Qué placer provoca en algunos el sufrimiento, el ser espectadores de la crueldad o partícipes de una batalla en la que aflore la sangre, el dolor, el grito y las entrañas del derrotado, la víctima, el vencedor o el guerrero. Edmund Burke (1729-1797) estaba convencido de que existía una inclinación innata y estética a gozar el sufrimiento de los demás, a apreciarlo y desearlo inclusive. Es inútil glosar o intentar ampliar todas las teorías sicológicas, literarias, religiosas o filosóficas que existen al respecto. No es la solidaridad —como deseaba el anarquista Errico Malatesta— el aglomerante o hilo ético rector que une a los seres humanos. No puede someterse el deseo de filantropía y buena convivencia a una teoría general del comportamiento humano. Si en Dostoyevski, por ejemplo, el sufrimiento es un método de creación, yo no podría probarlo. “Nuestros peores enemigos son aquellos que nos hablan de esperanza y nos anuncian un futuro de gozo y de luz, de trabajo y de paz, donde nuestros problemas se resolverán y nuestros deseos se colmarán”, escribió Albert Caraco (1919-1971), en su Breviario del caos. Es difícil no estar de acuerdo con el escritor nacido en Constantinopla, aunque la literatura siempre nos da la impresión de ser demasiado vaga, mitómana e íntima. Y justo es así, de lo contrario, sería incapaz de conmovernos y de ofrecernos un rostro de la “verdad”.

Ilustración: Kathia Recio

Durante el mundial de futbol que tuvo lugar en México en 1986, Inglaterra fue superior a Paraguay al propinarle tres goles contra cero. Después, en cuartos de final, perdería por diferencia de dos goles ante Argentina en un partido que, debido a su celebridad, no tiene caso glosar en estas páginas. Ambos partidos se jugaron en Ciudad de México. Los hooligans o fanáticos e hinchas ingleses representaban la barbarie del futbol y poseían una fama de violencia fuera de lo común. Más allá de que tendrían que medirse a golpes con las barras argentinas, luego de que sus países habían librado cuatro años antes una guerra por demás insulsa e innecesaria, los hooligans debieron enfrentarse también a algunos guerreros aztecas que no perdieron la oportunidad de mostrar sus dotes bélicas. Un querido amigo mío y compañero en la Facultad de Ingeniería (Pedro G.) practicaba un deporte marcial mexicano llamado chupa porrazo, una lucha de origen zapoteca y cuya práctica comenzaba a tener nuevos adeptos por ese entonces. Mi amigo vivía en la San Felipe de Jesús y sus compañeros eran también habitantes de la periferia urbana. En nutrido grupo marcharon hacia el Estadio Azteca para retar a los hooligans y demostrarles que en el territorio mexicano resultaban poca cosa ante el valor y pericia de los gladiadores mexicanos.

Las consecuencias de aquella gesta fueron las esperadas: violencia, golpes, heridos, gritos de batalla, pero mi desconcierto provenía de presenciar aquella necesidad de pelear aun cuando a las huestes de mi amigo no les importaba el futbol ni tampoco la selección mexicana tendría que jugar contra la inglesa; además, el chupa porrazo poco tenía que ver con una belicosidad idiota y se consideraba más bien una tradición marcial prehispánica recién puesta de nuevo en marcha. Cuando días después del incidente cuestioné a mi estimado amigo al respecto me respondió que ellos no tenían dinero para viajar y que aquella era la única manera de competir internacionalmente. Yo comprendía que el español Francisco Xavier Mina peleara en la guerra de Independencia de México; que George Orwell participara en la Guerra Civil Española; o que incluso Blaise Cendrars se alistara en la Legión Extranjera; pero me parecía ridícula la reyerta contra los hooligans. “Es una manera de viajar; nosotros jamás podríamos ir a Inglaterra; y tenemos derecho a compararnos con los mejores”. ¿Qué podría yo añadir ante tal argumento? La historia nos ofrece el ejemplo de un considerable número de ejércitos de todas las regiones recorriendo el mundo para conquistar, sobajar y causar sufrimiento a otros pueblos. No me equivoqué alguna vez cuando escribí el aforismo: “El movimiento es el principio del mal”. La quietud, el ascetismo, la solidaridad no son más que ideales vacuos y dislates románticos. Sé que mi pesimismo es exagerado y que mis conclusiones están fuera de toda dimensión sensata, pero no creo que Caraco se hallara muy alejado al desconfiar de aquellos que nos hablan de una edad de oro en donde reine la solidaridad y la paz, el gozo y la justicia.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “¡Vienen los ingleses!

  1. La vida humana es muy corta para que podamos notar nuestra propia evolución, pero tenga por seguro que, si nuestra inteligencia no nos destruye antes, en unos cuantos cientos de miles de años seremos mejores.

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