Hasta 1973, 1974 con alguna concesión de la memoria fue posible entra a la Librería Universitaria de Insurgentes y perderse ahí para bien en un desorden prolijo y emotivo, o elegible: una serie de estantes altos y desbordados, con los libros y tras los libros -los intentos clasificatorios se volvían una forma del azar y una inminencia del hallazgo- y divididos por pasillos estrechos pero tan manejables que en ellos incluso la incomodidad parecía un episodio del acogimiento.
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