Santa Anna es uno de los grandes paranoicos en que abunda nuestra historia. El paranoico suele prender el entusiasmo con sus genialidades. Bien que tratándose de directores de pueblos, la paranoia es inminente riesgo de fragmentar y perder esfuerzos, de obrar a saltos con grave y muchas veces irresponsable desorientación pública, de imponer caprichos desastrosos.

Santa Anna debió ser así, dueño de una simpatía contagiosa y ejecutiva, rápido en sus decisiones, amable y violento según las circunstancias, los ojos y el ademán de iluminado cuando hallara inesperadamente la idea salvadora de una situación, cuando súbitamente replicara —con majestad profética— a objeciones infranqueables; siempre inquieto, ágil, insinuante, irresistible cuando se lo propusiera, oportuno para coger la ocasión, categórico en sus caprichos; frente a él, bajo la magia del atractivo personal, resultaría difícil ver lo deleznable, fútil, absurdo, ridículo y odioso de sus ideas y determinaciones.

La paranoia de Santa Anna parece un caso de mitomanía romántica, en el que la alucinación sublima, no a objetos exteriores, sino al sujeto mismo delirante, creador y adorador del mito, en cuyo auxilio viene la exaltación popular, ávida de una providencia en quien confiar el destino manifiesto del grupo. No se trata de un delirio de grandeza común, sino de mitomanía genuina que alcanza proporciones peculiares. La paranoia de Santa Anna encuentra su equivalencia colectiva en el orgullo nacional que tiene por dogma la superioridad mexicana en todos los órdenes. El acumulado desengaño será el solo posible fin del mito, aunque todavía éste no quiera destruirse, ni acepte jamás los rigores de la realidad.

Fuente: Agustín Yáñez, Santa Anna. Espectro de una sociedad. Ediciones Océano, México, 1982.