A las cuatro y cuarto de la mañana de junio, 1944, el capitán de grupo James Martin Stagg, un meteorólogo del ejército británico, llegó a la biblioteca de una gran mansión en la costa sur de Inglaterra. Al otro lado de la habitación estaba el general Dwight D. Eisenhower, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas —el hombre al que Stagg necesitaba para convencerlo de que el Día D debía posponerse. Las condiciones para el lanzamiento del ataque tenían que ser así: luna llena para la visibilidad, y mareas bajas para exponer a las defensas alemanas submarinas. Eso dejaba una estrecha ventana de tan sólo tres días en junio, y el 5 de junio era la fecha que los generales habían resuelto. Pero los buques y los aviones de guerra necesitarían también mares en calma y cielos claros, y aquí Stagg y su equipo habían visto un problema.

Aunque afuera los cielos prometían una mañana brillante, los meteorólogos calculaban que una serie de tormentas estaba a punto de cruzar por el Atlántico, obstaculizando las posibilidades de éxito. Los generales estaban recelosos de cualquier demora, pero Eisenhower a regañadientes convino en postergar. Pocas horas después, Stagg tenía mejores noticias. Las estaciones meteorológicas de los aliados reportaban un frente de alta presión que llegaría a las playas de Normandía el 6 de junio. El tiempo no sería el ideal, pero sí lo suficiente para proceder. Eisenhower dio la orden de reprogramar la invasión.

Es difícil exagerar la importancia de ese pronóstico meteorológico. Si los aliados se hubieran ceñido al plan es probable que la invasión fracasara. De haberla pospuesto hasta el siguiente intervalo de luna y marea favorables, habrían perdido los elementos de sorpresa. Los meteorólogos alemanes también habían  previsto las tormentas, pero se les fue la importancia del breve atisbo calma. Estaban tan seguros de que un ataque aliado era imposible que el mariscal de campo Erwin Rommel, el comandante de las defensas de Normandía, decidió tomarse unos días para ir al cumpleaños de su esposa. Incluso le compró en París un par de zapatos nuevos para la ocasión. Años más tarde, cuando le preguntaron a Eisenhower por qué el Día D había sido un éxito, consta que dijo: “Porque teníamos mejores meteorólogos que los alemanes”.

 

Fuente: The New Yorker, julio 1, 2019.

 

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