Toda sociedad encuentra maneras de justificar sus desigualdades: lo dice Thomas Piketty en Capital e ideología. México, con el mito del mérito como fuente de la desigualdad entre clases y grupos sociales, es ejemplo de un país que busca pretextos para evadir la realidad: de un país tan desigual porque políticamente hemos decidido que así lo sea. La desigualdad en México no es un producto natural del proceso de desarrollo económico, es una decisión política; como tal, sólo de forma política podemos disminuirla.

Hoy los hombres más ricos de México, y muchos de quienes se encuentran en la parte más alta de las distribuciones del ingreso, argumentan como fuente de su bienestar material el trabajo duro, la preparación y su valor para emprender. Rara vez se escucha el reconocimiento a la suerte, el capital social o la herencia, mucho menos a la economía política: cómo los distintos actores en la sociedad, especialmente el Estado, determinan quién gana y quién pierde, qué intereses avanzan y cuáles retroceden, quién acumula y quién no.

Ilustración: Patricio Betteo

No necesitamos la confesión de las partes para ver que la política más que el mérito mueve el péndulo de la riqueza. La historia económica de México está llena de momentos que revelan este movimiento, sean los financieros porfiristas, los empresarios del México revolucionario o las grandes fortunas del presente, y en todos el común denominador son las rentas que el Estado les ha permitido capturar.

Siglo y medio atrás, la desincorporación de tierras que inició por Juárez y continuó por Díaz permitió la acumulación de riqueza de forma acelerada por la acumulación de tierras (la principal fuente de riqueza en una economía agraria). Poco después, la doble integración vertical de la economía de la hacienda y las primeras industrias (y de sus dueños en el ámbito político) posibilitó la creación de rentas. El México de hace poco más de cien años, aunque muy distinto, no difería en algunos aspectos de su estructura económica de grandes monopolios regionales, protección del Estado para asegurar la captura de rentas, grandes concesiones bancarias y mineras, y el maridaje de financieros y políticos.

El México del porfiriato o el de los primeros años del México posrevolucionario tenían en común lo que los politólogos llaman “el problema del compromiso”1 ante la debilidad del Estado, particularmente una debilidad fiscal que protegía a las élites económicas para asegurar su cooperación y obtener los recursos para sostenerse en el poder. La unión del poder económico y del poder político no sólo marcó la alta desigualdad del México del pasado; fue una ventaja heredada literal y metafóricamente al México contemporáneo.

La economía política del momento fue en cierto grado reproducida por la mayor parte del siglo XX y el inicio del siglo XXI: monopolios, protección, políticos y empresarios asociados, herencias que pasan de una generación a otra casi sin interrupción (debemos recordar que el impuesto a la herencia en México se introdujo en 1926,2 se derogó en 1961 y era fácil de eludir).

El mérito es una explicación casi fantástica si analizamos nuestra historia económica con cuidado. Entre la protección política y la fortuna se encuentran múltiples causas de la desigualdad histórica de México. Que durante mucho tiempo eligiéramos la fantasía es un síntoma del poco interés por la justicia en la vida política de nuestra sociedad.

Esta herencia existe y seguimos siendo tan poco meritocráticos como hace un siglo o dos. Empleando los datos de Caroline Freund, base de su libro Rich People Poor Countries: The Rise of Emerging-Market Tycoons and their Mega Firms,3 se vuelven evidentes las causas de la elevada desigualdad de México.

Los datos de Freund nos muestran que en los países en desarrollo, sobre todo en América Latina, la herencia sigue siendo un elemento fuerte entre los millonarios, seguido por las fortunas con orígenes en vínculos políticos, privatizaciones, concesiones y arreglos semejantes. México es un claro representante de este fenómeno en la región, un pequeño grupo de personas o familias posee un control sustancial sobre la riqueza y el ritmo de industrialización que se puede sostener.

En el México de 1996, 57 % de los millonarios tiene origen en la herencia y 0 % en el trabajo; en 2014 son 37.5 y 12.5 %. En el mismo lapso las fortunas provenientes de la privatización saltaron de 14.2 a 25 %. Muy parecido al desarrollo económico de Europa o Estados Unidos durante el siglo XIX, los magnates modernos y sus actitudes respecto a la economía y sus conexiones con la política producen una sociedad muy desigual.

De los milmillonarios mexicanos que registra Freund en tres años (1996, 2001 y 2014) se manifiestan algunas tendencias. De las fortunas producto de la herencia o de conexiones políticas (privatizaciones, concesiones para explotar recursos naturales) se desprende el 71 % de las fortunas en 1996, 69 % en 2001 y 62 % en 2014. Del trabajo y el emprendimiento de individuos el 28, 30 y 37 % respectivamente. Hablamos de entre dos tercios y tres cuartos de las grandes fortunas; el mérito no juega parte.

Respecto a las industrias de donde se derivan primordialmente estas fortunas, la explotación de recursos naturales como la minería, el sistema financiero y los medios de comunicación se llevan la parte del león, entre el 60 y el 50 %. Todos sectores con un alto poder de mercado, llenos de rentas extraordinarias, bajas cargas impositivas y vínculos políticos.

México aún se encuentra en un momento de transición, apenas se comienza a discutir y demandar la eliminación de todos esos privilegios, algo parecido a lo que ocurrió en Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XX y en la caída del viejo régimen en Europa después de la Segunda Guerra Mundial cuando los “barones ladrones” de su tiempo desaparecieron con la regulación, los impuestos progresivos y la construcción del Estado de bienestar.

Hablar de meritocracia en México es darles vida política a los intereses que se han beneficiado de la captura política del Estado para concentrar riqueza, justificar a la corrupción como fuente de desigualdad y reproducir un mito parcialmente responsable de la construcción de un Estado débil y sin capacidades. El mérito es un pretexto; el privilegio, la realidad.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London e historiador económico por la Universidad de Lund.


1 Haber, S. “The Commitment Problem and Mexican Economic History”, en Bortz, J. y Haber, S. (eds.). The Mexican Economy, 1870-1930: Essays on The Economic History of Institutions, Revolution, and Growth, Stanford University Press, 2002, pp. 324-334.

2 Márquez, G. Claves de la historia económica de México: El desempeño de largo plazo (siglos XVI-XXI), Fondo de Cultura Económica, México, 2015.

3 Freund, C. Rich People Poor Countries: The Rise of Emerging-Market Tycoons and their Mega Firms, Columbia University Press, Estados Unidos, 2016.

 

4 comentarios en “Todo lo debo al trabajo

  1. El mérito es un pretexto. Pero el des-mérito es bien real. Si no abres los ojos, te mueres.

  2. Este artículo de Diego Castañeda esboza temas que parece increíble que los economistas, politólogos y analistas mexicanos no hayan desarrollado y publicado estudios profundos sobre el origen de las fortunas en México y sobre las verdaderas causas de la desigualdad económica y social.
    La comentocracia mexicana, la que está todos los días en la prensa y en la televisión, hace gala de superficialidad, de estupidez comprada y de visión a corto plazo. Constituyen básicamente un grupo de plumas al mejor postor.
    Urgen estudios serios y documentados, del tipo de los que ha publicado Piketty para los ámbitos europeo y norteamericano o los de Stiglitz para los Estados Unidos.

    • Muy buen artículo. A mi me llama la atención estudiar las biografías de grandes empresarios y te das cuenta que sus antecesores son españoles, libaneses, judíos, etc. Pero también me he dado cuenta de la falta de cultura financiera y del emprendimiento del mexicano.