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Además de que el #QuédateEnCasa se confronta con distintas realidades socio-económicas, el aislamiento y confinamiento preocupa mucho en un país donde la violencia doméstica es la más incidente de las violencias hacia las mujeres, y gran parte de los feminicidios son perpetuados en contextos familiares, de pareja o amistad. En una pandemia, estas situaciones pueden exacerbarse. Por un lado, el estrés y la incertidumbre económica son disparadores; por el otro, el permanecer en casa aleja a las mujeres de sus redes de apoyo. Es urgente implementar programas para atender la problemática en el nuevo contexto: ¿cómo puedo pedir ayuda si hay convivencia obligada con mi agresor? Por ejemplo, aplicaciones móviles podrían servir (aunque con limitaciones) si se habilitan como botones de pánico.

Ilustración: Patricio Betteo

Otra consecuencia del confinamiento es que se acentúa la desigualdad en la repartición de labores no remuneradas de cuidado, basada en estereotipos machistas. Tan normalizada está, que el presidente López Obrador no dudó en afirmar que las mujeres en casa podrían estar pendientes de la salud de las personas mayores, explicando que los varones suelen ser “más desprendidos”. En la cuarentena, la mayoría de las mujeres son responsables de tareas domésticas incrementadas; cuidado de las infancia, incluyendo apoyo en su educación dado el cierre de escuelas; atención a familiares con alguna discapacidad física o mental; cuidado de personas ancianas; y, en su caso, atención a los mismos enfermos de COVID-19. Algunas mujeres tienen que lidiar también con la carga de trabajo profesional, quienes de por sí viven mayor precariedad laboral y perciben salarios menores. Todo esto genera situaciones de agobio, cansancio crónico y desgaste mental, mismas que pueden afectar de manera permanente la salud emocional, mental y física de las mujeres.

Es importante resaltar que las mujeres conforman el mayor número de profesionales de atención a la salud, y además son mayoritarias en otros empleos con gran exposición al contagio (empleadas de limpieza, cajeras en supermercados y farmacias). Sin embargo, más allá del riesgo de contraer COVID-19, el derecho a la salud de las mujeres está comprometido durante la pandemia. Por ejemplo, ante la contingencia sanitaria, algunos medios de comunicación en México han hecho declaraciones irresponsables e inexactas sobre la utilidad de algunos fármacos como la hidroxicloroquina, sin considerar que muchos de estos fármacos son esenciales para preservar la salud y vida de miles de mujeres, quienes son más propensas a desarrollar enfermedades crónicas como artritis reumatoide o lupus y que forman ya un grupo de riesgo ante COVID-19.

El desvío de recursos y personal médico para atender la crisis puede afectar la salud sexual y reproductiva de las mujeres, en este país con altas tasas de violencia ginecobstétrica. De igual manera, nada se ha dicho sobre el acceso a servicios de emergencia a mujeres víctimas de violencia sexual, como medios seguros para interrumpir un embarazo producto de una violación. La misma preocupación existe sobre la disponibilidad de servicios no aplazables para terminar una gestación cuando existe una causal o, en el caso de Ciudad de México y Oaxaca, cuando ésta no es deseada. El derecho a la salud está vinculado al derecho a la vida, desarrollo de la personalidad, dignidad humana y libertad sexual y reproductiva; derechos humanos que no pueden ser desbaratados por ninguna medida de excepcionalidad.

La pandemia ha logrado resaltar y exacerbar desigualdades y fallas en diferentes niveles. Aunque el 8 de marzo parece otra vida, las exigencias son vigentes ahora más que nunca. Estos temas sobre acceso a la salud, justicia y vida libre de violencia de las mujeres no deben quedar de lado, sino que deben asumirse como parte fundamental de cualquier plan de mitigación. Todas estamos preocupadas por la pandemia, pero no olvidemos que la violencia machista es el mal más fulminante contra nuestra vida.

 

Pauline Capdevielle
Doctora en derecho; investigadora y coordinadora del Diplomado en Bioética, Salud y Bioderecho del IIJ de la UNAM.

Amaranta Manrique de Lara
Licenciada en ciencias genómicas por la UNAM. Profesora del Diplomado en Bioética, Salud y Bioderecho del IIJ de la UNAM.

María de Jesús Medina Arellano
Doctora en bioética y jurisprudencia médica. Investigadora y coordinadora del Diplomado en Bioética, Salud y Bioderecho del IIJ de la UNAM .