¿En qué medida una sociedad debe garantizar a sus miembros el acceso a bienes y servicios indispensables para su desarrollo personal?1 La pregunta admite múltiples respuestas, pero acotadas por dos extremos. En uno la respuesta es afirmativa: la sociedad debe garantizar a todos sus integrantes, bajo cualquier circunstancia, el acceso a bienes y servicios considerados fundamentales. En el otro la respuesta es negativa: no se debe garantizar el acceso a estos bienes y servicios fundamentales y, por lo tanto, su acceso debe pasar por un factor intermedio, como es el nivel de ingreso.

Es difícil encontrar una respuesta que deje a todos conformes. De ahí que la forma para proveer estos bienes y servicios en una sociedad democrática sea un punto medio entre ambas posiciones extremas, al privilegiar en mayor o menor medida a alguna de ellas. Para formular esta solución es necesario que todas las posibles respuestas latentes en la sociedad sean expresadas y cuenten con presencia en el espacio público. Su variedad será, al final, lo que dará forma a la solución de compromiso adoptada. En el caso mexicano, una de las posibles respuestas, que cuenta con un lugar destacado en el espacio público y en los medios de comunicación, es lo que aquí llamaré la “ideología de la meritocracia”.

Ilustración: Patricio Betteo

A la meritocracia, en tanto ideología, se le puede entender a partir de tres postulados. El primero afirma que para tener acceso a bienes o servicios es necesario que la persona se esfuerce. El segundo establece que el grado de esfuerzo se traduce de forma proporcional en recompensas para la persona. Y el tercero plantea la irrelevancia de aquellos factores ajenos al individuo que pueden influir sobre el esfuerzo realizado. La meritocracia es así una ideología que atribuye al individuo la responsabilidad completa sobre sus resultados en la vida, al anular cualquier efecto, positivo o negativo, que el contexto pudo tener: cualquier resultado positivo se debe exclusivamente a que el individuo se esforzó lo suficiente y cualquier resultado negativo, a una falta de empeño.

Al omitir el efecto de los factores externos sobre los resultados, la meritocracia no concibe diferencias en la forma en que el esfuerzo se traduce en recompensas; si dos personas de contextos diversos son retribuidas de manera distinta, el meritócrata creerá que la diferencia se debe a otro tipo de esfuerzo y no a los contextos de las personas. Para el meritócrata no existen factores estructurales por los que la sociedad gratifica en mayor medida a ciertos individuos; hay una lógica del merecimiento al dividir las recompensas (llamémosle ingreso o riqueza) en una sociedad. De ahí que ideas como la justicia social y la redistribución de recompensas le parezcan no sólo poco apropiadas, sino aberrantes en sí mismas. Como a su entender lo único que determina elementos como el ingreso o la riqueza de las personas es el esfuerzo, cualquier redistribución implica trasladar recursos de quienes “lo merecen” a quienes “no lo merecen”.

La meritocracia se ubica cerca del extremo en donde no se considera necesario garantizar el acceso a los bienes y servicios fundamentales; el factor que debe mediar entre éstos y la persona es el mérito, el esfuerzo o, más específicamente, “las ganas”, y es justo que “las ganas” condicionen el acceso de las personas a todo tipo de bienes y servicios: por un lado, para ellos son el único determinante de las recompensas y, por otro lado, cualquiera puede decidir el grado de esfuerzo que realiza en completa libertad.

Evidencia empírica en años recientes muestra que las circunstancias de origen de una persona, entendidas como aquellos elementos fuera de su control, tienen una influencia importante sobre sus resultados económicos. Según el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, 50 de cada 100 mexicanos que en la adolescencia se encontraban en la parte más baja de la distribución socioeconómica, permanecía ahí al alcanzar la edad adulta. De los otros 50 que lograban escalar posiciones, 25 accedían sólo al siguiente escalón, y sólo tres a lo más alto de la escala socioeconómica. Esto nos dice que el punto en el que arrancamos en nuestras vidas sí influye en qué tan lejos llegamos, algo que no debería ocurrir bajo el supuesto meritocrático.

En una relación más directa con el supuesto meritocrático, la proporción de la desigualdad socioeconómica en México debida a desigualdades como la educación de los padres, la posición socioeconómica de nuestro hogar durante la adolescencia, la región en que vivíamos en esa etapa de nuestra vida, las características del barrio es de al menos 50 % .

Esto implica que las circunstancias inclinan la balanza a favor o en contra, sin importar el grado de esfuerzo que realice. Para algunos individuos, esas circunstancias hacen que su empeño se traduzca en mayores recompensas socioeconómicas comparadas con las recibidas por aquellas personas que no cuentan con ellas. Para otros individuos, por sus circunstancias de origen, el esfuerzo se traduce en menores recompensas.

En la sociedad mexicana de hoy el acceso a bienes y servicios fundamentales se encuentra mediado no sólo por el grado de esfuerzo sino también por las condiciones de origen de las personas. En la provisión de esos bienes y servicios las desigualdades se preservan de generación en generación.

Vale la pena entonces identificar aquellos grupos penalizados en la sociedad mexicana por sus circunstancias de origen y las recompensas que alcanzan en promedio. Para ello seguí la metodología del artículo seminal de Ferreira y Gignoux,2 que identifica los conjuntos de circunstancias asociados a una menor recompensa. De recalcarse: las circunstancias de origen identifican a estos grupos como los que reciben la peor mano y deben realizar un mayor esfuerzo si es que buscan remontar la penalización.

Al analizar los datos de la Encuesta de Movilidad Social ESRU-EMOVI 2017, se puede identificar a aquellos grupos que, dadas sus circunstancias de origen, se encuentran en mayor desventaja frente al resto de la sociedad. Este ejercicio confirma algo muchas veces dicho: la población indígena de las zonas rurales del sur del país, particularmente aquélla con el tono de piel más oscuro y proveniente de hogares de bajos recursos educativos y materiales, se enfrenta a las peores condiciones de arranque que la sociedad mexicana es capaz de proporcionar. Las mujeres de ese grupo se enfrentan a un peor mapa de oportunidades antes de siquiera tener capacidad de decisión sobre su vida.

Si pensamos a la sociedad mexicana como un crupier en una mesa de póker, que reparte una mano de cartas, estos perfiles indican cuál es la peor mano que a alguien le puede tocar y esa mano no es del todo aleatoria, sino que depende en buena medida de dónde, con qué color de piel y con qué genitales nació la persona.

Las circunstancias de origen están asociadas a menores recompensas esperadas porque un patrón de desarrollo histórico específico ha mantenido instituciones con un régimen de baja movilidad social y alta estratificación; quien arranca desde abajo difícilmente llegará muy arriba. De igual forma, la violencia en contra de buena parte de sus integrantes por el simple hecho de ser mujeres no se había cuestionado sino hasta fechas muy recientes. Sin contar que es un desarrollo fundado en una idea de integración racial que excluye a ciertos miembros de la sociedad por su apariencia o la lengua que hablan.

Si queremos cambiar la respuesta actual de la sociedad mexicana a la pregunta que abre este ensayo, debe reconocerse que las circunstancias de arranque importan y lo primero es hacer que dicho peso desaparezca. Ése debería ser el objetivo último de la política pública: garantizarles a todas y todos los mexicanos que contarán con lo necesario para desarrollarse y ejercer su capacidad de agencia. La meritocracia supone una falsa salida, como si las circunstancias de origen no importasen; lo que en última instancia sólo favorece a quienes tuvieron la suerte de recibir la mano adecuada de cartas.

 

Luis Ángel Monroy-Gómez-Franco
Estudiante del doctorado en economía del Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.


1 Esta pregunta no es sino una generalización de la que plantea el fallecido Uwe Reinhardt en su libro Priced out: The Economics and Ethical Costs of American Health Care para estructurar el debate sobre la reforma al sistema de salud estadunidense. La pregunta original es: ¿en qué medida debemos ser los guardianes del cuidado de la salud de nuestros hermanos pobres y enfermos?

2 Ferreira, Francisco y Gignoux, Jeremie. “The Measurement of Inequality of Opportunity: Theory and an Application for Latin America”, Review of Income and Wealth, 2011, vol. 57, no. 4, pp. 622-657.

 

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