Desde los conquistadores y los frailes cronistas hasta los poetas novohispanos son vastas las referencias a la música y al baile tanto de las fiestas prehispánicas como de las virreinales; una de las que más atrajo su atención es la de los hombres pájaro o voladores, que giran en torno a un gran palo, colgados de cuerdas, y que aún hoy podemos contemplar en las ruinas prehispánicas y en centros turísticos, tal y como los viera Torquemada en la Plazuela de Palacio, llamada también Plaza del Volador o de las Escuelas, en tiempos del virrey Martín Enríquez, con motivo de la celebración de la conquista de México; y otra vez en Tlatelolco, en 1611, celebración ésta que se convirtió en fúnebre fiesta en la que murieron sendos indios cayendo de lo alto.1

Bernal Díaz recrea las fiestas de los españoles y habla de los variados instrumentos militares que usaban los soldados como pífanos, tamborinos, atambores, atabales y sacabuches de sonidos estruendosos propios para llamar a la batalla, pero también considera los que amenizaban algunas celebraciones, como los festejos por las paces entre Carlos V y el rey Francisco de Francia, en los que hubo “grandes músicas de cantares a cada cabeçera, y la trompetería y géneros de instrumentos, harpas, vigüelas, flautas, dulzainas, chirimías”,2 y en las que también campearon las copas de aloja, vino, cacao y clarea, una mezcla de vino blanco, canela, azúcar y especias aromáticas.

Ilustraciones: Izak Peón

En las plumas de cronistas y poetas, el aspecto más curioso del baile y la música de los naturales es que aparecen siempre asociados a la bebida y a la borrachera. El cronista Fernández de Oviedo describe en qué consistía el areito o baile, en el que se juntan varios hombres y mujeres para “haber placer y cantar”, se toman de las manos y el guía, llamado tequina es el que va poniendo los pasos hacia delante o hacia atrás, bailando en círculo, y así pueden pasarse “tres y cuatro y más horas, y aun desde un día hasta otro, y en este medio tiempo andan otras personas detrás de ellos dándoles a beber un vino que ellos llaman chicha […] y beben tanto, que muchas veces se tornan tan beodos, que quedan sin sentido; y en aquellas borracheras dicen cómo murieron los caciques”.3 El mismo cronista confiesa haberlo probado y afirma “que es de muy mejor sabor que la sidra o vino de manzanas, y a mi gusto y al de muchos, que la cerveza, y es muy sano y templado”.4 Para Bernal, el areito, en lugar de ser sinónimo de fiesta y baile, lo es de muerte, porque, a pesar del permiso concedido por Pedro de Alvarado para celebrar el areito en la fiesta de Huitzilopochtli, allí los tomó descuidados cuando estaban bailando e hizo una gran mortandad. Ahora bien, areito es una voz de las Antillas y el Caribe, pero el equivalente azteca es el mitote, y dicha danza, en la que los naturales iban ataviados vistosamente, se bailaba en corro, agarrados de la mano, alrededor “de una bandera junto a la cual había una vasija, y bebiendo de rato en rato, hasta que se embriagaban y perdían el sentido”.5 Los poetas novohispanos del XVI no dudan en tomar estos bailes como tema poético, aunque sea para despreciarlos y convertirse en censores de los mismos, como hace Juan de la Cueva:

Con todo esto sin tener recato
voy a ver sus mitotes y sus danzas,
sus juntas de más costa que aparato.
En ellas no veréis petos ni lanzas,
sino vasos de vino de Castilla
con que entonan del baile las mudanzas.
Dos mil indios, ¡oh extraña maravilla!,
bailan por un compás a un tamborino
sin mudar voz, aunque es cansancio oílla.
En sus cantos endechan el destino,
de Moctezuma la prisión y muerte,
maldiciendo a Malinche y su camino;
al gran Marqués del Valle llaman fuerte,
que los venció, y llorando desto cuentan
toda la guerra y su contraria suerte.
Otras veces se quejan y lamentan
de Amor, que aún entre bárbaros el fiero
quiere que su rigor y fuego sientan.
De su hemisferio ven la luz primero
ausente, que se ausenten del mitote
en que han consumido el día entero.
De aquí van donde pagan el escote
a Baco, donde aguardan la mañana
tales, que llaman al mamey, camote.
6

El monótono cansancio del compás del tamborino y la embriaguez en la que acaban además del coste de la misma parece ser un tema común a varios poetas.

Las danzas prehispánicas siguen siendo motivo de vituperio entre los intelectuales de la siguiente centuria; en las Glorias de Querétaro (1680), Sigüenza y Góngora describe con detalle una fiesta novohispana, en cuya procesión, verdaderamente jerarquizada, aparece la comparsa de chichimecos con los cuerpos embijados que provoca sentimientos tan negativos en el cronista que los describe como montaraces de “desgreñadas cabeças” y “remedo de Satiros fingidos, o de los soñados Vestiglos”, que, en lugar de la risa y la alegría más propias de la fiesta, producen espanto y horrorizan a los asistentes, porque lo que Sigüenza pretende es condenar a los chichimecas, que recuerdan con sus bailes groseros un pasado guerrero y salvaje. Sin embargo, en el XVIII, las danzas prehispánicas ya no aparecen escarnecidas ni por el sonido desagradable de los instrumentos ni por los contoneos burdos ni groseros, como vemos en el ejemplo de la canonización de san Juan de la Cruz, que en la Nueva España se celebró en 1730, en cuyo festejo, entre comedias, certámenes poéticos y corridas de toros, hubo también una danza prehispánica llamada tocotín, en la que, en un principio, se cantaban las hazañas del emperador Moctezuma y de otros grandes caciques; después fueron tan populares que incluso los criollos como sor Juana escribieron letrillas para ser cantadas acompañando estas danzas y llegaron a convertirse en verdaderas piezas teatrales. Un famoso tocotín fue la contribución de los indígenas en dicha canonización, en la que los danzantes llevaban vistosas capas de finas telas llamadas tilmas y máscaras con las caras de los reyes aztecas adornadas con penachos multicolores y en la mano derecha un instrumento musical de aliento conocido como ayacaxtli, “que tenía un sonido dulce y delicado”.7

Estos dos adjetivos, dulce y delicado, serán con frecuencia los que describan los sonidos de los instrumentos que amenizan las fiestas por las llegadas de los virreyes, como la del duque de Escalona, en 1640: clarines, chirimías, atabales y ministriles, instrumentos que suelen usarse en procesiones y fiestas públicas, en los versos de María Estrada de Medinilla son suaves, dulces, sutiles y la música que sale de ellos es comparada a la que producían Orfeo y Anfión, además de la solemnidad que supone entonar a coro el Te deum laudamus:

duplicados clarines
de música poblaron los confines,
que en acentos suaves
repetición hicieron a las aves,
con cuyas armonías
ociosas quedaron las chirimías;
estruendo de atabales
bienes anuncia a tanto gusto iguales[…]
y, en acentos sutiles,
dulce repetición de ministriles
formaba en escuadrones
tracias capillas, tropas de Anfïones,
con que en ecos sonoros
te Deum laudamus le entonaba a coros.
8

 

Las festividades religiosas también acogían bailes públicos a juzgar por los permisos que se pedían para celebrarlos en algunos expedientes en los que se solicita que salga una danza de gitanos en Nuestra Señora del Rosario; otra en la parroquia de la Santa Veracruz, después de la solemne procesión, sin causar escándalo y sin mezcla de hombres ni mujeres; una danza de hombres en los días en que se celebra Ntra. Sra. de la Merced9 y miles de ocasiones más.

Si nos acercamos al virreinato de Perú, los bailes lascivos populares son blanco de la pluma del satírico misógino, Juan del Valle Caviedes: el puerto rico, la zarabanda, la chacona, cuyos movimientos desenfrenados y quebrantos de cuerpo alteraban a los hombres por deshonestos, fueron atacados y condenados por los moralistas en rigurosas prohibiciones que, por supuesto, eran violadas mil veces a juzgar por su éxito en España y en América, donde invaden frecuentemente los espacios sagrados: el padre Juan de Mariana dice que ha visto bailar la zarabanda “en Sevilla durante la procesión de Corpus, e incluso sus salaces contoneos en algunos conventos de monjas”.10 Del mismo carácter popular y lascivo es la chacona, cuya más temprana prohibición en España data de 1583,11 fecha que también corresponde a la amenaza de “doscientos azotes y seis años de galeras a quien bailase la zarabanda”.12 Cervantes se refiere a este baile en La ilustre fregona: “El baile de la chacona/ encierra la vida bona”. Hay un texto de la Chacona de Luis Briceño (1626), en el que se da cuenta de la sátira religiosa donde monjas, frailes, sacristanes, curas y obispos se contagian y entran a bailar el “endemoniado son que a los muertos alborota”:

Es chacona un son gustoso
de consonancias graciosas
que en oyéndole tañer
todos mis huesos retoçan
no ay fraile tan recoxido
ni monja tan religiosa
que en oyendo aqueste son
no dexen sus santas oras.
A la vida, vidita bona,
vida, bámonos a chacona.
Quéntase de un religioso
que estando cantando nona
en el coro con los frailes
dixo acaso vida bona.
Los frailes quando an oýdo
esta voz tan sonorosa
arriman todos los mantos
haçiendo mil cabriolas.
13

Sobre el origen europeo o americano de la zarabanda y la chacona se ha especulado mucho, pero lo que importa es que fueron muy difundidas tanto en Europa como en América y escandalizaron a ambos continentes por ser “alegres y sensuales, se cantaban con atrevidas coplas y se acompañaban con panderetas, castañuelas y cascabeles”.14 En los dos virreinatos más importantes parecen condenarse los mismos bailes populares y las mismas transgresiones en las que participaban los miembros de las diferentes castas. Los disfraces y el travestismo inmersos en las fiestas religiosas también fueron motivos de escándalo: fray Juan de Zumárraga, obispo de la Nueva España en el XVI, dice que le parece intolerable que “los hombres acompañen al Santísimo Sacramento […] con máscaras y en hábitos de mujeres, danzando y saltando con meneos deshonestos y lascivos, haciendo estruendo, estorbando los cantos de la Iglesia, representando profanos triunfos como el del Dios del amor”.15

 

Fuera del ámbito religioso, la música y el baile eran imprescindibles en las recreaciones y diversiones tanto de las clases populares como de la sociedad novohispana. Los frondosos parajes con arboledas y acequias de agua, los paseos con casas de campo, jardines y huertas eran visitados frecuentemente por las clases virreinales: la Candelaria, la Coyuya, el Pradito, Sancopinca, San Pablo, Romita, el Coliseo, la Tlaxpana, y, por supuesto, en una ciudad lacustre, la atracción tenía que estar cerca del agua, en el canal de Jamaica, cuyo paseo lo mismo podía recorrerse por tierra, en carroza, a las orillas, donde había casas de indios que vendían chocolate, atole y tamales, que por agua, en barcas o canoas acompañadas de música y baile, hasta la aldea de Iztacalco. Las damas iban bien vestidas y se adornaban la cabeza con flores o con penachos del Perú, de plumas suaves y blancas; las canoas se proveían de todo lo necesario para comer y pasar el día en ellas, según nos cuenta el viajero Gemelli Careri;16 otro paseo frecuentado en la época del virrey Revillagigedo era el de la Viga, a lo largo del canal hasta la garita de la Viga; los transeúntes, los carruajes y caballos paseaban plácidamente y en el mismo canal, el tráfico incesante de trajineras cargadas de flores confería un colorido espectáculo en el que se daban cita todas las clases sociales. Las más populares paseaban en barca hasta Santa Anita e Iztacalco, donde familias enteras acudían a los acallis para cantar y bailar:

Armanse en este pueblo muchos fandangos de toda clase de personas. Y es una maravilla en las noches de luna ver volver las canoas para la ciudad, coronadas las personas de coronas de hermosissimas flores, y rosas de castilla, cantando en cada canoa al compaz de los instrumentos, dejando venir las canoas al corriente de las aguas, sin agitarlas el impulso de los remos.17

Los nobles no se divertían menos y acudían igualmente a los paseos, como doña Juana de la Cerda, esposa del virrey duque de Alburquerque, a quien llevaron en una ocasión, en 1703, a conocer el canal y a visitar Ixtacalco en una canoa adornada con guirnaldas de flores con diez remeros y una orquesta que amenizaba el paseo.18

 

Del Reglamento de diversiones públicas expedido por el virrey Bernardo de Gálvez19 en 1786, podemos deducir que las diversiones populares serían algo subidas de tono, pues la prevención segunda se refiere a que las “comedias, saynetes, tonadillas, bailes y obras que hayan de ejecutarse en el teatro” deberán ser examinadas primero, aunque ya se hayan representado anteriormente y aunque estén impresas con todas sus licencias. La prevención quinta trata del acto de la representación y del cuidado que habrán de poner los actores y actoras en la ejecución de los entremeses, sainetes, bailes y tonadillas “para guardar la modestia debida, el recato y compostura en las acciones y palabras que exige el respeto debido al público, evitándose toda indecencia y provocación que pueda causar ni aun el menor escándalo”. Se fija, más adelante, en los movimientos de los bailes, que deben hacerse al compás de los instrumentos, con “mudanzas honestas, formando con ellas vistosas y agradables figuras” y se prohíben los agregados, “como el que llaman cuchillada, saltos u otros movimientos provocativos”, de tal manera que se arrestará al actor ante el público y directamente desde el tablado será conducido a la cárcel por un mes.

En unos programas de fines del XVIII sobre las comedias que se representaban en el Coliseo, encontrados en el archivo de CARSO, en Ciudad de México, se dedica un considerable espacio a los innumerables espectáculos populares y a sus intérpretes: los bailes, con títulos: Hermida abandonada y Dido abandonada de la composición del maestro Sr. Juan Medina (1807, 6), las follas, las tonadillas, los figurantes de las contradanzas, las cantarinas de las piezas, los directores de los bailes, como el célebre Mr. Turqui, inventor y director del baile llamado Los Cazadores (c. 1778, 1); el baile Churripampli, por la Sra. Ana María Zendejas, quien fue “la primera novohispana que alcanzara el rango de primera bailarina”;20 la tonadillera María Martínez, que ejecuta Juzgárlo todo al revéz (sic), la sainetera Felipa Mercado, de la que dice Olavarría que era la primera cantarina, con el sainete, La criada y el peluquero (c. 1790, 3) son algunas curiosas noticias que dan cuenta de las diversiones de los novohispanos a fines del XVIII.

En los tres siglos coloniales la música y la danza se consideraron asuntos voluptuosos. El baile de los naturales asociado al vicio y a la bebida es desprestigiado por cronistas y poetas, la música en las primeras representaciones teatrales, tanto en las plazas y casas como en palacio o en los conventos; las procesiones con movimientos y gestos lujuriosos condenadas por evangelizadores y moralistas, los paseos en barca entonando canciones, las diversiones populares en el teatro. Todas ellas nos hablan de la sensualidad, el hedonismo, la relajación de las costumbres de una sociedad sometida a la censura, gracias a la cual, no obstante, podemos reconstruir estos retazos de vida recreativa a través de sus percusiones y contoneos.

 

María José Rodilla
Profesora-investigadora de la UAM-Iztapalapa. Su último libro es: Aquestas son de México las señas: la capital de la Nueva España según los cronistas, poetas y viajeros (siglos XVI al XVIII).


1 Juan de Torquemada, Monarquía indiana, vol. III, 3.ª ed., UNAM, México, 1975, pp. 436-437.

2 Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (manuscrito Guatemala), ed. de José Antonio Barbón Rodríguez, El Colegio de México, UNAM, Servicio Alemán de Intercambio Académico y Agencia Española de Cooperación Internacional, México, 2005, p. 757.

3 Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la natural historia de las Indias, FCE, México, 1996, p. 132.

4 Ibid., p. 133.

5 Francisco J. Santamaría, Diccionario General de Americanismos, 2.ª ed., Gobierno del Estado de Tabasco, Villahermosa, 1988. Sv mitote.

6 Martha Lilia Tenorio, Poesía novohispana. Antología. 2 tomos, El Colegio de México, México, 2010, I, p. 170.

7 Certamen académico con que los carmelitas descalzos celebraron la canonización de san Juan de la Cruz. México, 1730, transcrip., estudio preliminar y notas de Patricia Villegas, Universidad Iberoamericana, México, 2008, pp. 36-37.

8 Tenorio, op. cit., pp. 398 y 404.

9 Archivo Histórico del Distrito Federal, Fondo Ayuntamiento, Diversiones públicas, vol. 796, expedientes 6 y 8 (1791).

10 Tratado de espectáculos. Citado por Néstor Luján, La vida cotidiana en el Siglo de Oro español, Planeta, Barcelona, 1988, p. 149.

11 José Antonio Robles Cahero, “Cantar, bailar y tañer: nuevas aproximaciones a la música y el baile populares de la Nueva España”, Boletín del Archivo General de la Nación, 6.ª época, 8 (abril-junio de 2005), p. 59.

12 Maya Ramos Smith, “Que esta canalla se abstenga de estos bailes: una mirada a las danzas populares de los siglos XVI y XVII”, Boletín del Archivo General de la Nación, 6.ª época, 8 (abril-junio de 2005), p. 142

13 Ex Umbris, Chacona. Renaissance Spain in the Age of Empire, Dorian Recordings, Nueva York, 2000.

14 Ramos Smith, op. cit., p. 141.

15 García Icazbalceta, Joaquín, Don Fray Juan de Zumárraga, II, Porrúa, México, 1947, p. 31 (Escritores mexicanos, 42).

16 Viaje a la Nueva España, UNAM, México, 2002, pp. 76 y 105-106.

17 De Viera, Juan, extracto de Breve y compendiosa narración de la ciudad de México (1777), México, Instituto Mora, 1992, p. 110.

18 Manuel Romero de Terreros, Los jardines de la Nueva España, Antigua Librería Robredo José Porrúa e Hijos, México, 1945, p. 16.

19 Reglamento de diversiones públicas expedido por el virrey Bernardo de Gálvez en 1786, Archivo Histórico del Distrito Federal, Fondo Ayuntamiento, Diversiones públicas, vol. 796 (1711-1786). Este primer Reglamento y Ordenanzas de Teatros fue aprobado por Real Cédula de Carlos III e impreso en 1786, aunque ya recogía disposiciones de 1779.

20 Ramos Smith, op. cit., p. 163.

 

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