Nagasaki, 3 de febrero (1931). Ayer compré tres máscaras japonesas auténticas, maravillosas. Enseguida las colgué en la pared de mi cuarto y no me sacio de mirarlas. El hombre es más artista que la naturaleza. Nuestros rostros verdaderos parecen muertos y sin carácter ante estas creaciones obtenidas con un poco de madera y laca.

Y al mirarlas pensaba: “¿Por qué el hombre cubre las partes de su cuerpo, incluso las manos (guantes) y deja desnuda la más importante, la cara? Si ocultamos todos los miembros por pudor o vergüenza, ¿por qué no esconder la cara, que es indudablemente la parte menos bella y perfecta?”.

Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos más graves y bellos de la vida. […] Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas: 1.ª Higiénica. Protección de la piel de la cara. 2.ª Estética. La máscara fabricada por encargo sería siempre mucho más bella que la cara natural y nos evitaría la vista de tantas fisonomías idiotas y deformes. 3.ª Moral. La necesidad de disimular —es decir, de componer nuestros rostros con arreglo a sentimientos que casi nunca experimentamos— se vería muy reducida, limitada únicamente a la palabra. […] 4.ª Educativa. El uso prolongado de una misma máscara […] acaba por modelar el rostro de carne y transforma incluso el carácter de quien la lleva. El colérico que lleve durante muchos años una máscara de mansedumbre y paz, acaba por perder los distintivos fisonómicos de la ira y poco a poco también la predisposición a enfurecerse. Ese punto debía ser profundizado: aplicaciones a la pedagogía, al cultivo artificial del genio, etcétera. Un hombre que llevase durante diez años sobre la cara la máscara de Rafael y viviese entre sus obras maestras, por ejemplo, en Roma, se convertiría con facilidad en un gran pintor. ¿Por qué no fundar, basándose en estos principios, un instituto para la fabricación de talentos?

Fuente: Giovanni Papini, Gog / El libro negro. Editorial Porrúa, México, 1984.