Apenas quedan las señales se llama el libro que Álvaro Ruiz Abreu dará a las editoriales este año. Es una trenza de memorias que mezcla la evocación del pueblo virgen de su infancia con la indagación de la fantasía nacional que fue quedando impresa en mural líquido de la historia del cine mexicano. Aquí un pasaje de cómo el cine, llamado del futuro, se instaló en un pueblo de arena llamado El Porvenir, que corresponde a un lugar real: Sánchez Magallanes, Tabasco.

1957 fue un año axial, llovió sobre mojado en todo el país. En nuestro pueblo también, la gente se refugió en sí misma, aturdida, alerta por el cambio que se aproximaba. El temblor del 28 de julio tiró el Ángel de la Independencia en Ciudad de México y sepultó a decenas de personas. Nosotros, en El Porvenir, sentimos las réplicas unos días después, porque siguió temblando. El año caminaba a paso lento y nosotros lo palpábamos, eran evidentes sus latidos, como los de un moribundo; lo veíamos como un tren en marcha que no conoce su destino. En el cine del pueblo, en cada película, creíamos descubrir el fin de un tiempo avinagrado, como si lo cocieran brujas del mar lejano.

Pero en los meses del calor más ingrato del verano, un mediodía ácido, el tiempo se detuvo ante la revelación inesperada. De un Impala blanco de dos puertas bajó la estrella Andrea Palma. Yo estaba en la escuela pero mi hermano, que sabía de su llegada, estuvo pendiente y no se perdió la escena. El coche se detuvo junto a la tienda de mi padre, bajó primero el primo hermano de Andrea, don Ruperto, para abrirle la portezuela a una mujer con vestido color marfil, descotada, de hombros anchos, blancos como la nieve, sonriente, que en dos minutos apiñó a su alrededor un buen número de curiosos. Entró a la tienda y saludó como si conociera a todo el mundo. Mi hermano se quedó con la bocota abierta cuando se acercó a él, le plantó un beso y con su voz suave, de señora de la pantalla, le dijo:

“Hola, chico guapo, saluda”.

Ilustraciones: David Peón

Fue la anécdota que contó por lo menos una vez al año durante cuatro décadas.

Andrea pidió agua de limón y se la prepararon en cinco minutos, con hielo y una ramita de yerbabuena. Dijo que le fascinaba todo el trópico y más el estado de Tabasco, donde vivía su primo. Que estaba feliz de pisar estas costas tan hermosas y refrescantes.

—Sí, miren, ustedes, —dijo dirigiéndose a mi padre, a don Miguel y a mi tío Eduardo— la ciudad es agobiante, nos martiriza día y noche, el cuerpo necesita salir de sus celdas y lo mejor es un lugar apartado, todavía primitivo, de palmeras salvajes como éste, que ustedes deben apreciar y conservar.

Le hicieron preguntas. Andrea rio de que la confundieran con los personajes que había encarnado en el cine. Se veía más que contenta de estar en este horizonte de cocotales. El hechizo duró poco tiempo, pero los que gozaron de su presencia la recordarían con entusiasmo. Cuando salió de la tienda, las muchachas y sus madres querían abrazarla. Vinimos volados de la escuela, pero ya el Impala había arrancado y sólo vimos el polvo que levantó por nuestros arrabales sin pavimento. Eran visitas relámpago que la ya consagrada actriz le hacía a su primo hermano en la hacienda Rancho Grande, a diez kilómetros de El Porvenir.

Poncho y yo nos preguntamos cómo habría sido ver en directo a una estrella de cine. Escuchar su voz, ver su rostro, ¿no era una profanación, una traición a lo que imaginábamos?

—Se puede mirar pero jamás tocar —dijo en la tarde mi tío Eduardo.

—No es tan guapa como en la pantalla —dijo mi tío Luis.

Llovieron reportes de que había sido imposible verla bien, porque un pañuelo violeta cubría su cabeza y mostraba apenas la mitad de su cara.

Poncho salió al ruedo:

—Yo prefiero verla en una película, no sé, desvistiéndose, bailando, corriendo por una avenida de la gran ciudad. En estos arenales no es ella.

El profesor Gallardo fue más allá:

—Yo prefiero a Leticia Palma. Andrea, la hermana del director Julio Bracho, es muy seria. Sí, es interesante pero nunca como nuestra paisana Leticia, que lleva el sello de la ceiba en sus ojos y en esa boca llena de sensualidad.

Aclaró que Andrea le gustaba en La mujer del puerto y en Aventurera:

—Abran bien los ojos para ver ahí un rostro seductor, de labios sensuales, encantadores. La mujer que vimos ya no es una jovencita, pasa de los cincuenta.

Había temblado pero no había nada que lamentar en aquella costa. Ni en Agua Dulce ni en Tonalá ni en el Barí. Solamente en Jáltipan y Acayucan se habían caído casas y la vía del tren resultó averiada en la estación de Chinameca, lo que provocó el corte de la comunicación entre Coatzacoalcos y Veracruz, y por tanto con Ciudad de México.

El Sabio dijo que no éramos nada:

—El universo es el infinito y está demostrado que Dios no existe pero sí el tiempo: si está en movimiento se avanza, y paralizado es la eternidad.

Dejó un miedo difícil de quitarse de encima.

Luego vino un viento suave del noroeste que limpió el cielo y volvimos a escuchar el graznido de los zanates y de las gaviotas que parecían celebrar un tiempo nuevo.

 

El pueblo no supo nada del cine hasta los años cuarenta del siglo pasado. Los diez o doce habitantes que podían viajar a ciudades cercanas, mi abuelo y mi padre entre ellos, regresaban hablando de películas que nadie había visto en el pueblo porque sencillamente no había cine.

—Escúchame bien: vas a llevarte estos proyectores a tu pueblo, a lo mejor haces el negocio del siglo—le dijo don Matías a mi padre, con clara ironía, todavía con el acento de eses y ces claramente distintas, como dichas a través de un embudo, que define el habla de los gallegos de A Coruña. Poco antes de estallar la Guerra Civil, don Matías se había trepado a un barco con su hermano Javier y había dicho: “Adiós, tierra mía, me voy a las Américas”.

Cuando empezaron a llegar los refugiados en el Sinaia, don Matías estuvo pendiente de ayudar a sus paisanos buscando para ellos alojamiento, comestibles, ropa, atención médica. No lo hizo porque comulgara con los republicanos, sino por pura solidaridad: la ideología la metió en la caja fuerte de su gran comercio y se dedicó a la ayuda desinteresada, tal vez patriótica. Para entonces había dejado de ser un inmigrante gachupín y era un empresario dinámico, que en poco tiempo había levantado en Puerto México (Coatzacoalcos) un pequeño imperio económico de hoteles, camiones de transporte de carga y de pasajeros, un comercio de ultramarinos de toda una cuadra y la compra de granos y semillas de la región.

—Necesito mucho más el efectivo que tus proyectores Matías —respondió mi padre, que entendió la oferta rápidamente—. No conoces la tierra donde vivo: es cálida y lo que siembras pega y crece, pero es un lugar insignificante; son dos calles largas que atraviesan el pueblo de este a oeste, paralelas al mar y a la laguna. Ni siquiera tienen nombre esas calles, y en sus lados hay unas cien familias. Pescadores, agricultores, comerciantes, un delegado municipal, tres policías, un juez del registro civil, una secretaria, el receptor de rentas y el que barre y riega la calle cuando hay mucho polvo. Es todo.

—Entiendo, desde luego, —dijo Matías—. A ese paraíso quiero que me invites alguna vez, porque viven en estado puro, aún no contaminado. Por eso no te digo que cambies de ciudad, que te vengas a este puerto de barcos que abren las aguas del río a todas horas, y no sufras el sonido de los trenes y los largos silbatos con que se anuncian.

Dio una larga calada a su puro y, entre el humo, le dijo a mi padre, que se mantenía escéptico:

—A ustedes no les ha llegado todavía la civilización, ya llegará, yo sé lo que te digo: toma esto —y le entregó dos petacas con sus asas.

Mi padre respondió:

—De verdad que me daría gusto que dejaras el pavimento y vinieras a los arenales. Te van a gustar el camarón, el ostión fresco, el coco. Pero una cosa, Matías: si no resulta el negocio, te devuelvo los aparatos.

—De acuerdo —dijo Matías y dio otra fumada a su habano—. No quiero que te sientas defraudado, hemos sido buenos amigos. Te estoy entregando una verdadera mina de oro. Anda, lleva diversión a esa gente de tu tierra que vive aún en la selva y no se entera de nada. Ya es hora de que conozcan el cinematógrafo. Te digo, hermano, que es un negocio y al mismo tiempo un gran espectáculo.

—Muy bien, pero allá no hay obreros, petroleros ni burócratas ni españoles ni libaneses ni venidos de Irlanda y de Francia, como aquí. Hay sólo pescadores pobres que viven de lo que el mar y la laguna les permite recoger, ¿entiendes? Aquello no es una ciudad, sino una aldea sin luz ni comercios ni hoteles ni mercado. Nada.

—Vivir en comunión con los demás no es poca cosa —dijo Matías—. La tuya parece una historia del pasado inventada, pero veo que tú la representas. Sólo recuerda una cosa: aquí todo mundo va al cine.

—Pero allá —insistió mi padre— en ese pueblo refundido en la costa y los manglares de la laguna, nadie irá. Es una lengua de tierra metida entre el mar y la laguna con una barra donde no se puede navegar.

—No sé cómo fuiste a dar con esa barra —zanjó Matías—. Ni Bernal Díaz del Castillo la hubiera encontrado. Pero anda, llévatelos proyectores.

Pese a la resistencia de su cliente, don Matías mantuvo la calma y el humor. Terminó la discusión con un apretón de manos.

—Trato hecho: si no camina el cinito, me lo traes —dijo—. Sólo recuerda que, además, te doy esta película.

Y le entregó un estuche de latón con tres rollos.

Mi padre sabía que llevaba una “mina” pero lo que había en su cabeza era la fisonomía del pueblo: casas de yagua y palma, algunas con techo de lámina, dos caserones de dos pisos como de película del oeste, calles llenas de pollos y gallinas por las que se paseaban los cerdos y un camellón donde la gente se apeaba de los tres camiones que se conocían en El Porvenir, una escuela con seis profesores que sacaban cada año unos quince alumnos de la primaria, muchos de ellos pasaditos de la edad “oficial” para la educación básica, dos tiendas de abarrotes, una de lencería, una de paletas, una de pan, y el correo.

La panadería de los hermanos Álvarez hacía pan en horno de leña, conchas y pan francés, y aceptaba el pavo de Navidad que varias casas llevaban desde el mediodía del 24 de diciembre y que recogían en la noche, dorado, con un olor intenso a romero y a albahaca que nunca he olvidado.

Mi padre llamó a Simón, que solía acompañarlo en sus viajes, y le entregó las petacas negras. Al recibirlas, Simón ya tenía noticia de lo que había dentro. Dijo que a partir de ese momento todo iba a cambiar en el pueblo, al que llamaban “puerto”. Ya en el barco, con marea y viento favorable, con un mar como dormido de colores infantiles, le dijo mi padre:

—Pienso en voz alta: lo que traemos es una maravilla; Dios del cielo, la sorpresa que les vamos a dar a mi hermano, a mi padre, a mis hijos, a la gente.

Escuchó el choc-choc de la máquina y le llegó el olor a diésel quemado, en aquella costa atlántica que bordeaba el barco de poco calado y sin embargo eficiente, llamado La Juanita, que hacía el trayecto de Puerto México a la bahía de Chetumal. Simón se sentó en la proa bajo un sol de hierro, miró la superficie marina tan templada que blanqueaba el oleaje leve y creyó ver el futuro, a través del proyector Ampex.

Mi padre pensaba a favor del nuevo negocio que traía: “Adonde llega el cine, dicen que llega el dinero contante y sonante. Todo cambia, la gente mejora, se pone alegre y paga por esa diversión, por el viaje a lo imposible que le vamos a ofrecer. Muy sencillo: en vez de beber aguardiente, la gente irá al cine, a pasar un rato en otra realidad, y si no, vamos a ver cómo reaccionan hombres y mujeres cuando aparezcan ahí mismo, hablando y cantando, Jorge Negrete y Gloria Marín. Lo jodido será cuando sólo entren al cine diez jijueputas. ¿Quién va a pagar la película? No faltará, no faltará, estoy seguro, hay gente para todo”.

Se imaginó un cine como el de Puerto México: una sala climatizada, con pasillos alfombrados y una señal luminosa en la oscuridad, baños, una fuente de sodas. Se vio cuando era profesor rural en su lucha por alfabetizar a la gente en tiempos de la educación socialista, que lo hizo un cruzado del pensamiento del presidente Cárdenas: “Sin escuela no hay progreso”. Ahora vería el progreso salir de las dos petacas de Matías, con el proyector y sus bobinas para rollos de 16 mm. Y algo más: un almacén de historias y azares, de luchas y fiestas, una colina aparte en la montaña impenetrable que es la vida.

Lo sacaron de sus pensamientos el grito del capitán anunciando la próxima parada y el vaivén de la lancha arrimada a la playa donde rompían con fuerza las olas. No tuvo más remedio que cargar con el “cine”. Le entregó las petacas a Simón y le dijo que tuviera cuidado, pues llevaba un negocio redondo en las manos. Entonces vio como en un parpadeo una sala grande de doscientas cincuenta butacas, la gente impaciente por ver la película, y él hablando por un micrófono desde la cabina explicando que en breve empezaría la función. En todo esto ayudó mucho el optimismo de Simón. Le dijo a mi padre que el cine cambiaba a la gente. “Si no hay cine, la vida no se llama vida”, concluyó, remedando una canción.

Bajaron con cuidado la mercancía y la acomodaron en la canoa.

Simón daba órdenes como experimentado hombre de mar. Mi padre lo escuchaba como quien oye llover y siguió pensando en el cine: había que acondicionar el salón dedicado a los bailes, ponerle una sábana y ahí mismo proyectar las películas. No había luz en el pueblo, pero esperaba que la pequeña planta de su casa fuera suficiente. Una sala como las que él había visto en las ciudades era cosa del futuro, aunque a eso debían de llegar: un cine con todas las comodidades, donde la gente entrara abrumada por sus líos cotidianos, que eran la pesca, los nortes, el agua, y saliera convertida en otra cosa. Su sueño tardó más de diez años en volverse realidad. Mi padre no logró construir ese cine pero su hermano Luis Antonio sí, cuando hubo carretera, y desaparecieron las canoas y llegó la modernidad.

 

El mismo día en que desembarcaron lo que sería el cine Victoria, comenzaron los preparativos para exhibir la primera película en la historia de El Porvenir. Lavaron una sábana del hotel, la plancharon, la amarraron de las puntas rematadas en nudos. Simón la colocó al fondo del salón en un ángulo, porque según sus teorías había que proyectar no en línea recta sino perpendicular.

Mi padre invitó a una función de prueba al receptor de rentas y al presidente municipal, y a la familia, nosotros, mi abuelo, mis primos, mis tías, mi madre, y el dependiente de la tienda. El responsable de que todo saliera bien fue mi tío Luis Antonio, que aprendió el funcionamiento de los proyectores, y preparó el ensayo de lo que sería su gran negocio. Vimos Los tres García, de Ismael Rodríguez, un “clásico” del cine mexicano de 1947, con Sara García en el papel estelar de una abuela que lidia a bastonazos con sus sobrinos: Pedro Infante, Abel Salazar y Víctor Manuel Mendoza.

Nos pareció una delicia.

El receptor de rentas elogió a los actores, sobre todo al “genial” Andrés Soler. Dio muestras de ser un “entendido” del cine y habló de la fotografía. Mi padre estaba contento, prometió que empezarían las exhibiciones públicas el siguiente sábado. Se cobraría un peso la entrada a los adultos y 75 centavos a los niños.

Así fue, pero antes Simón divulgó por el pueblo lo que sus ojos habían visto en la pantalla. La gente creía que ahí mismo se encontraban las haciendas, las ciudades, los actores y los mariachis proyectados.

“Una pantalla reproduce como por arte de magia, la vida”, decía Simón en todas partes, hasta que mi abuelo lo llamó. Simón sabía que ese llamado era cosa seria, así es que se presentó junto a la silla donde mi abuelo, sentado, dirigía el mundo:

“No prometas lo que no hay. Luego si no encuentran en el cine cuanto les dijiste van a empezar a joder. ¿Entendiste? No quiero líos de ningún tipo en un negocio que apenas empieza”.

El sábado, a las 8:45, comenzó la función con unos doce espectadores. Serían los primeros en contar qué era una película como la de Sara García, Abel Salazar y Jorge Negrete: Allá en el Rancho Grande.

El peso de entrada inauguró lo que sería el cine Victoria, el único que hubo en el puerto hasta el año de 1991, en que llegaron las videocaseteras, y dejó de existir.

 

El pueblo siempre vivió en el atraso. El cine llegó tarde, lo mismo que muchas películas célebres que todo mundo había visto, como Nosotros los pobres. Igual las vimos en esos años con una pasión desenfrenada sin edades; los que éramos niños con inocencia, los adolescentes con risitas maliciosas y los viejos, con desconfianza. Nosotros los pobres golpeó a todos. Tal vez por la mala suerte de Pepe el Toro, que jamás logra vencer la fortuna que tiene en contra. El caso es que al vendedor de paletas y raspados le pusieron Pepe el Toro; a la hija de doña Rebeca, gordita que solía quedarse sentada en un sillón flojeando, mientras su madre atendía a los clientes en la fonda de garnachas que abrieron pensando en los “desvelados” que iban al cine, le cayó el apodo de Chachita. La gente vio en la pantalla a sus propios hijos y la película permaneció viva en el pueblo durante mucho tiempo. Nadie quería olvidarla y fue revivida con pasión cuando se exhibió la segunda de la serie, Ustedes los ricos, con el mismo reparto, aunque más escalofriante. Pedro Infante ya era entonces un ejemplo a imitar. Usábamos sus frases en la escuela y en los juegos callejeros. Si alguien tenía mala suerte era “como Pepe el Toro”. Si el maestro preguntaba en la clase de civismo por el deber de un mexicano, Poncho contestaba que ser bueno y obstinado “como Pepe el Toro”. En la clase de historia de México se habló del Siervo de la Nación y para que el ejemplo hiciera efecto inmediato el maestro dijo que había sido labriego, luego cura, y había puesto todo su empeño, como Pedro Infante, en la carpintería.

En los meses del invierno el viento del norte barría las calles desiertas y obligaba a la gente a refugiarse en la tienda de mi abuelo. Ahí se hablaba del mal tiempo, pero sobre todo de las películas de Pedro Infante. Les dolía la escena en que la abuelita paralítica queda tirada en el piso mientras embargan la casa de Pepe el Toro: “Hijos de su mera madre —decía mi tío Eduardo—, la avientan como un saco de cebollas”. Con el tiempo, a Poncho y a mí nos pareció que la cosa no era para llorar sino para zurrarse de risa.

La gente que yo veía en el cine, hablando y bebiendo gaseosas, fumando y agarrándose los huevos por encima del pantalón, fue la misma que puso cara seria y derramó no pocas lágrimas cuando llegó al pueblo la noticia de que Infante había muerto en un accidente aéreo. Sólo Simón se atrevió a negar la noticia: “No crean todo lo que dice ese aparato, que es mentiroso por oficio”. Gallardo, otro inconforme consumado, advirtió: “La radio les está lavando el coco, no vaya a secárselos”.

Se había calmado el dolor por la muerte de tres pescadores desaparecidos en el último huracán y la muerte de Pedro Infante era parte esencial de la memoria marina del puerto, cuando el gusto se vio alterado, las modas renovadas y el vocabulario de las mujeres enriquecido, desde luego con Tin-Tan, pero sobre todo con los desplantes de la reina de la pantalla, María Félix, primero en Enamorada, junto a Pedro Armendáriz, (“Ella más guapa que la Virgen”, pregonó mi tío Eduardo), luego en Doña Bárbara, donde brillaban los ojos bellos pero iracundos de la Doña, un bombón enchilado. Río escondido provocó discusiones acaloradas sobre la educación y sobre lo que debía ser un maestro: un verdadero apóstol de la sociedad. Cuando vimos a la Doña en Tizoc, junto al recientemente desaparecido Infante, el pueblo entero se arrodilló ante ella. Empezó a tejerse una leyenda sobre esta mujer que lo mismo era una maestra de escuela abnegada hasta el delirio, una revolucionaria implacable que en vez de tetas traía cartucheras, una niña linda raptada por un indio, una femme fatale junto a Arturo de Córdoba. Simón solía decir: “Esa vieja no le teme ni al mismo diablo”. Gallardo la veía como algo maléfico, un “objeto sexual perturbador, aunque deliciosamente bello”.

Suscitó discusiones que llegaron a los golpes entre matrimonios del puerto. El cine como espectáculo fue llevado al asador. Gallardo abrió el fuego al decir que veía en el tremendismo del cine un peligro para la sociedad, la costumbre hecha ley de que el público se creía lo que era pura ilusión y se volvía bobo.

“Las figuras que ustedes ven hoy, como la Doña, serán odiadas mañana cuando vean el mal que ha infundido en sus hijos. En sus palabras sólo hay perversión, aunque estemos de acuerdo que es bonita”, decía.

 Lo mismo podía decir Gallardo de las acciones de Juan Orol, “muestra clara de la venganza y el odio, de la violencia que tanto tratamos de evitar”. Y de Los olvidados, “que pone a la sociedad mexicana en un basurero moral, en relaciones humanas enfermas que van del crimen a la sodomía, de seres que han perdido el rumbo y el interés por las cosas bellas que tiene este país”.

El director de la escuela tuvo que hacerlo callar. Le quitó el micrófono y le dijo que esa era una tribuna escolar, no un altar del proselitismo. Gallardo le replicó que era un imbécil que no entendía nada. En una tertulia en el kiosko en construcción del parque, que se terminó veinticinco años después del primer esbozo, Gallardo volvió a la carga diciendo: “Hay que bajar del trono a esa figura ilusa, la época de oro del cine mexicano”.

 

Tirando hacia aquellos días, me considero afortunado de que el cine haya llegado al pueblo de mi infancia. Mis compañeros y yo tuvimos la oportunidad de conocer otros mundos y épocas, a personajes como don Benito Juárez y don Porfirio, Pancho Villa y Madero, los campesinos que lucharon en la Revolución, los braceros que se iban a Estados Unidos, los boxeadores del momento y algunos beisbolistas. Seguíamos jugando con el trompo, las canicas, los papagayos y las palomas, beisbol y algo de básquet, y sintiendo la presencia del mar cuando el huracán lo agitaba. Pero nuestra cabeza estaba puesta en las traiciones de Carlos López Moctezuma, en lo desgraciado que era Rodolfo Acosta en Salón México, en el rostro perfecto de Elsa Aguirre, en lo maldito que podía ser Miguel Inclán en Los olvidados, ciego desgraciado.

Nuestro tedio se esfumaba frente a la pantalla la noche en que veíamos a alguno de los grandes actores que nos parecían titanes, encarnación de sueños que algún día se cumplirían: tener la suerte de Tin-Tan en El ceniciento, la dicha y la voz de Pedro Infante para seducir a las mujeres, las ocurrencias de Cantinflas en Sastre a la medida, la borrachera de Andrés Soler en Grítenme piedras del campo, la suerte de Luis Aguilar cayendo sobre Ana Berta Lepe. Las muchachas soñaban con tener el perfil de Ariadna Welter o de Silvia Pinal, la carita de Rosita Arenas. Los viejos se la pasaban evocando las piernas de Lilia Prado y Ninón Sevilla, los pechos de Rosa Carmina. Los chamacos imitábamos las tonterías de Borolas, el Chicote, el Piporro y Óscar Ortiz de Pinedo, y el clásico segundo de a bordo de todas las películas, Fernando Soto, Mantequilla, más bueno que el pan y simpático, con cara de chiste.

Cada película nos llevaba a veces a Acapulco o a Guadalajara, a la selva de la sierra Madre, a Mazatlán, a las islas Marías. También podíamos creer que estábamos en Los Ángeles, en Nueva York, en Buenos Aires, en Madrid, en París. El cine fue una aventura. Despertaba en nosotros las emociones contundentes del viaje y del deseo.

Dibujaba a tope el rostro de Ciudad de México, la región más transparente, el Anáhuac de aguay flores rodeado de volcanes. Veíamos sus calles y sus plazas, sus cabarets, sus grandes almacenes, las costumbres y la ropa de la moda. Desde allá, del otro lado del mundo, la capital se presentaba limpia, serena, peligrosa a veces, como si fuera la última parada del viajero ideal que queríamos ser. ¿Cuántas horas había que viajar de El Porvenir a Ciudad de México? Algo así como veintitrés, pero no continuas, segregadas. Había que tomar el camión de El Porvenir, mi pueblo, a Cuautemotzín, en el límite de Tabasco y Veracruz, treinta y cinco kilómetros que tomaban dos horas. Ya ahí, en la orilla del río Tonalá, el pasajero subía en una lancha durante media hora hasta el Muelle, en el estado de Veracruz, donde esperaba una camioneta que en veinte minutos, por un camino de terracería, de pozas y grandes zanjas todo el año, te llevaba a Agua Dulce, el gran centro petrolero de la región. Ahí sí subías a un autobús en forma, de asientos con respaldo alto, reclinable y acojinado, con destino a Coatzacoalcos, Puerto México, especie de Manhattan de mi memoria infantil. En Puerto México se daba el último paso del viaje: subir a un enorme y magnífico autobús de la línea Autobuses de Oriente, ADO, que en sólo dieciocho horas te ponía en la estación de Buenavista de la capital.

 

El cine Victoria llegó a ser una sala inmensa con luneta, palcos y butacas, a diferencia de las bancas sin respaldo del principio, y una pantalla gigante.

Habían llegado a El Porvenir la luz eléctrica, la carretera, los coches, el teléfono, las videocaseteras. Y ese mismo progreso hirió al cine de muerte.

“Muy sencillo”, decía mi tío Luis Antonio, “la playa de arena limpia y blanca que conocimos se volvió un basurero; la gente de antes se fue muriendo, emigró a los Estados Unidos, al norte de México, y esto se fue quedando sin alma. He visto pasar los años, estoy convencido de que a nadie le importa ya el mundo que nos importó a nosotros”.

 Refugiado en esas reflexiones cerró su propia vida, que era el cine. A los seis meses, el salitre había hecho lo suyo: los rodillos se habían oxidado, los generadores tenían pegado el carbón y las lentes parecían estropeadas. Una mañana de diciembre, mi tío intentó pasar un rollo de película para hacerle una demostración a un cliente interesado en comprar el inmueble, los aparatos y todo el equipo para volver a exhibir películas en el pueblo. Y se encontró con que era imposible: la falta de lubricantes y de atención diaria había entorpecido el funcionamiento del equipo. Cuando se quedaron solos, le dijo a Simón, el hombre que lo acompañó en las buenas y en las malas, también ayudante de mi padre, ahora convertido en un viejo flaco, correoso, fumador de tiempo completo, fiel hasta el final:

—No es el cine lo que se ha terminado, Simón, somos nosotros.

—Coño, no seas así, el cine lo has dejado morir tú.

—Entiende, por una chingada. Comenzamos hace cuarenta años esta empresa; vimos el futuro en la pantalla y mira nada más en qué vino a parar, en estas ruinas que nos rodean, en la desolación de mierda que golpea estas paredes y de paso a nosotros.

 

Álvaro Ruiz Abreu
Escritor, biógrafo y académico de la UAM-Xochimilco. Su último libro es Viajeros en los andenes. México 1910-1938.