Este texto fue publicado originalmente en la Revista Común y se reproduce con su autorización.


La información nos ha inundado de tal manera estos días que mientras más tiempo tenemos para leer más rápido leemos. De manera semejante, la impaciencia hace casi imposible escuchar durante dos horas la lenta elocución del presidente López Obrador en sus conferencias de prensas matutinas. Es más fácil esperar a que los medios seleccionen algunos extractos y llenar lo que falta con ideas preconcebidas sobre la ideología del régimen. Escuchar la conferencia que dio el 22 de abril pasado ayuda a entender esta relación negativa entre extensión y entendimiento.

Desde la derecha pero también desde la izquierda enojada con el gobierno es fácil asimilar estas conferencias de prensa con los torrentes verbales de líderes populistas como Castro, Chávez o Trump. Largas horas ante los micrófonos producían la repetición de los puntos básicos de un discurso que enfatizaba la polaridad entre lealtad y disenso y de paso dejaba algunas frases citables. La verborrea, sobre todo si se emite en la mañana, sirve para dominar el ciclo informativo al darle a los noticieros y otros productores de opinión electrónica la materia prima para trabajar un día más. La rutina de Trump twitteando desde su inodoro mientras mira la televisión al alba puede ser escatológica, pero sin duda es productiva de otras maneras.

La analogía entre López Obrador y esos líderes no se sostiene si escuchamos con más lentitud. La conferencia del 22 de abril pasada es tan buena como cualquier otra para entender algunos puntos básicos de la ideología de su gobierno y, sobre todo, para apreciar su impacto en la esfera pública mexicana. Concentrarse en un documento es siempre un ejercicio provisional pero no por eso menos útil. Requiere olvidarse, así sea por un momento, del resto del archivo, y dejar de lado preconcepciones sobre el contexto. Extraer conclusiones basadas en una fuente sirve para leer mejor el resto de la inundación. 

Ilustración: Víctor Solís

Durante la conferencia del 22 de abril López Obrador dedicó su atención a la prensa. En respuesta a un periodista que le que pidió que el gobierno hiciera algo contra las noticias falsas, López Obrador hizo una larga reflexión sobre el estado actual y el pasado del periodismo mexicano. Dijo que su gobierno ha sido atacado como ninguno anterior por una prensa decadente y conservadora. Mencionó algunos medios y periodistas como ejemplo de esa prensa opositora. Atribuyó sus motivos a la deshonestidad y a que “no supieron entender la nueva realidad”. Por eso, “desesperados, optaron muchos por la mentira”, llevados por “tentaciones”. Afirmó que “la gente ya no les cree” y que el pueblo lo apoya a través de las redes sociales. Luego matizó diciendo que todavía hay en los medios “gente consecuente y honesta”. Pero, hacia el final de la conferencia de prensa, regresó al tono defensivo e identificó “la nueva realidad” con su propia persona. A él le “tunden” pero no se queja, porque “yo ya no me pertenezco”. La operación de identificar al líder con el pueblo y definir a los críticos como adversarios es la misma de los líderes populistas mencionados arriba. Sin embargo, una lectura más detenida de la forma en que López Obrador construyó su argumento revela un visión particular del periodismo y su historia, y apunta hacia una contradicción interna en su gobierno que hace imposible igualarlo a regímenes autoritarios o de tendencias post fascistas como los de Chávez o Trump.

López Obrador ofreció una versión mítica del pasado del periodismo mexicano ante la cual el presente era sólo una pálida sombra. Citó a Francisco Zarco, Filomeno Mata, Daniel Cabrera, los hermanos Flores Magón y Paulino Martínez. Aunque la mayoría de estos periodistas trabajaron durante el porfiriato y la Revolución, López Obrador afirmó que el mejor periodismo en México se hizo durante la Reforma y la República Restaurada. En efecto, fue entonces donde se consolidó la función de lo que él llamó “articulistas”, escritores de opinión que también eran hombres de partido. Del siglo XX, López Obrador rescató la revista Siempre y algunos “buenos articulistas” como Manuel Buendía y Miguel Ángel Granados Chapa. Cuando una reportera le preguntó cómo definía al buen periodismo, López Obrador contestó que era “el que defiende al pueblo, el que no defiende al poder”.

La caracterización del presidente funciona mejor para describir el formato del periodismo que su relación con la política. Desde el siglo XIX las columnas de opinión habían sido una parte central de los periódicos mexicanos. Los periodistas construían sus carreras a partir de opiniones que respaldaban con su reputación más que con datos. Zarco, como Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez, eran escritores de partido, sostenidos por liberales para ridiculizar a los conservadores y los intervencionistas. Combinaban el periodismo de combate (una mezcla de honor masculino y gusto por el debate) con el servicio estratégico a la causa liberal, que para ellos era lo mismo que la causa nacional. Nunca fingieron ser neutrales, porque asumían que la razón estaba de su lado.

El papel central del periodismo de opinión sobrevivió la industrialización de los diarios a fines de ese siglo, cuando empezaron a multiplicarse los lectores. La combinación de urbanización, tecnología y diversificación de los géneros periodísticos hizo de algunos periódicos en las primeras décadas del siglo XX grandes empresas comerciales con influencia política. Los gobiernos posrevolucionarios establecieron una relación muy estrecha con los directores de los grandes rotativos. A pesar de estos cambios, siguieron valiendo más los editorialistas y columnistas de opinión que los reporteros y fotógrafos. En la memoria contemporánea del periodismo bajo el PRI ha dominado una narrativa centrada en el golpe de Echeverría contra Julio Scherer García en Excélsior, en 1976. En esta visión, la enorme mayoría de los periodistas mexicanos habían sido corrompidos por el gobierno y sólo unos pocos valientes se atrevieron a desafiarlo. López Obrador aludió a esta narrativa al señalar la decadencia de los periodistas actuales. Algunos de ellos, como Carlos Marín, ex director de Milenio, vienen de la escuela de Proceso, un producto del golpe a Excélsior. Junto con La Jornada y, en una época, unomásuno, Proceso formó periodistas que “ya se echaron a perder”. El resultado es una “decadencia”: “no hay ya en México un periodismo profesional, independiente”. Apoyado en una memoria del periodismo nacional que divide a buenos de malos, el presidente razonó que estos periodistas que lo critican han caído en el “conservadurismo”, un término que, en vista de sus referencias decimonónicas, se acerca a la traición.

No hay duda de que López Obrador es un lector asiduo de la prensa y les otorga a los articulistas una influencia que probablemente sea exagerada para las audiencias modernas. Pero la concepción moral en la que se apoya para entender el periodismo contemporáneo se basa en una mitología que simplifica el pasado. Para quienes se toman la molestia de leer los diarios nacionales del siglo XX (que todavía no están digitalizados y poco a poco se van desmenuzando en algunas hemerotecas) la historia real del periodismo mexicano es, por el contrario, compleja y fascinante, llena de autores y documentos invaluables debajo de la pátina de prestigio de los nombres famosos.

Durante la época más autoritaria del PRI, digamos desde los 40 hasta fines del siglo, el discurso desde la cúpula del poder se limitaba a enviar señales que sólo los que tenían un conocimiento interno de la alta política se creían capaces de traducir. Recientes estudios históricos como el de Arno Burkholder de la Rosa sobre Excélsior empiezan a poner estos códigos y prácticas en perspectiva. El periodismo de mayor influencia se dedicaba a interpretar los signos en columnas de opinión y a entrevistar a hombres de poder para que emitieran sus propias señales. El mejor ejemplo de esta opacidad eran los titulares de ocho columnas que en la primera página citaban a un político entrevistado. Vanessa Freije muestra que el equilibrio se alteraba ocasionalmente, cuando un periodicazo obligaba a los políticos a responder al escándalo. Era un mercado donde se pagaba por el silencio, por la difamación, o por dar voz a los distintos grupos políticos. En esa economía los columnistas adquirieron un papel muy importante. Eran valuados por los datos que filtraban o las interpretaciones que ofrecían. Una función particularmente útil era la de leer las hojas de té para adelantarse a la caballada en las épocas del destape. Esto hizo de ellos el escalón más alto de la profesión debajo de los directores. Algunos, como Buendía y Granados Chapa, empezaron desde abajo y supieron mantener los estándares más alto del oficio durante años. Los grandes diarios nacionales dependían de la relación con los presidentes, pero no los medios locales o de menor prestigio. La nota roja vendía suficiente por lo que no necesitaba tanto de subsidios o embutes, sin que ello significara que fuera crítica de los presidentes. Los periódicos locales podían ser independientes, como muestra Benjamin Smith, y por ello objeto de una violencia difícilmente vista en la capital. Leer esa prensa desprestigiada ofrece revelaciones inesperadas sobre la vida pública de la era posrevolucionaria.

La respuesta de López Obrador a la reportera era coherente si tenemos en cuenta que los grandes periodistas citados por el presidente eran liberales. Identificar al liberalismo decimonónico con “el pueblo” es una operación central de la historia oficial mexicana —ninguna sorpresa aquí—. Pero lo importante, en este caso, es la identificación entre una ideología política y la verdad. Esta identificación funcionaba muy bien para los autores del siglo XIX como Ramírez, Prieto y Zarco porque su enemigo era el oscurantismo católico y su bandera, junto a la patria, era la ciencia. Al invocar ese legado para criticar al periodismo contemporáneo, López Obrador revelaba que su criterio para juzgar al periodismo como profesión es la validez de su contenido de acuerdo a ideas políticas que preexisten el artículo o el reportaje, no la pertinencia de los métodos para descubrir y presentar la información.

Aquí está la contradicción clave en la transformación que este gobierno ha desatado en la esfera pública mexicana. Por un lado, el concepto de transparencia se ha vuelto una prioridad para el gobierno. Por el otro, el liderazgo presidencial se define en referencia a “la nueva realidad” que él mismo ha creado con el apoyo del pueblo. Aunque no debería haber tensión entre la transparencia y el realismo, esa definición circular de la realidad no puede sino chocar con el intercambio razonable de opiniones.

La puesta en práctica de la transparencia ha sido dispareja, como muestran los bandazos en el Archivo General de la Nación cuando se trata de abrir el acceso a los archivos políticos del siglo XX. Pero la intención es clara si la juzgamos por la amplia disponibilidad del presidente para contestar preguntas todas las mañanas, o por la dedicación del subsecretario Hugo López-Gatell a presentar los datos sobre la epidemia de COVID-19 y discutir la manera en que éstos se obtienen. La voluntad didáctica de López-Gatell ante los periodistas contrasta con el tono combativo de López Obrador. La salud pública, hay que recordar, es un área en la que la profesionalización ha mantenido cierta continuidad en las funciones del Estado mexicano. El manejo de la epidemia en el gobierno parece haberse estructurado alrededor de esa preferencia por el conocimiento especializado y la transparencia. Durante su conferencia matutina el presidente pidió “que la gente tenga confianza . . . que no vamos a ocultar nada”.

Durante la misma conferencia de prensa López Obrador habló de un campo donde esa contradicción ha causado las críticas más enconadas contra su gobierno. Refiriéndose al anterior secretario de hacienda, explicó que había desechado el presupuesto que le había preparado porque era una copia de las políticas neoliberales del pasado. La conferencia había empezado con una lectura del decreto en el que se establecían las prioridades económicas ante la crisis inminente. No hace falta adoptar ninguna posición sobre quién está en lo correcto para darse cuenta de la disonancia entre los que defienden y atacan esas prioridades: mientras que los primeros hacen referencia a las necesidades del pueblo, definido como la mayoría de bajos ingresos, los críticos del gobierno tienden a resaltar la falta de conocimientos especializados que revelan esas prioridades. Cuando López Obrador dice, por ejemplo, que “el crecimiento económico no es un factor decisivo para el bienestar del pueblo” sus palabras suenan heréticas desde el punto de vista de macroeconómico.

Semejante disonancia reaparece cuando leemos, si nos queda paciencia, las discusiones sobre seguridad pública. En los medios y el terreno académico, la posición gubernamental es frecuentemente caricaturizada por voluntarista. A cambio se proponen análisis fuertemente cuantitativos. El estudio sistemático de las diferentes cifras del crimen ha proliferado como un buen negocio en México en las dos últimas décadas. Su premisa, que los resultados parecen contradecir, es que el problema de la seguridad es mejor dejarlo en manos de los expertos. López Obrador en la conferencia reiteró su perspectiva: el problema de la seguridad es uno heredado “de la época de la corrupción”; factores socioeconómicos explican las “conductas antisociales”; el problema fue empeorado en 2006 porque “se le pegó un garrotazo a lo tonto a la violencia”, sin entender que no se la puede enfrentar con más violencia. Ni siquiera la inteligencia es necesaria, afirmó más tarde: a pesar de que “ya no hay CISEN… me llega todo” por las redes sociales. Y aunque los números anuales de homicidios siguen subiendo y el crecimiento macroeconómico es nulo, López Obrador se refirió un poco después al “momento estelar de la historia de México el que nos está tocando vivir”. Los expertos se retuercen ante las pantallas de sus computadoras y buscan el consuelo en las gráficas que produce Excel. Una reacción semejante probablemente fue provocada por la insistencia de la directora del Conacyt, Elena Álvarez Buylla, en la conferencia de prensa matutina del día siguiente, en llamar a la ciencia del pasado “neoliberal”.

El debate sobre el periodismo y su papel ante el Estado no parece haber progresado mucho en las respuestas a la conferencia del 22 de abril. Pascal Beltrán del Río, director de Excélsior, a quien López Obrador aludió como un ejemplo de conservadurismo, publicó una columna al día siguiente en la que simplemente citaba pensamientos de nombres famosos, como Julio Scherer García y Gabriel García Márquez, sobre el periodismo y su independencia del poder. El argumento era de autoridad: en vez de responder a las críticas de López Obrador, Beltrán del Río invocaba otras voces prestigiosas del pasado, como si enfrentar a un presidente que rezonga en conferencias de prensa por la mañana siempre hubiera sido una épica batalla del periodismo crítico internacional.

Como todo debate, éste engaña porque crea la impresión de que sólo hay dos bandos en juego. En realidad, se trata de una discusión sobre la manera en que la esfera pública debe cambiar ante un Estado que ha transformado las reglas que gobernaban su relación con los medios. Por lo tanto, parte de la confusión tiene que ver con la definición de los interlocutores que en ella participan y su autoridad para hablar. Sin embargo, las opciones no son pueblo o conservadores, ni libertad o dictadura: el problema está en el proceso, no en los nombres.

La conferencia del 22 de abril exhibió la contradicción interna del gobierno en su acercamiento a la transparencia. Arriba describí el origen de esa contradicción en las opiniones de López Obrador sobre la prensa de oposición. Es difícil para el gobierno resolverla porque, como la mayoría de sus interlocutores, piensa que la transparencia atañe sólo a la circulación de la información, pero no a su producción. Lo que está en juego en estos días no es tanto el contenido del periodismo, la verdad que sostengan los periodistas, sino la manera de producir esa verdad. López Obrador piensa que la validez de esa verdad reside en la integridad moral y política de los periodistas. Tal perspectiva entra en tensión con el tipo de investigación cada vez más especializada que requiere el trabajo periodístico contemporáneo. En los tiempos míticos del periodismo decimonónico no había fricción entre la escritura y el conocimiento. En las columnas de opinión los hechos eran menos importantes que la honorable percepción del autor. La actitud sobrevivió durante el siglo XX. Hoy en día, sin embargo, cualquiera emite opiniones y las publica en las redes sociales. A nadie le importa el honor del firmante porque la relación entre publicidad y vida privada es totalmente distinta, y la esfera pública ya no es el monopolio de hombres educados. Paradójicamente, las respuestas a López Obrador aceptan la misma noción liberal de la independencia de la prensa como un valor supremo independiente de la manera en que trabajan los periodistas.

La inundación verbal de la conferencia de prensa mañanera cumplió su cometido, al provocar una respuesta igualmente moralista y por ello irrelevante. Tal vez, contra lo que sugerí al principio de esta columna, es más fácil dejarse llevar por ese torrente que remontarse a sus fuentes míticas.

 

Pablo Piccato