Finalmente, cuatro años después de publicados los dos lujosos volúmenes titulados Morelos (El Colegio de Michoacán, 2015), en la primavera del presente año apareció una edición asequible de la biografía más importante, más completa y más documentada que jamás se ha escrito sobre el personaje: Morelos (Revelaciones y enigmas). El autor, en ambos casos por supuesto, es Carlos Herrejón (aunque cabe señalar que en las portadas de los dos volúmenes de la edición de 2015 su nombre no aparece). El principal motivo que explica que esta reseña aparezca hasta ahora es muy sencillo: la edición de 2015 era una edición de lujo, por decir lo menos. Publicada por El Colegio de Michoacán estaba fuera del alcance del 99 % de los mexicanos: dos ejemplares enormes, en papel cuché, repletos de imágenes, que suman casi 850 páginas y tienen un peso conjunto de cerca de seis kilos. La nueva edición, en cambio, es un solo volumen, en papel común, sin una sola imagen y suma poco más de 700 páginas. Ahora, El Colegio de Michoacán se asoció con Editorial Debate. El resultado es un libro relativamente accesible (su costo oscila alrededor de los 400 pesos). A pesar de tener menos revelaciones y menos enigmas de lo que el subtítulo sugiere, es una lectura obligada para cualquiera que se interese realmente en la independencia de México.

Antes de entrar en materia, dos palabras sobre las diferencias no formales entre las dos ediciones. La de 2019 prescinde de la presentación, de la introducción y de las secciones tituladas “Compendio de vida” y “Libros en torno a Morelos”. Además, prescinde del Apéndice I, cuyo título es “Lecturas de Morelos”. El Apéndice II de la edición de 2015, “Documentos apócrifos”, sí está incluido en la edición de 2019. Por último, esta edición más reciente carece, como es lógico, del índice de imágenes, pero carece también, lo que no es tan lógico, del índice toponímico (no así del onomástico).

Ilustración: Ricardo Figueroa

De la brevísima introducción de Herrejón, de apenas tres párrafos, sólo me interesa recuperar lo que dice el autor sobre el alcance de su biografía: “Lamento decir que considero que no he culminado la biografía que hubiese querido, sino sólo unos apuntes biográficos en espera de mejor pluma”. Esta oración refleja no solamente la modestia de Herrejón, sino también que esta biografía es el resultado final de la familiaridad que, desde hace mucho tiempo, tiene con su biografiado. Esto lo prueban los cuatro libros que publicó hace más de tres décadas: Morelos. Vida preinsurgente y lecturas (1984); Los procesos de Morelos (1985); Morelos, Antología documental (1985), y, por último, Morelos. Documentos inéditos de vida revolucionaria (1987).

Lo anterior, aunado a la solidez académica de Herrejón, hace que este Morelos (Revelaciones y enigmas) sea mucho más que unos meros “apuntes biográficos”. De hecho, estamos ante la biografía que será el referente más importante sobre el personaje durante muchos años por venir y, en esa medida, uno de los referentes esenciales para estudiar la Independencia de México. Nada menos.

Cabe empezar planteando que este Morelos no es de lectura tan amena y ágil como la otra magna biografía de Herrejón (Hidalgo, maestro, párroco, insurgente), que publicara en 2011. Me da la impresión de que Morelos no despierta en el autor la misma pasión que Hidalgo. En cualquier caso, ambos libros resultan muy llamativos en un aspecto: parecería que no hay publicación o documento sobre estos dos personajes que Herrejón no haya leído o consultado. Ambas biografías son exhaustivas (en la medida en que una biografía puede serlo). Tomando en cuenta la cantidad de tinta que se ha derramado sobre los dos grandes protagonistas del proceso emancipador novohispano desde que México logró su independencia, esto, por sí solo, es un logro más que notable.

En cuanto al contenido, en el espacio del que dispongo es imposible dar cuenta de lo que encierran las 669 páginas de este Morelos. Sin embargo, considerando que el bicentenario de la consumación de la Independencia de México está prácticamente con nosotros y que mucha tinta más se derramará sobre dicha “consumación”, su naturaleza, su significado y su legado en los meses por venir, conviene decir algo sobre este periodo final de la Independencia de México, el cual tiene que ver con Morelos, sin duda, pero más bien por vía negativa. ¿Qué quiero decir con esto?

Según el Diccionario de la Lengua Española, la primera acepción del verbo “consumar” es “llevar a cabo totalmente algo”. La pregunta que surge naturalmente es: ¿en qué sentido se puede decir que Iturbide concluyó algo que Hidalgo y Morelos habían iniciado? Basta saber que durante diez años Iturbide luchó denodadamente contra ambos y contra la insurgencia novohispana en general para poner en duda que el término “consumación” sea el más indicado para referirse a lo sucedido en el virreinato entre 1820 y 1821. Quien fuera el principal artífice de la Independencia de México no sólo estaba ideológicamente muy lejos de Hidalgo y de Morelos. Sus raíces sociales, su formación, sus intereses y sus preocupaciones no tenían nada que ver con quienes fueran sus dos principales antagonistas militares. Basta comparar someramente los 23 Sentimientos de la nación con los 23 artículos del Plan de Iguala para darse cuenta de la distancia gigantesca que separaba a Morelos de Iturbide. Si planteáramos esta cuestión mediante un contrafactual, la pregunta podría ser del siguiente tenor: ¿qué tan diferente sería el México actual si el país se hubiera independizado no al amparo del Plan de Iguala, sino bajo los principios e inquietudes que se reflejan en los Sentimientos?

En lo que arriba el bicentenario de 2021 (durante el cual espero que se abran espacios para todas las posturas y no solamente para los nuevos avatares de la historia de bronce), pongo sobre la mesa del debate público e historiográfico uno de los temas que recorren la biografía que nos ocupa. Se trata de un tema que, como lo expresé hace más de un lustro en la reseña que escribí en este mismo espacio sobre el Hidalgo de Herrejón,1 posee una especial relevancia; me refiero a la cuestión de la independencia absoluta. En aquella reseña expresé mis reservas frente al Hidalgo que plantea Herrejón en su biografía del “padre de la patria”. Según él, Hidalgo tenía claro desde el primer día de la insurrección, e incluso antes, que lo que quería era la independencia absoluta del Virreinato de la Nueva España. Si en aquel texto presenté los argumentos en contra de dicha interpretación, ahora sugeriré lo mismo respecto al Morelos de 1810, 1811 y 1812. No estoy de acuerdo con Herrejón en que desde su plática con Hidalgo en el trayecto entre Charo e Indaparapeo, en un día de octubre de 1810, Morelos decidió que lo que quería era la independencia absoluta. Esta supuesta claridad meridiana respecto a los objetivos del levantamiento de septiembre de ese año puede resultar gratificante para la historiografía nacionalista mexicana, para los admiradores irredentos de la dupla Hidalgo/Morelos y para quienes buscan o propugnan una cierta noción de nuestra “identidad nacional”. Como siempre, sin embargo, la realidad es más compleja (y, por ende, más interesante).

Desde mi punto de vista, no creo que sea muy sabio, en términos historiográficos, asumir sin mayores prevenciones la traída y llevada “máscara de Fernando VII” para explicar los vaivenes que, como veremos, manifestó Morelos durante muchos meses antes de decantarse por la independencia absoluta (tal como hace Herrejón en la página 89). Afirmar con contundencia que Morelos “desde un principio buscaba la independencia absoluta”, para apenas unas páginas más adelante consignar que todavía en diciembre de 1812 Morelos consideraba a la Suprema Junta Nacional Gubernativa como “depositaria de los derechos de nuestro cautivo monarca don Fernando VII”, llama la atención de cualquier lector atento. Lo mismo sucede un poco más adelante, cuando el autor reconoce que en varios documentos posteriores a esa fecha Morelos hace alusión al rey. Una muestra la proporciona el propio Herrejón, cuando cita la totalidad del bando de enero de 1813 en el que Morelos se refiere a “la cautividad del Rey don Fernando VII” para explicar por qué la soberanía había recaído en la junta mencionada líneas arriba. En la página 358, el autor vuelve al tema y sugiere que los congresistas que redactaron la Declaración de Independencia (fechada el 6 de noviembre de 1813) quizás ignoraban el rechazo de Hidalgo al monarca “y su opción por la independencia absoluta desde un principio”, pues en el manifiesto que acompaña dicha declaración estos mismos congresistas no se deslindan de forma explícita de la sujeción al monarca español. Un poco más adelante, Herrejón vuelve a la supuesta certeza de Morelos respecto a la independencia absoluta cuando escribe: “Es muy probable que el rechazo del monarca por parte de Morelos tuviera una de sus fuentes en la entrevista con Hidalgo…” (el énfasis es mío).

Estamos ya en noviembre de 1813 y Herrejón reconoce que el Congreso de Chilpancingo no había cumplido cabalmente con el primero de los Sentimientos de la nación: “América es libre e independiente de España” o, en otras palabras, con la independencia absoluta. En cuanto al Manifiesto de Puruarán, de junio de 1815, al que Ernesto Lemoine considera “capital en la historia de Morelos y de la guerra de independencia” y “cima del más avanzado pensamiento revolucionario” (Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época, UNAM, 1965, pp. 550 y 551), ¿cabe explicar el fernandismo de la primera etapa insurgente que este documento expresa sin ambages como una invención de unos criollos más bien cobardes que no aceptaban el independentismo absoluto de Hidalgo y Morelos? Esto es lo que hace Herrejón en la página 468 de su libro. Pero hay más a este respecto. Que en el proceso que se conoce como “de las Jurisdicciones Unidas” las respuestas de Morelos hayan mostrado incertidumbre respecto al regreso de Fernando VII al trono de la monarquía hispánica, difícilmente se resuelve afirmando que esto “no es consonante con las convicciones de Morelos”. Cabe entonces preguntarse por qué, tanto aquí como en otras partes del libro, Herrejón cierra la puerta a interpretaciones que no respondan lineal y unívocamente a las supuestamente inconmovibles “convicciones” de Morelos sobre la independencia absoluta.

No me extiendo más sobre esta cuestión. Me he limitado a lo expresado por el propio Herrejón en su libro porque creo que no es necesario ir a otros autores o a otras fuentes para darse cuenta de que, al igual que Hidalgo, Morelos no estaba convencido desde el principio de que su objetivo era la independencia absoluta del virreinato. En mi opinión, Hidalgo nunca lo tuvo claro; sobre otros insurgentes de primera línea (Allende y Rayón entre ellos), no es necesario decir nada, pues su fernandismo es bien conocido. Morelos llegó a la independencia absoluta, sin duda, pero eso fue después de un proceso de dudas y vaivenes que el libro de Herrejón pretende minimizar, cuando no ignorar. Considero que Morelos no pierde absolutamente nada de su valor como persona y de su grandeza como líder insurgente por haber sido presa de esas dudas. Como es bien sabido, además de su coraje innegable y de su habilidad como militar, dicha grandeza radica sobre todo en su denodado esfuerzo por institucionalizar la insurgencia, sobre todo mediante el Congreso de Chilpancingo y la Constitución de Apatzingán. Siendo así, la supuesta defensa de una independencia absoluta desde el día uno de la insurgencia me parece una cuestión secundaria. Una cuestión que, en todo caso, la biografía de Herrejón no zanja; es decir, sigue abierta.

No puedo terminar estas líneas sin referirme a la última sección del libro que nos ocupa, el extenso capítulo XII dedicado a los procesos de Morelos. Es ahí donde Herrejón trata cuestiones como la conflictiva relación entre Morelos y el Congreso de Chilpancingo; las ejecuciones masivas de prisioneros peninsulares ordenadas por él; “el punto crucial del martirio de Morelos”; la “pretendida democracia” de la insurgencia; la “promesa excesiva” que hizo a las autoridades para que pudieran pacificar el virreinato; el hecho de que Morelos no podía ser considerado un hereje; el Morelos que traiciona a la insurgencia y su supuesta retractación. Una vez más, el espacio del que dispongo me impide extenderme sobre una sola de estas cuestiones. Las consigno por su importancia y porque en todas ellas Herrejón da muestras de un tratamiento documentado, mesurado y argumentado. Sobre los dos procesos que se le siguieron a Morelos, el ya mencionado de las Jurisdicciones Unidas y el de la Inquisición, el autor muestra que ambos fueron en gran medida un montaje para mostrar públicamente la sinrazón de los insurgentes y para imponer un castigo ejemplar a quien fuera, después de Hidalgo, el mayor y, en varios sentidos, el mejor líder de la insurgencia novohispana.

En cuanto al interrogatorio de la Capitanía General, que ocupa las últimas páginas del libro, sólo me detengo en una cuestión que se percibe meridianamente en dicho interrogatorio: uno es el Morelos que despliega una enorme confianza en sí mismo y en sus dotes militares (el que va de fines de 1810 a fines de 1813) y otro, muy distinto, el que surge de las desastrosas derrotas del Zapote y Puruarán. El final de la quinta y última campaña de Morelos marca el inicio del fin de su trayectoria insurgente. Los últimos dos años de la misma no serán más que andar a salto de mata, protegiendo al Congreso (el cual, por cierto, tan mal lo trató a partir de dichas derrotas) y evitando cualquier enfrentamiento de consideración con un ejército realista que el virrey Calleja había logrado convertir en una máquina bélica bastante efectiva (una máquina que tuvo como uno de sus principales engranajes a Iturbide). En noviembre de 1815 Morelos fue hecho prisionero en Temalaca. Después de ser sometido a los dos procesos mencionados, así como al interrogatorio referido, José María Morelos fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre de 1815.

Desde la ejecución de Morelos, la “continuidad”, por decirlo así, del Virreinato de la Nueva España no fue amenazada por ninguno de los líderes insurgentes que no se acogieron a las ofertas de Calleja para que depusieran las armas (fue en este contexto que la osada expedición de Mina fracasó rotundamente). Tuvo que transcurrir casi un lustro desde dicha ejecución para que una opción viable de independencia “absoluta” volviera a surgir. Cuando lo hizo, en 1820, fue de la mano de Iturbide, quien en el artículo 2.° del Plan de Iguala, proclamado en febrero de 1821, decretó la “absoluta independencia” de la América Septentrional y en el 4.° ofreció la corona del imperio naciente a… Fernando VII. Más allá de las reservas que, como he sugerido en estas líneas, acompañaron a Morelos durante muchos meses respecto a Fernando VII (con todo lo que eso implica), no cabe duda de que a partir de cierto momento llegó a la conclusión de que la independencia absoluta era el camino a seguir. Siendo así y considerando la distancia sideral que lo separaba de Iturbide en todos sentidos, no es descabellado pensar que esa “absoluta independencia” que consignó Iturbide en el Plan de Iguala y que logró concretar meses más tarde estaba muy lejos de la que Morelos tenía en mente para la América Mexicana (el nombre empleado en la Constitución de Apatzingán para referirse al nuevo país). En esa medida, hablar de “consumación” tiene cierto sentido, no lo niego, pero bastante menos del que sugiere el vocablo. Espero que esta y otras diversas cuestiones historiográficas sean debatidas con razones y argumentos en los tiempos bicentenarios que están a la vuelta de la esquina.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador de El Colegio de México.


1 Ver: https://www.nexos.com.mx/?p=19987.

 

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