Enero de 1985

Día 1. Marasmo. La resaca de la pobre noche última y la cuesta del comienzo. Fatiga de estar rumiando como de paso y sin querer y sin creer: de cualquier modo es día primero de año, y todo año es amenaza y compromiso, ¿qué pasará en estos trescientos sesentaicinco días venidos, que serán como ninguno fue antes durante seis mil años? Qué idiotez. Pero sigue latiendo la superchería: ¿no fue ya mucho acabar 1984 siendo el que he venido siendo y con esperanza de ser de otra manera? Por cierto que allá sentí que los proyectos se borraban y pensé: supongo que habré de morir si ya nada hay adelante.

Día 2. Taib aparecía por momentos y desaparecía. La imaginó echada al sol de las peñas de la gruta; se sumergió de pronto, salió con un pescado entre sus puntiagudos dientes aleteando desesperado; lo rasgó; trituraba las espinas; no lo recordaba; en esa porción de mar no había principio ni fin, no habrá principios ni fines; devoraba el pescado embarrándose de sangre la boca, el pecho erguido con soberbia, sus párpados iban entornándose, el placer opacaba sus ojos amarillos.

Día 3. Bueno —pensó— mis días aquí son como un oasis intermitente en el desierto. Y ciertamente no sé cómo consigo vivir en esta gruta y regresar a la ciudad y sus trajines y muchedumbres y regresar a esta gruta y regresar a la ciudad. Si viniera aquí cada año, Taib parecería un sueño, o mera fantasía; pero se ha convertido ya en la otra realidad y junto a ella comienzo a sentir que existo. Cuidado. Taib le hacía señas desde las espumas. Él se lanzó de cabeza inmediatamente.

Día 4. Fuera del agua no había modo de entenderse con Taib. Fuera del agua era la vida de los días, la que él cargaba como historia de los años vividos, los años que al acabarse darían forma entera a su ser exterior, el de la biografía que a nadie venidero quitaría el sueño. Ahí él moría pesado y lento, sin brújula, de acá para allá, hacia pocas sorpresas o hacia ninguna, y sin hallarle mucho sentido al acontecimiento de estar viviendo todavía. Levantarse, bañarse, comer, caminar, leer, enterarse por teléfono de la marcha de sus negocios, embarcarse en la solución de alguno de ellos… Pero dentro del agua, en los espacios de Taib ¡cuánta juventud o estupor recuperaba! Había aprendido el lenguaje de ella, o mejor, recordaba puntualmente los lenguajes que él mismo hablara cuando a diario nacía y hasta la punta de un alfiler llegaba traspasada de misterio. Hablaban sin término sólo viéndose a los ojos, y se cabalgaban en silencio, al ritmo de los lentísimos vaivenes submarinos.

Garibay

Días 5 y 6. De pronto el movimiento de una mujer que vuelve la cabeza —alguien le va a decir algo— como si el aire se la hubiera movido, así de suave es el ademán. Sí es del odioso Truman Capote, sobre Marilyn Monroe, el que a veces, sólo a veces, consigue párrafos y hasta narraciones breves de verdadera valía. Cuánto más hubiera dado de no entregar la vida a vivir los vicios que tanto lo enorgullecieron. Y esto lo anoto con rabia suficiente para decir: ¿y por qué me ocupo yo de semejante pederasta cuya gloria se debe al poder político y militar de su país? ¿Por qué el grandísimo mentecato no se ocupó de mí que soy tan superior de tantos modos a él? ¿Por qué ni siquiera supo que había una nación mexicana justo al sur de su condenada nación? Hace pocos días Genovés me presentó a una anciana francesa de apellido aristocrático; tiene la vieja treinta años de vivir como reina en San Ángel ¡y no habla español! y preguntó señalándome sorprendidísima: “¿Cómo, no habla francés?”. Y pude contestar: “No. No lo hablo para hacerme ver tan inteligente como en castellano; pero conozco su país, su literatura, su historia y su filosofía y aun su política mejor que muchos de los mejores franceses. Mi pago por no ser nadie según es nada mi País, está en el conocimiento del mundo —casi anónimo conocimiento, si soy mexicano que usted ignora”. Me sentí bien, y muy desdichado por haber dicho la verdad, por ser mi pobre realidad eso que dije, precisamente.

De pronto una mujer recién conocida dice: “Tómeme ahora mismo, ya”, y lo dice sin urgencia, sin aspavientos. De pronto un crítico dice: “El yo verdadero de un escritor está en su obra, en el yo que se multiplica en sus personajes, que se reúnen en él formando el rompecabezas que poco a poco se nos entrega según lo vamos mirando; y no está en su vida ni en su persona, la que acaso no sea mayor que la mayoría de las personas, que cualquiera otra persona”. De pronto El nombre de la rosa, de Umberto Eco, me violenta contra la vida monástica. Clamo vulgarmente: “Eso no quiere ni dijo Cristo”, y pienso: “Me molesta la santidad porque me excluye”.

Lecturas. A eso se reducían los días. Y pasa, silba el tren, lejos, y se agitan las frondas en una mañana pareja, color ámbar, fría. Y la mañana, las arboledas, el ámbar, el silencio, eran Taib, eran la gruta, era la vida nueva robada a toda la vida.

Día 7. Leer a Eco. Asolearse y nadar. En la noche, reunión. Salteada disección sobre Cuba. Que es el admirable camino hacia el verdadero socialismo —dijo Ricardo María—. Que como todo proyecto, puede ser espléndido hasta antes de su realización y obligado fracaso —dije—. Hacia las doce me sentí cansado y ahíto. Me fui a dormir.

Garibay

Domingo. Leer a Eco. Asolearse y nadar. Hablar con José de su angustia neurótica: su primera mujer a los veintiocho años, desnudos en la cama y aterrado él y más delicado, discursivo y platónico que un poeta romántico; la traición a su madre, el robusto Edipo, el incesto en toda carne femenina. Leer a Eco. Recordaba que antes de aquel viaje a la costa griega, donde conoció a Taib —en el casi milagroso incidente de perderse del grupo de turistas y vagar un poco asustado por los acantilados— ya pensaba, sin moverse del cuarto de los libros o contemplando un triángulo de pasto: “¿Llegué, al fin, a donde no hay amor y sí sólo la sucesión de los días? ¿Ya nada me sacará de este marasmo?”. Hizo el crucero a las islas griegas, sin esperanza de nada. Se dormía en la cubierta mientras los otros bailaban, haciendo hoscamente en el camarote o en el bar la digestión de boa. Ver a Taib fue como entrar en un diamante, hasta lo más hondo de su luz.

Día 8. Comimos cacahuates dulces y bebimos vino español. Después nos hartamos de jamones, ensaladas espesas y pescados en aceite. Era muy al norte. Por el frío yo no me quitaba el capingón, pero atizaron tanto el fuego en la chimenea que acabamos conversando desnudos. Taib sudaba como si manos invisibles le untaran espejos. Sofía y Andrés, Carmen y Francisco querían quedar bien con ella. No dejaban de mirarla, y Sofía dijo: “sus pechos parecen de marfil muy delgado”. Yo sugerí que le dieran pescados crudos. Le llevaron la pecera, le dieron una servilleta, Taib se rió mucho por esta atención. Luego hablamos de la muerte, que ninguno sino yo entendía. Gentes jóvenes. Supuse que Taib estaba a punto de desaparecer en un bostezo. ¡Hablarle a Taib de la muerte! Y sin embargo, cuando se oía el silencio de la nevada afuera, Taib dijo: “Yo sí entiendo lo que será la muerte. La veo. Tú —me dijo— la sientes, la sientes llegar. Yo sé que nunca más te veré”. Pidió permiso. Llenó la tina de agua helada y se acostó a dormir. La vi. Dormía. Lloraba con mucha lentitud.

Día 9. Nadaron la anchura y hondura de la poza o caverna. La poza o caverna era de agua dulce y no había modo de entender que el mar entrara en esa agua y esa agua saliera al mar y siguiera siendo dulce; era helada, transparente, de modo que él y Taib se veían con nitidez desde la superficie, acostados en la arena del fondo o reclinados en las resbaladizas rocas, hablando sin parar. Ella le enseñaba a hablar con los ojos, con gemidos, con despaciosos ademanes, de modo que ambos parecían ocupados en un ballet de mucha parsimonia, como con movimientos calculados milímetro a milímetro. Ella hacía de repente un ademán que significaba: no dejes de mirarme, de mirarme a la cara y así no tendrás necesidad de respirar. Luego salieron al océano. Él iba prendido a la dorada cola e incrustaba su cabeza entre aquel arranque de muslos soberanos. Ella nadaba abajo apenas de la superficie caliente, como saeta.

Día 10. Hacia fines de este mes de enero vio las cuatro páginas en blanco ¿Cómo ha podido pasar esto? Ni una línea. ¿Qué ha sido de mí? ¿En qué sortilegio ando metido que pueden pasar cuatro lentos días sin que yo me dé cuenta de que existo? Lentos días —pensó—, y está bien dicho, porque mi vida ya no sé desde cuándo transcurre de modo natural en la gruta, en ese diálogo inagotable, que no me cansa, que nunca queda sin tema; y ese ir y venir por la piel del agua, a media hondura o en lo más interior de las cavernas a las que repentinamente —algo agita el oleaje arriba— llegan estrías de luz, como azulosas espadas que se mecen unos instantes, se diría un súbito desmayo de la luz en lo hondo de las silenciosas cuevas.

Día 11. Silenciosas cuevas. Los místicos hablan de las cavernas del sentido, algo que de tan íntimo o interior se deja sentir remotísimo; un yo que quién sabe dónde esté aunque sé que está dentro de mí. Así la vida con Taib, no continua, sino intermitente, en las horas en que poco o nada se hablaba, pues eran para dejarse hundir hasta el fondo oscuramente luminoso y dejar escapar algunos monosílabos que no esperaban respuesta, y para sentir el peso y poder del agua virgen, friísima y ardiente, la vida ahí, tan antinatural como había llegado inesperada, se había convertido en una apacible aventura inaudita, en un buceo hasta lo más secreto de él, del alma de él, porque Taib… o más bien, las sirenas ¿tienen alma? ¿O su alma es igual a la de los humanos? Una apacible e inaudita aventura hacia la dicha, de la que emergía natural aunque un poco incrédulo, un poco espantado.

Días 12 y 13. Había estado metido varios días con sus noches entre librotes medievales. Era hacia el siglo XI cuando las sirenas habían perdido alas, plumas y cabeza de pájaro y habían aparecido en diversos mares lánguidas, bellas, gentiles, con puntiagudos pechos y los cabellos verdes y la gran cola de pez dorada. Habían sido arpías, canallas, nefastas, y habían renacido celestiales. Había leído centenares de páginas. Buscaba con ahínco algo que le explicara su fortuna, su privilegio o acaso la desdicha, el drama que lo esperaba por haberse dejado conducir hasta el aberrante amor por un ser que no le pertenecía ni podía pertenecerle. Bajaba a buscar la comida fría que le dejaban en el brasero. Devoraba cualquier cosa y regresaba a abismarse junto a los empolvados anaqueles.

Día 14. En el tercer día llegaron gentes a visitarlo. Él andaba en los años mil trescientos, en una abadía benedictina. De cuando en cuando despertaba y respondía con vagos despropósitos. Y de repente tuvo un sobresalto, lo sacudió el silencio alrededor. Llevaban varios minutos callados, mirándolo. —Perdón —dijo y enrojeció a su pesar—. —Ya nos vamos, no te preocupes —le dijeron—. Minutos después estaba solo. No recordaba cómo se había despedido de aquellas gentes. ¿Qué me pasó? Estaba en la biblioteca de la abadía, hojeando el Andelinus. La gris luz de los altísimos emplomados. Se oía el rasgueo de las plumas de los copitas. Y vi a Taib asomándose a los vidrios de una de las ventanas. Taib en lo más temprano de su juventud, antiquísima, cuerpo de pájaro y su adorado rostro de mujer.

Día 15. De pedírselo alguien habría jurado que Taib se asomaba a la ventana y que después cruzó ese cielo, un abrir y cerrar de sus alas pardas. De nada podía estar más cierto. Incluso Ennio, uno de los copistas, alzó la cabeza buscando algún rumor en la vasta cúpula de la biblioteca y se volvió acá y allá como queriendo convencerse de que los otros habían oído lo mismo y murmuró: “¿Pájaros aquí?” o “¿Pájaros en este tiempo?”, y se abismó en su manuscrito. El silencio y el frío eran perfectos. Devotísimos monjes benedictinos en la callada labor de rescatar para la posteridad las obras cumbres de la filosofía y las secretas obras de heresiarcas y gentiles, hechicerías y sortilegios que habrían de servir de lección nefanda a algunos —poquísimos— Padres del futuro.

Día 16. Dejó el Andelinus cuidadosamente asegurado en la página que leía, sobre el enorme pupitre de caoba tallada, y procurando no distraer a los montes ni con el vuelo del mando salió de la biblioteca. Bajó la escalinata de caracol, escalones de mármol carcomidos por el uso de siglos, y salió al parque, justo al pie de las cumbres. Había sol y nevaba sutilmente. No caían copos de nieve sino, al parecer, impalpables estrías de hielo que formaban cien tenues arcoíris ondulantes. En la herrería martillaba el herrero; de las caballerizas llegaba una canción de buhoneros, tonadas que el padre abad prohibía inútilmente a los hermanos caballerizos, monjecillos recién ordenados, los más jóvenes de la comunidad, los más dóciles. Lo demás era el silencio, las blanquecinas calzadas del parque, las frondas casi negras quietas, y esa prudente llovizna de colores.

Día 17. Entonces oyó el aletear y giró sobre sus pies buscando ansiosamente. Un pájaro gigantesco cruzó apenas arriba de su cabeza, despedazando los arcoíris, dejando en la paz helada un ruido espeso, casi brutal. “Lo juro —dijo en voz alta— es una mujer. No. Es un pájaro. No, no”. Y pensó al mismo tiempo: “Tenía cara de mujer, horrenda y bella. Como que se burlaba de mí”. No sentía que se iba llenando de nieve. Y su capa o manto estaba empapado. Sus cabellos —había dejado el sombrero en la biblioteca— estaban penetrados de aristas de vidrio. Todo él temblaba. Y ella apareció de nuevo, plegadas las alas, a gran velocidad, como deslizándose en el aire, y él vio su rostro. “¡Sí, es una mujer!”. Y oyó que iba diciendo algo así: “Casi setecientos años”.

Día 18. Días y años anduvo tras la reconstrucción de aquella cara vista fugazmente, sólo el tiempo que había permitido aquella fantástica velocidad. Cuán bella, sí, pero tenía, llevaba, me regaló un gesto cruel, burlón, despectivo, demoniaco sí, como si anhelara desgarrarme con sus espantosas patas. Años. No podía recordar cuántas docenas de años, ¡cuántas y cuántas decenas de años! Cuando vio a Taib en los acantilados sufrió un instantáneo mareo, un golpe muy violento en la frente. “Yo ya vi este rostro, yo lo vi una vez, lo vi”. Y un miedo poderoso se le apretó en el estómago.

Por lo pronto regresó a la biblioteca. Otra vez el silencio de aquellos devotos, cada uno en su rincón de piedra rodeado de papelotes de tremenda antigüedad. Se oyó decir entre dientes: “Están lloviendo arcoíris”. “Así pasa, hermano del siglo —dijo Malaquías el bibliotecario, con un susurro—. Pero ¿por qué sonríes entre asustado y contento?”. Él contestó imprudentemente: “Creo que acabo de saber que soy inmortal, o que falta mucho tiempo para que empiece a ser un hombre mortal”. Malaquías se asomó al libro que él estaba estudiando, asintió con tristeza, y con comedimiento le quitó el libro —las decisiones de Malaquías eran inapelables— y cargándolo salió hacia las estancias prohibidas de la biblioteca, y en la hora siguiente pidió al abad la expulsión inmediata del hermano del siglo.

Al alba del otro día, en plena ventisca, los caballos cargados con el equipaje, vio que Malaquías vigilaba que su partida fuera un hecho. Entonces le dijo: “Me echas, bibliotecario, y no tengo poder para contradecirte; pero yo la vi, la vi hundirse en la neblina, hacia el valle como una oscura saeta rodeada de blanco silencio, y la veré dentro de setecientos años”. “No —dijo Malaquías con dura tristeza—, y ya vete, y que Dios Pacientísimo no te deje solo en lo que vayas a vivir”.

Día 21. La ventisca arreciaba cuando empezó a bajar de la meseta de las cumbres. De mala manera lo ayudaban dos muleros de la abadía, ruines gentiles a sueldo. “Avivaos —les gritó—. Venid por la buena paga”. Y añadió: “¡Bellacos!”. Y habló de este modo pensando que si estaban en plena Edad Media debía usar esa segunda del plural y añadir una injuria muy de arriba a abajo, al viejo modo español. Se sintió bien, los muleros echaban el bofe. Golpeaba tan fuerte el aire nevoso que Honoria tuvo que alzar la voz por segunda vez: “¡Señor, una mujer!”. Él volvió en sí, alzó la cara. “¡Señor, una mujer! ¡Está haciendo señas!” —gritaba Honoria—. “No grite” —dijo él, y se levantó—. Lo sentí desde que llegaron esas gentes, por eso no les hacia caso. Yo sentí o acaso oí algo, Taib sabe cómo anunciarse. “Qué mujer —dijo—, y no grite por favor”. “Una mujer muy rara allá en el agua!”. Bajó la escalera y se encaminó a la playa. Taib tomaba el sol en la arena. Él dijo: “Fue en 1309, más o menos”. Ella dijo: “¿Por qué tardabas tanto? Cantaba para ti”. “Si” —dijo él—. Se desnudó aprisa y se tendió junto a ella. “Canta —le pidió—. “Ven” —dijo Taib riendo en el sol. Y se lo llevó montado en su maravillosa grupa.

Día 22. No había manera de esconderla, de ocultarla. En la gruta, en alta mar, en playas de islas solas Taib se veía natural, y él, fascinado sin un minuto de respiro, así la miraba. Natural en la inmensidad de la naturaleza que ella dominaba. Francisco y Andrés lo conocían poco, o sólo conocían su imagen pública; un artista, un profesor nunca deja de estar plagado de rarezas para el común; pero aquí en su casa, donde sólo era un hombre en sus hábitos y ensimismado desde hacía algún tiempo, Taib, sin duda, iba a provocar un estridente escándalo. Ya entrando ella se doraron las ventanas y los cuadros… no sé… como que se iluminaron un poco, desde dentro. Resultaba Taib más que exuberante, su desnudez era de una impudicia irresistible. La altura del techo disminuyó y se hizo angosta o irrespirable. Mareaban los olores del fondo del mar. La voz de Taib sonó como una campana tañida a distancia. Alguien subía con alarma la escalera. Lo dicho, Francisco y Andrés… ¡pero no, si Francisco y Andrés ya la conocen! ¿no la conocen? Sí sí, comimos cacahuates dulces y bebimos vino, sí. ¿Cuándo fue eso? ¿Qué tiene esta mujer ¿mujer? que lo de ayer parece de hace mucho y el futuro es el pasado y lo de hace ¿cuánto? ¡cuánto, por Dios! parece al alcance de la mano?

Día 23. Era el jardinero. “Señor, su perdón, creí ver que subía detrás de usted, y Honoria me avisó…”. Decía y se quedaba atónito, en el centro de una mueca de júbilo, de alegría enteramente inconsciente, enteramente petrificada. Parecía incapaz de apartar de Taib los ojos. Traía en las manos dos minúsculos rosales, con raíz y tierra y lodo y en cada rosal una rosa enorme color salmón, perfectas las dos. Algo parecido a “…invernade…” balbuceó el infeliz y siguió alelado. Taib se había echado junto a los taburetes y sosteniéndose con ambas manos los pechos buscaba como adormecida serpiente cómo acomodarse. Alargó un brazo, se arrimó el banco más pequeño y se recostó en él, de bruces, y dijo: “Maida bai soren”, y sonrió creando a su alrededor una zona áurea, repentina. El jardinero, con sonrisa de simple, se volvió al señor, y éste dijo, asintiendo, a modo de homenaje al jardinero: “Pura, encendida rosa…”, y éste sonriendo siempre se volvió a la sirena y le ofreció las flores. Ella las sostuvo entre sus pechos. No puede haber tanta belleza al mismo tiempo, pensó el señor. Se oía bajar al jardinero la escalera. Se demoraba en cada escalón.

Garibay

Día 24. En realidad ella nunca había cantado para él, estando él presente; pero en dos ocasiones la había oído y había tardado en reponerse varios días. Quedaba pasmado, volviéndose acá y allá, jurando haber escuchado hacía un momento… no, no, son alucinaciones, me han quedado sordas las orejas. ¡Ya no oigo nada más que esas melodías… ¿melodías?… con aes, íes, un sonido que viene en el aire. Cuando se apartó del grupo de lobos, hastiado de la incesante cacería sexual entre ellos, de los signos de admiración frente a cada ruina y cada cacharro, de los balbuceos de erudición histórica bidequer en ristre, oyó el canto. Fue la primera vez. Iba por el acantilado equilibrándose y estuvo a punto de caer hasta matarse. Una miel dulcísima resbalándosele orejas adentro. Cerró los ojos y se recostó en una piedra plana. Era una impalpable lluvia a pleno sol sobre su árido cansancio.

Día 25. —Señor —dijo el jardinero, días más tarde—, si vuelve la… perdón… la… señora… ¿podré entregarle estas dalias? ¡Mírelas, señor, las he cuidado de día y de noche! ¿O alguna de las orquídeas? Señor… sin que sea desacato, discúlpeme usted.

—Por supuesto —dijo él—, a ella le gustan mucho las flores que usted hace.

—Las guarda ¿verdad señor?

—No. Las mira mucho, por todos lados, y se las come.

—¡Ah! —dijo el jardinero, y con la sonrisa aquella un poco idiota, que ya no lo abandonaba, se encaminó a las orquídeas. Pobre —pensó él—, pero ni modo; no puedo llevar hasta Taib a todos los que quieren estar cerca de ella. Primero, es imposible, no pueden viajar, y luego… sí, creo que ella no quiere tenerlos cerca. Por qué a mí sí, no sé, y por fortuna no depende de mí lo que ella quiere de mí. Luego ¿cuál es mi culpa, mi mérito?, y también ¿dónde la certeza de que esto durará? Por otro lado, la primera vez que Arlette vio a Taib y supo de la unión que ella había inventado, y Arlette aún no conocía a Sebastián —y ya se dijo su nombre, que no se había dicho—, dijo: —¿Sabes? A lo mejor es cierto, a lo mejor no necesitan a nadie más. Y no me vengan con la historia de que no son de la misma especie. ¿Hay alguna igual a la que cada uno de nosotros siente como suya?

Siguió caminando por la calzadita del manzano, con el libro abierto. Cronache di Poveri Amanti, Vasco Pratolini. Era un domingo. Los aires de marzo iban poblando de hojas el agua del estanque. Se oían las carreras de las ardillas. Nubes frías, veloces, amorataban la tarde. 1921 en Vía del Corno, Florencia. Esa gente sufría la pobreza y el arranque del fascismo. Antes podía yo andar dondequiera y desde lejos. Ya no me satisface ni puedo hacerlo. Ahora voy allá. Y allí camino si Taib me acompaña. Con ella todo es posible. n

(Núm. 114, junio de 1987)