Mi padre murió en 1955, cuando su madre aún vivía en un asilo. La anciana tenía noventa años y ni siquiera se enteró de su enfermedad. Mis tías, pensando que la noticia podría matarla, le dijeron que se había mudado a Arizona para recuperarse de una bronquitis. Para la generación de inmigrantes a la que pertenecía mi abuela, Arizona era el equivalente de los Alpes, el lugar al que uno iba por motivos de salud. Más precisamente, a donde uno iba si tenía dinero. Como mi padre fracasó en todos los negocios que emprendió en su vida, para mi abuela este acontecimiento fue como un indicador de cierto éxito. De modo que mientras nosotros lo llorábamos en casa, mi abuela se jactaba con sus amigos de la nueva vida que llevaba su hijo en el aire seco del desierto.
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