En 2017, en estas mismas páginas, publiqué Recomendaciones para discutir. Incluí una versión extendida del texto en el libro Pensar México. Aquel ensayo fue un intento por explicarme las características de lo que he entendido, desde mis preocupaciones, como la tradición discursiva en el país. Hice un recuento de molestias, juicios y aspiraciones alrededor del debate en nuestra vida pública y privada. Junto a ellas, lo que pensé que podía servir para una aspiración mayor: discutir en los límites de la razón y para ella. Planteé una serie de bases para recuperar un espacio donde rectificar los pensamientos; donde la generación de reflexiones como preguntas nuevas, la lógica y el conocimiento, no el adjetivo y la opinión, sean los insumos de la crítica.

Para habitar ese espacio se necesitan códigos: no existe política sin discusión y tampoco hay política entre irreconciliables. Si son irreconciliables no harán política. Sin política, unos se impondrán sobre otros. He leído declaraciones afirmando que eso es parte de la democracia. Quien lo crea hace gala de su ignorancia y refrenda el sentimiento de tribu. Tribu no es Estado. El debate público es un espejo de preocupaciones que no sólo tienen las voces que discuten. Por eso hay sectores, no públicos, con inclinaciones. Negar la legitimidad de esas preocupaciones es perder el primer código del debate.

Ilustración: Patricio Betteo

Estoy convencido de que hemos caído, no sólo en México sino en gran parte del mundo, en la pobreza intelectual de no entender el tiempo. Nos estacionamos en él sin notar que cuando la precariedad se estabiliza ésta significa deterioro. No veo intención por dejar de ser el país para el que la discusión equivale a pelea —incluso los debates mediáticos más rupestres preguntan a sus audiencias quién ganó—; en el que se cree que una opinión significa argumento y se debe imponer una sobre otra, sin siquiera permitirse suponer que ambas pueden conducir a una tercera.

El tiempo no ha sido benévolo con la cultura del debate, sus saldos coquetean con la angustia.

La inconsistencia vuelta regla diluyó jerarquías de razón, a la ética y a la seriedad que debe imperar en la política como herramienta para adecuar la realidad que necesita mejorarse.

Países donde las nociones de Estado son sólidas serán menos vulnerables a las corrientes que busquen diezmarlas, o países con escasa cultura democrática se verán más afectados por olas de pulsiones autoritarias. Lo mismo ocurre con la otrora materia de la filosofía: el argumento y sus capacidades como parte del oficio político y social.

Los aires de renovación y cambio que han inundado la retórica política desde hace unos años lograron construir un fenómeno social. Pese a sus múltiples y fallidas comparaciones, el gran punto de coincidencia entre naciones que van de Estados Unidos a Brasil, pasando por México o el Reino Unido, es la poca elaboración política y la mediocridad retórica. Hay quienes insisten en llamar polarización a la extrema diferencia o desigualdad en ciertas sociedades como la nuestra. No es mi papel adjudicar responsabilidades en el desconocimiento del lenguaje.

La conducción de los ánimos sociales siempre trae una intencionalidad. He insistido en otros textos que, en política, la polarización puede entenderse como la utilización de las condiciones de diferencia o desigualdad con intenciones de usufructo político. Por común ya es un fenómeno social.

Llegamos a un punto que parecía inimaginable. Con el mundo embestido por una pandemia, admitimos que en gran parte del escenario sanitario internacional y sobre todo en el mexicano, se alimente una polarización que quiere anular toda legitimidad a las inquietudes del opuesto. ¿Cómo se discute una emergencia si no se sabe discutir?

El discurso en todos los niveles se ha saturado por mensajes que privilegian su dispersión a la calidad de su contenido. Esto sin importar posturas y afinidades, aunque algunas sean más proclives que otras. Lo anterior no es una apreciación subjetiva. La calidad, medida por sustancia, obliga a ciertos códigos donde el convencimiento se consigue a través de la verdad y su aceptación, la lógica y la relación de consecuencias de lo dicho, por encima de las convicciones previas a la exposición de razones.

Desde hace unos años y en distintas latitudes proliferan las voces que, ante las muchas y malas ejecuciones políticas, confundieron discusiones operativas con conceptuales. Bajo el amparo abstracto de resolver lo disfuncional han roto los códigos mínimos con los que es posible discutir la realidad. Su opuesto es discutir la irrealidad. Se han extraviado en tangentes o en analogías de la realidad.

El escenario se asemeja al vacío. De un extremo está el voluntarismo reiterativo de cualquier discurso en el que su razón, depende del número de coincidencias a su derredor. En su promesa todos los problemas pueden ser resueltos con la intención, sin relacionar los efectos de las intenciones una vez que se transforman en acciones. Al otro lado, el cataclismo que no interpela a quienes coinciden con su contraparte y olvida que sólo se discute con quien no se está de acuerdo.

El fenómeno que mencionaba líneas atrás está acompañado de lo que se puede interpretar como un antiintelectualismo, o un antitecnicismo que comete dos errores axiomáticos: los confunde y homologa.

Detonado por el frenesí de cambio —el británico, el mexicano, el estadunidense, etcétera—, éste no pasó de ser una sensación, poderosa como pocas, pero sensación y no algo muy distinto. La infinidad de certezas que han envuelto la política contemporánea se asemejan a una juventud indispuesta a dudar. Es decir, es la inmadurez política de sus actores, tan llenos de seguridades como un adolescente. Lo que se ha prestado a llamarle tecnicismo es el estudio del hecho, con la mayor objetividad posible. Los detalles y matices que afectan los hechos nunca serán suficientemente atractivos para quien no encuentre pasión en desmenuzarlos. Ya sea física, economía o el mismo lenguaje. Como todos estos conjuntos de estudio nos afectan la vida al resto de las personas, no encuentran muchas barreras para reducirlos. La ética, en todo caso, pero ésta es dúctil. El antitecnicismo reduce al punto del desprecio los detalles y su desarrollo, saltando del inicio de una frase a su conclusión. La simplificación máxima en una realidad contraria a la simpleza.

En paralelo, el antiintelectualismo comete un error de costos a largo plazo. Su primera víctima es la discusión en sí. Al apelativo de intelectual se le han adjudicado acepciones tanto ganadas como falsas. No volveré a la crítica del intelectual mexicano que ya escribí en Pensar México, pero el efecto de su gregarismo, así como la repetición de esa confusión entre lo operativo con lo conceptual, desvirtúa la materia prima de su oficio y su utilidad social. No sólo del intelectual sino del ejercicio intelectual, en general. Si el saber y la duda por naturaleza son lentas, no pueden competir con la fugacidad y las certezas de una sociedad, en su conjunto, reticente al tiempo.

Me enfoco al debate mediático por dos razones. En primer lugar por su alcance, por lo tanto su responsabilidad. Sin conciencia de ella se ha afirmado barbaridad y media que cultiva la orfandad del fracaso de las ideologías. Después, por su papel pedagógico. Cuando la época privilegia lo que se dice en dos centenares de caracteres, el debate tiene la obligación de transmitir las virtudes en la extensión del intercambio de ideas.

Todo texto es una mirada, limitada en su naturaleza. Una novela es una mirada, un ensayo o un análisis también. Escribir o leer pensando otra cosa es no saber leer o escribir ninguno de los anteriores. A riesgo de equivocarme, un par de códigos del debate que veo frecuentemente perdidos y estoy convencido es necesario recuperar.

¿Para qué discutir en medios?

Discutir es una labor pública que no debe asumirse en el circuito de dos vías sino de tres. Si se discute con el oficialismo que se antoje no es sólo para enfrentarlo, sino para que un tercero encuentre argumentos o preguntas.

¿Para quién discutir en medios?

En el debate público nos hemos acostumbrado a ver interlocutores hacer del incendio su morada. Frente a un micrófono no se discute sólo con la silla de junto. En toda construcción hay que pensar en quién escucha la discusión. El interlocutor es muy probable que no cambie de opinión. Para eso el insumo siempre es la verdad, la prudencia y la atención a las inconsistencias. Toda inconsistencia se exhibe con preguntas antes que con afirmaciones. No negaré el placer de la burla en toda discusión, en especial cuando ésta se llena de sinsentidos o la poca calidad de argumentos invita a exhibir el ridículo. De nueva cuenta, es la audiencia quien debe llegar a ese lugar de gozo. No el interlocutor.

¿Matices?

La jerarquización de ideas, realidades, daños y soluciones es la única forma congruente de discutir en términos políticos. Los asomos de asepsia son votos por la ingenuidad. Nada pide más responsabilidad que definir nociones de mal menor sobre bien mayor. Toda definición se debe hacer a partir de matices. Hay realidades exentas de ellos, por el costo que han pagado a lo largo de la historia. No hay matiz alrededor del racismo o la xenofobia, por ejemplo. En cambio, para la mayoría de las afirmaciones que se alejan de esos incuestionables, la ausencia de matices es señal de falsedad y su explicación la manera de derribarla.

A la disfuncionalidad política se le reemplazó con el vacío del mensaje sugerente. Una condición de la época. Si el cimiento del quehacer político es el debate y se está convencido de que sólo la política puede hacerles frente a las imágenes de irracionalidad, fantasía, mentira o indecencia, es imprescindible entender las formas de discutir. Quizá sea adecuado pensar en cómo hacerlo, no incluso, sino sobre todo, en la condición a la que hice referencia: el mal terreno que pisamos.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.