El presidente López Obrador nos ha dicho que su objetivo es hacer una revolución. Ciertamente, ha tomado decisiones que pretenden subvertir el orden establecido. Las más notables se han traducido en agresiones contra las clases medias. No le ha preocupado expresar su desprecio por estos grupos sociales en el tratamiento que ha dado a la educación superior, el desdén que le inspiran los profesionistas, la displicencia con la que se refiere a la cultura o a cambios culturales que han sido bandera de amplios segmentos de clase media en los últimos años, por ejemplo, la igualdad de las mujeres. Es como si su paso por la universidad hubiera sido una experiencia amarga porque no alcanzó el ocho de promedio o porque no le dieron la mención honorífica que, según él, merecía su tesis de licenciatura.

El antagonismo que le provocan las clases medias al jefe del Ejecutivo se manifiesta con claridad en los esbozos que ha hecho de la sociedad que quiere construir, en la que sólo aparecen el presidente y el pueblo. No hay cabida para las clases intermedias. Es probable que le resulten tan irritantes porque son inasimilables a una posición política única y porque defienden una autonomía que el señor presidente considera una insolencia inadmisible.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Las clases medias son adversarias del presidente porque de ahí provienen la supervisión ciudadana más aguda de las acciones gubernamentales, así como las críticas más severas a su desempeño. Son un adversario exasperante porque están en los medios, en las redes sociales, en la investigación científica e histórica, en las instituciones educativas y culturales; y desde ahí ofrecen interpretaciones alternativas a las presidenciales, y las cuestionan. De las clases medias —o de lo que quede de ellas al término de este gobierno— provendrán los historiadores que escribirán la historia de la presidencia de López Obrador. Como no están todas ellas dispuestas a aceptar a ciegas el discurso presidencial, él quiere quitarles el micrófono.

Lo más importante de la ofensiva contra las clases medias que ha emprendido el presidente son sus implicaciones en términos ideológicos. Las repetidas ofensas a periodistas, médicos y científicos tienden a erosionar el prestigio social que acompaña a la pertenencia a esos grupos sociales. Lo mismo ocurre con las denuncias de corrupción. Las acusaciones presidenciales no incluyen nombres, pero generalizan, así, cualquiera que haya sido funcionario de nivel medio en un gobierno pasado, se convierte de inmediato en un sospechoso. Igualmente cuestionadas han sido las instituciones que fueron hasta ahora canal de movilidad social, de por sí bastante estrechas, y han sido descartadas del proyecto lopezobradorista que promete una vida de santificada pobreza.

El proyecto lopezobradorista es extraordinariamente ambicioso también porque se ha propuesto eliminar del horizonte de millones de mexicanos una meta de largo plazo, “acceder a la clase media”, que fue un poderoso motor de cambio social desde los años cincuenta. El propósito de deshacerse de las clases medias, como categoría social y como actor político, supone extirpar de la mente, del corazón y del estómago de los mexicanos la esperanza de un futuro mejor. En nuestra historia la clase media ha representado el triunfo sobre la pobreza y la ignorancia; también ha sido la respuesta a las aspiraciones de progreso que el presidente quiere clausurar para que todos seamos iguales. A mí que me digan quién no aspira a que sus hijos vivan mejor que ella. La condición de clase media ha sido y es uno de los objetivos más claros y precisos de millones de mexicanos. Si Benito Juárez no lo hubiera perseguido, y conseguido, no sería Benito Juárez.

En repetidas ocasiones el presidente ha dicho que para ser feliz basta cubrir las necesidades básicas de techo, sustento y vestido, y que la pobreza es en sí misma tan enriquecedora que habremos de dar gracias al cielo, y al señor presidente, de que nos haya hecho a todos pobres. (Aunque no entiendo por qué no se ha propuesto hacernos a todos ricos, que es una alternativa francamente más atractiva que los uniformes grises que nos ofrece). Así también nos dice que no necesitamos saber más que lo que sabían los pueblos indígenas cuando llegaron los españoles; pues él seguro cree que nada bueno trajeron, ni siquiera la rueda. Así que, cerremos centros de investigación y construyamos canchas de beisbol. Quítenle la electricidad a las bibliotecas que al fin y al cabo los libros están llenos de mentiras.

Las palabras y las acciones del señor presidente denotan una desconfianza al progreso y a la modernización —nociones a las que jamás se refiere—, que es completamente extraña a la tradición de quienes desde la Independencia han gobernado este país, y lo han transformado. En su mensaje resuenan más que los ecos de la izquierda heredera de la Ilustración, los susurros del inmovilismo de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, quien en 1897 recordaba a los creyentes que era pecado rebelarse contra el lugar que Dios les había asignado sobre la Tierra. No debían impacientarse pues en la otra vida entrarían al coro de los Bienaventurados.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

6 comentarios en “La vía revolucionaria al conformismo

  1. Habremos de llegar a 200 millones de mexicanos antes de retomar el desarrollo por el que íbamos.
    Ese es el fin último impuesto a Lopez desde EU: retrasar el avance social 20 años.

  2. López Obrador es reaccionario; “los reformadores no construyen, destruyen.” Sentenció Emerson que algo sabía. Pertenezco a la generación baby boom, en consecuencia salí de la extrema pobreza gracias al “Milagro Mexicano” y a la educación pública por mala que esta sea. Fueron esas clases medias alfabetizadas las que al fin de cuentas sacaron al PRI del poder y llevaron en buena medida a López Obrador a la Presidencia. López Obrador es un Pastor que dice interesarse por los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.

  3. Coincido con el planteamiento de la Dra. Loaeza, siempre nos esclarece con su claridad conceptual y su espléndido análisis el carácter regresivo de este mal gobierno. La felicito y le agradezco que nos ayude a entender este enredijo en que está metido el país.

  4. Muy Estimada Soledad, Qué manera de describir la suya. Precisa como un rayo láser. La felicito, más allá de mi rabia.

  5. Creo que es un artículo totalmente sesgado, carente de toda objetividad. La autora comete la falta que denuncia. ¿Cuales insultos son los que el presidente generaliza? Nunca he escuchado algo semejante a lo afirmado. Las generalizaciones de las que acusan algunos medios son dichos sacados de contexto.
    La mentira, si mentira porque fue sacada totalmente de contexto: “En repetidas ocasiones el presidente ha dicho que para ser feliz basta cubrir las necesidades básicas de techo, sustento y vestido, y que la pobreza es en sí misma tan enriquecedora que habremos de dar gracias al cielo,”

    De donde saca que la “clase media representa el triunfo sobre la ignorancia”, caray cuanto drama. La clase media representa un incremento de los ingresos, muy deseable por cierto. El triunfo sobre la ignorancia será cuando la mayoría reconozca los derechos propios y los ajenos.
    Pésimo artículo, sin duda los denostadores del presidente les parecerá excelente, el tiempo lo pondrá en su lugar.