EL SIGLO DE DON PACO

Si en algo coincidimos los mexicanos de 1986 es en la certidumbre de que pasamos por tiempos difíciles. No hay encuentro casual, ni reunión concertada, ni siquiera conversación teléfonica que no recurra a la descripción y el horror de los tiempos que nos toca vivir. Hace rato que a falta de otro incentivo cargamos con el apocalipsis en la bolsa. Con toda la tranquilidad que nos queda, a pesar de vivir diciendo lo contrario, nos sentamos a hacer el recuento de las catástrofes por las que cursamos, y no nos alcanzan las noches para acumular trágicas premoniciones. Todo nos sorprende y asusta. No hay más que hojear el periódico en la mañana para encontrar cincuenta motivos dignos de otorgar el mejor de los créditos al más desenfrenado pesimista. Cuando no escasea la democracia, abunda el autoritarismo; cuando no nos insultan los vecinos, nos autodepredamos encontrando corruptos bajo los escritorios públicos. El día que no baja el petróleo, se retractan los priístas que estaban dispuestos a transformar su partido en quién sabe qué maravilla. Por un lado el FBI declara que la DEA tiene derecho a estar en México y por el otro un funcionario diserta sobre los más arcaicos valores mexicanos y la ineludible vocación de libertad y autonomía de nuestra patria. Un día los panistas se entrevistan con Helms y otro quién sabe cuánto nos cuesta que el Papa los conmine a respetar el orden de la revolución tan certeramente institucionalizada. Un mes cierran la Fundidora en Monterrey y otro la Renault Mexicana. Una tarde nos rebelamos contra la amenaza de las armas nucleares y todas las mañanas la economía nacional produce mil niños muertos y doce mil condenados al hambre. Una noche perdemos a Emilio Azcárraga y otra recuperamos a Raúl Velasco desde Miami. Total, un desorden. Las cosas se han puesto tan locas que resulta lógico vender el coche en el que vamos al trabajo y poner el dinero en el banco para que nos pague con su sola permanencia pacífica en una cuenta de Pagafes más de lo que se gana en una oficina de rango medio. Tan incomprensibles están los tiempos que una naranja cuesta cien pesos y un melón ochocientos. Y como no, si un mugre dólar vale setecientos. Para qué sigo: hay cosas peores, cada uno de ustedes puede reforzar mi lista con la suya y así hasta no acabar nunca. ¿Pero qué tan distinta es nuestra incierta vida de aquella que vivieron nuestros padres, nuestros abuelos y Don Paco Martínez de la Vega?

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Publicado en: 1986 Octubre