Lograr una vivencia plena de la dimensión acústica en entornos urbanos es fundamental para una relación de bienestar entre las personas y el medio que nos rodea. En las ciudades, los paisajes sonoros están compuestos por una serie de estímulos acústicos que en su mayoría sobrepasan los límites establecidos, además de ser una situación de la cual la gran mayoría de la comunidad afectada no es consciente. Un paisaje sonoro es una forma de información y comunicación con el ambiente que nos rodea. Murray Schafer, creador de este concepto, contempla al ser humano como el intérprete de su mundo perceptivo. Por ello, a través de la ecología acústica aborda la relación entre los individuos y el entorno sonoro inmediato, introduciendo una dimensión estética del sonido que permite construir el medio ambiente acústico como una composición musical.

Lamentablemente, esta concepción queda oculta en el entorno urbano actual debido a la contaminación acústica. El incremento en la intensidad sonora de las ciudades está ocasionando que se considere al ruido como un problema de salud pública. La complejidad del fenómeno sonoro, que cuenta con elementos objetivos y subjetivos requiere de un mejor entendimiento del cómo escuchamos, cómo nos hemos habituado al ruido, cómo hemos modificado nuestras conductas, pero también de qué tan conscientes somos de esta problemática contrastado con los datos que aporten las mediciones, contribuirá a una mejor gestión del medio sonoro.

Ilustración: Estelí Meza

El incremento de los niveles sonoros en las ciudades no es un fenómeno reciente, pero en los últimos años se ha constatado que la permanencia, variedad y diversidad de sonidos ha aumentado en las sociedades, caracterizando a los paisajes sonoros como ruidosos.

 

Un paisaje sonoro (soundscape) se refiere al entorno sonoro de un momento concreto, en el cual intervienen múltiples variables. “Un concepto que define las características acústicas de estos espacios de una forma similar al modo en que las formas y los colores están relacionados con el paisaje visual; el cual les imprime una cualidad específica que produce una variedad de sensaciones y emociones en todas las personas que los perciben”.1

El estudio de los paisajes sonoros comienza a tener interés en los años setenta, en la Universidad Simon Frasier de Vancouver, a partir de los estudios realizados por el compositor, educador y escritor Murray Schafer. Él formula una nueva manera de entender el ambiente sonoro al acuñar el término soundscape, haciendo referencia a la forma en que la población percibe el ambiente sonoro de un determinado lugar.

Para Schafer un paisaje sonoro es un ambiente en donde lo más importante es la manera en que es percibido e interpretado por el individuo o la sociedad.2 Se entiende como el entorno acústico, referido al campo sonoro total sin importar el lugar en el que nos encontremos,3 es decir, que no se limita únicamente a los espacios exteriores.

Es importante señalar la implicación cultural en el concepto de paisaje sonoro, ya que la influencia de un entorno social afecta la forma en que el individuo percibe y se relaciona con el mismo. Con su presencia, el escucha es a su vez creador y modificador constante del paisaje sonoro a partir de su pertenencia e interacción con un espacio. Si hablamos de paisaje natural y paisaje urbano al referirnos a los elementos que componen un lugar y que en mayor medida lo caracterizan, hablar de paisaje sonoro es pertinente ya que de la misma forma estamos relacionando lo que define un espacio a partir de lo que escuchamos. En este sentido, “algunos estudios en este campo han demostrado que los paisajes sonoros en los medios urbanos están constituidos por una amplísima variedad de sonidos diferentes, agradables unos y desagradables otros. La evaluación subjetiva de un determinado paisaje sonoro no depende sólo de las características físicas de los sonidos que forman parte de él (básicamente intensidades y frecuencias), sino también de la información que puedan proporcionar esos sonidos, del contexto específico en que se produce dicha percepción y de los significados culturales y sociales que para cada uno de los habitantes puedan tener los sonidos en cuestión”.4

En la actualidad este tipo de estudios defiende que la calidad sonora urbana debe contar con criterios más innovadores y amplios, para conseguir mejores resultados, y no se debe centrar únicamente en planteamientos defensivos con soluciones fáciles y convencionales, basadas en el aislamiento o la eliminación de la fuente. La incorporación de análisis de percepción de la escucha, la relación que existe entre el ambiente construido y el comportamiento del sonido, el integrar el espectro de frecuencias a los estudios sumaría información útil a lo meramente cuantitativo.

 

Nos parece importante retomar la etimología de la palabra “ruido” que proviene del lat. rugĭtus, “rugido”, que en latín vulgar tomó ya el sentido de “estruendo”: el verbo correspondiente a RÛGIRE se conservó en el cast. ant. y judesp. ruir “susurrar”, ast. ruxir, “hacer ruido”, pensando en el concepto como algo que interrumpe. Para otros significados vale “rumor, noticia, fama”… o bien “barullo, discordia”. En latín se aplicaba casi siempre al rugido del león y otros animales. En cuanto al verbo RÛGIRE, se conservó hasta la Edad Media en el cast. ant. ruir “murmurar, hacer ruido”. Para la RAE, ruido (del lat. rugĭtus) es un sonido inarticulado, por lo general desagradable (De Gortari, 2013).

En su investigación sobre el ruido, Garret Keizer menciona algunas definiciones que otros autores han hecho sobre el término: “sonido fuera de lugar”, “contaminante”, “abuso sónico” y “sonido no deseado”.5 Para Kosko, el ruido es molesto porque enmascara o corrompe nuestras señales predilectas.6 En este tono, Casadevall sugiere que se debe comenzar definiéndolo como un sonido que se interpone entre un mensaje que queremos escuchar.7

El sonido es ruido cuando sus componentes físicos perturban la relación entre el hombre y su entorno. También cuando la energía acústica causa tensión indebida y un daño fisiológico real. En términos tradicionales, el sonido suele ser clasificado como ruido cuando daña el mecanismo auditivo, cuando causa en el cuerpo otros efectos que son dañinos para la salud y la seguridad, quita el sueño y no deja descansar, interrumpe la conversación u otras formas de comunicación, cuando molesta o irrita (García y Garrido, 2003).8

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como un estado completo físico, mental y de calidad de vida, y no únicamente como ausencia de enfermedad, y reconoce como derecho fundamental de todo ser humano el disfrute de la salud en su estándar más alto.9 Valorar los entornos acústicos como armoniosos o saturados se realiza a partir de la utilización de la unidad decibel (dB) como forma de medir la intensidad de los sonidos, un equivalente aproximado a nuestra sensación auditiva de las variaciones de intensidad acústica.

La OMS recomienda que las personas no se expongan por tiempos prolongados a intensidades superiores a los 55 dB, situación que bajo las condiciones actuales de las dinámicas urbanas es improbable cumplir. Con intensidades a partir de los 85 dB se vulnera el sistema nervioso de las personas, provocando estrés, fatiga, ira, además de afectaciones más evidentes, como sordera y otros daños irreversibles al oído.

Según la misma organización aproximadamente 466 millones de personas10 en el mundo tienen deficiencias auditivas11 por diversas causas —se estima que para 2050 una de cada diez personas padecerá pérdida de audición (900 millones de personas)—, la mayoría de las personas con este padecimiento viven en países de ingresos bajos y medianos. En México el último censo indica que viven cinco millones 739 mil 270 personas con discapacidad auditiva, de las cuales 12.1% son sordas.

Se reconoce al ruido ambiental como una de las causas para esta pérdida, es decir, el ruido exterior producido por el tráfico terrestre y aéreo, la industria, las obras de construcción, la vida nocturna y el uso excesivo de alarmas y bocinas. Asimismo, se estima que mil 100 millones de jóvenes (entre 12 y 35 años de edad) están en riesgo de padecer pérdida de audición por su exposición al ruido en espacios recreativos y por el uso indiscriminado de auriculares a intensidades perjudiciales para la salud. En oídos normales la pérdida de audición por causas naturales se presenta más o menos a los 60 años; sin embargo, ha comenzado a detectarse sordera prematura en personas de 25 años por causa de hábitos de escucha relacionados con la asistencia regular a discotecas y salas de conciertos, la escucha prolongada de audífonos y el uso de juguetes sonorizados como armas, robots, coches y videojuegos.

La OMS indica que América Latina es la región más ruidosa del mundo y varias ciudades latinoamericanas están entre las más saturadas acústicamente, encabezan esta lista: Sao Paulo, Ciudad de México, Buenos Aires, Caracas y Lima.

 

El sonido se ha convertido en un tema de investigación en años recientes dentro del campo del urbanismo, dados los problemas de contaminación acústica que padecen la mayoría de las ciudades como consecuencia, principalmente, del crecimiento del transporte individual y público, así como al gran número de obras de construcción que se llevan a cabo. La mayor parte de los estudios se ha centrado en el control del ruido en las calles, a través de cálculos, simulaciones y mediciones de los ambientes sonoros, así como en la mejora del control del tráfico, el aislamiento de las edificaciones y las normativas acústicas.12

El ruido es el principal elemento de la contaminación acústica, y en el contexto urbano se compone por aquellos sonidos percibidos fuera de casa, en los entornos construidos, los cuales superan los límites legalmente establecidos. El ruido puede causar enfermedades crónicas como la hipertensión o enfermedades cardíacas como la isquemia. En ámbitos como el escolar afecta la comprensión, la memoria o el proceso de resolución de un problema, pérdida de audición, trastorno del sueño, reducción del rendimiento, así como efectos sobre el comportamiento social. Estas afectaciones son particularmente evidentes en entornos con gran actividad de comercios, tráfico vehicular y trabajos de construcción.

Las implicaciones del sonido en la vida cotidiana tienen un matiz aún más complejo, en el cual se deben considerar las condiciones subjetivas que lo sonoro manifiesta en la percepción de las personas, al igual que factores ambientales, físicos y sociales que llegan a determinar la recepción de un estímulo acústico como agradable o molesto. Es importante destacar la dinamicidad del sonido, que también permite el enriquecimiento y otorgamiento de sentido de los diferentes lugares en los que se desarrolla la vida, si bien desde una valoración subjetiva del ambiente sonoro, el cual depende no únicamente de su intensidad sino también de la información que contiene, el contexto en el que se percibe, y de los significados sociales y culturales que le son atribuidos por el receptor.

En resumen, los paisajes sonoros están compuestos por una serie de estímulos acústicos que en su mayoría sobrepasan los límites establecidos, siendo perjudiciales para el óptimo desarrollo para el que fueron concebidos, además de ser una situación de la cual la gran mayoría de la comunidad afectada no es consciente. Por lo tanto, se hace necesario establecer e identificar zonas acústicas sensibles para proponer oportunidades de actuación a corto, mediano y largo plazo donde la participación activa de la comunidad involucrada permita minimizar las afectaciones por ruido y se trabajen recomendaciones para la política pública en materia sonora.

Lograr una vivencia plena de la dimensión acústica del paisaje rural o urbano es fundamental para una relación de bienestar entre personas y medio. La composición de los paisajes sonoros es a la vez natural y compleja, ya que su diseño no se hace desde arriba y afuera, más bien desde abajo y desde adentro, estimulando no sólo individualmente, sino impactando grupalmente a personas para que aprendan a escuchar los sonidos que les rodean con una mayor atención crítica. Crear una consciencia del entorno sonoro en un determinado momento es preocupación central de la obra de Schafer. Este nivel de conciencia permitirá acercarnos a los sonidos de un lugar desde la certeza de que estamos accediendo a la esencia misma de los espacios.

 

Jimena de Gortari Ludlow
Profesora de tiempo completo del Departamento de Arquitectura, Urbanismo e Ingeniería Civil de la Universidad Iberoamericana. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Autora del libro Guía sonora para una ciudad. Consejera ciudadana de la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México.

Juan Manuel Núñez
Doctor en geomática. Investigador del CENTRUS-Ibero. Sus líneas de investigación son: geomática aplicada al monitoreo de bosques y áreas verdes; análisis espacial para la valoración de servicios ecosistémicos y percepción remota urbana.


1 García, A., La contaminación acústica: fuentes, evaluación, efectos y control, España, Sociedad Española de Acústica, 2006.

2 Carles, J. L., “L’estètica dels sons a la vida cuotidiana”, Revista d’etnologia de Catalunya, 26, 2005, pp. 50-59.

3 Schafer, M., Hacia una educación sonora, México, Conaculta, 2006.

4 López, I., “Medio ambiente y salud: impacto del ruido”, Papeles del psicólogo, núm. 67, 1997.

5 Keizer, Garret, The unwanted sound of everything we want: A book about noise, PublicAffairs, 2010.

6 Kosko, B., Noise, Estados Unidos, Viking Penguin, 2006.

7 Casadevall, D., “Paisaje sonoro: ciencia y conciencia”, Revista Prodiemus, Cataluña, 2011.

8 García, B. y Garrido, F. (2003), La contaminación acústica en nuestras ciudades, Fundación La Caixa.

9 WHO (Regional Office for Europe), Night Noise Guidelines for Europe, Dinamarca, World Health Organization, 2009.

10 De este estimado 34 millones son niños. El 60% de los casos de pérdida de audición en niños se deben a causas prevenibles (fuente: www.who.int).

11 Se dice que alguien sufre pérdida de audición cuando no es capaz de oír tan bien como una persona cuyo sentido del oído es normal, es decir, cuyo umbral de audición en ambos oídos es igual o superior a 25 dB. Las personas sordas son aquellas que oyen muy poco o nada (en www.who.int).

12 García, A. et al., Environmental urban noise, Ashurst, Southhampton, Wit Press, 2001.

 

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