ch··· ya subía a beber.

La mayoría de los goteros estaban dispuestos de tal forma que el colibrí alcanzara el líquido desde la rama donde se sostenía. Sin embargo, B··· había orientado las boquillas de dos de ellos al vacío. Para tomar de éstos, el colibrí debía estar volando.

—Ven a ver —le dijo.

Y en efecto, I··· pudo ver que el Ch··· se desplazaba por el espacio del cuarto, sin destino aparente pero con súbitos trechos y evitando accidentarse; se acercaba finalmente a un gotero suspendido, afinaba frente a él, hasta la perfección y el sosiego, su movimiento, y avanzaba lentamente a la abertura. El pico, invariable en medio de esa volatilidad química, penetraba, y el colibrí, dueño de su naturaleza, bebía el néctar. B··· había ataviado esos goteros aéreos con falsas flores amarillas y rosas, de cartón, y había añadido un dulzor particular al líquido que contenían.

Ilustración de Claudio Isaac ©

No pasó mucho tiempo antes de que el colibrí saliera de su cuarto. B··· cerraba las ventanas corredizas del tendedero, que daban a la galería del edificio y a la reja circundante, abría la puerta del cuarto y dejaba solo al colibrí. Más tarde, cuando miraba desde la cocina, lo descubría afuera. Estaba en uno de los cordeles de la ropa, cerca de la ventana y de la pared del fondo, mirando hacia dentro. No lucía muy distinto que cuando había llegado. Una bola plumífera y oscura, quizás un poco más densa y aliñada; el ojo negro con un brillo semicircular, y el pico anaranjado, en posición ascendente y levemente torcido. Pero si se alzaba para tomar del bebedero que había ahí, entonces su plumaje se tendía y se ajustaba para producir la línea cóncava y elegante del pecho y el descenso del dorso, las alas ya no eran sino una breve distorsión del espacio, un difuminado que envolvía el cuerpo y parecía mandar ondas por el aire, y dentro de esa distorsión, en los costados aparentemente mutilados y en la testa aparecían reflejos de turquesa y púrpura. Cuando avanzaba la tarde, el colibrí regresaba por sí solo al cuarto. B··· salía al tendedero y encontraba caquitas en el piso y en la ropa.

—Manchó la ropa el Ch··· —le decía a I···, a la vez molesta y satisfecha.

Durante esta temporada, los colibrís de los jardines y árboles cercanos no dejaron de ir al departamento de B···. Si la ventana del bebedero estaba cerrada, se aproximaban al vidrio y se sostenían ahí. En el curso de una hora, dos o tres colibrís distintos lo hacían. El Ch···, que a un palmo de distancia, dentro del tendedero, miraba hacia su cuarto, permanecía quieto. B··· había leído que los colibrís son una especie muy territorial. Si, en cambio, el Ch··· ya se había resguardado, y dormía desde temprano en una de las ramas elevadas, B··· abría la ventana y los colibrís entraban de nuevo en el tendedero. Cuando llovía fuerte, el Ch··· no salía de su cuarto.

Aunque pensó en quedárselo, al final B··· lo dejó ir. Se propuso una fecha, la anotó en su agenda y la habló con I···. Un domingo nublado entró al cuarto del fondo, lo cogió entre ambas manos y lo sacó al tendedero, donde I··· esperaba. Normalmente permitía que lo cogieran, pero esta vez había escapado a una rama superior, luego a otra, antes de que B··· lo atrapara. Afuera, B··· se paró junto a la ventana.

—Adiós, Ch··· —le dijo y, luego de una pausa, levantó los brazos.

El colibrí voló erráticamente, apenas una mota que revoloteaba contra un fondo de cielo nublado. Sin orden ni destino, ascendió por la alta galería. No asaltaba la bóveda infinita, quizás ni siquiera existía para él más que como un misterio. Dirigía sus intentos al mismo edificio, a los tendederos y ventanas del cuarto piso, del tercero, del primero. ¿Buscaba el departamento de B···? Antes de liberarlo, pensaban que se elevaría y fijaría un rumbo.

—Ahí está —decía uno.

—¿Dónde? —preguntaba el otro.

—¿Y si le pasa algo? ¿Si se queda en el asfalto a esperar?

Después tomó hacia el techo. Fueron allá. No hacía mucho había llovido, el piso de la azotea estaba húmedo y un viento casi frío se dejaba sentir.

—¡Ch···! —lo llamaban.

B··· buscó en las jaulas de tendido, entre las bases de los tinacos, en los bordes del lado sur. Desde ahí se veían casas rodeadas de grandes jardines y árboles adultos, algunos tan altos como el edificio. Más allá, las copas de esos árboles permitían entrever el tendido de la ciudad. Buscó también en el suelo.

Luego I··· la llamó, desde el otro lado de la azotea. Estaba cerca de una de las esquinas. En esa parte, el muro bajo que demarcaba el techo tomaba más altura.

—Ahí está —le dijo.

Desde una distancia mayor, B··· lo vio sobre el estrecho borde de esa pared. No miraba hacia ellos, sino hacia la ciudad. Aparecía agachado, derribado casi en esa orilla.

—¿Qué hace ahí? —preguntó uno.

—Sí, ¿qué hace ahí?

Intentaron acercarse, pero el colibrí voló. Se levantó contra el firmamento gris, a unos metros sobre ellos era una brizna oscura, una alteración menuda e inconstante. Una vez en los aires, tomó hacia los jardines y los árboles adultos al sur del edificio. Y la elevación del colibrí en huida, su altura en el espacio abierto hasta el suelo y la reja circundante, pareció formidable.

Desde esa mañana, I··· y B··· no saben si han vuelto a ver al Ch···. A veces entra un colibrí pequeño y gris, se sostiene en el cordón y, así arrellanado, con el plumaje fofo y el pico un poco alzado, mira largamente al cuarto. Todo indicaría que toma una siesta, excepto el ojo bien abierto y fijo. No se levanta ni se va, si B··· o I··· se asoman al tendedero. Pero si es la hora en que los colibrís de la zona comen y uno se acerca, salta en el último instante, maniobra y logra escapar. A veces, si realmente se ha dormido o si se distrae, un macho grande lo embiste, y apenas tiene tiempo de evadir. Sale disparado como un tornadizo proyectil, altera su trayectoria y la tarde se refleja en sus costados, ora añil, ora dorada.

Han sido ya dos las veces en que un colibrí se queda a dormir. En la primera ocasión, cuando I··· volvía del trabajo, B··· lo detuvo en la puerta y, con un dedo alzado contra los labios, le pidió silencio. Luego lo hizo acompañarla, con un gesto de mano. Fueron a la cocina. La luz de la cocina se expandía tenuemente al tendedero. Eran las 9 p.m. El colibrí descansaba en el cordón, más esponjado que nunca. No miraba hacia la noche sino a la puerta del cuarto.

—¿Será el Ch··· —preguntó I···.

—Quién sabe —respondió B···, feliz.

Muy temprano por la mañana, cuando I··· fue a asomarse, el colibrí ya se había ido.

En la segunda ocasión, B··· e I··· llegaron tarde del cine y lo encontraron en casa. Cuando la encendieron, la luz de la cocina bañó escasamente el tendedero y ahí, de espaldas a la ventana y cerca del muro del fondo, estaba el colibrí. La cuerda que lo sostenía oscilaba un poco. Los colibrís duermen profundamente. Una vez que oscurece, no se mueven de donde están y nada turba su sueño, como si hibernaran durante unas horas. El colibrí no se movió, ni siquiera cuando B···e I··· se acercaron.

—Hay que apagarle la luz.

—Sí.

Luego B··· preguntó si sería el Ch···.

—No sé —respondió I···.

 

Ignacio Ortiz Monasterio
Escritor y editor. Ha publicado: Compás de cuatro tiempos y Anatomía de la feria. La liebre de Durero es el nombre de su blog personal.

• Una versión de este relato aparece en Compás de cuatro tiempos (Cosa de Muñecas, 2015), ahora disponible en formato electrónico.