• El hoy humilde me parece el verdadero alimento. Pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no cansa ni estraga, y que sustenta. Vivir en esa especie de disparadero del proyecto incesante, menudo o magno, escamotea muchas veces su maná precioso sosteniéndonos. Que ningún acto que realicemos en el día, ni aún el más modesto, sea mecánico. Que podamos tender la cama con la misma inspiración con que antes se iba a ver la caída del crepúsculo. La mujer que cose un roto, la que enciende el fuego, la que barre el polvo, contribuye también al orden del mundo, a la caridad más misteriosa: sirve a la luz. Esto no excluye otros órdenes y otras órdenes de más vasto alcance. Se trata de rescatarlo todo, no sólo lo que no poseemos aún, sino lo que poseíamos sin darnos cuenta. Se trata también del servicio misterioso.

• No se debiera tener “una” poética. En la poética personal debieran entrar todas las otras poéticas posibles. Que el sinsonte y el “divino doctor” no se recelen mutuamente. Que el arte directo no excluya el viejo preciocismo. La naturaleza crea el ala para el vuelo pero, después, la decora. El realismo verdadero debería abarcar el sueño y el no sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea. Ningún otro realismo que el de la misericordia.

• El bromista Cocteau dijo una de las cosas más lúcidas que se han dicho de la poesía: yo sé que la poesía sirve para algo, lo que pasa es que no sé para qué. Algunos ven a Cocteau como a un payaso, pero a ellos les recordamos lo serios que son los payasos y cómo, tantas veces, han sido los bufones lo únicos que le dijeron la verdad al rey.

• Chaplin cuenta [en su Autobiografía] del Londres de su niñez, de sus viajes sentado en el ómnibus de caballos, junto a su madre, intentando alcanzar al paso los árboles llenos de lilas; de los billetes naranja, azul y verde que cubrían el pavimento en las paredes de los ómnibus y tranvías; de los domingos melancólicos; de las rubicundas floristas en las esquinas del puente de Westminster que hacían ramitos para la solapa “manipulando con sus hábiles dedos el papel de plata y el tembloroso helecho”; de los “materiales vaporcitos de un penique” que bajaban sus chimeneas al deslizarse bajo el puente. Y concluye: “Creo que mi alma nació de estas cosas triviales”. ¿Qué poeta no podría decir otro tanto?

• Todo poeta sabe que los poetas son los otros, los que no escriben versos, y no sólo los servidores magnos […] sino aún los más humildes, la hermana que cose en la habitación de al lado, la bocanada fresca que entra cada mañana cuando abrimos la puerta, el canario en el balcón. Una mujer que se sabe bella, ya lo es menos. Del mismo modo, nadie podría “sentirse” poeta sino por ese único punto en que deja de serlo, y quizás sólo hemos sido verdaderos poetas en los raros instantes en que no nos dimos cuenta de ello.

• Pensé iniciar estas líneas diciendo que yo no sé lo que es la poesía. Pero después de la famosa frase del más sabio de los hombres me temo que ésta sea una declaración demasiado arrogante. A mis diecisiete años yo sabía muchísimas cosas más acerca de la poesía. Como cualquier joven ignorante, lo sabía, naturalmente, todo. Recuerdo que escribí un tratado de unas cuarenta páginas del que ahora hubiera podido valerme si no fuera porque un pobre hombre, aprovechando mi previsible distracción, me robó la bolsa que contenía el voluminoso trabajo que sólo pude reconstruir después en parte. Por desdicha mía y suya, en la bolsa tenía sólo cinco centavos. Siempre compadecí a aquel ladrón que creyó encontrar algo con qué aliviar su miseria y sólo halló una arrogante disertación sobre la poesía. ¡Con qué aborrecimiento tiraría mis papales a un rincón! Poesía sería para él un plato de sopa bien caliente, un colchón nuevo, un abrigo. Muchas veces imaginé el miserable cuartín en que debió haber abierto su desolado tesoro y me sentí maldecida por aquel desconocido que esperaba, sin duda, otra cosa mejor. Poder reparar de una vez por todas ese error, no defraudar de nuevo esa esperanza, siento que es lo único que nos daría a todos el derecho para volver a hablar de la poesía.

 

Fuente: García Marruz, Fina. Antología poética, selección y prólogo de Jorge Luis Arcos, FCE, México, 2002.