¡El sombrero de copa desaparece, el sombrero de copa se muere, el sombrero de copa agoniza…! Y esta vez ya no son los poetas malhumorados los que lo proclaman, tomando por realidades sus deseos. Esta vez habla la estadística con su lenguaje inatacable de cifras. ¡Si el pobre Oscar Wilde viviese aún, con cuánta alegría hubiera leído los datos comerciales que ahora publican las revistas graves! Porque el gran artista inglés conservó hasta el último día de su existencia atormentada el odio por la chistera que le hizo conservar en Londres su fama juvenil.

—Mi única obra que ha tenido éxito universal —decíame hace ya más de diez años Wilde, cuando fui a verlo por primera vez a ese mismo departamento del hotel de Capucines en que ahora se hospeda mi amigo don Ángel Estrada (hijo)—, mi única obra universal es mi sátira contra el sombrero de copa.

Yo confieso, sin embargo, que de tal obra no conozco sino el título. Pero tengo muy presentes, eso sí, los gestos de repugnancia con que el gran poeta tomaba su chistera y se la ponía.

—No hay despotismo igual al de este armatoste —murmuraba—, pues odiándolo tenemos que llevarlo sobre nuestra cabeza.

Hoy el despotismo es ya menos terrible. La habilidad de los árbitros de la moda masculina ha descubierto que los sombreros de fieltro flexible, cuando tienen un fondo de seda, pueden llevarse con smoking y que, para visitas que no son de etiqueta, un hongo basta. En cuanto a los sombreros románticos de alas anchas, que ayer estaban reservados a los bohemios, hoy, gracias al ejemplo del rey Eduardo, todos los elegantes los llevan. Los “panamás” triunfan en toda la línea y los sombreros de paja se venden cada día más.

¡Sólo las chisteras no se venden!

Esto lo digo yo con entusiasmo, pero los comerciantes lo dicen con tristeza y los sastres lo murmuran con melancolía.

—¡Ya no se venden las chisteras! —exclama un grand tailleur ante un repórter que va a interrogarle— pues eso significa, señor, que la época de la distinción ha terminado. Sin sombrero de seda, ninguna levita va bien, ninguna “jaquette” es elegante, ningún gabán sienta… La chistera es el talón de lo correcto. Un pueblo que quiere ser distinguido, debe usar cada día más chisteras.

Por desgracia todos los pueblos hacen lo contrario de lo que el señor tailleur desea. El cuadro de las exportaciones lo prueba. En 1889 Francia vendía cada doce meses a los países de Europa siete millones de chisteras, mientras hoy apenas les vende un millón. A la América Latina mandaba en cifras redondas seis millones anuales de chapeau de solé en la misma época, y hoy sólo manda un millón setecientos mil. Dentro de Francia misma, en fin, el consumo anual que hace tres lustros era de nueve millones de sombreros, ha bajado en 1906 a poco más de tres millones.

—¿Y a qué atribuye usted esta definitiva decadencia? —ha preguntado un redactor del Temps al jefe de una delegación obrera.

—A la literatura —ha contestado el sombrerero.

La literatura, en efecto, la literatura y la prensa han matado al monstruo; pero no sin la complicidad de algunos personajes políticos. En París, por ejemplo, la ruina de la chistera data de aquella tarde memorable en que su majestad el rey de Inglaterra se presentó en la tribuna presidencial del hipódromo de Longchamps con un simple sombrero hongo.

—Ese fue el “golpe de gracia”— exclama la delegación.

Eduardo VII ha realizado, pues, la obra de Oscar Wilde.

Mayo de 1907

 

Fuente: Enrique Gómez Carrillo et al., Cosmópolis. Del flâneur al globe-trotter. Selección y prólogo de Beatriz Colombi. Eterna Cedancia Editora, Buenos Aires, 2010.

 

Un comentario en “El sombrero de copa desaparece

  1. Ciertamente mucha elegancia y distinción se ha perdido. El sombrero es parte de la personalidad de una persona así como el cabello. Ahora todo es en serie y light hasta el
    pensamiento.

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