Entender la marea es casi imposible si sube demasiado rápido y uno se encuentra dentro de ella. Es forzoso encontrar cierta distancia. A falta de distancia, es imprescindible imponérsela para intentar comprender un escenario que actúa como crecida infinita. La marea es pareja, uniforme. Mientras se está en ella se necesita ver los derredores para ubicarse. Embiste a quienes aseguran que alimentará la tierra al alcanzarla y a los que ven un futuro de erosión. No son excluyentes. Si alimenta será después de su paso, si erosiona lo hará durante él.

La marea es también un país imposibilitado a debatir la realidad sin dejarse llevar por la oleada. México descubrió qué es tener un gobierno popular y al amparo de esa popularidad se perdonó todo aquello que había entrado al consenso de lo disfuncional. En simultáneo, parte de un sector, sobre todo mediático, evita tomar posturas claras bajo el escudo de una pluralidad malentendida. La frontera entre compromiso social y personal se diluye en la arena.

Las columnas editoriales de la prensa, las serias y no rupestres —de las que hay abundantes—, no compiten contra los encabezados en las portadas. Éstos son a menudo benevolentes.

La marea es la conciencia de un país que deja de ver en sus problemas los motivos para actuar sobre ellos. Las angustias comunes se hicieron más particulares que nunca. En los actores políticos reina la abundancia de frases sobre la violencia, la pandemia, la economía. No otra cosa o no mucho más. Pequeños grupos, como siempre lo han sido, trabajan sobre nuestras espantosas relaciones de género y la indiferencia a su violencia. Sobre la condición de un país habituado a las desapariciones de miles de personas. Sobre la falta de gobierno a la barbarie. En el Ejecutivo y sus incondicionales escuchamos el discurso que apostó por la futilidad de lo incompleto. Lo impreciso, lo sencillo que banaliza la desgracia. En sus opositores políticos atestiguamos el desentendimiento de su responsabilidad en el deterioro de la vida pública. Sin tapujos se convirtieron en incondicionales de lo contrario. La reflexión es incómoda y se prefiere la comodidad. La que viene con el aplauso de propios y nadie sino ellos. De todos lados.

Alrededor del pensamiento, entendido como una labor lenta y discreta de frutos públicos; no siempre tangibles como lo es una carretera pavimentada, son tiempos en los que el paso del calendario no implica más que el cambio de celdas numeradas. Ningún lugar mejor para ignorar o enaltecer un texto que el país donde un libro se lee si la opinión política del autor coincide con la propia.

Ilustración: Izak Peón

De un extremo se encuentra una defensa poco afortunada a ciertos conceptos base del espíritu cívico, político y social. Defensa que no encuentra la manera de tener un efecto político y renuncia al convencimiento del no convencido.

Al otro, una interpretación de los mismos conceptos que desecha, sin precaución, prácticamente la totalidad de lo aprendido; ya sea por errores, abusos o aciertos en las últimas décadas. Nos situamos en el devenir de días donde la conciencia colectiva deja de serlo mientras se fragmenta o, ya fragmentada, sólo ve su parte y reflejo como un único mundo que excluye al resto; que argumenta para sí misma razones con las que defender la exclusión y la división.

Como lo hemos atestiguado en una historia que se esfuma por su falta de conveniencia para quien ganó el poder, pensador es hoy en México un sinónimo de ocio; intelectual un insulto. La arena pública optó por debatir personas, si es que a la perorata actual aceptamos llamarle debate. No ideas ni lo que esas personas representaron cuando, frente a la incompetencia y la frivolidad de otros gobiernos, simbolizaban lo que necesitaba atención urgente. Aún lo hace.

Gobiernos previos habían apostado por esa disfuncionalidad funcional que hoy se decantó a un solo lado. La opacidad que tanto daño ha hecho se transformó en admisible bajo la idea de que si lo opaco es políticamente mayoritario, el conflicto desaparece por confianza y osmosis. Así, desde obras públicas al manejo de una crisis de salud sin precedentes, importa más lo que se dice de algo, aunque se pruebe falso, que la falsedad protegida. El convencimiento sobre la existencia se estableció más relevante que la existencia.

México no gusta de la distancia y mentirá quien crea que en este momento no es necesaria o, que la corriente por su mera condición es sinónimo de beneficios absolutos. Solo que quizá, como en ningún otro momento reciente, es difícil encontrarla y es aún más difícil la disposición a ella.

Nuestro siglo XXI no es un siglo venturoso. Conocíamos las tragedias localizadas y al verlas extendidas por la totalidad del territorio, volvimos a contemplarlas en una mirada de singularidad. Con una gigantesca crisis de derechos humanos a cuestas y sus expresiones inmersas entre violencia criminal, violencia del Estado, violencia de género, desapariciones recurrentes y de amplitudes abismales; nada salvo la corrupción ha logrado permear como angustia compartida. Nada tiene su poder para provocar el enojo, ni siquiera la inequidad estructural o las madres y padres que escarban huesos en fosas clandestinas para buscar el destino de sus hijos.

Cualquier reflexión sobre el México actual resultará imprecisa sin detenerse en la pandemia de nuestros días. Recibimos la peor crisis sanitaria que podemos recordar quienes estamos vivos, sin que una sola de las condiciones de alto costo social y humano haya mermado en el país. No apuntan a hacerlo. Son nuestros reductos de una normalidad hecha de la costumbre a lo que ningún país normal se podría acostumbrar. El componente azaroso de la historia y la biología amplificó cada elemento de lo terrible. Sin embargo, nos la ingeniamos para dejar el consenso sobre su toxicidad y hablamos cada vez menos de sus saldos. No somos un país normal.

México es un país con suficientes problemas y la vocación a hacerse más daño que el que sufre. En la inmadurez de nuestra democracia se mantiene la disposición para hacer más importante lo que se considera la solución que el problema en sí. Por esa concepción de la realidad, el debate público encuentra facilidad en centrarse en gobierno y no Estado. En Gobierno y no en problemas o ausencia de gobierno. Con la diferencia también poco admitida que contiene la misma palabra con mayúscula y sin ella.

Pasan los años y se mantiene la promesa que cree encontrar una solución absoluta. La buscamos. Nos convencemos. Confundimos las construcciones políticas con esfuerzos inmediatos.

Hay sociedades que se definen a sí mismas por los eventos que provocan y presencian, a veces, al olvidar o pasar a un segundo plano los humores y tonos que sirvieron de detonador para esos eventos. El evento se sitúa por encima. Aplasta. Otras, las menos y para eso es imprescindible aquella distancia del inicio, su definición corre a cuenta de los entornos.

Por un entorno producto de una marea más grande que nosotros y que se esparce por el mundo desde la segunda década de este siglo, las elecciones de 2018 no sólo implican el cierre político de una época en el país. Es la apuesta por la inmediatez que siempre se prestará a derrotar el pensamiento que balancea contradicciones en lugar de adueñarse de ellas y habitarlas.

Debido a sus inconsistencias, me preocupa poco adentrarme en la reducción que vitorea el asenso al poder de una izquierda proverbial. No así el entorno que han construido sus antecesores y ha alimentado este gobierno para su usufructo.

Criado en una casa de altas izquierdas que convivió profundamente con las latinoamericanas y medio orientales, entiendo que la etiqueta importe tanto a quienes las transitaron sin ver ni aceptar sus fallas históricas. La importancia es desmedida en sus turistas.

En su desinterés por los derechos humanos y una tendencia militarista que muestra sus inconsistencias, el campo ideológico del cuarto gobierno que llegó con la alternancia democrática de México tiene una relevancia minúscula. El campo no existe, se lo llevó el agua. No es más que una marca flexible como la concepción de dignidad en el oportunista.

Se ha mencionado repetidamente que toda posible discusión se sitúa en términos teológicos. Ahí, creyente y no creyente, por sí mismos, deciden o actúan como si su interlocutor no tuviera la menor legitimidad para pensar lo que piensa.

En la confusión entre creencia y pensamiento ha ganado la primera, diluyendo fronteras y equiparando una reflexión con la opinión menos informada, leída, contrarrestada. Llegamos al punto en que no importa lo que se diga o se haya escrito. La descalificación vaporosa, fácilmente diseminada y emparentada con la velocidad, se ha impuesto sobre el tiempo que obligaría la responsabilidad y el rigor.

Sin querer ahondar en la recurrencia, esta relación de discursos sólo lo había visto, en tiempos recientes, en Siria o fuera de ella, pero siempre alrededor de su guerra. Aquí, sin guerra del estilo, sin que entre los supuestos interlocutores primen las emociones propias de un conflicto bélico, tenemos un espíritu equivalente de rencilla, desprecio y condescendencia.

En la marea de confusiones dos conceptos más aparecen diluidos: política y ciudadano. Todo entra a la primera entonces nada lo hace. Este país, producto de su estancamiento político, se resiste a entender que parte de la responsabilidad del ciudadano está en buscar el equilibrio de una paradoja: la política es una apuesta por la funcionalidad de su disfuncionalidad. El México del siglo XX se encumbró en la disfuncionalidad que suponía funcionaba y cuando lo hacía era mal. La ruta inversa en la que no se habla del ciudadano y ahora se sustituye por pueblo. Ni siquiera población. Pueblo, no ciudadano. El pueblo no hace política, el ciudadano es producto de ella.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

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