• Esa pregunta tan propia de las reuniones para tomar el té, “¿Creen en los fantasmas?”, es una de las más ambiguas que uno puede formular, pero si la interpretamos como un “¿Creen que en ciertas ocasiones se puede ver una aparición?”, la respuesta, sin duda, es sí (Profesor HARRY PRICE).

• ¿Que si creo en los fantasmas? No, pero les tengo miedo (MARIE ANNE DE VICHY CHAMROND, marquesa du Deffand).

• Una vez me preguntó una dama si yo creía en fantasmas y apariciones. Con sinceridad y simpleza le respondí: “No, señora. Ya he visto demasiados con mis propios ojos” (SAMUEL TAYLOR COLERIDGE).

• Los fantasmas son personas, o parte de las personas en cualquier caso, de manera que se rigen por estímulos emocionales (HANS HOLZER).

• Tengo motivos para saber que el poder que actúa en estos fenómenos, como el amor, no conoce barreras. SIR WILLIAM CROOKES.

• Aunque viera un fantasma, no lo creería (ALBERT EINSTEIN).

• Toda historia de fantasmas comienza con una historia de amor (STACY HORN).

Ilustración: Izak Peón

Fuente: Roger Clarke, La historia de los fantasmas. 500 años buscando pruebas. Traducción de Julio Hermoso. Editorial Siruela, Madrid, 2016.

[En una parte del libro leemos: “El impresionante número de víctimas mortales de la Primera Guerra Mundial dejó a la gente aturdida y la inclinó una vez más a la creencia en lo sobrenatural. El fenómeno de los golpes en las mesas, ya al borde de la desaparición, volvió de repente a popularizarse. Incluso la clase dirigente británica se aferraría a la propaganda paranormal al convertir la historia ficticia de los Ángeles de Mons en un fenómeno atestiguado. El poeta Robert Graves consideraba algo común aquello de ver el fantasma de los recién caídos en el frente, dando tumbos aún como si no hubieran asimilado su desgracia, y la gente también los veía en la patria, en los condados rurales. Lo mismo sucedería en la Segunda Guerra Mundial. En junio de 1944, las ventas de la tabla ouija —prácticamente nulas en 1943—ascendieron a las cincuenta mil unidades tan sólo en unos grandes almacenes de Nueva York. Después de la guerra se volvió a los intentos de convertir la caza de fantasmas en una ciencia. De repente, los poltergeists estaban de moda. Y sobre la ouija: al principio se vendió como un juego para niños. William Fuld la patentó como el producto de ‘la acción muscular involuntaria de los jugadores o de algún otro agente’”].

 

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