La educación se puede considerar como una causa eficiente de cambio social. Es cierto, la educación por sí misma no puede acabar con la (inmensa) pobreza que México padece, pero sí puede contribuir a mitigarla y disminuirla. La aspiración que tenemos todos —autoridades y maestros— es la de dotar a cada alumno con los elementos indispensables para que se desenvuelva con éxito en el mercado de trabajo, para que se preocupe por los problemas sociales y tenga una vida satisfactoria.

El fin que perseguimos con el cambio social es combatir la degradación social (violencia, inseguridad, pobreza, corrupción, impunidad, ilegalidad, etcétera) y construir una sociedad justa y democrática. Esta es la línea estratégica que propone el nuevo gobierno.

Pero para que la educación desarrolle al máximo su potencial de cambio las escuelas deben renovarse, reorientar su operación, funcionar de una forma eficaz y equitativa. El secretario de Educación, Esteban Moctezuma, ha dicho repetidamente que esta administración se propone lograr, al mismo tiempo, una educación con equidad y con calidad. Las anteriores administraciones se preocupaban en mayor medida por la calidad, pero sin atender la equidad; se buscaba elevar los aprendizajes, pero sin atender la distribución social de estos.

Los resultados de aprendizaje son lamentables. Un 50% de los alumnos de educación básica obtienen en calificaciones insuficientes en Lengua y en Matemáticas son un 60%. Estos resultados son desastrosos, aunque sólo miden dos asignaturas cognitivas,

Pero la desigualdad atraviesa todas las áreas del Sistema Educativo Nacional: hay desigualdad en el acceso a la escuela, en la dotación de escuelas, en la oferta de maestros, en la provisión de servicios de apoyo, en la infraestructura, en la distribución de materiales y equipos.

La desigualdad en resultados de aprendizaje y en la condición de las escuelas es también una desigualdad social. Las buenas calificaciones y las mejores condiciones de estudio se observan en las zonas urbanas y en alumnos que provienen de grupos sociales con mejores condiciones de vida y, por el contrario, las malas calificaciones y las peores condiciones escolares las sufren los estudiantes cuyas familias pertenecen a los grupos sociales más pobres y marginados.

El secretario de Educación ha sostenido que la transformación educativa sólo será posible con la gestación de una Nueva Escuela Mexicana cuyos objetivos, como antes se señaló, serían construir un sistema educativo con equidad y promover la calidad o excelencia de la educación. ¿Será posible lograr esta doble meta? Esto, desde luego, no se va a lograr se sigue haciendo en las escuelas lo mismo que se ha hecho en las últimas décadas. Esta estrategia sólo será viable si promueven cambios en la práctica docente y en el funcionamiento de la escuela.  

¿Qué cambios? Cambios que eleven los aprendizajes y simultáneamente los redistribuyan entre los alumnos. Esto nos obliga a revisar a fondo la estructura y el funcionamiento de los componentes esenciales del sistema educativo: prácticas de enseñanza, contenidos, materiales, organización escolar y métodos de diagnóstico y evaluación. Así podremos construir la Nueva Escuela Mexicana.

La Nueva Escuela Mexicana se funda en una nueva filosofía educativa, en nuevos objetivos y nuevos métodos: su filosofía es el cambio social, su objetivo principal es ampliar los fines educativos, ir más allá de lo cognitivo, formar al alumno en todos sus aspectos, es decir, en lo cognitivo, en lo emocional, en lo físico, en lo moral, en lo estético y en lo cívico. Por esta razón hablamos de que la Nueva Escuela Mexicana es esencialmente humanística.

Ilustración: Gonzalo Tassier

La búsqueda de la calidad nos lleva a dejar atrás las inercias que dominan en la enseñanza y asimismo renovar la formación de profesores. ¿Cuáles son esas inercias de la enseñanza? ¿Cómo se enseña hoy?

Hay muchas formas de enseñanza que se practican en la educación básica de México, pero la forma probablemente más difundida se basa en el uso sistemático del libro de texto; tal enseñanza hace un uso excesivo, mecánico, del libro de tal modo que limita la participación activa del alumno, no deja lugar al diálogo y a la creatividad, estimula la memorización. Sin embargo, debemos reconocer que utilizar este método de enseñar no es algo opcional para el docente. La responsabilidad de esa rigidez es el sistema mismo cuyos planes de estudio y libros de texto son exhaustivos y reglamentan hasta el último detalle la práctica de la enseñanza. Son una especie de camisa de fuerza que se impone sobre la voluntad del profesor y del alumno. Pero la realidad de la docencia en educación básica es algo mucho más complejo. Junto a esta modalidad tradicional de enseñanza coexisten muchas otras prácticas alternativas impulsadas por los propios docentes, prácticas innovadoras, participativas y creativas que alcanzan, muchas veces, excelentes resultados. El sistema educativo —verdad de Perogrullo— no es uniforme, es enormemente diverso.

A nosotros, como autoridades, nos compete promover nuevas formas de enseñar, formas más activas, que se funden realmente en el interés del niño, formas activas, lúdicas, que hagan de la escuela un lugar amable y placentero, que favorezcan el aprendizaje colectivo y que partan realmente de los intereses del alumno.

Un elemento esencial de esta renovación de la enseñanza reside en la renovación de los planes de estudio. En primer lugar, los planes de estudio de educación básica deben reflejar los propósitos humanistas de la Nueva Escuela Mexicana; en segundo, tener una flexibilidad que hoy no tienen a fin de permitir la puesta en práctica de modelos curriculares alternativos (que puedan ser experimentados desde una escuela hasta un estado completo); en tercer lugar, deben recoger en su interior elementos sustantivos de las culturas étnicas; en cuarto lugar, deben otorgar una posición central, destacada, a la educación emocional-moral y cívica de los alumnos si aspiramos, como hemos dicho, a formar en la escuela a buenos ciudadanos y a fortalecer la democracia.

Por otro lado, surge esta cuestión: ¿Cómo formar a los maestros para esta nueva práctica educativa? La formación actual —inicial y continua—muestra a veces una proclividad hacia los contenidos académicos y otras veces pierde de vista que la enseñanza es una práctica y, como tal, debe fundarse en la acción misma de enseñar. Se aprende a enseñar enseñando. Las escuelas normales deben fortalecerse y estrechar su  relación con las escuelas de educación básica, tal vez ofreciendo a los maestros de banquillo formación continua o realizando investigación educativa sobre los diversos aspectos de la vida escolar.  

La formación continua, a su vez, deberá orientarse principalmente a la mejora de la práctica de la enseñanza. La formación académica superior (maestrías, doctorados) de los docentes de educación básica es una vía legítima que puede seguirse, pero no debe perderse de vista que, en ocasiones, la obtención de grados superiores aleja a los profesores del aula y los orienta hacia el profesionalismo académico-universitario. Igualmente, en la formación continua no se trata sólo de que, desde un escritorio, un burócrata decida qué materiales o cursos deben dárseles a los docentes, sino que, para diseñar la oferta de formación continua, previamente las autoridades deben recoger la opinión del magisterio las necesidades —teóricas y prácticas— que necesitan para mejorar su práctica.

Los materiales educativos deben ser abundantes y diversos. Se deben incluir entre ellos, además de libros de calidad, equipo y recursos digitales, videos, películas, bagaje lúdico, instrumentos musicales y pertrechos para educación física y deporte. Debe existir en cada escuela, por humilde que sea, una rica oferta de materiales educativos que a veces podrán ser improvisados (como frecuentemente ocurre) con imaginación y creatividad por maestros, alumnos y padres de familia.

La Nueva Escuela Mexicana propone una nueva educación fundada en la equidad. ¿Qué es la equidad? ¿Cómo lograrla? El valor de referencia de la equidad es el aprendizaje de los alumnos. Una escuela es más equitativa cuando la mayoría –o todos—los alumnos aprenden.

Para que todos los alumnos aprendan (esto, obviamente, es un ideal a lograr) es necesario poner en práctica nuevas formas de enseñar, formas que busquen personalizar la enseñanza y el aprendizaje y que atiendan las diferencias entre el alumnado. Para poner en práctica esta pedagogía diferenciada es necesario conocer los rasgos físicos, mentales, familiares de cada alumno. Su punto de partida de la enseñanza debe ser un diagnóstico individual de cada alumno en el inicio del ciclo escolar.

Pero la equidad supone la inclusión. Todos los alumnos que hasta ahora han sido excluidos de la educación de calidad, deberán ser incluidos. La equidad exige, además, igualdad de condiciones en el ingreso a la escuela, de ahí el enorme valor que adquiere la introducción dentro del artículo tercero de la educación inicial (0-3 años) pues esta educación temprana contribuirá a disminuir las desigualdades que muchos alumnos muestran al entrar a la escuela.

Para poner en práctica una educación con equidad es necesario concentrar la atención en la base de la pirámide del sistema escolar, es decir, en educación inicial, en educación preescolar y en los dos primeros grados de la educación primaria. La investigación educativa ha demostrado —en abundancia— que es en esos años la receptividad y la inteligencia de los pequeños es mayor y los efectos del aprendizaje son más duraderos.

En segundo lugar, es necesario que las autoridades orienten su principal esfuerzo de política hacia las áreas sociogeográficas con más deterioro del sistema educativo: sur-sureste de México, zonas rurales remotas, o urbanas marginales, en especial regiones indígenas. Estas áreas socio-geográficas tienen escuelas de baja calidad como las escuelas CONAFE, las escuelas multigrado, las telesecundarias, los bachilleratos comunitarios, etc. Hay que trabajar intensamente en estas regiones para poner sus escuelas a la altura del promedio nacional, lo cual implica, obviamente, un enorme esfuerzo institucional y una gran inversión de recursos.

Estas son las metas a lograr en la construcción de la Nueva Escuela Mexicana en los niveles de educación básica, metas que exigen, igualmente, un esfuerzo nuevo y renovado de las autoridades educativas. Obviamente no se trata de imponer un cambio abrupto en el sistema, se debe avanzar gradualmente y sustentar la acción en evidencias y en criterios de buen sentido común. La Nueva Escuela Mexicana sólo será realidad con el compromiso y la participación de todos.

 

Gilberto Guevara Niebla
Titular de la Coordinación de Estrategias Institucionales de la SEP y columnista de La Crónica de hoy.

 

Un comentario en “La Nueva Escuela Mexicana

  1. Tenemos que aprender mucho de las experiencias exitosas locales y extranjeras, me imagino lo que se ha escrito de la filosofía de la educación rural mexicana en los años 20 y 30 del siglo pasado, también me viene a la memoria la educación cubana y la pedagogía de Paulo Freiré, también la propuesta actual de las comunidades zapatistas, incluso de los países líderes en calidad de vida a nivel mundial, todo ello se debe retomar en la propuesta de la Nueva Escuela Mexicana, que debe ser integral, ciencias, historia, cultura, artes, deporte, medio ambiente, ética y civismo, requerimos una escuela cuyos protagonistas principales estén conformados en verdaderos equipos del CAMBIO: Maestros, alumnos, padres de familia y asesores en todos los campos.

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