Había una vez una niñita a quienes todos conocían como Caperucita Roja, tenía astigmatismo severo y muchas dioptrías de miopía. Un día partió a ver (es un decir) a su abuela, quien vivía en medio del bosque para evitar confrontarse un día sí y otro también con los aldeanos. Ella, la abuela, padecía hipertricosis o síndrome del hombre —en este cuento, mujer— lobo: estaba cubierta de pelo. Sus vecinos eran, por lo general, licofóbicos y, a diferencia de los cuentos de hadas, los encuentros no tenían un final feliz para estos últimos. La abuela estaba en la cama por un posible cuadro clínico complejo que incluía exoftalmía (hinchazón que hace que los ojos se salgan de la cavidad y cuya condición es mejor conocida como “ojos saltones”), nódulos no cancerosos en las cuerdas vocales y tumores pituitarios con producción excesiva de la hormona de crecimiento (acromegalia). Para una niña sin conocimientos médicos,1 como era el caso de Caperucita, era má sencillo expresar: “¡Qué ojos tan grandes tienes, abuelita!”; “¡Qué voz tan grave tienes, abuelita!”; “¡Qué patas tan grandes tienes, abuelita!”.

Unos investigadores que andaban por ahí cerca notaron que, como en el caso de Caperucita Roja, algunos protagonistas de cuentos y novelas de la literatura infantil presentan rasgos que ayudan a la ciencia a identificar y describir de manera sencilla un conjunto de características que definen cierta situación en campos como la medicina, psicología o zoología. Por eso a la licofobia también se le conoce como síndrome de Caperucita Roja,2 y es el nombre del síndrome que aqueja a quienes suman en su persona real una ingenuidad excesiva y una disonancia cognitiva (malestar interno provocado por mantener ideas o creencias contradictorias o incompatibles) que les impide reconocer al lobo o al populista cada vez que éste les asegura que todos son muy muy felices en su aldea.

Ilustración: Oldemar González

Debemos culpar a la literatura infantil cada vez que nos referimos a los síndromes de Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan y Munchausen. Descrito en 1955 por el psiquiatra John Todd, el síndrome de Alicia nos hace experimentar macro y microsomatognosia (sentir que nuestro cuerpo se agranda o se encoge), distorsiones en nuestra percepción del tiempo y metamorfopsias (percepciones visuales alteradas) para dar y regalar, y sin tener que repetir, los 365 días (366 en año bisiesto) de nuestro no cumpleaños. ¿Por qué limitarse a ver sonrisas flotantes de gatos o sentir que uno cae tan despacio que parece que levita, cuando podemos confundir los colores (discromatopsia), ver imágenes múltiples donde en realidad hay una sola (entomopía) o movimiento donde no lo hay (kinetopsia) o quietud donde todo se mueve (akinetopsia) o, como por el retrovisor de un auto, percibir los objetos más pequeños y lejanos de lo que en realidad están (macroproxiopía) o lo contrario de esto último (microtelepsia) o muchísimas -opsias y -pías más?3

Si uno no es Alicia, posibles causas de sufrir su síndrome como meterse en el hoyo de un conejo o pasar al espacio dentro de un espejo quedan excluidas, pero nos deja una extensa lista que abarca desde infecciones infecciosas (lo más común; y, dentro de éstas, la encefalitis por el virus de Epstein Barr) y lesiones del sistema nervioso central y periférico hasta desórdenes neurológicos y psiquiátricos, sin olvidar (aunque es mucho menos común) su inducción por drogas como el muscimol, obtenido a partir del hongo alucinógeno Amanita muscaria en el que Lewis Carroll sentó a fumar a la oruga de la historia.

En 1997 Dan Kiley introdujo en un libro de psicología popular el síndrome de Peter Pan para identificar a aquellos hombres que no pueden enfrentar sus emociones y responsabilidades como adultos. A diferencia del protagonista creado por J. M. Barrie, quien nunca necesitó madurar para vencer a los piratas, las conductas irresponsables y el narcisismo de los individuos con este síndrome les dificultan relacionarse social y profesionalmente. Desde 2019 tenemos ya una Escala del Síndrome de Peter Pan4 que mide en los hombres qué tan grande es nuestro “niño que nunca creció” a partir de aspectos como nuestro apego a “el calendario de mamá” (lo que es una forma de decir que, aunque la persona quiere deshacerse de la influencia de su madre, cada vez que lo intenta se siente culpable. Otra forma más resumida de decirlo es, simplemente, mamitis).

Que el muy real Barón de Munchausen acostumbrara narrar exageradas e irreales anécdotas ha sido aprovechado tanto por el escritor Rudolf Erich Raspe para hacerlo protagonista de aventuras más hiperbólicas que la literatura para niños, como para nombrar en psiquiatría al desorden que desde 1951 caracteriza a aquellos individuos que, de manera intencional, fabrican o inducen signos y síntomas de enfermedades y que tienden a buscar ayuda médica para atender —no sanar— sus padecimientos ficticios. Hay además una variante reconocida desde 1977: el síndrome de Munchausen por poder, que describe a niños cuyas madres inventan las enfermedades de sus hijos. A pesar del gasto económico en atención médica y análisis de laboratorio innecesarios al no identificar a los pacientes con estos síndromes, todavía no existe ningún tratamiento efectivo ni algún criterio de diagnóstico.5

 

Humpty Dumpty en un muro trumpiano se sentó, Humpty Dumpty de allá arriba se cayó… el accidente que tuvo este huevón (dicho esto como descripción y no como ofensa, pues John Tenniel y otros ilustradores siempre lo han retratado como un huevo de grandes dimensiones) se complicó debido a una intervención médica inapropiada de todos los caballos y todos los hombres del rey que, al parecer, carecían de entrenamiento y equipo como respondientes de primeros auxilios, luego de que el soberano canceló cursos de capacitación y recortó presupuesto como parte de la nueva política austericida de su reino.

Presionado por la CRDH (Comisión Real de Derechos de los Huevos), el Ministerio de Salud del rey inició una investigación para esclarecer si hubo negligencia médica de parte de todos los hombres del rey, ya que había dudas sobre si intentar armar de nuevo en una pieza a Humpty en el lugar del accidente era lo adecuado en este caso, en vez de trasladarlo a la unidad de traumatología más cercana.

Toparse con traumatismos cefálicos como los sufridos por Humpty Dumpty (que suelen ser letales en personajes con su anatomía) en las rimas infantiles en idioma inglés es, por desgracia, cosa de coser y cantar. Seis de las rimas más populares, varias de ellas usadas, irónicamente, para dormir a los bebés (con resultados dispares), mencionan heridas en la cabeza que sufren nenes de cuna, adolescentes, ancianos, primates no humanos y criaturas fantásticas.6

Los médicos no se han dormido en sus laureles a la hora de evaluar las situaciones de riesgo y el manejo del paciente traumatizado, así como en precisar la terminología médica adecuada en cada situación. Trátese de una docena de monos saltando en una cama (de los cuales ninguno fue capaz de seguir haciéndolo tras caerse de ella, uno por uno, y golpearse en la cabeza) o de dos adolescentes llamados Jack y Jill (al subir por la colina, en inglés nos dicen que el muchacho se rompió su corona-crown, lo que posiblemente signifique en español que se quebró la coronilla), la incompetencia o total ausencia de un adulto responsable dificulta el diagnóstico y seguimiento clínico adecuados, más allá de llamar al médico e ignorar repetidamente sus indicaciones (“no más monos en la cama”).

La escena más extrema se presenta en la canción de cuna Hush-a-bye-baby: un bebé dormido en la copa de un árbol, expuesto al riesgo de que “cuando el viento sople, la cuna va a mecerse / cuando la rama se quiebre, la cuna va a caerse”. Quizás no esté de más decir que cuando la cuna se caiga el nene su crisma va a romperse. Ficticios o reales, los adultos bajo cuyo cuidado estaba este bebé merecen ser colgados de la rama más alta (de preferencia una más resistente que aquella en la que pusieron la cuna) del mismo árbol de la rima.

Ajenas a tan traumáticos eventos, nanas, madres, abuelas, maestras y demás recitadoras de rimas infantiles en español duermen a los niños sin las preocupaciones que encierran las nursery rhymes, pues saben que lo peor que le puede ocurrir al bebé hispanohablante en ciernes es que se le atore un hueso en el pescuezo… o que se lo coma el Coco.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Quien sí cuenta con esa instrucción y es el responsable de un diagnóstico tan completo es: Massie, J. “Medical conditions revealed in fairy tales, folklore and literatura”, J. of Paediatrics and Child Health, 55, 2019, 1295-1298.

2 Drenthen M. “The Wolf Is Coming! Emplacing a Predator That Is Not (Yet) There”, en: Drenthen M., Keulartz J. (eds) Old World and New World Perspectives in Environmental Philosophy, The International Library of Environmental, Agricultural and Food Ethics, vol 21. Springer, Cham, 2014.

3 Dirk Blom, J. “Alice in Wonderland syndrome”, Neurol. Clin. Pract., 6, 2016, 259-270.

4 Kalkan, M.; Batik, M. V.; Kaya, L. y Turan, M. “Peter Pan Syndrome Men Who Don’t Grow: Developing a scale”, Men and Masculinities, 2019, 1-13.

5 De Sousa Filho, D.; Kanomata, E. Y.; Feldman, R. J. y Maluf Neto, Al. “Munchausen syndrome and Munchausen syndrome by proxy: a narrative review”, Einstein, 15(4), 2017, 516-521.

6 Giles, S. M. y Shea, S. “Head injuries in nursery rhymes: evidence of a dangerous subtext in children’s literature”, JAMC, 169(12), 2003, 1294-1296.


Respuesta a la trivia de la Mesa de noche

El poema al que se alude en La decisión de Sofía es de Emily Dickinson. Dice en versión de Silvina Ocampo: “Amplio prepara este lecho— /con reverencia—/ en él espera hasta que el juicio llegue/ excelente y hermoso./ Que su colchón esté derecho—/ que su almohada esté redonda—/ no dejes que el ruido del sol amarillo/ irrumpa este lugar—” (c. 1864).