El pasado puede ser visto como una cárcel dela que hemos huido de milagro. De manera asombrosa, el tiempo anula situaciones que parecían insalvables. Sin que pueda explicármelo del todo, me libré de un acorralamiento que creía definitivo: las clases de química. No tengo la menor idea de cómo aprobé esa materia de la que nunca supe nada y de la que sólo recuerdo el olor ácido del aire después de una explosión.

Por inseguridad pensamos que lo que no nos interesa es esencialmente ajeno a nosotros. La química no puede entrar en esa categoría ¿Cómo negar la importancia del oro, el titanio, el fósforo o el hierro? No hay modo de ignorar los ingredientes del universo, pero no siempre es fácil apreciar sus números atómicos.

Como el destino es raro, mi verso favorito de la literatura mexicana tiene que ver con el curso que nunca entendí. Ramón López Velarde describe así la fulgurante mirada de una mujer: “ojos inusitados de sulfato de cobre”, metáfora químicamente exacta que alude al color azulverde de los ríos sulfatados. Las catorce sílabas del poeta zacatecano se me grabaron con la fuerza con la que nunca se me grabarían las valencias, pero tuvo que pasar algún tiempo para que la química entrara de verdad en mi horizonte literario. La “conversión” llegó con El sistema periódico, relatos autobiográficos del químico y escritor italiano Primo Levi.

En 1869 Dimitri Mendeléyev agrupó los elementos de la Tabla Periódica. Este año se conmemoran los ciento cincuenta años de ese mapa esencial y también se celebra el centenario de Levi, nacido en 1919 en Turín, en un edificio de la avenida Re Umberto que sólo abandonó dos veces: cuando fue deportado a Auschwitz en 1944 y con su suicidio en 1987.

Durante treinta años Levi trabajó para la industria química. Su elección vocacional fue largamente meditada. Se decantó por la química por curiosidad científica, pero también por razones políticas y morales. Los gobiernos totalitarios sustituyen la discusión de las ideas por la propaganda y la Italia fascista había degradado las humanidades, contaminándolas de ideología. En una entrevista con la BBC, Levi señaló que la química era un “terreno sólido” de resistencia: “en la química sentí un olor limpio, y esto no es una ironía. En cambio, sentía un olor fétido en la historia y la filosofía que enseñaban las escuelas fascistas”. La ciencia experimental le brindó la certeza que necesitaba: “La materia era nuestra maestra y, quizá también, a falta de algo mejor, nuestra escuela política”, diría en una entrevista. En 1986, ya convertido en un autor célebre, declararía al London Magazine: “La química es intrínsecamente antifascista”. Los elementos no pueden ser ideologizados.

Levi ingresó a la Facultad de Química en octubre de 1937, cuando las leyes raciales ya estaban en vigor en la Italia de Mussolini. Ese año muere Antonio Gramsci, el excepcional teórico marxista, que había padecido largos años de cárcel. “La verdad es siempre revolucionaria”, observó Gramsci en una época de demagogia y persecución del pensamiento libre. Levi evitó las filisteas humanidades ofrecidas por el fascismo y prefirió estudiar las verdades revolucionarias de la naturaleza.

Ilustraciones: Patricio Betteo

Aunque los judíos no recibían las mejores oportunidades académicas, se graduó con mención cum laude. Durante décadas se describiría en sus tarjetas de visita como “Doctor en Química”. Su segunda carrera se fraguó más lentamente. La experiencia de Auschwitz y la más asombrosa de ser sobreviviente, lo llevó a escribir Si esto es un hombre. Publicado en 1947, el libro fue recibido como un certero testimonio del Holocausto y contó lectores significativos, pero no muy numerosos. No fue sino hasta los años sesenta que se le dio otro rango a esa obra. El médico Franco Basaglia se sirvió de ella para comparar los campos de concentración con los hospitales psiquiátricos. En su opinión, el libro de Levi describía un devastador experimento antropológico del que había que sacar conclusiones para la sociedad entera: “Colocado en un espacio determinado por la tortura, la humillación y la arbitrariedad, el ser humano —sea cual sea su estado mental— se objetiviza gradualmente y se asimila a las leyes del confinamiento”, escribe Basaglia.

Levi no aceptó que los hospitales mentales se equipararan a la excepcionalidad del campo de exterminio, pero la relevancia que Basaglia concedió a su libro contribuyó a que dejara de ser visto como otro testimonio del espanto y fuera analizado como una rigurosa indagación etológica del ser humano confrontado con un ámbito terminal.

En la misma sintonía, el historiador de la ciencia Massimo Bucciantini dedicó un libro sugerente a la tenaz resistencia de Levi en el campo de concentración: Esperimento Auschwitz. En las más adversas circunstancias, el químico que comenzaba a escribir no se resignó a ser una víctima: se convirtió en investigador de sus verdugos y se negó a verlos como monstruos excepcionales. Lo más terrible del Holocausto es que fue perpetrado por gente común, la “línea gris” de la humanidad, la zona donde se obedece en forma mediocre una costumbre y donde, al decir de Hannah Arendt, se ejerce la “banalidad del mal”.

Cuando Philip Roth entrevistó a Levi, quiso ir con él a la fábrica que en cierta forma había sido su taller literario. Roth descendía de emigrantes judíos que se habían instalado en Nueva Jersey y Levi había padecido las penurias de los judíos europeos deportados a campos de concentración. Hablaron de libros, del Holocausto, de la relación entre química y escritura hasta que todo se condensó. De pronto, al referirse a Auschwitz, el autor turinés dijo algo que podría parecer insólito: “Estuve ahí en un estado de excepcional espiritualidad”. En el lager experimentó la “curiosidad del naturalista que se ve trasplantado a un medioambiente que es monstruoso pero nuevo, misteriosamente nuevo”. No claudicó ante el horror; lo analizó con la pericia de un químico experimental que practica el Scheidekunst, el “arte de separar” el metal de la pacotilla, y convirtió el recurso en excepcional literatura.

La tregua y Los hundidos y los salvados completan su ciclo sobre el infierno de la guerra. De haber escrito sólo esas sobras, Levi sería uno de los mayores memorialistas del siglo XX. Pero su aventura literaria fue más compleja. El singular testigo del dolor se había propuesto reinventar la realidad.

Para ello, deseaba disponer de un lenguaje capaz de “separar, pesar y distinguir” las palabras con la precisión del laboratorista que analiza sustancias. Su evolución estilística se advierte en el largo trecho que va de su autobiografía en Auschwitz (1947) a su obra más original y distintiva, El sistema periódico (1975).

En 1961, a mitad de este proceso, recibe una carta de Italo Calvino con comentarios sobre el manuscrito de Historias naturales. Calvino había reseñado con entusiasmo Si esto es un hombre, y encomió la potencia narrativa de un científico convertido en relator incidental. Ante relatos deliberadamente literarios, el autor de El barón rampante fue más severo: “Te falta todavía la mano segura del escritor que tiene una personalidad estilística acabada”.

En 1974 Calvino discute en otra carta el manuscrito de El sistema periódico y dice con parca pero indudable aprobación: “Está muy bien”. El autor turinés ha alcanzado la “personalidad estilística acabada” que Calvino echaba en falta trece años antes.

En forma sugerente, Levi no encontró su voz profunda alejándose de la química sino convirtiéndola en sistema literario. En una conversación de 1984 con Tullio Regge, afirmó: “Me siento más rico que otros colegas escritores porque para mí términos como ‘claro’, ‘oscuro’, ‘pesado’, ‘ligero’, ‘azul’ tienen una gama de significados más extensa. Para mí el azul no es sólo el del cielo, sino cinco o seis azules disponibles […] Es probable que mi escritura refleje más los efectos de haber desempeñado durante treinta años un trabajo técnico que los efectos de los libros que he leído”.

En El secreto de la araña Levi describe la fascinación que le produce el paso de lo líquido a lo sólido y se propone observar los distintos tránsitos de la vida con idéntica atención: “Estamos a la orilla de una selva de connotación simbólica, donde la solidificación puede ser experimentada como positiva o negativa, reconfortante o mortal”. En su caso, resulta ocioso separar al científico del escritor. Con justicia poética, Primo Levi logró la síntesis química de ambos oficios.

El sistema periódico registra las sorprendentes equivalencias entre los elementos y las personas. Conocedor del alemán, Levi valora que en esa lengua la palabra para elemento sea Urstoff, “sustancia primigenia”.

El universo consta de rasgos esenciales que ayudan a entender la infinita variedad de los destinos humanos. En sentido inverso, las metáforas sirven para estimular a los científicos. En un artículo escrito para el periódico La Stampa se refirió a los nombres esotéricos que la ciencia suele darles a sus inventos y descubrimientos. El título de ese texto es “Fuerza del ámbar”. Durante siglos las chispas se asociaron con el ámbar que las producía al ser frotado. El nombre griego de esa resina es elektron. El significado etimológico de la electricidad, productora de chispas, es “La fuerza del ámbar”. En su viaje de ida y vuelta entre el laboratorio y las palabras, Levi se apoyó en la química para fabular y en la poesía para nombrar y humanizar sus fatigas como creador de solventes y barnices.

En el capítulo inicial de El sistema periódico Levi compara a sus antepasados con el argón, gas noble cuyo nombre, tomado del griego, significa “inactivo”. Su árbol genealógico está poblado de gente capaz de soportar presiones extremas con una paciencia que es otra forma de la energía y de la que pueden saltar chispas. El potasio previene al químico del nocivo efecto que las cosas mínimas pueden tener en otras sustancias, es decir, en los demás. Por el contrario, el hidrógeno es el amigo cómplice, la levedad que complementa a alguien taciturno. El plomo, metal cansado, provoca búsquedas insaciables que se transmiten de generación en generación, tienen un efecto acumulativo y representan el peso de la herencia. El níquel escondido al fondo de una mina permite entender que la riqueza es recóndita y que su tenue resplandor puede destacar en regiones que se desprecian. El inestable y comunicativo mercurio parece no tener personalidad propia; necesita “casarse” para encontrar su auténtica personalidad (los alquimistas juzgaban que este elemento volátil, de temperamento femenino, requería del azufre, “tierra ardiente masculina”).

En su juventud Levi fue contratado por un empresario que buscaba un remedio para la diabetes y que le brindó acceso a una biblioteca donde pudo consultar un esotérico libro alemán que parecía dictado por un profeta del Walhalla. Esas páginas hablaban maravillas del fósforo, “portador de luz”. Levi dio de comer plantas con alto contenido en fósforo a unos conejos, esperando que disminuyera su índice de azúcar. En ese tiempo se enamoró de una chica con platónica intensidad. Una tarde ella pidió que la llevara con urgencia en su bicicleta para ver a un novio con el que sostenía un romance turbulento. Mientras pedaleaba en la bicicleta, Levi buscó la forma de seducir a la chica, pero sus palabras fueron tan infructuosas como el fósforo en la dieta de los conejos.

Cuando cae preso, Levi contempla a la distancia el congelado río Dora. Sabe que bajo la capa de hielo las aguas contienen pepitas de oro, una metáfora exacta de lo que la guerra significa para quienes todo beneficio es intangible.

En el campo de concentración, el cerio se convierte para él en una “mercancía secreta”: “Una piedrecita de mechero se cotizaba lo mismo que una ración de pan, es decir, valía tanto como un día de vida. Yo había robado al menos cuarenta cilindros, de cada uno de los cuales se podían sacar tres piedras de mechero acabadas. En total, ciento veinte piedrecitas, dos meses de vida para mí y dos para Alberto [su cómplice en el campo]. Y en dos meses los rusos habrían llegado y nos liberarían. O sea, que nos habría liberado el cerio, elemento acerca del cual no sabía nada, a excepción de que pertenece a la equívoca y hereje familia de las Tierras Raras, y de que su nombre no tiene nada que ver con la cera ni tampoco se llama así en memoria de su descubridor, sino (¡vaya modestia de los químicos de antaño!) en memoria del pequeño planeta Ceres, por haber sido descubiertos el astro y el metal en el mismo año de 1801. Y tal vez fuera esto un afectuoso e irónico homenaje a los emparejamientos de la alquimia; de la misma manera que el Sol era el oro y Marte el hierro, así también Ceres debía ser el cerio”. Gracias al tráfico clandestino de esa tierra rara condensada en las piedras de los mecheros, Levi se mantiene con vida.

¿Y qué decir del carbono, que está en todo, articula el universo y une los ojos que leen una frase con la mano que la escribe? Levi concluye su libro de este modo: “Esta célula pertenece a mi cerebro, y éste es mi cerebro, el de mi ‘yo’ que escribe, y la célula en cuestión, y dentro de ella el átomo en cuestión, se encarga de mi labor de escribir, en un gigantesco y minúsculo juego que nadie ha descrito todavía. Es la célula que en este instante, surgiendo de un entramado laberíntico de síes y noes, hace a mi mano, sí, correr sobre el papel con estas volutas que son signos: un doble disparo, hacia arriba y hacia abajo, entre dos niveles de energía, está guiando esta mano mía para que imprima sobre el papel este punto: éste”.

El sistema periódico relata los incidentes de una vida a partir de los elementos de la naturaleza y los convierte en una gramática cognitiva: quien los conjuga entiende el temperamento del mundo.

En la escuela Levi tuvo como maestro a uno de los mayores escritores del Piamonte, Cesare Pavese, pero encontró su peculiar estética en la química. En un ensayo de L’altrui mestiere (Oficios ajenos) escribe: “penetrar en la materia, conocer su composición y su estructura, prever sus propiedades y su comportamiento conduce a un insight, a un hábito mental de concreción y concisión, al deseo constante de no detenerse en la superficie de las cosas. La química es el arte de separar, pesar y distinguir: tres ejercicios que también son útiles para quien procura describir los hechos o dar cuerpo a su propia fantasía”.

En la extensa biografía que dedica a Levi, The double Bond, Carole Angier recoge esta declaración: “Cada tarde, y sobre todo al final del curso, uno se quedaba con la impresión de haber aprendido a hacer algo, lo cual, según nos enseña la vida, es muy distinto a aprender acerca del algo”. El pasaje recuerda la canónica división entre la ciencia teórica y la ciencia experimental, a la que Levi se dedicaría durante décadas, pero también arroja luz sobre la forma en que aborda a sus personajes, descritos con una precisión molecular, como un químico que analiza minuciosas reacciones en un matraz. De un amigo de infancia dice: “Poseía un valor tranquilo y testarudo, una capacidad precoz de sentir su propio futuro y de darle forma y peso […] Su fantasía era lenta y a ras de tierra; vivía de sueños como los demás, pero los suyos eran obtusos, verosímiles, contiguos a la realidad, no románticos ni cósmicos […] Sus metas siempre eran accesibles. Soñaba con acabar la carrera, y estudiaba con paciencia lo que no le interesaba”.

El sistema periódico es la consolidación del químico y el fabulador. En el capítulo “Cromo”, Levi revisa los primeros años de la posguerra, el descubrimiento del amor y su doble e inquebrantable vocación: “hasta mi misma dedicación a la escritura se volvió una aventura distinta; dejó de ser el itinerario doloroso de un convaleciente y aquel mendigar compasión y rostros amigos para convertirse en una construcción lúcida en la que ya no me sentía a solas. Era la obra de un químico que pesa y reparte, mide y emite juicios sobre pruebas evidentes, y se afana por contestar a los porqués. Junto al alivio liberador propio del veterano de guerra cuando se pone a contar, experimentaba ahora un placer complejo, intenso y nuevo al escribir, similar al que había sentido de estudiante al entender el orden solemne del cálculo diferencial. Era arrebatador buscar y encontrar, o crear, la palabra adecuada, es decir, proporcionada, breve y poderosa; extraer las cosas del recuerdo, y describirlas con el máximo rigor y el mínimo embarazo. Paradójicamente, mi bagaje de memorias atroces se transformaba en riqueza, en simiente. Al escribir, me parecía estar creciendo, como una planta”.

Levi fue un lector generoso que rindió tributo a Rabelais, Queneau, Mann, Huxley, Manzoni, entre otros. Sin embargo, su galería de preferencias no incluía a dos de las principales figuras del siglo XX literario: Kafka y Borges. Bucciantini concluye su libro tratando de explicar este repudio. Kafka imagina una sociedad totalitaria y Borges traza laberintos que describe como “una casa labrada para confundir a los hombres”. Levi había vivido un horror demasiado real y no aceptaba esas ficciones opresivas. Es posible que su juicio estuviese normado por un razonamiento más ético que estético. Lo cierto es que no toleraba las elegantes conjeturas que proponían versiones del mal. En cambio, encomiaba los lúdicos laberintos de Calvino porque sí tenían salida.

El río de sangre del siglo XX confrontó a Levi con una realidad que no necesitaba ser exagerada desde el arte. En ese entorno, buscó el lenguaje secreto de las cosas. Su aprendizaje comenzó tras el cristal de un laboratorio. Ante el picante humo que emanaba de un crisol, respiró las raras partículas de la materia y levantó la vista para vincular lo infinitamente pequeño con el inagotable repertorio del mundo. Perseguido por el fascismo y el nazismo, se concentró en un mapa que no mentía: “la tabla periódica de los elementos representa [para él] el libro de la ‘verdadera’ filosofía”, escribe Bucciantini. La química fue su fuente de liberación.

Mientras los tiranos perseguían la ciencia y la libertad, y practicaban el exterminio, Primo Levi estudió las propiedades de la materia y las entendió como propiedades del espíritu. El conocimiento y la imaginación fueron las señas de su rebeldía.

Nada destruye al átomo que pasa de una planta a un cuerpo, de un cuerpo al aire y se convierte en símbolo, letra, palabra verdadera.

 

Juan Villoro
Escritor y periodista. Entre sus libros más recientes: El vértigo horizontal, La utilidad del deseo y El ojo en la nuca.

 

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