Uno de los pasajes más enigmáticos y menos comentados de la tragedia de Antígona es el monólogo de Tiresias, el adivino ciego que vivió siete generaciones, fue mujer durante una década y aprendió a escuchar los augurios de las aves. Ahí exhorta al rey Creonte a rectificar su decisión y permitir que se sepulte a Polinice, cuyo castigo por haber atacado su propia ciudad fue que su cuerpo se quedara tirado y expuesto afuera de las murallas. El problema, explica Tiresias, es que el cadáver insepulto de Polinice ha contaminado y bloqueado las ofrendas sacrificiales, el único medio de comunicación e intercambio con los dioses que los humanos poseen, y por lo tanto ha impedido que el adivino pueda ver imágenes del futuro. Dice Tiresias: “Nuestros altares y nuestros hogares sagrados están todos repletos con los pedazos que las aves de presa y los perros han arrancado al cadáver del desgraciado hijo de Edipo. Por eso los dioses no acogen ya las preces de nuestros sacrificios ni las llamas que ascienden de los muslos de las víctimas; ningún ave deja oír gritos de buen augurio, pues todas están ahítas de sangre humana y de grasa fétida”.

Ilustración: Raquel Moreno

Este pasaje antiguo puede ayudarnos a pensar la fracturada relación entre violencia, sepulcro y narración histórica que existe hoy en México. El sacrificio es el mecanismo ritual que otorga sentido a la violencia, pues la convierte en una ofrenda que tarde o temprano será recompensada. Esa anticipación abre además un horizonte temporal, pues conecta el presente de la muerte con un futuro potencial y posibilita así la adivinación o simplemente la narración. Lejos de haber desaparecido del mundo secular, la idea de sacrificio siguió ocupando un lugar central en la idea moderna de revolución que establece una relación entre dar la vida y la posibilidad de fundar un nuevo orden. La narración histórica, sobre todo la nacionalista, ha sido en gran medida la interpretación de la violencia como sacrificio.

Desprovista de ese carácter de ofrenda, la violencia no es más que la repetición interminable de muertes fútiles e inescrutables. En México, dar muerte se ha convertido en el gesto cotidiano de una economía que administra una violencia irremediablemente material, ritualmente impotente e incapaz de producir significado. Ese momento aterrador en que el sacrificio falla está vívidamente condensado en las palabras de Tiresias: “La grasa de los muslos se derretía y goteaba sobre la ceniza, humeaba y chisporroteaba; la hiel se evaporaba en el aire y quedaban los huesos de los muslos desprovistos de su carne. Los presagios no se manifestaban; el sacrificio no daba signo alguno”.

En el discurso de Tiresias, el hecho de que los augurios y visiones del futuro se hayan apagado es la consecuencia directa de que el cuerpo de Polinice no haya recibido los ritos fúnebres adecuados. Hay un desorden ritual y cultural que ha atrofiado no sólo la posibilidad de dar sentido a la muerte, sino la inteligibilidad del mundo en general. La expresión más vívida de esa contaminación ritual es el hecho de que las aves coman carne humana, pero la confusión va más allá, el castigo del rey ha invertido por completo el lugar de vivos y muertos. Ha condenado a Antígona a vivir encerrada en una cueva comparable a un sepulcro y ha insistido en “retener a un cadáver aquí arriba lejos de los dioses subterráneos”.

Las resonancias para México son abrumadoras. El efecto más profundo y radical de la desaparición forzada es precisamente un desorden ritual que disloca la inteligibilidad más básica del mundo. En Altar encontraron el cuerpo de un hombre desaparecido porque vieron a un perro que llevaba en el hocico un fémur con todo y tenis. La mitad de las fosas clandestinas que se han encontrado en el país están en basureros. En Puerto Peñasco las Madres Buscadoras encontraron 56 cuerpos enterrados cerca del área en la que los turistas de Estados Unidos se pasean en motos sobre la arena. La consecuencia última de la insepultura es que la muerte en cierta forma no se ve, no se elabora simbólicamente, no se narra ni se convierte en imagen. Permanece, por el contrario, ligeramente oculta bajo el umbral de lo consciente, ligeramente subterránea como todo el entramado de economías ilegales que sostienen a este país.

Es por esa razón que el trabajo de las madres rastreadoras que en todo el país buscan a “sus tesoros” —como ellas les llaman— en cerros, montes, ríos y basureros constituye uno de los actos políticos y culturales de mayores consecuencias en la actualidad. De ellas depende que se traiga a la luz y a la conciencia toda la violencia reprimida y por lo tanto irresuelta simbólicamente. La justicia estatal, sin duda indispensable en este momento, puede solo injerir hasta cierto punto en la vida moral y cultural de un país. Hasta que no se hagan los honores fúnebres a cada uno de los caídos y se les abrace de vuelta en el orden social, la muerte seguirá siendo la rutina semioculta que conocemos.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

Un comentario en “Cuando el sacrificio falla

  1. Esas Madres buscadoras son una amenaza para el estado, porque evidencián la ineptitud y falta de voluntad de nuestras instituciones para encontrar a todos esos desaparecidos y darles los “honores funebres” que se merecen.