El 12 de septiembre de 1892 el vapor americano Withney fondeó en el puerto de Veracruz. Eran las ocho de la mañana de un inesperado día nublado en el trópico. Una fina lluvia del golfo entorpeció los trabajos del desembarco. A las nueve y media, bajo un sol húmedo y un viento pegajoso, nueve pasajeros cansados del mar bajaron al muelle, hartos de las incomodidades marítimas y ansiosos de pisar tierra firme. Los viajeros eran el matrimonio frances Du Cloty, los polacos Shadran y Kobalsky, la alemana Gisele Grunewald, los esposos italianos Constantieri y el periodista y diputado mexicano Jesús Rábago y un joven acompañante. Pero aquel sábado de septiembre los pasajeros que desembarcaban en el puerto, tocaron algo mas que la tierra fértil de Veracruz; en realidad, doblaban un cabo de esperanza y partían -en un viaje mucho más penoso- rumbo a la ciudad de México como quien busca una promesa realizada. En efecto, en la ciudad los esperaba la vida porfiriana de los años noventas del siglo diecinueve con toda su carga de ilusiones.
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