El siguiente relato pertenece a la antología Todas hemos perdido algo, que incluye los libros de cuentos No me pases de largo (2013), El libro perdido de Heinrich Böll (2008) y la novela corta Residuos de espanto (2008). Esta selección de la ficción de Liliana Blum presenta a mujeres tocadas por el abandono, la ausencia, la desilusión del pasado con su carga de sueños rotos.


Me enteré de la muerte de Lucio por Henry Morgan, su mejor amigo y compañero nuestro en la preparatoria. Mandó un mensaje de texto a mi celular muy temprano; yo estaba mordiendo un pan con mantequilla de cacahuate y debatiéndome entre sopearlo en el café o hacer lo correcto. El teléfono sonó con el efecto de un cristal roto. Siempre que lo escuchaba, en mi mente veía una piedra envuelta en un pedazo de papel atravesando la ventana. Con mi mano libre apreté un botón y lo leí. Solo cuatro palabras: ¿Qué sabes de Lucio? Divertida y tratando de no manchar el teléfono, teclee con un dedo: Que está muy flaco, que es fotógrafo y que cambió a sus viejos amigos por el encanto neoyorquino. Me reí y seguí desayunando.

Aunque tenemos años sin vernos, Henry y yo nos hemos mantenido en contacto. Al menos en las fechas importantes. En la escuela, lo llamábamos el Pirata, siempre a sus espaldas. Éramos adolescentes y nos parecía hilarante que sus padres le hubieran puesto así, cuando él era un muchacho delgado y tímido que no mataría un pez dorado ni en defensa propia. Jamás se nos ocurrió pensar que Henry era un nombre común y corriente, y Morgan, simplemente, el apellido del padre. Yo solía molestarlo diciéndole que Lucio solo era su amigo por su apellido extranjero. “Si te llamaras Enrique Martínez, no se dignaría a hablarte”. Pero él sacaba su espada y me hacía avanzar por la tabla: “Y si tú no fueras pelirroja, ni siquiera te miraría. Touché”.

Pero qué sabes de Lucio no era una pregunta hipotética ni una invitación a jugar. El siguiente ladrillazo me informaba: No puedo decírtelo por este medio. Llámame.

Ya se sabe que la muerte es una de las cosas que no pueden comunicarse en un mensaje de texto. Es un alivio que algunos guarden las formas todavía. De cualquier manera, antes de que Henry contestara mi llamada, yo ya sabía que mi amigo había muerto. Solo que él no lo puso así. Con esa voz gruesa que parecía la antítesis de su cuerpo, dijo:

—Noelia, lo siento mucho. Lucio falleció.

La primera acepción de fallecer, según mi pequeño Larousse, es “llegar al término de la vida”. El Pirata me estaba informando que Lucio había llegado al término de su vida. Si nuestra existencia fuera una carrera, él ya habría arribado a la meta. Lo imaginé vestido de atleta atravesando un listón plástico, dando grandes pasos para disminuir la velocidad y con los brazos arriba en señal de triunfo. Eso no sonaba tan mal. Malditos eufemismos.

En los tiempos de Lucio y míos, que nunca fueron nuestros, el Pirata y yo convivíamos meramente por las circunstancias. Yo era la chica con la que su amigo se acostaba a escondidas y él era el amigo de Lucio que yo debía de tolerar si deseaba que nuestros viernes de motel continuaran. Se trataba de un secreto triangular, una situación incómoda y conveniente para todos, supongo. Cuando Lucio salió del encuadre de nuestras vidas, Henry Morgan y yo descubrimos que teníamos más cosas en común que la ausencia de un fotógrafo. Me di cuenta de que en realidad el Pirata era un tipo estupendo y que los dos fuimos, a nuestro modo, parte de la vida oculta y vergonzante de Lucio Dunn.

—¿Cómo fue?

La calma con la que hablé consiguió alarmarme. Siempre pensé que cuando me tocara recibir la noticia de la muerte de alguien cercano reaccionaría con más dramatismo. Pero escucharme a mí misma era la prueba de que yo sabía que esto sucedería más temprano que tarde. Pude haber echado mano de la negación. La gente siempre niega la muerte. No es cierto. Lucio no está muerto. Nooooo. Algo así. No lo hice; di por buena la información del Pirata y quise saber cómo fue. La mecánica de los hechos. No más.

—No estoy muy seguro —dijo Henry. Su voz daba la impresión de tranquilidad, pero había algo que temblaba al final de cada frase—. Yo me enteré por alguien más. Lo encontraron en su departamento después de varios días. —Se detuvo antes de tragar saliva por unos segundos—. Suicidio, tal vez.
Apreté el auricular y permanecí en silencio. El muy hijodeputa. ¿No tenía a sus amigos glamorosos? ¿No podía habernos contactado? Su vida era perfecta. Se había hecho de un nombre en el mundo de la moda, lo que le permitía cultivar la fotografía artística y exponer en varias galerías de prestigio. Al menos así parecía a juzgar por las postales que mandaba de vez en cuando por correo postal. Algunas eran fotos de modelos excesivamente maquilladas, famélicas y semidesnudas, y otras eran invitaciones a exposiciones colectivas en donde se leía el nombre de Lucio. Lo odié con intensidad y la conciencia de experimentar odio por alguien que amé tanto hizo que mis articulaciones se trabaran. No podía moverme. Estaba congelada.

—Noelia, ¿estás bien?

La voz del Pirata al otro lado de la línea me pareció muy dulce. Lamenté que viviéramos en ciudades distintas: hubiera querido abrazarlo. Besarlo. Celebrar que estábamos vivos a pesar de la trastada de Lucio. Porque suicidarse era eso. Una chingadera limpia y pura, dirigida a los genitales de nuestra simbiosis. Una violación a todas las reglas.

—Sí, estoy bien. Yo no soy la muerta.

—Cierto —concedió él.

—¿Hace cuánto que no lo veías, Henry?

—Más de diez años.

No quiso ser preciso. Si hubiera dicho dieciséis, solo nos habríamos sentido más viejos y se hubiera perdido la belleza de la redondez de la década. A fin de cuentas, lo mismo daban diez, que dieciséis o veinte años. Estoy segura de que aunque Lucio viviera, tampoco íbamos a volverlo a ver. Lo supe cuando nos anunció a Henry y a mí que se iría a estudiar fotografía a Estados Unidos. Es una escuela de arte muy prestigiosa, nos repitió varias veces. Tales y cuales fotógrafos habían egresado de allí, tal y cual otro era parte de la facultad. Los ojos oscuros de Lucio brillaban. Aquello era inusual en él, que por lo regular se mantenía viviendo con un gesto de frustración perpetua. Pareciera que caminar por nuestra ciudad le diera asco, como si su nacionalidad mexicana fuera una verruga en la punta de la nariz. Su gran vergüenza. Pero ahora había recibido la noticia de que un cirujano iba a extirpársela. Nos abandonaba y eso le producía una felicidad enorme. Su padre era norteamericano y su madre mexicana, pero él había nacido aquí. Nunca se lo perdonó a su mamá, supongo. En su verdadera tierra, donde solo se usa el apellido paterno, podría ser, por fin, él mismo. Después supe que suprimió su nombre de pila y comenzó a utilizar la letra inicial seguida por un diminutivo, así que pasó de ser Lucio al fotógrafo Eli Dunn. Pero aquel día de hace tantos años, él seguía siendo Lucio para nosotros. Recuerdo que tomó una cerveza y nos pidió brindar por él. Estábamos en la playa, felices porque nos habíamos graduado de la prepa. El Pirata no solo levantó su botella y la hizo chocar contra la de Lucio, sino que se puso de pie y lo abrazó. Yo no soy tan noble. Miré hacia otro lado, succioné con todas mis fuerzas del popote hasta que terminé con la piña colada y me fui al mar.

—Hace tres meses fue su cumpleaños —dije mirando mi pan flotar dentro del café. La grasa de la mantequilla de cacahuate se esparcía en pequeñas medusas de color ocre.

—Sí. Cumplió treinta y tres. —Escuché el suspiro de Henry al otro lado de la línea.

—Jesús murió a los treinta y tres —no pude evitar decirlo. Mi amigo permaneció en silencio, así que seguí—: También John Belushi. —Silencio—. Y Eva Perón. —Silencio—. Y Chris Farley. —Más silencio—. Henry, ¿sigues allí?

—Sí. No es gracioso.

—No, no lo es. Es solo coincidencia.

También la forma en la que Lucio y yo comenzamos a salir fue una suerte de coincidencia. Él pertenecía al grupo selecto dentro de la preparatoria. Todos vivían en la misma colonia, habían estado juntos desde el kínder en el Colegio Americano y caminaban por los pasillos con la confianza de poseerlo todo. Eran como Lucio, de buena cuna, apellidos conocidos, de narices pequeñas y respingonas, dientes blancos y odontológicamente alineados, tez blanca y perfecto acento al hablar inglés. Lo único que no poseían era la preocupación por su futuro ya resuelto. Henry Morgan y yo, por nuestro lado, pertenecíamos al resto. El resto era un grupo amorfo, donde lo mismo se conjugaba el sobrepeso que la piel morena o los dientes un poco chuecos. No teníamos auto propio: nos dejaban nuestros padres por la mañana, o bien, tomábamos el transporte público. En mi grupo, la ropa no era de marca ni de última temporada, y todos veníamos de escuelas privadas para la clase media, o bien, del sistema educativo oficial. Yo incluso era parte del subconjunto de los favorecidos con una beca. Yo no era más que una desconocida que se cuela sin querer en una fotografía.
Por eso, no guardaba la fantasía de que hubiera más entre nosotros que el estar juntos en un equipo durante la clase de física. Al profesor se le había ocurrido la progresista idea de hacer que los del círculo de oro convivieran con el proletariado. Así que un buen día tuve que juntar mi mesabanco con el de Lucio y planear un proyecto para ambos. Desde luego que era agradable trabajar con alguien bien parecido y nada tonto, para variar. Olía a loción cara. A contraluz se apreciaba el vello fino que cubría su piel; de perfil era sencillamente hermoso. Imposible no pensar en los lugares comunes: su cabello parecía hecho de hilos de oro. Pero mis apreciaciones podrían haber sido las de cualquier otra preparatoriana ante una presa imposible. Por eso me sorprendió que Lucio me pidiera vernos afuera de la escuela. “Necesito ayuda con historia”, me confesó. Y luego esa sonrisa con hoyuelos mientras escribía su dirección en mi cuaderno. Aunque yo no dije nada, él daba por hecho que yo aceptaba. Como el chico dorado que era, estaba acostumbrado a salirse con la suya.

Su casa era grande y la ausencia de los padres brillaba al igual que los pisos de mármol. Subimos juntos la escalera hasta la habitación de Lucio. Estaba alfombrada y tenía aparatos electrónicos que yo no sabía que existieran. Él se quitó los zapatos y antes de salir me dijo que me pusiera cómoda. Dejé mi libro de historia sobre la cama, me saqué los tenis y me senté sobre la alfombra. Lucio regresó con dos cervezas importadas y me ofreció una. Encendió la televisión y puso el mtv, ese de 1990 con música aún. No tuvimos que hablar demasiado antes de que comenzaran los besos. Nos acariciamos tanto como es posible con la ropa puesta. Una voz femenina lo llamó desde la escalera. Lucio se puso de pie, se fajó la camisa y me regaló esa expresión suya con el labio superior ligeramente levantado del lado izquierdo. Con el correr de los meses, cuando aprendí a leerlo mejor, supe que aquello era un gesto amistoso. Lucio tenía las mejillas encendidas y el cabello fuera de lugar, pero no parecía preocuparle que su madre estuviera en casa. Un mero inconveniente técnico. “Mañana podemos seguir estudiando, pero mejor en otra parte”, había dicho muy tranquilo.

—¿Y qué fue lo último que supiste de él? —me preguntó Henry.

Mantenernos en la línea parecía lo más sensato en aquel momento. Cortar la conversación implicaría que tendríamos que retomar nuestras vidas bajo la nueva realidad: el mundo sin Lucio. En el fondo sabíamos que aunque no era lo mismo que estuviera muerto, a no verlo nunca más, los engranes de la normalidad estaban intactos. Es lo más difícil.

—Que se volvió gay. Bueno, que se asumió como tal —dije abriendo el refrigerador. Sentí un hambre súbita, pero nada me apetecía.

—Yo igual y lo supe por ti —el tono del Pirata tenía espolvoreado algo de rencor.

—Siempre pensé que él había seguido en contacto contigo por más tiempo. Tú eras el amigo —lo acusé—. A mí solo me usaba. —Me arrepentí de inmediato de mi frase. No solo porque sonaba a lo que diría una actriz de telenovela, sino porque hacía evidente que la rencorosa era yo.

—Por supuesto que no.

—Henry, por favor, dime que no estamos compitiendo por su atención. Lucio ya no está.

Encontré los restos de un pollo rostizado y escogí una pierna. Mordí la carne fría. Miré por la ventana, más allá del cactus que la adorna y de la casa de los vecinos. Sol, ropa en un tendedero, un perro jadeando bajo la endeble sombra de una maceta.

—No tienes que negar que tú fuiste la más cercana a él —dijo en un tono más bajo.

La más cercana a él. El Pirata debería ser un locutor de radio nocturno, de esos que psicoanalizan a los oyentes desvelados. Abrí la ventana y le aventé la pierna de pollo al perro: juro que se le iluminó la cara. Se levantó meneando la cola y al poco escuché su mandíbula quebrando el hueso con felicidad. Deseé que mi vida fuera así de simple. Saciar el hambre, dormir en la sombra, beber con sed.

Henry Morgan creía que yo era la más cercana a Lucio porque cada viernes, al terminar las clases, íbamos a un motel de paso que quedaba a una distancia caminable de la escuela. Pero un chico como Lucio no había nacido para ser un peatón, así que íbamos en su carro. El trabajo de Henry era encerrarse en casa, para que fuera la coartada de Lucio. Oficialmente, los viernes veía una película con él, o trabajaban en algún proyecto, o escuchaban música juntos. Era preciso que nadie supiera que Lucio estaba conmigo. Yo lo sabía, siempre lo supe y lo acepté de esa manera. Supongo que mi dignidad no era nada en comparación a lo que sentía por él. También sé que el Pirata nunca tuvo que sacrificar un buen plan para ayudar a su amigo. Mientras tanto, Lucio y yo nos cargábamos de jugos, cervezas, frituras y chocolates, y entrábamos al motel. Las mochilas se quedaban en la cajuela. Sexo primero; luego comer desnudos mirando la televisión. Conversábamos sobre alguna tarea, un chisme sobre tal o cual compañero del grupo, suponíamos perversiones de nuestros maestros más estrictos. Lo hacíamos con familiaridad, como si fuéramos un buen matrimonio de esos que se tocan con dulzura al hablar. Más tarde, teníamos otra sesión de sexo y al final él se quedaba dormido mientras yo acariciaba su espalda. Recorría las vértebras y daba la vuelta en U en el cóccix y mis dedos desandaban el camino. Su piel tan suave me hacía sentir que la mía era como la de un elefante. Su perfil, los ojos cerrados, las pestañas oscuras y los mechones rubios que cubrían gran parte de la cara. Su respiración pausada. Los omóplatos como algo que podría transformarse en alas. Tanta delgadez.

Henry cree que por esto yo era más cercana a Lucio. Pero mirándolo así, dormido mientras yo lo acariciaba, me invadía el vacío. Se me iba el aire. Era doloroso verlo así porque no hubo otro instante en el que fuera más claro que nunca estuvimos juntos. Cuando se despertara, nos vestiríamos con prisas, me ayudaría a recoger la basura y subiríamos al carro sin hablarnos. Me dejaría en una parada de autobús porque ya era tarde para llegar a su casa. Al abrir los ojos, era otro; más bien, volvía a ser el mismo, el que se sentaba en el extremo opuesto del salón, con los de su clase. Años después, el distanciamiento se volvería silencio y nuestra relación física inexistente, porque cuando se fue a estudiar a Estados Unidos, Lucio empezó a salir con hombres. Yo era, en todo caso, la más lejana. El Pirata no iba a comprenderlo jamás.

Tras un rato de silencio, Henry decidió que sería buena idea colgar, por aquello de las tarifas del teléfono. Quedó de comunicarse más tarde. Cuando apagué mi aparato, me quedé sentada por un rato en la cocina. No tenía ánimos de moverme. Me puse de pie y fui a la esquina donde estaban las cajas de la última mudanza. No lo pensé; mi mente no hizo nada más que dejar que mi cuerpo hiciera la faena de buscar entre todas esas cosas una caja metálica que alguna vez tuvo chocolates. Adentro estaba una foto enmarcada que Lucio me dio en mi cumpleaños dieciocho, el último que pasamos juntos.

La imagen es la de una casa antigua, típica del sureste de Estados Unidos. La tomó cuando fue a visitar la universidad a la que iría. Frente al edificio crece un árbol con ramas enormes. Todo es blanco y negro, pero las tejas de la casa están pintadas de verde. En una de las ramas, sentada y con las manos a un lado de cada rodilla, un poco echada hacia adelante, estoy yo. De una rama inferior y de pie, un Lucio sonriente mira hacia arriba, saludándome. Nuestras figuras están nítidamente recortadas y superpuestas sobre la otra foto. Fotomontaje casero. Un atentado contra su genialidad. Al reverso, sobre el cartón, con la letra de trazo perfecto de Lucio, la acusación: Para que no digas que no tienes nada de mí. Luego su firma, luego la fecha. No recuerdo cuándo me capturó en esa posición. De hecho, no recuerdo que me hubiera tomado ninguna foto.

Mi teléfono volvió a sonar. Henry Morgan, del otro lado, me explicaba que se había contactado con la hermana de Lucio, que también vivía en Nueva York. Tenía más información, aseguró, pero no quería ser muy gráfico.

—Sé gráfico —dije en un tono de voz plano.

El Pirata intentó resumir lo mejor que pudo: dijo que a Lucio lo encontraron una semana después de haber muerto. Los vecinos terminaron por llamar a la policía porque la peste se volvió insoportable. Vivía solo, enclaustrado en su apartamento neoyorquino, paranoico, sin contestar llamadas ni abrir la puerta. Recibía comida rápida a domicilio y pasaba semanas sin sacar la basura por temor a que alguien pudiera colarse por la fuerza en su hogar.

Había abandonado a sus amigos de allá, al igual que a nosotros y a su familia. Cortó lazos con el mundo. Aquí Henry hizo una pausa. No sé si pretendía que lo que me había dicho se asimilara en mi mente o si solamente necesitaba tomar aire y pasar saliva. Noté cierta agitación en su voz.

—Lucio llevaba años inyectándose meth —dijo en un tono de voz distinto—. ¿Sí sabes qué es?

—Sí —contesté de inmediato por temor a que mi amigo comenzara una diatriba explicatoria sobre los efectos del cristal.

—No hubo forma de salvarlo de sí mismo —terminó Henry regalándome el lugar común más grande de la historia.

—Gracias.

Colgué. Devastada o grosera, serían las dos opciones para describirme. Estoy segura de que el Pirata esperaba que yo respondiera algo a eso.

Acerqué la fotografía a mi cara y enfoqué mis ojos en la imagen de Lucio. Su mirada me hizo perder el aliento por un instante. No era la mirada del adolescente presuntuoso que se despidió de mí hace tantos años para irse lejos y no volver. Sus ojos miraban hacia arriba, a la Noelia que era yo sobre la rama, y en su rostro había una expresión que nunca le vi antes, pero que le pertenecía a un chico acorralado frente a un peligro invisible. ¿Quién le había tomado esa foto? ¿Henry? Por una fracción de segundo, aquella cámara con disparador automático logró capturar a otro Lucio que tampoco conocí. Se me ocurrió que aquella imagen era mucho más antigua y para cuando yo comencé a salir con Lucio, esa mirada ya se había deslavado para siempre, como aquel cielo grisáceo arriba de la casa, sobre nosotros.

Suspiré y relajé los músculos, pensando en lo egoísta que soy. La versión de una sobredosis en vez de la del suicidio me hizo sentir mejor. Un filtro o la luz natural en lugar del flash pueden hacer toda una diferencia sobre la misma imagen. Eso me lo dijo Lucio la única vez que me permitió estar con él durante una sesión de fotografía al aire libre. Retrataba a una chica que no era yo. Volví a guardar el cuadro en la caja metálica. No me sentí con ánimos de colgarlo aquel día.

• Fragmento del libro Todas hemos perdido algo © 2020, Tusquets. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

 

Liliana Blum
Narradora y novelista. Es autora de: Pandora (2015), El monstruo pentápodo (2017 y 2019) y No me pases de largo (2013), entre otros títulos.