La Guerra Fría fue quizás la primera época global de la historia, no sólo por la potencia tecnológica alcanzada por la URSS y Estados Unidos, sino también por las visiones del mundo que lideraron. El enfrentamiento continuo modificó en forma directa o indirecta a todos los países, con escalas de violencia de naturaleza diferente pero que no se pueden minimizar. A fin de cuentas el mismo término “Guerra Fría” es falso, o al menos sólo vale para unos países de una parte del globo. Lo dijo contundentemente Kissinger a Allende: “recuerde señor presidente que la distensión sigue el eje Oeste-Este y de ninguna manera el Norte-Sur”. De ahí que historiar la Guerra Fría sigue siendo una tarea nada fácil, máxime si se confunde la definición con la realidad, perpetuando historias céntricas y atribuyendo a las dos superpotencias una capacidad de “gobierno” del mundo que nunca lograron, lo cual no quiere decir que las dos no tuvieron “peso”. El caso de Asia habla por sí mismo y el de África también —aunque en términos diferentes. Mientras que el de América Latina se quedó por demasiado tiempo atado a una mirada céntrica y dependentista, a lo sumo interrumpida por episodios clamorosos como la Revolución cubana, los golpes de Estado, etcétera.

Hay que ubicar el libro de Vanni Pettiná en este contexto para valorar su carga innovadora, empezando por una paradoja editorial: El Colegio de México editó la obra en su benemérita y prestigiosa serie de “Historias mínimas”, pero en este caso no existían “Historias máximas”. Así que nuestro autor tuvo que lanzarse sin paracaídas; por suerte suya y nuestra aterrizó bien, sin quebrarse, o sea sin escribir un resumen apretado de cosas ya conocidas de sobra. El logro más importante es que al terminar de leer la obra el lector podría con toda razón cambiar el título: en lugar de Historia Mínima de la Guerra Fría en América Latina poner “América Latina en la Guerra Fría”, y vamos a ver rápidamente cómo justificar este aparente “arbitrio”.

En primer lugar, debemos valorar el primer capítulo porque su ubicación no es tan obvia como parece. Si por una parte los historiadores serios dan cuenta de lo que se escribió “antes”, por la otra el intento de Pettiná es diferente: su análisis de la historiografía previa tiene el fin de desentrañar los posibles hilos que se enlazan con su trabajo e identificar así los desenlaces pendientes. De ahí que el más estratégico resulta ser el cronológico. No es cuestión de fechas sino de los procesos que permiten definir la época. No cabe duda de que hubo autores (pocos) que sostuvieron con fuerza la necesidad de salir de la tipica visión “pasiva” de América Latina, algo que se sigue repitiendo a cada rato, pero es llamativo que no se hayan sacado todas las consecuencias conceptuales. La primera es redefinir el concepto de “Guerra Fría” en América Latina para dejar atrás el “dependentismo” y su otra cara, el “centrismo”. Nótese que el mismo reto lo viven todos aquellos que se ocupan de las demás historias en Latinoamérica: la política, la económica, la cultural, y hasta la etnohistórica, todos tienen este problema tan crucial. Así que este libro entra a justo título en la corriente que busca una “normalización” historiográfica de América Latina.

Si se acepta que la Guerra Fría no fue tal en el eje Norte-Sur, entonces las fechas necesitan una redefinición de los procesos específicos latinoamericanos para sacarlos de lo “episódico” y así redescubrir sus lógicas endógenas, Aquí Pettiná propone dos conceptos dinámicos, capaces de dar cuenta de como el continente se metió en el enfrentamiento “global” durante medio siglo: “fractura externa” y “fractura interna”. Tenemos la sospecha de que el autor reflexionó mucho sobre la oportunidad de emplear los dos términos: “fractura” no es “ruptura” ni “cleavage”, sino un trauma que deja siempre señales. En otras palabras, el uso metafórico del concepto no implica una visión bipolar de las cosas; las fracturas no dividen, crean condiciones nuevas al interior del mismo sujeto y del mismo contexto. La “externa” se refiere obviamente a la que se dio a partir de 1947, cuando en Estados Unidos empezó una reacción bastante violenta en contra de la política Roosveltiana y no solo en contra de las exteriores, sino en primer lugar de la internas, empezando por el New Deal. Recuperar, como lo hace el libro, el conjunto de los cambios que se dieron en el norte del continente, significa poner al centro de la historia aquellas fracturas que se originaron en el Norte como en el Sur y que no tuvieron el comunismo como enemigo sino retos estructurales endógenos y actores diferentes. Antes de 1947 los comunistas no fueron un peligro en ninguna parte de las dos Américas, y sabemos muy bien que hubo frentes populares en el sur perfectamente tolerados por la política de “buena vecindad”. Tampoco los comunistas cambiaron de política tras la Segunda Guerra Mundial, fueron muchos más prudentes que antes. Lo que sí cambió rotundamente fue el papel de las políticas públicas tanto al norte como al sur. La así dicha política de “sustitución de importaciones” sigue siendo muy discutida en sus logros pero no podemos olvidar dos datos: entre los años 30 y 40 por primera vez en la historia de América Latina se discutió sobre políticas industriales; y en segundo lugar, la “cuestión comunista” fue una magnífica oportunidad para las oligarquías latinoamericanas de restaurar el patrón exportador tradicional, pero en un contexto interno que ya no era el decimonónico. Sobre este punto Pettiná afirma algo que merecería todo un estudio detallado: la “cuestión comunista” fue manejada en contra de la “cuestión nacionalista”, fruto inevitable de las políticas industriales del desarollismo. Lo muestra el caso cubano, que justamente ocupa un lugar central en el libro. La misma CIA en 1958 tuvo que reconocer que Fidel no era comunista aunque sí afirmó que era “peligroso”. Por otra parte en el caso de México, por razones obvias, las dos cuestiones no se podían confundir, y en otros trabajos Pettiná muestra cómo este país pudo tener un margen de política exterior sin la necesidad de desarticular sus políticas públicas. En otras palabras, México “entró” en el nuevo orden internacional de la segunda posguerra sin fracturas internas porque hizo su revolución “a tiempo”, algo que merece justamente nuestra atención.

México y Cuba definen así el campo de una reflexión: los dos países entraron en la Guerra Fria por caminos radicalmente opuestos, y el eje de los procesos no fue la cuestión comunista sino la nacionalista. Si miramos al conjunto del ex Tercer Mundo no es difícil darnos cuenta de las notables analogías. Ho Chi Minh por ejemplo siempre privilegió la “cuestión nacional”, su comunismo temprano fue en línea con la estrategia de la Tercera Internacional, pero a partir de 1945 buscó sin éxito el apoyo de Truman para liberar Vietnam de la restauración colonial francesa.

La Carta Atlántica de Roosevelt-Churchill fue hecha trizas por quienes siguieron liderando el “mundo libre” y el resultado fue la victoria del comunismo en gran parte de Asia, a pesar de que la URSS no era en aquel entonces la potencia que conocemos.

Una mirada comparativa nos ayuda a entender la profundidad de la “fractura interna” latinoamericana, que por supuesto se dio con modalidades diferentes en cada país, pero también con rasgos comunes dramáticos. Recordamos por un momento el tema de las reformas agrarias.

Si hay algo que no ha cambiado desde la posguerra (hasta hoy) es la terca oposición de las élites tradicionales a una medida que no tiene nada a que ver con el comunismo. La mayoría de la población latinoamericana es urbanizada desde unas décadas y sin embargo los focos de violencia siguen en el campo. La Alianza por el Progreso puso la reforma en su agenda pero sin éxito, y los responsables del fracaso no estaban en Washington. De manera que el concepto de “fractura interna” permite recordar hoy datos casi olvidados. Un capítulo central del libro es dedicado a la “Guerra Fría interamericana”, término creado por Harmer pero utilizado por Pettiná para marcar un hito histórico, una profundización de la fractura interna, en fin el terror sistémico que los militares impusieron a nivel continental tras la caída de Allende. La “década del terror” fue un momento clave para el subcontinente, y (otra vez) no tanto por la cuestión comunista a pesar de la guerrillas cuyas equivocaciones políticas y culturales fueron evidentes desde el primer momento, sino por la gran novedad de las dictaduras: en el pasado los golpes fueron siempre “restaurativos” del orden, en la década de los 70 lo cambiaron, y profundamente, puesto que lanzaron políticas neoliberales que anticiparon la “globalización”. El crecimiento sin desarrollo, la imposición de una economía por primera vez desocializada empezó en América Latina antes que en otras partes del mundo (con la excepción obvia del Norte) y la Guerra Fría cubrió otra vez decisiones maduradas al interior de los establishments del subcontinente. El caso chileno es muy llamativo. Ya antes de Allende los hijos de las élites se fueron por caminos radicalmente opuestos: hubo quien estudió con los Chicago Boys y quien con los jesuitas de Lovanio. Muchos de estos últimos militaron en Unidad Popular, mientras que los primeros trabajaron con Pinochet.

Este libro de Pettiná merece mucha atención y mucha reflexión. No es una síntesis ni una historia “mínima”. Abre un camino que podría llegar muy lejos si aceptamos la mirada que sugiere: transitar definitivamente a una “Historia de América Latina en la Guerra Fría” para “normalizar” finalmente aquella época tan densa y decisiva que vivió nuestro subcontinente.

 

Antonio Annino

 

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