Ofrecemos el pasaje de una visión inédita sobre la construcción histórica del presidencialismo mexicano. Soledad Loaeza ha leído por dentro la historia de tres presidentes claves de la institucionalización política de México: Manuel Ávila Camacho (1940-1946), Miguel Alemán Valdés (1946-1952) y Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958). La novedad absoluta de esta mirada es que reconstruye los hilos de un diálogo político esencial, pero normalmente invisibilizado, entre los políticos mexicanos y un interlocutor obvio: la embajada estadunidense.

The good Mexicans do not want us to intervene in the elections, but they do hope that we will, through our moral influence,do what we can to influence a proper election.
Embajador George Messersmith, 16 de diciembre de 1945

En el reporte del 19 de abril de 1945 acerca de la situación política que prevalecía en México, el embajador Messersmith llamó la atención sobre el nerviosismo que provocaba en el presidente Ávila Camacho la posibilidad de un conflicto conEstados Unidos. En días anteriores, el Departamento de Estado había recibido la nota de que ante la Comisión Permanente del Congreso, el presidente había opuesto los conceptos de Interamericanismo y Panamericanismo, para expresar su apoyo a la segunda fórmula, normalmente utilizada por los críticos de Estados Unidos. Washington solicitaba la confirmación del hecho.

Según Messersmith, al presidente se le descompuso la cara cuando le consultó. El embajador trató de tranquilizarlo diciéndole que él mismo había comunicado a sus superiores que seguramente se trataba de una mala interpretación.1 Ávila Camacho expuso luego un rosario de actos de buena voluntad, fidelidad, sincera admiración y agradecimiento hacia Estados Unidos, y las razones por las que creía que la relación de México con ese país debía ser “extremadamente estrecha”.

La descripción que el embajador hace de Ávila Camacho poco tiene que ver con el personaje sereno del que tanto se hablaba; parece más bien un hombre inseguro, emotivo, temeroso de sus propias palabras. Esta imagen se asemeja a la que le había transmitido el candidato Ezequiel Padilla al embajador, unas semanas antes, cuando le aconsejó que visitara al presidente, porque en esos momentos estaba sujeto a fuertes presiones de parte de la extrema izquierda y de la extrema derecha. Había que “fortalecer la postura del presidente frente a los elementos que trabajan para frenar la colaboración con Estados Unidos y con el conjunto interamericano”, manera cifrada de invitar al embajador a expresar su apoyo a la candidatura del propio Padilla.

En la primavera de 1945 la sucesión presidencial era el tema que ocupaba las mentes de la élite política tanto como la del embajador Messersmith. El procedimiento establecido por el presidente Lázaro Cárdenas de designar él directamente al candidato de su partido había sido una solución al espinoso asunto de la sucesión. Le permitía al gobierno mexicano comprometerse con Washington a mantener la estabilidad del país, y daba al gobierno vecino voz si no voto en la decisión.

El veto de Washington podría explicar que, en la sucesión presidencial de 1940, fueran eliminadas las candidaturas de Francisco Mújica y de Vicente Lombardo Toledano, representantes ambos del radicalismo revolucionario. A cambio de conceder el veto, el presidente mexicano podía pasar por alto las preferencias de Washington, como puede haber ocurrido en 1945, cuando Ezequiel Padilla apostó su triunfo en la sucesión al compromiso de Estados Unidos con su candidatura.2

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Cuando el presidente Ávila Camacho se inclinó por Miguel Alemán también apostó a sus buenas relaciones con Washington, confiado en que se aceptaría su decisión bona fide. Pero lo cierto es que desde los primeros escarceos de la campaña se planteó el tema de que el candidato ganador sería el que tuviera la aceptación de Washington. Fuera de izquierda o de derecha, el candidato tenía que pasar por la aduana estadunidense.

En septiembre de 1945, una funcionaria de la embajada, Margaret Barrett, asistió a la VI Asamblea del PAN. El memorando que entregó a sus superiores describe una reunión siniestra, empapada de frases, metáforas y referencias religiosas, en la que malos oradores pronunciaron discursos incomprensibles de tono arcaico. El informe subrayaba los repetidos comentarios críticos contra Estados Unidos y las protestas vulgares contra Lázaro Cárdenas. Barret ofrecía una imagen muy poco atractiva del partido de oposición conservadora. El PAN representaba afinidades con el franquismo inaceptables para el embajador.

La influencia del general Cárdenas también inquietaba a la embajada estadunidense, y a la británica. Lo veían como un adversario de talla. Los reportes diplomáticos se refieren siempre a él con rencor y desconfianza, asociado a políticas radicales. No siempre lo vinculaban con Vicente Lombardo Toledano, la segunda bestia negra de estadunidenses y británicos, pero estaban conscientes de que tenían mucho en común, aunque a Cárdenas no lo identificaron nunca con la Unión Soviética, como a Lombardo.

El hecho es que Washington no encontraba en México una alternativa a la “maquinaria oficial” que le conviniera. Ni la izquierda que representaba Lombardo Toledano ni la derecha que encarnaban el PAN y la Unión Nacional Sinarquista eran mejores opciones que el candidato del gobierno. A diferencia de su embajador en Ciudad de México, Washington pronto se percató de que la maquinaria del PRI ahogaba cualquier posibilidad de crecimiento de la candidatura de Padilla.

 

Entre junio de 1945 y julio de 1946, los candidatos presidenciales y más de un político ambicioso gravitaban hacia la embajada de Estados Unidos, como en un movimiento inconsciente. Por sus salas y oficinas desfilaron numerosos personajes de la vida pública.

El embajador preparaba detallados informes de las entrevistas con los personajes que se acercaban fuera para pedir apoyo, como Padilla, o para explicar sus verdaderas intenciones y conjurar un posible veto, como Miguel Alemán. Francisco Castillo Nájera se presentó en la embajada cuando corrió el rumor de que en caso de un empate él podría ser el candidato de conciliación.3 Incluso Manuel Gómez Morin discutió con el embajador la candidatura de Cabrera.4 Ezequiel Padilla era el más insistente en hacer que Washington se comprometiera con el buen desarrollo de los comicios, lo que para él era el equivalente de un triunfo seguro.5

Los informes de la embajada de esos meses tenían una constante: la elección mexicana era clave en el contexto de la gran ofensiva que preparaba la Unión Soviética para crear inestabilidad en la frontera sur de Estados Unidos. Las tensiones con la Unión Soviética aumentaban día con día. En esas condiciones era muy importante para Washington mantener una relación amistosa con los vecinos.

 

Lo más cercano a la declaración oficial que Messersmith esperaba de Washington sobre la elección mexicana fue una entrevista del director del diario Excélsior, Rodrigo de Llano, con “un alto funcionario del Departamento de Estado”. Apareció en la edición del 15 de diciembre de 1945 del diario, uno de los más influyentes en los círculos gubernamentales mexicanos. El entrevistado permaneció anónimo pero, según el embajador Messersmith, era probablemente el subsecretario de Estado Spruille Braden. En ella el subsecretario afirmó: “La administración de Washington juzga que la elección corresponde única y exclusivamente al pueblo de México, que debe excluirse como falsa toda suposición de que pueda llegar a existir una injerencia o inspiración extraña”.6

Sin embargo, el entrevistado introdujo un matiz. El único obstáculo para el desarrollo de esta política sería “la existencia de un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos. Este es el punto que se debate en torno a Argentina”.7 Luego de consultar la comunicación del Departamento de Estado al respecto, el embajador descubrió que el director de Excélsior había omitido un párrafo crucial de lo dicho por Braden. Era éste: “Tenemos plena confianza en que el pueblo tendrá la oportunidad real de expresar su voluntad”. Esta afirmación, según Messersmith, mantenía la línea de aprobación condicional estadunidense a la política local que se había establecido con Argentina y Brasil. Al eliminar la condición de unos comicios limpios, el entrevistador dejaba la impresión de que los resultados de la elección se darían por buenos, independientemente de que fuera o no fraudulenta.8 La nota añadía: “Es tan firme y sincera, de parte del Presidente Harry S. Truman, la política de No Intervención en los asuntos internos, que hasta los diplomáticos norteamericanos tienen instrucciones de no inmiscuirse, ni siquiera de palabra…”.9

Es decir, de Washington llegaba la orden a la embajada de guardar silencio. Esta prohibición resultó muy onerosa para el embajador Messersmith, pues le arrebató la posibilidad de protestar contra la nota de Excélsior que no había recogido fielmente las palabras de Braden. Así que, la declaración del Departamento de Estado no subrayaba la importancia de elecciones libres y de la oposición, que era lo que Messersmith esperaba. Este gesto alentaría a los que realmente creían en los procesos democráticos.10

El embajador no tuvo tiempo para reponerse de la nota periodística mutilada. Al día siguiente Lombardo Toledano le propinó otro golpe. Ante una multitud reunida en el Monumento a la Revolución en Ciudad de México, en un inflamado discurso, Lombardo denunció que la reacción preparaba una guerra civil. Luego de una extensa diatriba contra Padilla, a quien describió con saña como un “producto pintoresco de varios complejos estupendos”,11 afirmó que “la reacción mexicana está decidida a la revuelta y al atentado personal. […] La Unión Nacional Sinarquista está pasando armas de los Estados Unidos para rebelarse. Ciertas empresas imperialistas yanquis, a pesar de las declaraciones terminantes de Truman […] tratan de estorbar nuestro progreso e insisten en tener un Quisling12 en el Gobierno de nuestra patria”.13 Lombardo acusó incluso al papa de incitar a la guerra civil, en referencia a las manifestaciones religiosas que habían tenido lugar unas semanas antes, con motivo de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Terminó el discurso en completo estado de agitación, exhausto y con la voz ronca invocó al pueblo: “¡El pueblo no se equivoca jamás!”, y lo llamó a cerrar filas y estar en guardia.14

Casi todos los periódicos de Ciudad de México, a excepción de El Popular, se mofaron de la denuncia de Lombardo. “Cosas de Vicente”, dijeron. Pero la acusación estuvo a punto de generar una crisis diplomática con Estados Unidos. Washington ejercía entonces un estrecho control sobre las exportaciones de armas. Si había contrabando hacia México, eso podía significar dos cosas: incompetencia o complicidad del gobierno estadunidense con los conspiradores. La noche misma del día en que se publicó la noticia del discurso, el embajador Messersmith fue recibido por el secretario de Relaciones Exteriores, Castillo Nájera, quien le aseguró que compartía su indignación. Le informó que el gobierno no tenía noticia del supuesto contrabando, pero que iniciaría una investigación de inmediato, y que lo mejor era dejar el asunto en manos del presidente.

Messersmith se apaciguó. Castillo Nájera explicó que Lombardo se habría dejado llevar por su verbo y por sus pasiones, y que tal vez lo mejor era dejar el tema por la paz, a reserva de los resultados de la investigación que supuestamente haría el gobierno mexicano.

A principios de enero de 1946, el embajador Messersmith envió al secretario en funciones, Dean Acheson, un memorando de 19 cuartillas a renglón seguido. Fue su último intento de convencer al Departamento de Estado de la necesidad y la conveniencia de propiciar el triunfo de Ezequiel Padilla, y detener a Miguel Alemán.

El documento es un recuento de la campaña electoral desde su arranque hasta la fecha del reporte, en el que destaca la lucha de Padilla por el respeto a los principios democráticos, contra los innumerables obstáculos interpuestos por los alemanistas.15 Según el embajador, el presidente Ávila Camacho por fin se había dado cuenta de que Alemán era todo lo contrario a sus más profundas convicciones democráticas. Por esa razón, escribe, “sé que era un hombre muy infeliz”.16 Pero, al igual que él mismo, que Lombardo y que Padilla, se había topado con límites que lo debilitaban, incluso si, según él, Alemán también era débil, en la medida en que había sido impuesto. El Departamento de Estado se mantuvo impertérrito.

En mayo de 1946 llegó a México un nuevo embajador, Walter Thurston. De inmediato los dos principales candidatos presidenciales le solicitaron una entrevista, que les fue denegada. Ante la insistencia, el embajador se reunió con Padillla, pero en la residencia. Le parecía una indiscreción que el candidato opositor más fuerte fuera visto en sus oficinas a unas cuantas semanas dela elección. En la reunión, el excanciller mexicano trató de presionar a Thurston para que hablara con el presidente Ávila Camacho y le dijera que su estatura como estadista crecería a ojos del gobierno y del pueblo de Estados Unidos si se comprometía con que la elección fuera limpia y justa. Thurston respondió que no podía hacer nada al respecto.

 

Alemán tenía en su contra en Estados Unidos a grandes medios de comunicación, incluidos los periódicos de la cadena Hearst, y estaba permanentemente bajo el ojo inquisidor de The New York Times, y del semanario Time, que, en más de una ocasión, expuso al candidato, como lo haría después con el presidente. En su  edición del 11 de febrero de 1946, Time describía al candidato del PRI como un “astuto oportunista” que sabía cómo ganarse la buena voluntad de los hombres y ser seductor con las mujeres.17 El tono del artículo y las referencias a las debilidades personales del candidato oficial, a sus infidelidades conyugales, revelan que la intención no era tanto informar, sino minar la confianza en el personaje.

Anteriormente Alemán había intentado contrarrestar esta animadversión acercándose a la embajada. No tuvo acceso a Messersmith, pero en dos ocasiones se entrevistó con el primer secretario, Guy Ray. La primera reunión tuvo lugar el 25 de septiembre de 1945, cuando la campaña apenas empezaba a tomar vuelo. La segunda reunión se llevó a cabo el 29 de marzo de 1946. Los informes de ambos encuentros contienen información detallada sobre lo tratado, pero también dejan ver las actitudes de los participantes. El informe de septiembre describe una reunión incómoda de más de dos horas, retrata la ansiedad de Alemán y la frialdad de Ray. La locuacidad de uno; la reserva del otro. De entrada, el diplomático estadunidense precisó que su país miraba con interés el proceso electoral mexicano, pero que su política era de estricta no interferencia. Alemán pareció descartar el comentario, porque ya lo sabía o porque no lo creía. Sólo apuntó que Estados Unidos al brindarle o negarle apoyo a un gobierno, había hecho o deshecho presidentes.18

En esa reunión la principal preocupación del político mexicano era su rival Padilla, a quien trató de desprestigiar; lo acusó de oportunista y de hipócrita, insistió en que la política exterior que tanto aplaudían enWashington era del presidente Ávila Camacho. Su intención era establecer que, de llegar a la presidencia, la continuidad de la política de cooperación estaba asegurada, porque él entendía que era la única posible entre los dos países.

En la segunda reunión, Alemán estaba mucho más seguro de sí mismo. Hablaba dueño de la situación: su preocupación ya no era Padilla, sino que la embajada tuviera una idea equivocada de la posición de Lombardo Toledano en la campaña y en el futuro gobierno.

Alemán dijo saber que el líder sindical era comunista y que su lealtad primera era hacia la URSS, pero no creía que fuera una amenaza, entre otras razones porque era un político “en declive”. Advirtió que no podía denunciarlo porque todavía necesitaba movilizar apoyo de los trabajadores para su campaña, pero se comprometió a que no habría comunistas en su gobierno, y tampoco aceptaría a los amigos [comunistoides] de Lombardo.19 Alemán también quiso presentarse como un hombre pragmático, que entendía que con la administración Truman la relación bilateral sería más quid pro quo que en el pasado, y que acciones inamistosas de parte de México hacia Estados Unidos tendrían serias repercusiones.

La diferencia más importante entre las dos reuniones que sostuvo el candidato del PRI con el diplomático estadunidense es que, en la segunda, Alemán insistía en discutir temas de política internacional. Estas referencias sugieren que —como bien lo vería Ray— el candidato creía que poseía una buena carta de negociación: el deterioro de las relaciones entre las superpotencias. Alemán afirmó “categóricamente” que, en caso de guerra —que él creía podría estallar en breve— o simplemente en la batalla ideológica que libraban, si él era elegido presidente, México daría “todo su apoyo a Estados Unidos”; declararía las hostilidades de inmediato, “a diferencia de lo ocurrido en la guerra pasada”; y estaría mejor preparado para aportar ayuda militar efectiva de inmediato, así como cualquier otra forma de cooperación.20

Al término de este encuentro, Alemán hizo la pregunta que en opinión de Ray era la que lo había llevado a buscar esta segunda visita. “Si es evidente”, dijo, “que las elecciones del 7 de julio son absolutamente libres y honestas y soy el elegido, ¿cuáles podrían ser las bases para que Estados Unidos no reconociera a mi gobierno?”.21 Ray contestó que no tenía autoridad para dar una respuesta oficial, pero era de la opinión que si la elección se desarrollaba como lo había descrito, el tema del reconocimiento ni siquiera se plantearía.22

 

El 7 de julio de 1946 tuvieron lugar los comicios más ordenados hasta entonces, desde la elección de Álvaro Obregón en 1920. La jornada ofreció un poderoso contraste con la elección de Ávila Camacho seis años antes; fue un despliegue de competencia administrativa y de fuerza del Estado.

El gobierno había hecho un gran esfuerzo para promover la participación electoral: desde el empadronamiento del mayor número posible de ciudadanos hasta la entrega de las credenciales de elector. Al menos en las ciudades grandes, cada mesa electoral estuvo resguardada por quince gendarmes, que mantenían a distancia a mujeres y niños; una unidad motorizada recorría cada distrito; y la policía mantenía contingentes en estado de alerta. La reserva general estaba “lista para intervenir en el momento oportuno”.23

También se precisaron instrucciones para que la policía guiara a los votantes. El ejército anunció que se le habían asignado las siguientes tareas: mantener el orden, garantizar el libre ejercicio del sufragio, proteger a los funcionarios electorales y custodiar la documentación hasta que las Juntas Computadoras conocieran los resultados electorales.24

La brigada mecanizada se instaló en la Plaza de la República. El 6.º regimiento de caballería en la Ciudadela. Se colocaron retenes frente a las casas de los cuatro candidatos, y guardias especiales en todos los edificios públicos. Había que asegurar que la votación fuera pacífica y que no hubiera desmanes ni desórdenes. El día anterior, el presidente transmitió por radio un mensaje en el que exhortaba a la ciudanía a votar, se comprometía a respetar la voluntad popular, al mismo tiempo que anunciaba que el ejército se haría cargo del orden y del transcurso pacífico de la elección.

Los votantes mexicanos acudieron a las urnas; las actitudes se mezclaban, por una parte, las clases medias urbanas esperanzadas aunque cautelosas; los trabajadores sindicalizados confiados en las palabras de los líderes; y los campesinos —el grupo mayoritario—, debidamente organizados por la central campesina del PRI. Miguel Alemán fue declarado ganador con 1 786 901 votos. Al segundo lugar, Ezequiel Padilla se le reconocieron 443 357 sufragios. El reporte de las fuerzas del orden fue un “Sin novedad” que le devolvió los colores al presidente Ávila Camacho.

El presidente Truman felicitó al vencedor, lo invitó a Washington y expresó su deseo de visitar México. A una semana de la elección, el 16 de julio, el embajador de México en Washington, Antonio Espinosa de los Monteros, se entrevistó con el subsecretario para Asuntos Americanos del Departamento de Estado, SpruilleBraden, quien le comunicó la satisfacción de su gobierno por una elección pacífica que había puesto fin a las“…fricciones entre los gobiernos de ambas repúblicas (México y Estados Unidos)”. Y añadió: “…de ahora en adelante las relaciones entre los dos países seguramente seguirán su curso normal”.25

Como era de esperarse, Ezequiel Padilla se inconformó con los resultados, e inició los preparativos para una sublevación o para la instalación de un gobierno paralelo. A pesar de la derrota, Padilla intentó movilizar a la opinión en México y en Estados Unidos en contra de una victoria impuesta. Trató de poner en pie una conspiración para impedir la toma de posesión; también buscó convocar un congreso paralelo en territorio estadunidense o en algún estado del norte del país. Una semana después de la elección, el periodista Drew Pearson reportaba en su programa de radio que Padilla había buscado apoyo del Departamento de Estado para “frenar el avance del comunismo en México”, pues así interpretaba la victoria de Alemán. Había anunciado que establecería su gobierno en la frontera entre los dos países para derrocar al usurpador. Únicamente pedía a Washington que no interviniera en la guerra civil que estaba por iniciar.26 Nadie tomó en serio esta noticia.27

Padilla se trasladó a Estados Unidos. Desde que puso un pie en territorio estadunidense lo siguió un agente del FBI. Entre septiembre y noviembre de 1946, la embajada de Estados Unidos en México recibió puntualmente información proporcionada por el FBI acerca de los planes de Padilla de encabezar un levantamiento para impedir “la imposición”.

Tal y como el subsecretario Braden se había comprometido a hacerlo en noviembre anterior, el gobierno de Estados Unidos mantenía informado al gobierno mexicano y al CNA de los actos de sabotaje que los padillistas planeaban ejecutar en territorio mexicano, así como sobre los aviones y el equipo militar que aparentemente habían adquirido,28 de las personas con las que se reunía y los números de las placas de los coches de sus visitantes.29 Padilla había cifrado sus esperanzas en el apoyo de sus poderosos amigos; buscó insistentemente al secretario de Estado, Edward Stettinius, con quien había trabajado muy cercanamente en San Francisco, tanto que muchos consideraban que se había puesto a su servicio.

Al cabo de un tiempo, Padilla tuvo que rendirse a la evidencia de que el Departamento de Estado había tenido tantas consideraciones con él no porque fuera Ezequiel Padilla, sino porque era secretario de Relaciones Exteriores de México.

En un largo informe dirigido al secretario Castillo Nájera, el embajador Espinosa de los Monteros hizo una reseña de las reacciones al desarrollo y desenlace de la elección que había registrado en el Departamento de Estado. El subsecretario Braden había afirmado “categóricamente que se habían disipado por completo los temores de algunos funcionarios de su gobierno de que la elección […] pudiera generar disturbios en México, así como fricciones entre los Gobiernos de las dos repúblicas”.30

La certeza a propósito del intervencionismo estadunidense no pasó de ser un producto de la subjetividad de los mexicanos en relación con el poder de Estados Unidos, o un instrumento en manos de los políticos

que la utilizaban en su beneficio o en perjuicio de sus adversarios. Así se desprende de la abundante evidencia documental que muestra que el Departamento de Estado se negó reiteradamente a intervenir en forma activa en la elección presidencial de 1946, a pesar de los apremios, sobre todo de parte de su propio embajador en México, George Messersmith y del candidato Ezequiel Padilla.

La negativa se explica por tres razones: primero, entre los funcionarios del Departamento de Estado el intervencionismo era motivo de desacuerdo, pues no eran pocos los que consideraban que traía más problemas que ventajas; en segundo lugar, los antecedentes en Brasil y en Argentina eran una muestra de los riesgos en que incurría un embajador estadunidense cuando intervenía en la vida política de otros. Por último, el gobierno estadunidense confiaba en que la decisión de Ávila Camacho no pondría en peligro el statu quo de la relación bilateral. Este episodio ilustra la sentencia de John Foster Dulles, el secretario de Estado del presidente Eisenhower, entre 1952 y 1959, que decía: “Sabemos qué podemos esperar de México y entendemos sus limitaciones. Lo mismo vale para explicar la actitud de México hacia Estados Unidos, aunque tradicionalmente esta actitud está coloreada por una vaga sospecha en cuanto a nuestras motivaciones”.31

Este arreglo que fue benéfico para la relación bilateral, en cambio, frenó el desarrollo de la presidencia de la República, en la medida en que apoyaba sus funciones de preservación del orden establecido frente a su potencial como agente de cambio.

1946 fue más un punto de inflexión que el final o el principio de una era. Aquella coyuntura afianzó en la élite heredera de la coalición revolucionaria triunfante, la convicción de que para estabilizar al país era necesario centralizar el poder. A partir de entonces, esa misma élite buscó la seguridad en la creación de instituciones nacionales que estrangularon las estructuras locales. Fortalecieron a la presidencia de la República y al poder ejecutivo a expensas del poder legislativo y del poder judicial. También arrollaron el pluralismo político de la sociedad. Su modo de gobernar había perdido el brillo de la audacia revolucionaria; sus objetivos eran claros, no así sus límites, salvo allí donde se topaban con Estados Unidos.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

Este es un extracto del libro A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría 1945-1958, que publicará El Colegio de México este otoño.


1 “Messersmith, G. S., Mexico City to Edward R. Stettinius, Jr., Washington, April 19, 1945”, MSS0109 George S. Messersmith Papers, University of Delaware, disponible en: http://udspace.udel.edu/handle/19716/7675

2 Ver Soledad Loaeza. “El candidato gringo. Semblanza de Ezequiel Padilla”, nexos, abril 2014.

3 Biblioteca Lamont, Universidad de Harvard, “From George Messersmith to Dean Acheson”, January 12, 1946, rollo 300490. Según reporta el embajador a principios de abril, Castillo Nájera solicitó una entrevista con el subsecretario Braden, con el secretario de Estado o con el presidente Truman para hablar de la elección presidencial. “Ha estado jugando pelota con nosotros”, y soñó con ser candidato. “Lo más probable es que quiere seguir siendo secretario de Relaciones Exteriores”. Universidad de Harvard, Biblioteca Lamont, “De George Messersmith a Dean Acheson, April 2, 1946”, rollo 400419.

4 Biblioteca Lamont, Universidad de Harvard, “De George Messersmith a Dean Acheson, April 6, 1946”, rollo 400438.

5 Diversos documentos dan testimonio de las solicitudes de ayuda de Padilla a, por ejemplo, el antiguo secretario de Estado Edward Sttetinius, quien había dejado de ser funcionario y era presidente dela Universidad de Virginia. Sttetinius informaba al Departamentode Estado de las peticiones de Padilla. Para ilustrar los informes que la embajada mexicana en Washington recibía sobre Padilla, ver, por ejemplo: SRE, Archivo Histórico Genaro Estrada, Fondo de la Embajada de México en Estados Unidos, “Correo aéreo confidencial”, núm. 87, 16 de julio de 1946, C-395-4, s. f.

6 Ibid.

7 “Washington no intervendrá en asuntos electorales de México”, Excélsior, 15 de diciembre de 1945, primera plana.

8 Biblioteca Lamont, Universidad de Harvard, “De Messersmith a John Carrigan, December 16, 1945”, 2/00772.

9 Ibid.

10 Biblioteca Lamont, Universidad de Harvard, “De George Messersmith al secretario de Estado, January 15, 1946”, 3/00536.

11 “Lombardo Toledano exhibió a Ezequiel Padilla como traidor que solicita el apoyo extranjero para imponer en nuestra patria un régimen pelele”, El Popular, 17 de diciembre de 1945, pp. 1-2.

12 Vidkun Quisling fue un político noruego que colaboró con los países del Eje.

13 “Lombardo Toledano exhibió a Ezequiel Padilla como traidor que solicita al apoyo extranjero para imponer en nuestra patria un régimen pelele”, El Popular, 17 de diciembre de 1945, pp. 1-2. Acusaciones muy similares había hecho Lombardo en relación a Saturnino Cedillo en 1938 y a los almazanistas en 1940. En ningún caso probó sus dichos.

14 Ibid.

15 NARA, College Park, “De George Messersmith a Dean Acheson, Acting Secretary of State, American Embassy, January 12, 1946”, 812.00/1-1246.

16 Ibid.

17 “Latin America: Man of Affairs”, Time, 11 de febrero de 1946, pp. 39-40, disponible en: http://content.time.com/time/magazine/article/0,9171,854130,00.html

18 Biblioteca Lamont, Universidad de Harvard, “Transmitting memorandum of conversation with Licenciado Miguel Alemán, candidate for the presidency of Mexico, From Guy Ray, Chargé d’affaires, to the Secretary of State”, enclosure nr. 26516, september 25, 1945.

19 Ibid.

20 Biblioteca Lamont, Universidad de Harvard, “Memorandum of conversation, Secret. Enclosure to despatch nr. 29,022”, 4 00 399 March 29,1946. U. S. State Department Central Files, Mexico Internal Affairs, 1945-1949. University Publications of North America, Maryland.

21 Ibid.

22 Ibid.

23 “Semana electoral. Misión de la policía del D. F.”, Tiempo, 12 de julio de 1946, vol. IX, núm. 219, p. 3.

24 Ibid., p. 4.

25 Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Minutas de oficios confidenciales, Fondo de la Embajada de México en Estados Unidos, C. 946, 1946, s. f.

26 Archivo Genaro Estrada, “De Antonio Espinosa de los Monteros al C. Secretario de Relaciones Exteriores”, 16 de julio de 1946, Correo Aéreo núm. 07, Confidencial, expediente 73-0/ 210 (73) “46”/1.

27 Sin embargo, en un mensaje personal y confidencial al jefe de la División de Foreign Activity Correlation, Jack D. Neal, el entonces director del FBI, John Edgar Hoover, reportaba que grupos de padillistas armados se preparaban para iniciar una revuelta el 20 de noviembre. Por ese motivo, el ejército mexicano tomaba medidas precautorias en la frontera. NARA, College Park, “From J. Edgar Hoover to Jack D. Neal”, 13 de noviembre de 1946, 812.00/11-1346.

28 El 21 de noviembre de 1946, el embajador Espinosa de los Monteros comunicó al secretario Castillo Nájera que el subsecretario Braden se había comprometido a transmitir a la embajada y a la oficina del candidato electo toda la información que ellos recibieran al respecto. Archivo Genaro Estrada, “De Antonio Espinosa de los Monteros al C. Secretario de Relaciones Exteriores”, 16 de julio de 1946, Correo Aéreo núm. 07, Confidencial, expediente 73-0/ 210 (73) “46”/1.

29 Archivo Genaro Estrada, “De Antonio Espinosa de los Monteros al C. Secretario de Relaciones Exteriores”, 21 de noviembre de 1946, expediente 73-01 núm. IMC-104. “Del cónsul Manuel Aguilar al señor doctor y Gral. Francisco Castillo Nájera”, Consulado General, Los Ángeles, CA, 21 de noviembre de 1946, núm. 8049. El cónsul informa al secretario: “Tengo arreglos tanto con el Times como con los periódicos Hearst, para que no se publique nada [en relación con Padilla] sin antes hacerlo del conocimiento de esta oficina.” (Ibid.)

30 Archivo Genaro Estrada, Secretaría de Relaciones Exteriores,“De Antonio Espinosa de los Monteros al C. Secretario de Relaciones Exteriores”, 16 de julio de 1946, Correo Aéreo, núm. 7, Confidencial. Expediente 73-0/210(73)/1.

31 Kane, N. Stephen, Sanford, Jr., William F., (eds.) “The American Republics”, Foreign Relations of the United States, 1952-1954, v. IV, Government Printing Office, Washington D. C., 1983, p. 1350.

 

2 comentarios en “México, 1946.
Todos los caminos llevan a la embajada

  1. O todos los caminos llevan a la cabeza del imperio, ¿estaremos destinados de manera permanente, a esos “altos” designios?

  2. Habría que recordar la extensa lista de intervencionismo de los EEUU en America y el resto del mundo para, penosamente; corroborar que todos los caminos llevan a la embajada.