Según cuenta fray Bernardino de Sahagún, los antiguos mexicanos pensaban que las mujeres que morían de parto tenían un lugar junto al sol: “Todas ellas van a la casa del sol y residen en la parte occidental del cielo. Y así a aquella parte occidental los antiguos la llamaron cioatlampa, que es donde se pone el sol, porque allí es su habitación de las mujeres”. Es posible que en la provincia de Ciguatán le dijeran a Gonzalo de Sandoval algo así, que en el oeste está el lugar de las mujeres. La información iría mezclada con toda clase de detalles interesantes, y Sandoval anotaría todo y lo arreglaría con sus propias ideas. Cortés lo comunicó al emperador en su carta del 15 de octubre de 1524: “Se afirma mucho haber una isla toda poblada de mujeres, sin varón alguno y que en ciertos tiempos van de la tierra firme hombres, con los cuales han acceso y las que quedan preñadas, si paren mujeres las guardan y si hombres, los echan de su compañía y que esta isla está diez jornadas de esta provincia y que muchos han ido allá y la han visto. Dícenme asimismo que es muy rica de perlas y oro; yo trabajaré, en teniendo aparejo, de saber la verdad y hacer de ello larga relación a vuestra majestad”.

Ilustración: Estelí Meza

No era la primera vez que se hablaba de esa isla de las mujeres en América. Colón había tenido noticias parecidas, de una isla de mujeres y minas de oro, y varias veces creyó haberla encontrado. Se sabía de la isla de las amazonas desde hacía mucho tiempo. Apolonio de Rodas la había descrito bien. Y san Isidoro de Sevilla había explicado que el nombre, de origen griego, háma dsôn, quería decir que no necesitaban varones. Más que a Apolonio de Rodas, los exploradores recordaban seguramente la secuela del Amadís de Gaula, Las sergas de Esplandián, donde se dice que en las Indias hay una isla, muy cerca del Paraíso Terrenal, habitada únicamente por mujeres, ardientes de cuerpo y de corazón, que tienen armaduras de oro y cabalgan sobre bestias salvajes: la isla de California. Sólo había que cuadrar las cuentas, la isla de California estaba al Oeste. Allí se descubrió.

Se buscaban muchas otras cosas en las Indias de Colón. Para empezar, se buscaba la Atlántida. La noticia del continente sumergido venía de Platón, es decir, que no admitía dudas. Y esa nueva tierra descubierta en el extremo occidente muy bien podría ser aquel lugar perdido. En el oeste estaban también las Hespérides, las islas maravillosas donde unas ninfas cuidaban el jardín en que un gran árbol daba manzanas que hacían inmortales: Pedro Mártir de Anglería identifica a las Hespérides con las islas de Cabo Verde, pero Gonzalo Fernández de Oviedo las sitúa en el Caribe. El jardín, el árbol, las manzanas, la vida eterna forman un conjunto irresistible.

Otras cosas eran más confusas. Se sabía desde hacía siglos del reino del Preste Juan, un reino cristiano de enorme riqueza que se defendía de los infieles, aislado, y que los azares de la imaginación habían situado en el Cáucaso, en África, en las Indias. Varias expediciones salieron en busca de los reinos de Tarsis y Ophir, de riqueza legendaria, y se buscaban también las islas que habían servido de refugio a san Brandán de Clonfert: san Brendan, san Barandán o san Amaro, que había huido de los musulmanes junto con tres mil monjes benedictinos (según la tradición, una de las islas aparece cada año en el mar de las Afortunadas, entre la Pascua florida y la Ascensión, pero ésa es otra historia).

Lo primero que llamó la atención de Colón al llegar al Nuevo Mundo fue que los indígenas estuviesen desnudos, porque eso significaba que eran salvajes. Pero las descripciones van perfilando otra cosa. Los habitantes de las Indias occidentales son gente feliz, ingenua, despreocupada, que vive en pequeñas comunidades sin esfuerzo, sin envidia: son como niños, son de hecho la infancia de la humanidad, viven todavía en la Edad de Oro. Eso hay del otro lado del mar. El clima benévolo, la abundancia, la vida pacífica, sin preocupaciones, todo indica que está cerca el Paraíso Terrenal. Y por eso se busca también la Fuente de la Eterna Juventud, que dicen los isleños que existe en el norte: las leyendas americanas no hablan de una fuente, sino de un río, y por eso los exploradores lo identifican con el río Jordán, donde fue bautizado Jesucristo. Se superponen la fuente, el río, el árbol de la vida, y así todo cuadra de nuevo, y justifica el viaje de Ponce de León.

Las exploraciones descubren siempre nuevas maravillas. Fray Marcos de Niza, por ejemplo, viaja hacia el norte, donde tiene noticia de la existencia de ciudades de una riqueza inimaginable: las siete ciudades de Cíbola —un eco de antiguas leyendas portuguesas. Y estaba también la larga fantasía de Eldorado (y docenas de otras leyendas que ha ordenado Jean-Pierre Sanchez en un libro fascinante).

No eran aquellos exploradores ni más ingenuos ni más irracionales. Buscaban en realidad lo mismo que se busca siempre. Ese otro mundo posible estaba entonces al oeste, del otro lado del mar. Ya sin la esperanza de encontrarlo en algún lugar, en los siglos siguientes se ha puesto en el futuro, pero se busca con el mismo entusiasmo Eldorado, la felicidad, la sociedad sin clases o la Fuente de la Juventud.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.