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Las ruinas de Tzendales estaban localizadas, lo sabía ya, en la cuenca del río Negro, unos kilómetros arriba de las cascadas que impedían su ascenso por lancha, hacia el sureste de la sierra de San Felipe. Era el área de influencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Conocía esa zona. Las cañadas de la selva Lacandona. Había vivido allá, durante varios meses, para investigar el origen del levantamiento del EZLN. Las cañadas estaban pobladas de ejidos formados por indígenas que habían trabajado como peones en las fincas de los valles de Ocosingo. En esas fincas vivieron sus padres y sus abuelos. Ellos las abandonaron hacia el comienzo de la década de los sesenta, porque querían ser libres. Eran tzeltales en su mayoría, aunque con ellos llegaron también a la región, por razones muy diversas, tzotziles de los Altos, choles del norte y tojolabales de los Llanos. El gobierno de la república favorecía la migración a la selva Lacandona, que veía como una forma de romper la relación de servidumbre que tenían los indígenas con las fincas de Chiapas. El presidente Gustavo Díaz Ordaz hizo dotaciones de tierra a varias de las comunidades asentadas en las Cañadas. Pero la colonización de la selva, al modificar el uso del suelo, significaba también su destrucción. Con el fin de contenerla, y para centrar la explotación de la caoba en manos del Estado, el presidente Luis Echeverría publicó a principios de los setenta el decreto de la Comunidad Lacandona. Ese decreto protegía 614 321 hectáreas de selva, pero negaba el derecho sobre la tierra que tenían miles de familias que vivían, hacía ya tiempo, en ese mismo territorio. Treinta y siete comunidades fueron amenazadas de golpe con ser desalojadas, a pesar de tener la posesión real (y a veces también legal) de las tierras en las que vivían. Las cañadas más afectadas fueron Avellanal y Amador. En ellas había ejidos ya consolidados, como San Francisco, Las Tazas, Ibarra, El Guanal y Plan de Guadalupe —lo que sería después el corazón del EZLN—.

Ilustraciones: Raquel Moreno

Los tzeltales que colonizaron aquella región, la más inhóspita del estado, una de las más inhóspitas del país, no emprendieron solos su camino. Los acompañó la iglesia, en especial los misioneros de la orden de Predicadores. El sentido de su migración les fue revelado por los dominicos con ayuda de la Biblia. En el Libro del Éxodo, traducido a su lengua, subrayaban en la catequesis las analogías de su propia travesía con la salida de los hebreos a la Tierra Prometida. Su tránsito por el mundo de los caxlanes, la huida de las fincas, el éxodo hacia la selva, todos los ciclos de su vida estaban ya previstos con claridad en las parábolas de las Sagradas Escrituras. Así lo anunciaron los misioneros que los guiaban en su liberación. Las comunidades de las Cañadas, acompañadas por Dios, comenzaban a vivir el Éxodo.

La iglesia también apoyó a las comunidades con un sentido más práctico, en su lucha por la tierra, amenazada por el decreto de la Comunidad Lacandona. Los miembros de la diócesis de San Cristóbal estaban radicalizados tras la Conferencia Episcopal de Medellín, que reafirmó la opción por los pobres en el continente, anunciada durante el Concilio Vaticano Segundo. “Medellín hace encuentro”, escribió el obispo Samuel Ruiz, “con aquellos movimientos y procesos que, iniciados desde otras motivaciones no cristianas, convergen en los anhelos de lucha liberadora para el establecimiento de una paz verdadera”. A mediados de los setenta, la diócesis facilitó el contacto de las comunidades de las Cañadas con una organización que trabajó con ellas en defensa de sus derechos, surgida pocos años antes, con la ola de entusiasmo por el triunfo de la Revolución en Cuba, en el marco de la represión desatada por Díaz Ordaz, continuada y recrudecida con Echeverría. Se llamaba Unión del Pueblo. Sus militantes eran maoístas, no leninistas: rechazaban la tesis de destruir para luego construir (por vía de la insurrección, como decía Lenin) y, en cambio, aceptaban la tesis de construir antes de destruir (por medio de la zona liberada, como proponía Mao). El grupo no estaba armado, aunque trabajaba en la clandestinidad. Uno de sus dirigentes era René Gómez, chiapaneco él mismo, formado como ingeniero en Chapingo. Su nombre de lucha era Jacinto, en homenaje a Canek. Con el paso de los años, René rompió con Unión del Pueblo, tomado ya por su facción más insurreccional, para integrar su trabajo al de una organización bastante similar, también maoísta, aunque no clandestina: Línea Proletaria. Ayudó a fundar la Unión de Uniones, donde estaban organizados los indígenas de las Cañadas. Vivió en la selva, en la cañada de Amador; puso después un taller de carpintería en San Cristóbal; residió con el tiempo en la capital de Chiapas, donde trabajó para Banrural. René Gómez era la persona que busqué en Tuxtla tras el levantamiento del EZLN, al emprender la investigación sobre los orígenes de aquella rebelión que acababa de estallar en las Cañadas.

René me presentó con Carmen Legorreta, socióloga de la UNAM, quien vivía en San Cristóbal. Los dos eran asesores de la Unión de Uniones, llamada también, por la prensa, ARIC, pues adoptaba la figura de Asociación Rural de Interés Colectivo, de acuerdo con el título III de la Ley General de Crédito Rural. Con ambos llegué a Ocosingo. Muchos de los campesinos que militaban en la Unión de Uniones habían sido guerrilleros en el EZLN. Carmen y René me pusieron en contacto con ellos. Destacaba por encima de los demás Lázaro Hernández, alias Jesús, tzeltal de San Francisco, tuhunel de tuhuneles de la diócesis, entonces presidente de la Unión de Uniones. Lázaro era el hombre que, a mediados de los ochenta, había reunido a la dirigencia del EZLN con los líderes de las comunidades de las Cañadas. Figuró en mi libro con su nombre de verdad, al igual que algunos otros de los dirigentes más conocidos, como Santiago Lorenzo. Los demás estuvieron protegidos por el anonimato. Eran por lo general muchachos que, tras militar por varios años en la guerrilla, como milicianos o como insurgentes, la dejaron en silencio, unos a finales de los ochenta, otros a principios de los noventa, para retornar a las filas de la Unión de Uniones. Los conocí en Ocosingo, en las oficinas de la ARIC, aunque también en los ejidos de la cañada de Patihuitz, que recorrí hasta la comunidad de San Miguel, donde comenzaba la zona bajo control del EZLN.

Mantuve a través de los años la comunicación con Carmen y con René. En algún momento les platiqué de las ruinas de Tzendales, aunque yo aún las identificaba con otra selva: no con la que ya conocía por mis investigaciones sobre el EZLN, en ejidos como La Realidad, sino con la que descubrí más tarde, entre gritos de guacamayas, a orillas del río Lacantún. A fines de 2003 hice un intento más para llegar a ellas por agua, siguiendo los pasos de Alfred Tozzer. Lo hice por amor a la selva, más que a las ruinas. Sabía ya que resultaba menos difícil buscarlas por las Cañadas que por el Tzendales. Pero no me quería resignar a rastrearlas en los alrededores de los ejidos, el monte devastado en todas partes; las quería descubrir entre los árboles, en medio del follaje que estaba todavía de pie. Pensaba que si remontaba el río Negro hasta las cascadas, podía seguir adelante, por la ribera, hacia las ruinas, que sabía que estaban junto al río, según decían los apuntes de Tozzer. Descubrí que podía obtener recursos, con ese fin, en la sociedad que publicaba la revista National Geographic. Le propuse hacer una expedición con el objeto de recorrer la zona más remota de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, explorar los restos de la central de San Román y, sobre todo, buscar el sitio de Tzendales. En mi propuesta citaba documentos que ilustraban su valor, todos los cuales remitían a su descubridor: Tozzer. “Gran importancia. Restos de un dintel con glifos y una bella estela con trece glifos y una excelente figura… Sin duda muchos otros dinteles y estelas” (Field Diaries, entrada del 24 de febrero de 1905). “El sitio me pareció de gran importancia y será seguramente contado entre las notables ciudades en ruinas de la civilización maya” (Letters Home, carta del 20-26 de febrero de 1905). “Estas ruinas son de mucha importancia y espero dar de ellas una noticia más extensa en el futuro” (A Comparative Study of the Mayas and Lacandones, McMillan, Nueva York, 1907, p. 82). La expedición que proponía a la revista incluía a notables biólogos (como Rodolfo Dirzo) y a prestigiados fotógrafos (como Fulvio Eccardi) para estudiar la flora y la fauna de la parte menos perturbada de la selva Lacandona, en la región de Tzendales. Contaba para realizarla, mediante una cuota de recuperación, con el apoyo de la infraestructura de la Estación de Chajul.

No tuve respuesta. Pensé pedir ayuda a David Stuart, el epigrafista de Harvard, cuyo padre había trabajado en la selva de los mayas para National Geographic. Pero apenas lo conocía. Consideré también buscar a Ian Graham, en el Museo Peabody. Pero no lo quise molestar. Acababa de verlo hacía unos meses, no en Harvard sino en México, en la costa de Jalisco. Ian era amigo del banquero Roberto Hernández, dueño de una casa muy bonita en El Tamarindo, una península de 880 hectáreas de selva, al sur de la bahía de Tenacatita. Solía trabajar durante sus vacaciones en aquella casa, rodeado de dibujos, fotografías y diccionarios en maya (en uno de ellos, por cierto, quien sería mi esposa vio la palabra con la que me llama hasta el día de hoy: Osh). Había fiestas entonces en El Tamarindo, fiestas bajo las estrellas para celebrar el comienzo del Año Chino, el de la Cabra. En una de ellas vi por última vez a Ian Graham. Todos estábamos esa noche en la playa, descalzos, recostados alrededor de una fogata, menos él, que bailaba con sus calcetines subidos hasta la rodilla con una hermana de Roberto. Feliz.

En 2004, sin haber coronado la búsqueda, apareció En la selva, el libro en el que daba cuenta de las ruinas de Tzendales.

 

Pasaron los años, viví fuera del país, ya casado, con una familia preciosa y querida. En el verano de 2009 estaba de regreso en México. Dediqué mi tiempo, mientras encontraba un trabajo, a las ruinas de Tzendales. Busqué a mi amiga Carmen Legorreta, ya en ese entonces investigadora de la UNAM. ¿Tenía contacto todavía con los compañeros de las Cañadas? ¿Me podía ayudar a preguntar, a los que conocían la región, si había ruinas de los mayas en la cuenca del río Negro, al este o noreste de la laguna de Miramar? Era una parte muy remota de la selva, en el corazón de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, pero conocida por los campesinos que fueron guerrilleros, pues varios de ellos vivieron en esa zona durante los ochenta, lejos de todo, en los campamentos más antiguos del EZLN. Carmen habló con algunos de los compañeros, entre ellos uno en particular, Nicolás Lorenzo. Así supe, por Nicolás, que había un sitio —era grande, desconocido— cerca de La Candelaria, una comunidad ubicada en el río Negro: estaba 10 o 15 kilómetros hacia el sureste, al lado de un caserío llamado San Gregorio. Le di al sitio el nombre de río Negro.

Revisé con atención el mapa que tenía de la selva Lacandona, elaborado por el Inegi: Las Margaritas E15-12 D15-3, con escala de 1:250 000. En ese mapa, las ruinas que mencionaba Nicolás estaban localizadas, como las de Tzendales, entre 30 y 40 grados al noroeste del sitio llamado Nacimiento. Tozzer describe así, en su diario de campo, el camino que tomó desde el Nacimiento hacia las ruinas: “Un cerro feo y toda la brecha pedregosa” (entrada del 23 de febrero). Después de subir y bajar aquel cerro, el camino era ya plano hasta el río Negro: “Caminata tranquila el día de hoy, sin cerros” (entrada del 24 de febrero). Todo eso coincidía con lo que indicaba mi carta topográfica. Tozzer afirma, por otra parte, que la distancia entre la central de San Román y las ruinas de Tzendales era alrededor de 36 kilómetros (“más de 22 millas”, dice en su carta del 20-26 de febrero de 1905). En mi mapa de la selva, según mis cálculos, la distancia entre la central y las ruinas del río Negro era, en línea recta, bastante menor: unos 25 kilómetros. La diferencia, sin embargo, podía ser explicada, pues el camino a ellas, por supuesto, no era recto, sobre todo en el tramo que pasaba por el cerro feo que había sido necesario subir y bajar. Volví a leer, entonces, las copias que tenía de la libreta que llevaba Tozzer, junto a su diario de campo, en el viaje por Tzendales. “El río está muy cerca de las ruinas”, decía una nota, “puede escucharse el ruido”. Ese dato no cuadraba en absoluto con la información que yo tenía, pues sabía que las ruinas que lindaban con el caserío de San Gregorio, aunque pasaba por ellas un arroyo, estaban a más o menos 4 kilómetros del río Negro. Pero las coincidencias me parecieron decisivas. Averigüé, por lo demás, que no había otro sitio conocido en esa zona. Entendí que las ruinas que buscaba podían ser esas, situadas a 145 grados al noreste de la laguna de Miramar, sobre la cuenca del río Negro. En eso pensaba cuando, por aquellos días, hablé por teléfono con Héctor Aguilar Camín.

Las oficinas de nexos están localizadas en el número 119 de la calle de Mazatlán, en la colonia Condesa. Hacia ahí me dirigí esa mañana de septiembre, fresca y húmeda, para ver al director de la revista. Había conocido a Aguilar Camín en la casa de un amigo de mis padres, hacía siglos, pero nos habíamos hecho amigos en la revista nexos. Ahí comencé a escribir y ahí publiqué mi primer libro, en la editorial Cal y Arena. Al estallar la rebelión del EZLN, obsesionados por entender lo que ocurría, acordamos que haría yo los viajes que fueran necesarios a Chiapas con el apoyo de nexos, a cambio de publicar el resultado de la investigación en Cal y Arena. Héctor hizo más: me puso en contacto con un militante de Línea Proletaria que fue quien me dio los datos de René Gómez, el asesor de los campesinos de la Unión de Uniones, la organización que había utilizado el EZLN para crecer en las Cañadas. Gracias a él llegué al lugar donde tenía que estar. Nos vimos muy seguido por aquellos días: cada vez que volvía yo de la selva lo buscaba en la revista para platicarle lo que iba descubriendo de la rebelión, y para que me contara todo lo que él mismo había averiguado por otras fuentes. Armamos juntos ese rompecabezas. Aquella mañana de septiembre, tras barajear algunos temas que podían interesar a nexos, le platiqué al final de las ruinas de Tzendales. Héctor abrió los ojos, con la ilusión de un niño. Aseguré que creía saber dónde estaban esas ruinas. Añadí que Denise Maerker, amiga de los dos, conocía también su historia, que le intrigaba, pues habíamos platicado al respecto en el noticiero que conducía, Punto de Partida. ¿Por qué no la buscábamos? Unas semanas después nos vimos juntos en la casa de Denise para acordar los detalles de la expedición al sitio del río Negro. Iría también un camarógrafo que trabajaba con ella: Adrián Tinoco.

Las ruinas de Tzendales podían ser identificadas, en principio, por la estela que reprodujo Alfred Tozzer. Pero era improbable que sugiera todavía de pie. Tozzer la vio intacta, a ocho meses de su descubrimiento por el montero Celedonio Vargas. Había sido introducida al interior del templo mejor conservado del sitio, donde estaba situada frente a una hilera de braseros de barro, depositados ahí por los lacandones de Chanakté, que creían que el hombre de la piedra era la imagen de Hachakyum. Pero los monteros permanecieron en la región por veinte años más (la central de San Román dejó de trabajar hasta la muerte de Mijares, en 1925). Y tras los monteros llegaron a la zona los chicleros, como lo demostraban los objetos de vidrio y de peltre que descubrimos en Nacimiento. Junto con los monteros y los chicleros habían pasado por ahí —guiados por ellos, como el propio Tozzer— varios de los exploradores que recorrieron a pie la selva Lacandona. Y con ellos, también, los saqueadores de los tesoros de los mayas. Así que era difícil que sobreviviera la estela de Tzendales.

Había otra forma de identificar las ruinas: los planos hechos por Tozzer con las medidas de los templos más importantes, localizados en los archivos del Museo Peabody. Ahí los había visto, pero no los había copiado. ¿Cómo rescatarlos? Héctor sugirió llamar a Martín Lajous, quien terminaba entonces su doctorado de medicina en Harvard. Le escribí de inmediato a Martín, a quien conocía desde niño, pues desde entonces íbamos juntos, con nuestros padres, a pasar los fines de semana en Tlayacapan. Quedó encantado con la idea de explorar los planos y los dibujos de Tozzer. Era necesario ir a sus archivos, en el Museo Peabody, para buscar la referencia 04-64 Lacandones Records. Ahí había que localizar una libreta de hojas rayadas con la pasta café y el lomo cubierto por una cinta negra, que decía con letra a mano, en español, Planchón de las Figuras. “No tengo fotocopias de esa libreta”, le dije a Martín, “sólo la reproducción que te mando de algunos planos hechos por mí de los edificios de Tzendales. Nos interesa tener el de la casa A y el de la casa E”. Aquellos planos mostraban, con exactitud, las medidas de todos los muros de los templos. Serían la clave para saber si las ruinas del río Negro eran las de Tzendales.

Hacia finales del año, en preparación al viaje a la selva, busqué también a Alfonso de Maria y Campos, entonces director del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Nos reunimos en sus oficinas de la avenida de los Insurgentes, junto con la arqueóloga Laura Pescador. ¿Qué sabía el INAH de las ruinas de Tzendales? Sólo lo que mencionaba Tozzer en su libro sobre los lacandones, dijo Laura. Ella comentó también que acababa de hablar con el arqueólogo Rodrigo Liendo Estuardo, quien trabajaba en la Reserva de la Biosfera Montes Azules, y que le había preguntado por Tzendales. Rodrigo le respondió que no sabía nada sobre la ubicación del sitio y agregó estas palabras, que me gustaron: “Tzendales es la última frontera”.

 

El 30 de enero de 2010 salimos en avión a Tuxtla: Carmen Legorreta, Adrián Tinoco y yo, con la intención de ver ese mismo día a Nicolás Lorenzo en Ocosingo. Abordamos en el aeropuerto la camioneta Suburban que nos facilitó Saúl López de la Torre, autor de un libro de memorias sobre su vida con Lucio Cabañas en la sierra de Guerrero. Saúl residía en la capital de Chiapas. Aguilar Camín le había dicho, recuerdo, que íbamos en busca de la ciudad perdida. Avanzamos por la carretera. Pasamos a un lado de San Cristóbal. A la altura de Chanal nos detuvieron cientos de tzotziles armados con palos, que pedían una cuota de 50 pesos por vehículo; más adelante, en Altamirano, nos paró una patrulla de la Policía Judicial. Al final llegamos a nuestro destino.

Ocosingo fue fundado por los dominicos en el siglo XVI, cuando las comunidades que vivían en los valles fueron reducidas por fray Pedro Lorenzo de la Nada. Llegó a ser con el paso del tiempo el poblado más importante de la región, el que abría las puertas a la selva Lacandona. Tenía doce mil habitantes cuando yo lo conocí, a mediados de los noventa. Había crecido desde entonces. Pasamos a un lado de la Plaza de Armas, donde vimos el templo de San Jacinto, sus muros cubiertos de buganvilias, para luego continuar hasta la casa de Nicolás. Gloria, su esposa, nos sirvió una cena que estaba deliciosa.

Había conocido a Nicolás Lorenzo unos meses después de estallar la rebelión del EZLN. Recuerdo con precisión ese momento: lo vi en el patio de las oficinas de la ARIC, alejado de los demás, bajito y flaquito, vestido con una camiseta de Rocky, cuando me lo señaló con la mirada la persona con la que platicaba, que me dijo así: “El mayor César”. Había sido, en efecto, mayor insurgente en el EZLN. Pero no hablaba con nadie de su experiencia en la guerrilla. Todo el mundo respetaba su silencio, que permaneció sellado hasta que fue divulgada la identidad del Subcomandante Marcos (su nombre de verdad, descubrimos, era Sebastián Guillén) por el presidente Ernesto Zedillo. Entonces Nicolás accedió a platicar conmigo, en un ejido de la cañada de Patihuitz. Desde entonces no lo veía, aunque hablábamos a veces por teléfono. Estaba bastante embarnecido: la vida lo había tratado bien. Trabajó por algunos años en la Secretaría de Desarrollo Social. Más adelante, me contó, un padrino suyo que cayó preso le pidió que cuidara a su esposa, que le diera de comer. Así lo hizo, con mucho esfuerzo. A los seis meses, al salir de la cárcel, su padrino, en agradecimiento, le traspasó el local de venta de licores que tenía, el cual Nicolás bautizó con el nombre de su hija: Deysi. Tenía ahora también un negocio de renta de rocolas.

Nicolás era tzeltal, originario de Las Tacitas, un ejido de la cañada de Avellanal. Tenía 42 años de edad. Había sido reclutado por el EZLN a mediados de los ochenta —un 14 de febrero, recordaba— para ser llevado a una casa de seguridad en Chiapa de Corzo. Ahí pasó un par de meses, antes de volver a Las Tacitas. No le gustaba estar en la comunidad: su padre bebía. Quería estudiar, como le ofrecían los guerrilleros. Vivió en una casa de seguridad en Ciudad de México. Hacía ejercicios de tiro, tomaba clases de historia, trabajaba en una fábrica que producía rollos de plástico. Pasó ahí seis meses, antes de regresar a la selva con otros compañeros, en un camión de redilas cargado con sus armas, para participar en el Primer Encuentro Obrero-Campesino del EZLN, que tuvo lugar en la cañada de Avellanal. Marcos organizó el encuentro, en el que reveló por vez primera su sentido del espectáculo en el escenario de la selva Lacandona. Más de un tercio de los combatientes, ahí, eran mujeres. Nicolás estaba feliz. Vivió por un tiempo, con Marcos, en el campamento El Recluta. A fines de los ochenta contribuyó a organizar el ejército de milicianos. El movimiento, observaba, no dejaba de crecer, apoyado por la autoridad de Lázaro Hernández, el tuhunel de tuhuneles de la diócesis de San Cristóbal. Don Lázaro, a quien conocía desde niño, orientaba en favor de la guerrilla los trabajos de Slop, un grupo formado por los catequistas y los diáconos más influyentes de las Cañadas (su nombre significaba, en tzeltal, raíz). El EZLN nunca contactó a los ejidos de la selva que eran evangélicos ni a los que pertenecían al PRI. Creció nada más entre los católicos, los cuales estaban todos afiliados a la ARIC Unión de Uniones.

Nicolás fue recluta, insurgente, subteniente, teniente, capitán y mayor. Pero su ascenso en el EZLN coincidió con el rompimiento de Slop. Fue para los zapatistas una ruptura muy costosa. Ella significó que muchos de sus cuadros —los más cercanos a Slop— abandonaran las filas de la guerrilla, entre ellos algunos de sus oficiales, como el Capitán Ramón. Significó también que sus bases de apoyo, entre los campesinos, renunciaran a sostener las actividades del movimiento, sobre todo en la región de Avellanal. “Pueblos enteros se nos salían”, recuerda Nicolás. “Nombre, se nos armó un desmadre”. Con el paso del tiempo, él mismo, bajo la ascendencia de don Lázaro, comenzó a sentir, en su interior, un rechazo al EZLN. Su relación con Marcos era mala desde que corrió el rumor de que quería sacar a la gente de la organización, pero también por razones más íntimas: el Subcomandante acosaba a quien era ya su esposa y había tenido un disgusto por causa de unos caballos con su padre, don Fidelino. Nicolás tomó la decisión de salir del EZLN. Inició una relación con una insurgente, ahí en el campamento, para simular su adhesión a la guerrilla. Como era mando, con responsabilidades muy delicadas, redactó una carta en la que hizo un corte de caja de los asuntos que tenía pendientes, carta que entregó más tarde a una señora de toda su confianza para que, tras su salida, la remitiera de su parte a la Comandancia General. Le dijo a Marcos que necesitaba ir a Las Tacitas, que su novia se quedaba ahí, que regresaba en unos días al campamento, ubicado en las montañas que rodeaban al ejido Prado. Llegó a su comunidad por la tarde. Su padre estaba borracho, así que tuvo que esperar unas horas a que recuperara la razón. Entonces le dijo que dejaba la organización. Don Fidelino, sobrecogido, le dio todo el dinero que tenía guardado. A la una de la madrugada salió a pie de su comunidad rumbo a la finca El Real. En el curso de la mañana tomó el autobús a Metzabok, donde siguió de pie hacia la parada de un camión de línea que lo llevó a Tenosique. Eran los meses anteriores al levantamiento. Tomó la decisión de viajar hasta la ciudad de Mérida. Estuvo cerca de un año por allá, trabajando en un hotel, no recuerda cuál. Ahí supo que acababa de nacer su hijo.

El 31 de enero salimos a las siete de la mañana hacia la cañada de Patihuitz, en la camioneta de Nicolás. Pasamos por los ejidos que ya conocía, San Miguel y Las Delicias, y luego La Garrucha, Prado, San Juan y La Sultana. Los pinos desaparecieron del paisaje para dar lugar a las ceibas y los guarumbos. Por el camino de terracería veía más o menos el mismo espectáculo de siempre: los árboles talados y quemados, las casas esparcidas en la montaña, sus muros de bajareque con sus techos de paja, a veces de lámina, y multitud de niños en las calles ardientes y polvorientas de los ejidos. “La situación de la gente aquí no ha cambiado, salvo en un detalle: ahora pasan cables de luz por sus poblados”, anoté en mi diario. Hablábamos del levantamiento: la gestación, el estallido, la repercusión, el desenlace. Casi todos los que habían tenido grado de mayor en la guerrilla, supe en ese viaje, estaban dedicados a otras cosas, fuera de las selvas de Chiapas. Mario trabajaba para la Secretaría de Desarrollo Social en Tuxtla; Rolando había regresado a Chihuahua; Alfredo había sido expulsado de la organización; Yolanda vivía casada con un médico, en Ciudad de México. Quedaban nada más Josué, al parecer enfermo, y Moisés, ascendido a teniente coronel del EZLN, a cargo de las fuerzas que sobrevivían en las Cañadas. La vida continuaba su curso; para todos, también para nosotros, que ya tampoco éramos lo que habíamos sido.

Pasamos de largo por La Soledad, Agua Zarca y Betania, y llegamos por fin al valle de San Quintín.

 

En el tramo de tierra donde confluyen los ríos Perlas y Jataté, cerca de San Quintín, había desde principios del siglo XX una pista de avionetas donde los exploradores que llegaban a la selva podían aterrizar para entrar, a pie, a la laguna de Miramar. Era una franja de zacate mantenida abierta, contra la voracidad de la vegetación, por los monteros y los chicleros. Tras la rebelión del EZLN, la Secretaría de la Defensa Nacional construyó, ahí mismo, un cuartel para los soldados que patrullaban aquella parte de las Cañadas. Era un edificio de concreto levantado en medio de la selva, hecho de masas blancas y verdes, con antenas anaranjadas en el techo, rodeado por un muro de cemento: el Campo Militar 39-D del 73.º Batallón de Infantería. Estaba situado junto a un ejido de casas hechas con bloques de hormigón, llamado Zapata. Hacia allá nos dirigimos. Teníamos que obtener el permiso de la comunidad para poder llegar a la laguna de Miramar.

Los habitantes de Zapata militaban en el EZLN, aunque preferían no demostrar su militancia, dada su vecindad con el Campo Militar 39-D. Ese día cruzamos por sus tierras sin problemas, luego de pagar una cuota en la casa de la autoridad. Avanzamos un par de kilómetros por los potreros del ejido, bajo el sol, rodeados de árboles que tenían las ramas chamuscadas por el fuego; después empezamos a caminar bajo la selva, por la brecha que llevaba hasta Miramar. Era ya tarde cuando llegamos al final del camino: una playa de arena en la que aparecía frente a nosotros la laguna, enorme y azul, como el mar.

Los lacandones que vivían ahí, hace un siglo, la llamaban Chanakná; los monteros que llegaron a la región la bautizaron con el nombre de Buenavista, aunque también le decían Miramar. Era preciosa. Yo había pasado ahí unos días, hacía muchos años, con Adulfo Abarca, quien trabajaba para la Reserva de la Biosfera Montes Azules. Recorrí con él toda la laguna, en una canoa, hasta el islote del peñón, donde caminamos por los montículos en ruinas del sitio de Lacantún. Adulfo regresó después a Zapata, junto con su ayudante, un chol llamado Saturnino. Yo me quedé solo, con la intención de pasar ahí la noche. Lo recordaba muy bien. Estaba recostado en mi hamaca, bajo una choza de guano que temblaba con las embestidas del viento. Las olas eran altas, como las del mar. Empecé a sentir que las mandaba el espíritu de la laguna, para decirme que me fuera. Así pasaron las horas. El viento aumentó al anochecer; también el miedo, que ya no me pude sacar del cuerpo. Tuve que salir de ahí. Caminé por la selva, alumbrado por los rayos de la luna, hacia el lugar donde habitaban mis congéneres: los hombres.

La laguna de Miramar está situada en el interior de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, creada a finales de los setenta por un decreto del presidente José López Portillo. El decreto protege una extensión de 331 200 hectáreas de selva, la más bella y la más rica del país, aunque también la más amenazada, por las invasiones y los incendios, y sobre todo por los conflictos provocados por la tenencia de la tierra. Pues el decreto de López Portillo, concebido para proteger la selva, está de hecho sobrepuesto al decreto firmado por Echeverría sobre la Comunidad Lacandona, el cual está sobrepuesto, a su vez, a los decretos suscritos por Díaz Ordaz para dotar de tierras a los ejidos de las Cañadas. Todos ellos consagran miles de hectáreas, las mismas, a propósitos por completo diferentes. La reserva tiene un núcleo de 249 433 hectáreas que, en unas partes, coincide con las tierras de los lacandones y, en otras, con los poblados de las Cañadas. Existen comunidades que fueron afectadas por todos los decretos a la vez, como Pichucalco. Por ahí cruzaba, por cierto, el camino hacia La Candelaria, que pensábamos tomar rumbo a las ruinas del río Negro.

Pasamos esa noche junto a la laguna. Al día siguiente volvimos a Zapata. Carmen estaba enferma: decidió permanecer en el ejido, donde tenía unas amistades. Los demás seguimos de frente: Nicolás, Adrián y yo, y también Aurelio, uno de los hijos del tuhunel de La Candelaria, que viajaba con nosotros desde que salimos de Ocosingo. Pensábamos arrendar unas mulas en San Quintín, para cargar nuestras mochilas, porque el camino era largo y pesado: íbamos a tener que cruzar una parte de la sierra de San Felipe. Había que caminar hacia el norte, por el río Perlas; después hacia el este, rumbo a Pichucalco, para atravesar los cerros que nos separaban del río Negro. Teníamos previsto llegar junto con Aurelio a la comunidad, el Día de La Candelaria. Así queríamos explicar, allá, nuestra presencia. ¿Había ruinas en los alrededores? Nos encantaría conocerlas.

Aurelio me contó una historia, mientras caminábamos. Los habitantes de la selva tienen perros llamados tigreros que utilizan, en jaurías, para cazar al jaguar. Con ellos siguen su rastro, hasta dar con él. El animal, cansado de la persecución, termina por trepar a un árbol, donde permanece en las ramas más bajas, hipnotizado por los ladridos de la jauría. Los cazadores, entonces, amarran a sus perros, toman sus rifles y disparan a su presa.

El jaguar no disputa su terreno al hombre. “Pero tampoco limosnea las migajas de animales silvestres que el hombre deja sin exterminar, como sucede con el puma, que es capaz de alimentarse de sabandijas y vivir en sitios rocosos rodeados de ranchos”, escribe Miguel Álvarez del Toro. El jaguar huye hacia el interior de la selva, hasta desaparecer. Así también, más tarde, desaparecen los pumas. Y luego el resto de los animales. Al final quedan sólo las cucarachas. La lección es terrible: quienes sobreviven no son siempre los mejores —a veces sobreviven los peores—.

Algo de todo eso había en la historia que me contó Aurelio. Un jaguar apareció en los alrededores de su comunidad. La gente lo persiguió con sus perros. El animal trepó a un árbol. Nadie llevaba rifle, así que, con un machete amarrado a una rama, lo trataron de herir. Todos reían. El jaguar, al final, cayó al suelo, donde lo mataron a palos y pedradas. La historia me produjo un malestar muy hondo. Fue como una señal de que las cosas no iban a salir bien.

 

El 1 de febrero volamos hacia La Candelaria. Era algo que no estaba previsto. Sabía que son inseguras —por los accidentes— las avionetas que dan servicio a los ejidos de la selva. Por eso prefería llegar a pie. Quería disfrutar de nuevo, además, la experiencia de dormir bajo los árboles. Pero vimos aterrizar una avioneta en el momento en que llegábamos a San Quintín. Bajaron unos campesinos, cargados de sus bultos. Los asientos de la cabina, nos asomamos, estaban totalmente desfondados. ¿Qué hacíamos? Dudamos un instante, pero al final optamos por hacer lo que parecía más fácil. Sabíamos, también, que acababa de entrar un norte por Tabasco. Nos iba a llover todo el camino si viajábamos a pie.

Tras aterrizar en la pista de zacate, con nuestras mochilas a cuestas, caminamos hacia la casa de Bernardino Álvarez, el padre de Aurelio. El poblado era bonito, alegre, muy pequeño, hecho de casitas de madera pintadas de colores, esparcidas en un valle sumergido en el fondo de la selva, a un lado del río Negro. ¿Cómo había podido nacer ahí, lejos de todo, en medio de los árboles? ¿Cuál era su historia? Fue la comunidad, sabía, que primero contactó el EZLN, por medio de don Bernardino. Era un hombre ya grande. Su esposa nos mostró una casa hecha de tablones de caoba, con un solo cuarto, donde colgamos las hamacas. Luego nos ofreció una taza de atole de maíz. No me gustó, estaba fermentado, pero me lo acabé. Corrió la voz de que una res iba a ser sacrificada para celebrar las fiestas de la Virgen de La Candelaria. Todos fuimos hacia el río, donde estaba ya reunida la gente. El animal que acababa de morir era, para mi sorpresa, una vaca —una vaca que estaba preñada—. Con un golpe de consternación vi en la orilla del río que la gente sacaba a su crío. Tenía pocas semanas de haber sido concebido. Nicolás, a mi lado, hizo un gesto de disgusto. Adrián, con su cámara, filmaba lo que sucedía. Todos estaban alegres. Un niño de dos o tres años de edad llegó hasta la vaca, le abrió la boca, le metió la mano entre los dientes y, con un cuchillo, le cortó la lengua. Vi después a ese niño con la lengua gris y gorda de la vaca, que arrastraba por el camino, amarrada a una agujeta.

Tuve un ataque de diarrea esa tarde, sin duda a causa del atole que nos dieron a probar al mediodía. Saqué de la mochila unas tabletas de Pepto-Bismol. Tras merendar en casa de don Bernardino, todos en silencio, fuimos citados a una reunión por el Comité de Vigilancia. Eran seis o siete hombres parados contra la pared, en el interior de una casa de madera similar a la nuestra. No había mesas ni sillas. Conmigo estaban Adrián y Nicolás. El comisario nos preguntó, en español, que a qué veníamos, pues habían causado sorpresa nuestras cámaras y afirmaciones (¿o dijo filmaciones?). Tomé conciencia del drama que protagonizábamos en ese momento, porque sabía que iba a determinar, en unos segundos, el desenlace de la expedición. Dije la verdad: deseábamos conocer La Candelaria, nos gustaba la selva, sabíamos que había unas ruinas algunos kilómetros más abajo, sobre el río Negro, cerca de San Gregorio. Agregué que las queríamos visitar. Sentí de inmediato una reacción en contra de todos los hombres a mi alrededor, al pronunciar estas palabras. La respuesta del comisario fue contundente. Nos dijo que podíamos permanecer en La Candelaria. Pero que no estábamos autorizados a salir de la comunidad, que no teníamos permiso para ir a Corozal ni a San Gregorio. Y que mejor nos quedáramos en nuestro cuarto.

Pasamos un par de horas en el interior de nuestra casa, alumbrados con velas, en el silencio de la noche. La fiesta todavía no comenzaba. Llegó un grupo de muchachos: los amigos de Aurelio, algunos curiosos, su hermano Antonio. Nos preguntaron si queríamos conocer las ruinas. Varios de ellos las habían visto. Uno comentó que había unos templos que tenían en los muros unos como círculos, que servían de observatorio. Tuve la certeza, en aquel instante, de que esas eran las ruinas de Tzendales. Recordé las palabras con las que las describe Tozzer: “Dos de los edificios tienen un segundo piso muy curioso, con un pasillo que corre por todo lo largo y seis aberturas en forma de ventanas en cada lado”. ¡Qué desesperación no poder ir!

Esa noche, en el curso de unas horas, comprendí lo que pasaba. Las ruinas estaban sin duda saqueadas: nadie quería que gente de fuera viera aquel saqueo. Pero eso era lo de menos. Había en la región, como en toda la selva de los mayas, sobre todo en el Petén, personas que traficaban con la droga que llegaba desde Sudamérica. Supimos que varios kilómetros al sur había una pista donde aterrizaba un bimotor con cocaína de Colombia. Una vez que llegaba ahí, el cargamento era sacado en mulas, para ser luego despachado en avionetas más pequeñas, como la que nos llevó a La Candelaria. (Nuestro piloto, por cierto, participaba en el negocio, aprendimos esa noche). La cosa funcionó por un tiempo, pero fue descubierta, hacía no más de un par de años. El Ejército, nos dijeron, entró a la selva, cavó una zanja a la mitad de la pista, para clausurarla, con lo que detuvo el tráfico. Aunque la gente, ahora, ponía tablas sobre la zanja, para que pudiera seguir aterrizando el bimotor. Muchos de los que vivían en la región estaban involucrados. Algunos llegaban a tener, de golpe, miles de pesos en el bolsillo: lo gastaban en mujeres y bebidas, y a veces también en avionetas que rentaban, llenas de latas de cerveza, para invitar a sus amigos a dar vueltas y vueltas en el cielo, alrededor de Ocosingo.

Ese era el contexto general en que llegamos a La Candelaria. El marco específico era el de los desalojos. Desde hacía un año habían sido expulsados por la autoridad varios grupos de invasores de la Reserva de la Biosfera Montes Azules. Algunos, para inhibirla, decían que eran guerrilleros, que militaban en el EZLN. Acababa de ser desalojado un grupo acusado de deforestar las orillas de las lagunas El Suspiro y El Ocotal. Pero lo que a nosotros nos afectó directamente fue el operativo del viernes 29 de enero, cuando tres helicópteros de la PGR aterrizaron en Corozal, una ranchería cercana a La Candelaria. Los hombres abandonaron sus milpas, las mujeres corrieron con sus hijos hacia la selva. Don Bernardino organizó, el sábado 30, un grupo de gente para ir a buscar a los que aún estaban perdidos en la montaña. Nosotros mismos llegamos a la comunidad el lunes 1 de febrero. Sin la más remota idea de lo que acababa de pasar.

Había estado dedicado, por diez años, a la búsqueda de las ruinas de Tzendales. En ese tiempo había estado sumergido en los archivos del etnólogo Alfred Tozzer. Era una historia que me remontaba al pasado, un pasado excitante y romántico, en el que me gustaba estar. La excursión a La Candelaria me enfrentó de vuelta con el presente, con lo peor del presente: saqueos, drogas, guerrillas, desalojos, invasiones, operativos, todo lo que los noticieros destacaban, en ese momento, para describir la realidad de México.

La fiesta empezó poco después, con el ruido de los cohetes. Nos asomamos desde la puerta de nuestra casa, luego nos animamos a dar una vuelta un poco más lejos. Todos los hombres estaban ya borrachos. Habían cortado la suficiente hoja de xate para comprar 350 litros de aguardiente en Ocosingo, que tuvieron que transportar en avioneta hasta su comunidad, en el río Negro.

La música no paró en toda la noche, hasta el amanecer, alimentada por una bomba de gasolina. Era ya el 2 de febrero, Día de La Candelaria. Habíamos dormido muy poco. Nos descubrimos el cuerpo lleno de garrapatas. Yo me quité varias, con unas pinzas para depilar: las jalaba con cuidado, para no fragmentarlas, las acomodaba entre las uñas y las aplastaba con fuerza. Las garrapatas son cafés y planas, como lentejas. Sus piquetes no causan dolor, salvo cuando dejan incrustada la probóscide, que entonces hay que sacar de la piel con una aguja. Pululan en los meses del estiaje.

Salimos a la cabaña que nos servía de baño. Los restos de la fiesta eran visibles en todas partes. ¿Qué hacían ahí, me pregunté, en el fondo de la selva, todos estos hombres que llevaban botas y sombreros, que tenían vacas y hacían fiestas con altavoces que no paraban durante toda la noche? Estarían mejor, pensé, en algún pueblo. Pero era ingenuo pensar así: estaban ahí porque no tenían otro lugar para vivir. Supe ese día que la comunidad había sido fundada a finales de los setenta por peones originarios de la finca El Rosario, una de las muchas que tenían los dominicos en los valles, entonces propiedad de una familia de Ocosingo, los Solórzano. Ahí habían comenzado su periplo. La esposa de don Bernardino, que nos sirvió el desayuno esa mañana, lloraba, me di cuenta, cuando me decía lo lejos de todo que estaban en La Candelaria.

El comisario nos había advertido, durante la reunión, que no podíamos salir de la comunidad, pero nos dimos cuenta de que, en realidad, tampoco estábamos autorizados a salir de nuestra casa. Así dice mi diario: “La Candelaria, 2 de febrero de 2010. Estamos desde la mañana recluidos en nuestra casa de madera. No hemos salido más que al baño”, aunque agrega lo siguiente: “Pudo haber sido peor. Nos pudieron haber amarrado. O nos pudieron haber dejado seguir, sin avisarnos de la pista donde dicen que llega el bimotor”. Teníamos la esperanza de ver aterrizar a una avioneta en el poblado, para salir de ahí. Pero nunca aterrizó. Todo estaba cubierto por una capa de neblina. Lloviznaba sin cesar. El ambiente era tenso a nuestro alrededor. Un grupo de muchachos irrumpió en el cuarto, para reclamarle a Nicolás. ¿Qué hacía él ahí? ¿Y para qué nos había traído? También le reclamaron a Adrián. ¿Por qué sacaba fotos? ¿Por qué hacía filmaciones? Un campesino de Corozal que acababa de ser desalojado, joven, ebrio, inofensivo, nos reprochó a su vez por permanecer en La Candelaria. No nos lo pudimos quitar de encima, estuvo a nuestro lado todo el tiempo, a tal grado que cuando fuimos a merendar a casa de don Bernardino, al anochecer, él también tenía su plato servido en la mesa: la señora supuso que venía con nosotros al viaje por el río Negro.

Esa noche cometimos la imprudencia de mantener abierta la puerta de la casa, con una vela encendida en el umbral, para recibir a un hermano de Aurelio. Nos había dicho que nos vería después, que nos iba a dar una mula para sacarnos de ahí. Pero en su lugar llegaron unos individuos de Pichucalco. Apestaban a alcohol. Tenían las facciones torvas, la mirada estúpida y siniestra. Uno de ellos me increpó a pocos centímetros de distancia. ¿A qué venía? ¿Por qué estaba ahí? ¿Para qué quería ver la piedra? Era gordo y feo. Dijo que podía llevarme a San Gregorio. ¿Cuánto le pagaba? Nosotros no sabíamos qué hacer, no queríamos provocar un escándalo, pero al final los sacamos a empujones a los dos.

Todos aquellos con los que podíamos contar estaban embriagados. Vimos cómo arrastraban a Aurelio, inconsciente, hacia la casa de su hermano Antonio. Bernardino, su otro hermano, el que dijo que nos iba a llevar la mula, estaba perdido en la fiesta. En casa de sus padres, varios yacían en el suelo, como marionetas. Nosotros entonces tomamos la decisión de salir, como fuera: sin mulas, sin comida, sin guías. Nicolás dijo que conocía un poco el camino, que había que marchar antes del amanecer. Cerramos la puerta de la casa. Escuchamos unos pasos, seguidos del ruido de un cuerpo que caía en el suelo. Nos acostamos en las hamacas. Luego llegaron unos hombres, muchos, que gritaron a Nicolás algo sobre el Subcomandante Marcos. Empezaron a golpear las paredes de la casa. Nos levantamos de inmediato para mover las sillas hacia la puerta, y tratar de tapiarla, pues temíamos que entraran a agredirnos. Nicolás me confesó después que no durmió en toda la noche. Yo en cambio me quedé dormido. Supe luego que, en la madrugada, un grupo comenzó a rodear la casa: gritaba que saliéramos, pateaba la puerta de la entrada. Adrián y Nicolás pensaron que iban a poder forzarla, pero no me despertaron.

Nos levantamos a las cinco de la madrugada. Teníamos ya todo empacado, pero descubrimos que nos hacía falta una linterna. Acompañé a Nicolás a la casa de Antonio. Ahí recuperamos la linterna, junto a un grupo que, a esa hora, seguía bebiendo. Salimos por este contratiempo hacia las seis de la mañana, cruzamos un arroyo, descalzos, por el agua, pues no encontramos el puente de madera con nuestras linternas. Así empezamos a caminar: en la oscuridad, bajo la lluvia, cuesta arriba, hacia la montaña, en el lodo, con las mochilas encima, que debían pesar unos 15 kilos. Avanzamos sin problema la primera hora. Apareció un perrito cerca de nosotros. Lo comenté con Nicolás. Entonces vimos a una familia de tzeltales, que nos rebasaron. El padre con una niña de dos años sobre su mochila, agarrada de su cuello, dormidita; la madre con una mochila más chica y un bebé envuelto en su rebozo, y luego dos niños muy pequeños, de entre cinco y seis años, él con pantalones vaqueros y cinturón piteado y ella con su falda de listones de colores, que me conmovió ver enlodada. Todos llevaban botas de hule, salvo la mamá, que iba descalza. Qué vida tan dura, pensé. Nicolás me comentó que los conocía de vista: eran desplazados de Corozal, iban seguramente hasta Ocosingo.

Tres o cuatro horas después avanzábamos muy lentamente. No podíamos caminar en el lodo, con nuestras mochilas en la espalda: nos resbalábamos, nos tropezábamos, nos caíamos. Había estado lloviendo sin parar. Nicolás llevaba la mayor parte de la carga en su mochila, además de la cámara de Adrián. Pero estaba bien. Nosotros éramos los que ya no podíamos más: no teníamos la costumbre de marchar así. Cada diez o quince minutos le decíamos que necesitábamos una pausa para descansar. Nos deteníamos, bebíamos un poco de agua, nos recostábamos por un momento. En una de esas pausas apareció, sobre su mula, uno de los individuos que nos agredieron en La Candelaria. Nos ofreció alcohol, que no aceptamos, por lo que nos provocó de nuevo. Siguió luego su camino, lo perdimos de vista, pero después vimos que nos observaba. Nos sentamos entonces a un costado del camino, a esperar a que se fuera. Estábamos agotados. Nicolás no quería llegar a dormir a Pichucalco porque ahí todos eran zapatistas, corríamos el riesgo de ser mal recibidos, por lo que proponía continuar hacia el ejido de Chapultepec. Estuvimos de acuerdo en eludir Pichucalco, pero nos pareció imposible llegar hasta Chapultepec. ¿Qué alternativa había? ¿Dormir en la montaña? No teníamos plásticos ni sogas ni cerillos ni alimentos (apenas unas galletas que traíamos con nosotros desde Ocosingo). Yo mismo, no obstante, estaba resignado a dormir a la intemperie, mojado y enlodado, y sin comer. Le tenía miedo a la gente, no a la selva. Pensé en mi familia, en Ciudad de México. ¿Qué hacía yo ahí, si debía estar allá? Aunque también, a veces, echado sobre la mochila, sin poder andar, era todavía capaz de admirar la belleza del paisaje, cubierto por la neblina de la mañana.

Nicolás avanzaba. Adrián y yo nos rezagábamos. Eran decenas de kilómetros de marcha, faltaba más o menos la mitad, pero ya no podíamos caminar. Hacia la una de la tarde estábamos completamente paralizados por el cansancio. Dábamos unos pasos muy pequeños, caminábamos no más que unos pocos metros, entre las pausas para descansar. A veces, al subir, íbamos a cuatro patas, para no caer. Yo estaba mareado y deshidratado, y veía manchas rojas y negras en el camino de tierra. Sabíamos, sin embargo, que había que continuar. Estábamos hechos a la idea de dormir en la montaña, pero temíamos que, si no avanzábamos, no íbamos a poder llegar tampoco al día siguiente hasta Chapultepec. Nicolás nos tenía paciencia, no nos amonestaba, pero estaba preocupado, me di cuenta, porque entendió que no podíamos dar un paso más. Nos detuvimos.

No recuerdo cuánto tiempo pasamos así. Nadie hablaba. Llevábamos alrededor de ocho horas de camino. Eran cerca de las dos de la tarde cuando vimos de lejos a un grupo de tzeltales, que venían hacia nosotros. Eran cuatro, llevaban cuatro mulas. Uno de ellos caminaba, era grande y fuerte. Recuerdo que esbozó algo parecido a una sonrisa, al decir así: “Nicolás”. Sus mulas iban cargadas con unos cochinitos, metidos en costales de café. Les preguntamos si nos podían rentar una, para cargar las mochilas. Dijeron que sí. Me dieron a mí también, después, una mula para montar, que me turnaba con Adrián. Quién sabe qué hubiéramos hecho sin su ayuda. No los olvido. Recuerdo ahora al señor Pancho, el nombre del campesino grande y fuerte que nos acogió, y recuerdo a Abelardo, joven y listo, que arreaba a los animales, y recuerdo también a mi pequeña mula, que se llamaba Colibrí. Poco a poco, montado en ella, pude levantar la vista del lodo y la maleza para ver una vez más el paisaje de la selva.

Una hora después, poco más, poco menos, llegamos al arroyo que pasaba por el potrero de Pichucalco. Hacia las seis de la tarde arribamos, por fin, a Chapultepec, que estaba ya sobre la cañada del río Perlas. Les pagamos por las mulas a nuestros amigos. Nos despedimos. Habíamos caminado doce horas en la montaña, a través de la sierra de San Felipe. Atardecía, hacía ya fresco, íbamos contentos. Todo nos había salido mal. Pero estábamos a salvo.

 

En San Cristóbal le conté a Carmen Legorreta el desastre que había sido nuestro viaje a La Candelaria, mientras comíamos un asado de puerco en el Fogón de Jovel. “Qué bueno que no los dejaron salir de la comunidad”, me respondió. “Podía haber sido peor”.

Pasé esa noche hospedado de nuevo en Na Bolom. La puerta del zaguán estaba ya cerrada cuando regresé para cenar. Di varios golpes con la aldaba de hierro, hasta que me abrieron. En la oscuridad del patio, tras los portales, distinguí las luces que brillaban en el comedor. Todos estaban ya sentados en una mesa larga y gruesa de madera de encino, dispuesta en un costado de la chimenea. Platiqué con un antropólogo que tenía a mi lado, Jerome Levy, profesor de la Universidad de Carleton. Hablé con él de mi viaje a la selva. Me dijo que sabía de la existencia de las ruinas de Tzendales. Refirió que James Nations las había buscado también a fines de los noventa (algo dice Nations al respecto, en efecto, en un libro suyo que leí después, The Maya Tropical Forest: People, Parks and Ancient Cities, publicado en 2006). Estaba hablando esa noche con un desconocido, me di cuenta, sobre las ruinas de Tzendales. Parecía algo inexplicable, pero no lo era: Levy trabajaba con los lacandones de Nahá, al igual que Jim Nations, por lo que estaban ambos familiarizados con el trabajo de Tozzer. Aun así, pensé, estas cosas ocurrían nada más en Na Bolom.

Busqué a Héctor Aguilar Camín en Ciudad de México. Comí con él. Narré todo lo que nos pasó, con lujo de detalles. Empecé a escribir después un reportaje para nexos sobre las ruinas de Tzendales. Estaba todavía maltrecho por el viaje. Tenía algo en la pantorrilla, me di cuenta: una mancha que no dolía, que sólo me daba comezón, pero que veía que avanzaba, porque dejaba una especie de estela sobre la piel, rosa y delgada. Hablé por teléfono con mi dermatóloga, le describí lo que tenía; también le comenté que acababa de salir de la selva. “Filaria”, me dijo, “larva migrans”. Me confirmó el diagnóstico en su consultorio y me apuntó en una receta el nombre de la medicina que debía tomar, que mató en poco tiempo a las larvas. No fui yo el único en sufrir esas secuelas. Adrián también tuvo problemas, supe más tarde: estuvo inhabilitado en su trabajo, con una inflamación en las rodillas tras la marcha por la selva, me dijo Denise Maerker.

En mayo apareció el reportaje que escribí para nexos, con este título: “Tzendales, la gran ciudad maya perdida”. Estaba centrado en la figura de Tozzer; no mencionaba la expedición a La Candelaria. Deseaba rescatar la historia del éxito, no la del fracaso. En los días que siguieron tuve noticias relativas a la selva Lacandona. Supe que acababa de sufrir un accidente —en abril, allá por Santa Lucía, adelante de Las Tacitas— la avioneta que nos llevó a La Candelaria. Estaba sobrecargada con tambos de combustible, por lo que no pudo despegar: chocó contra unos árboles, y estalló. Murió el piloto (que no era el que conocimos: era otro) y murió también un muchacho que lo acompañaba. También supe que nuestra excursión al río Negro había sido comentada en una reunión de la ARIC Independiente, celebrada en el ejido Agua Azul. Los habitantes de la zona no querían ahí gente extraña a la selva. “Parece que de plano no se puede hacer nada”, me dijo Nicolás, “por eso mejor te aviso que debemos ir olvidando. O sea que ya es imposible”.

 

Carlos Tello Díaz
Investigador del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM. Ha publicado dos tomos de la biografía de Porfirio Díaz.

Extracto del libro Tzendales: la ciudad maya perdida, escrito por Carlos Tello Díaz, que será publicado en abril de 2020 por la editorial Penguin Random House.