El martes de carnaval de 1497, Girolamo Savonarola encendió la hoguera de las vanidades en la Plaza de la Signoria, en Florencia; era una enorme estructura de madera, para hacer una pira con todos los adornos del carnaval y con obras de arte, pinturas, esculturas, instrumentos musicales: arpas, clavicordios, laúdes, y también diademas, espejos, perfumes, pelucas, y juegos de cartas, libros lascivos. Ese luminoso espectáculo de la virtud fue uno de los momentos cumbre de la dramática aventura de la Nueva Jerusalén, y casi el único que se recuerda.

Ilustración: Estelí Meza

La carrera profética de Savonarola comenzó en Florencia, el Miércoles de Ceniza de 1491, cuando predicó por primera vez desde el púlpito de la catedral: un sermón apocalíptico, denuncia de la corrupción de la Iglesia y los abusos de los poderosos, el panorama de un mundo al revés en que los inocentes son condenados y los asesinos quedan libres, y el aviso: “El fin está próximo”. En los años siguientes su prestigio aumentó hasta convertirlo en el hombre más influyente de la República.

El contenido de sus sermones adquirió acentos cada vez más personales, pero en un principio no era una novedad: en esos años, en Florencia, Angelo Poliziano y Domenico da Ponzo anunciaban también el fin del mundo. Y era en realidad el fin de un mundo. La nueva cultura secular del Renacimiento, el surgimiento de una economía empresarial, hacían que las ansiedades del presente se viviesen como una catástrofe espiritual: la pérdida de la fe, el auge del vicio, la ambición. La gente necesitaba entender, conocer el plan divino, y por eso proliferaban los textos proféticos atribuidos a Joaquín de Fiore, el obispo Metodio, Merlín, Hildegarda de Bingen o santa Brígida. La invención de la imprenta permitió que circulasen en pliegos asequibles para cualquiera: el apocalipsis estaba en la imaginación de todos.

Algunos años antes, el arzobispo Antonino Pierozzi había prohibido los festivales públicos y preconizaba un ideal de vida mezcla de virtud cívica y ascetismo cristiano. Bernardino de Feltre había librado su personal cruzada contra la vanidad, la ostentación y la lujuria, contra la afectación del saber (donde hay más conocimiento hay más pecado), y había organizado grandes hogueras para dramatizar el triunfo del bien sobre el mal, mediante la quema de libros profanos: “Cada vez que alguien lee a Ovidio, crucifica de nuevo a Cristo”.

A todo eso, Savonarola le añadió su personalidad, una retórica poderosa, desordenada, volcánica y un gran sentido dramático. Exigió a las autoridades que confiscasen y pusiesen en venta toda la parafernalia eclesiástica, y que el dinero, junto con el que se destinaba a la universidad, fuese para los pobres; conminó a sus fieles a que abandonasen los lujos y las extravagancias, y que llevasen una vida sencilla, para que Florencia fuese una nueva arca en la que sobrevivir al diluvio que estaba por llegar. En sus sermones, se daba a sí mismo el papel de Jonás o Jeremías, el de Noé, incluso el de Moisés —y a los florentinos el del pueblo de Israel.

Insensiblemente, puso sordina a los motivos universales y se convirtió en el profeta de Florencia. El mensaje que había recibido de Dios era indudable: se acercaba el fin de los tiempos oscuros, la Iglesia sería purificada y el pueblo elegido padecería persecuciones, desgracias e infortunios, pero finalmente Florencia sería restaurada en toda su gloria y dominaría Italia.

Por supuesto, la aventura espiritual tenía su andamiaje político. Estaba por una parte el ajedrez internacional de la oligarquía de Florencia, que había buscado el apoyo de Francia para expulsar a los Médici y recuperar el dominio sobre el puerto de Pisa, que era su salida al mar. En representación de la República, Savonarola se reunió con Carlos VIII, para hacerle saber que Dios lo había escogido como el nuevo Ciro, llamado a purificar a la Iglesia, y que sería el instrumento de la cólera divina para castigar a Italia por su impiedad. Y estaba por otra parte la organización política de Florencia: la creación de un nuevo Consejo, ampliado, de quinientos miembros, y sobre todo el reclutamiento de los niños, de entre seis y dieciséis años, para que formasen una especie de policía moral contra borrachos, blasfemos, vagabundos, un cuerpo de choque que juntaba las dos mayores vetas de la cultura juvenil florentina: la agresividad y el misticismo.

Finalmente, el papa Alejandro VI le prohibió predicar, bajo pena de excomunión. La lucha espiritual se desdobló políticamente cuando Carlos VIII se retiró de Italia, y avanzaron las tropas imperiales, en alianza con Roma. El hambre, el desempleo, la vuelta de la peste, fueron minando el entusiasmo popular. Y Savonarola hizo de sí mismo la materia de sus sermones. Él era la representación del pueblo doliente, maltratado, perseguido por causa de la justicia, él era la única esperanza: Moisés.

Era el profeta desarmado que dijo Maquiavelo, un puritano intransigente, de un ascetismo feroz, un visionario y un oportunista, un orador carismático, un político intrigante, un histrión —y acaso un enviado de Dios. Fue ejecutado el 23 de mayo de 1498; sus cenizas se dispersaron en el Arno, para que nadie guardase memoria de su paso por la Tierra.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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