Como ya era costumbre, el evento fue anunciado con varios días de anticipación por la radio, la televisión, miles de carteles de papel rosado, avionetas de colores y los principales diarios del puerto. Casi marciales, los jueces impecablemente vestidos de blanco, realizaban simulacros, marcaban puntos y señales sobre la arena, trazaban líneas imaginarias y se ponían de acuerdo sobre el desplazamiento de los contingentes en la playa seleccionada previamente como escenario. Dos docenas de trabajadores removían los montículos con aplanadoras portátiles y dejaban la arena como una enorme plancha gris y tersa. Finalmente, tres compañías especializadas de capital local levantaban el graderío de lo que sería la tribuna principal y colocaban, en sitios estratégicos, los dos mil banderines color arco iris que desde hacia más de una década identificaban el evento.
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