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La vida y sus posibilidades se aprecian distinto según las circunstancias y la edad. La experiencia vivida marca y modela el ánimo y sólo desde la inconciencia más cerril puede verse el mundo con los mismos ojos, como si el tiempo no dejara su huella.

Bárbara Jacobs, en su más reciente libro, Rumbo al exilio final (ERA, 2019), rememora su vida. Una serie de estampas encadenadas que fijan la presencia de influencias varias (padres, abuelos, autores, obras, compañeros) y su trayecto como lectora y escritora. Puede leerse como una autobiografía intelectual, como un ejercicio de introspección, como “un camino largo y rico recorrido con mesura y sin precipitaciones”, pero las notas siguientes solamente tienen que ver con la temperatura anímica que parece presidir esta preciosa obra de madurez.

Ilustración: Alberto Caudillo

Desde el inicio Bárbara Jacobs le informa al lector: “…me dispongo a contarlo todo otra vez, de otro modo, ya no con la visión de quien empieza a viajar, sino con la visión de quien terminó de viajar y ahora, como me sucede, miro hacia atrás, y lo hago no con el ánimo de quien da la bienvenida al mundo, sino con el ánimo de quien se despide de él, sonriente y con gratitud, pero cada vez más libre del presente, distante, ajena, cada vez más cansada, cada vez más deseosa de reclinarme en la almohada, cerrar los ojos, respirar profundo y entregarme a dormir, si no vacía de recuerdos que me arrullan como me arrullan, sí tan vacía de sueños que parecería que por fin he dejado de tener razones para querer volver a despertar”.

El trayecto vital parece cumplido y el ánimo final no puede ser similar al inicial. En los extremos de la vida aparecen la bienvenida y la despedida. La primera está cargada de sorpresas e ilusiones, de proyectos y ensueños, y la última, aunque “sonriente y con gratitud” no puede dejar de resentir el cansancio y la ausencia de esperanzas. La baraja de recuerdos que B. J. comparte con el lector da cuenta de un recorrido fértil, por momentos gozoso, por momentos dubitativo y por momentos doloroso, pero cercano al final, cuando la vida se acorta, el “corte de caja” aparece como un imperativo moral. La necesidad de explicar y explicarse el sentido de la travesía.

La autora lo dice con transparencia: se trata de una despedida. Pero quiere hacerlo “en orden, sin caos, sin drama”. Hace un recuento satisfactorio de su vida como escritora: “He publicado una veintena de libros, que escribí y publiqué con entrega y con ilusión… Ahora he seguido escribiendo y publicando, ahora escribo y publico con entrega pero sin ilusión… con una entrega quizá mayor, quizás incluso más convencida y más profunda que la que manifestaba cuando empecé… pero sin ilusión, esa ilusión arraigada, asida a nuestra mente cuando nuestra mente se deja guiar más por la fantasía de lo que espera que por la realidad de lo que conoce”.

La escritura ahora puede ser más certera, conocedora, fructífera; más densa, compleja, matizada; más penetrante, sagaz, refinada, pero es difícil mantener viva la ilusión original. Esa flama que inyecta pasión y anhelo y que es un motor poderoso para actuar o escribir. Y ello es así, porque como dice B. J., las ilusiones están recargadas de fantasías, de sueños que sólo pueden alimentarse de la ingenuidad original, de quimeras fruto de la inexperiencia y la ansiedad sin fundamento. Mientras, la dura realidad edifica muros de intereses, laberintos de conductas innobles, océanos entre los deseos y nuestro hábitat. Al final la mirada es más astuta, menos candorosa, pero ello erosiona el ánimo, esa condición síquica, que nunca de manera automática tiene que ver con la comprensión de las cosas que se agitan a nuestro alrededor.

No obstante el desaliento, hay algo, nos dice Bárbara Jacobs, que la mantiene no sólo viva sino creativa: el sentido del deber. “Esta pérdida de confianza e ilusión… es una pérdida que no me impide seguir trabajando, sino que más bien, diría yo, ahora que soy una persona sin ilusión y sin confianza, trabajo impulsada únicamente por el sentido del deber… (como si) ese sentido del deber… hubiera adquirido más potencia y hubiera avivado en mí la imaginación, la capacidad de observar, de sentir y reflexionar, de encontrar soluciones”.

Una especie de estoicismo sobrevive al desencanto y permite que la obra emerja como un fruto de la madurez alcanzada. El nuevo combustible —el sentido del deber— es menos inflamable que las ilusiones, pero paradójicamente es más lúcido, resulta menos embriagador, pero quizá es más sensato. No parece haber amargura en Rumbo al exilio final, sino más bien agradecimiento a las múltiples personas y autores que acompañaron y acompañan a Bárbara Jacobs en su recorrido. Lo que la obra irradia es una penetrante reflexión sobre la vida que se escapa y la vida bien vivida.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.