El siguiente relato pertenece a Mínimas despedidas, el regreso de Lorea Canales a la narrativa mexicana en ediciones Dharma Books. Entre el humor y la rigurosidad, sus personajes —en estos 13 cuentos— reclaman ser escuchados, haciendo visible lo que a primeras luces se difumina. Muestran sin ambages el México contemporáneo, deambulando por varias clases sociales, geografías y épocas. A propósito de este volumen, Fabio Morábito comenta lo siguiente: “es como si en cada historia [la autora] se colocara en el centro de una nebulosa y no tuviera el tiempo de abarcar toda la extensión, dejando en el lector la sensación agridulce de haber atrapado sólo una mínima parte de un todo más vasto. Esto, creo, es escribir modernamente”.


En una de sus múltiples enfermedades, mi mamá me confesó quién era mi padre: un licenciado Fernández Calzado, que había sido su jefe durante muchos años.

—Nunca te reconoció —me dijo—. No quiso saber nada de nosotras.

La noticia no me sorprendió. A lo largo de mi vida mi mamá había construido varias historias que poco a poco, como bardas mal hechas, se desmoronaban por contradicciones, inconsistencias u olvido. Primero mi papá estaba muerto. Había sido el novio y esposo ideal, pero con la mala fortuna de haber sido arrollado por un microbusero que conducía ebrio. Las fotos de la boda habían desaparecido en:

1. un asalto a casa habitación.

2. una inundación.

3. una mudanza.

—¿Porqué me lo arrancaste, virgencita? —esa plegaria no cambiaba.

Cuando decidió que ya era mayorcita como para entender las dificultades de la vida, resultó que papá nos había dejado para ir a Estados Unidos y nunca había mandado por nosotras. Luego se enteró de que había hecho familia con una ecuatoriana.

—¿Ecuatoriana? —eran los detalles que hacían que fallaran las historias de mi madre— ¿Cómo sabes que es ecuatoriana?

—Porque lo vieron con su familia en un centro comercial. Y tenía tres hijos, varones.

—Sí. Pero, ¿cómo sabes que ella era ecuatoriana? ¿Le pidieron el pasaporte?

—Ay, mijita. No sé, a mí eso me dijeron. Ecuatoriana o no, qué importa. Lo triste es el dolor que siento aquí, aquí.

Se agarraba el pecho izquierdo como si se lo fuera a arrancar. Los surcos de sus ojos se ahondaban, y exprimía sus retinas de cristal para producir una lágrima irrefutable.

Pero mi mamá sí había trabajado durante veinte años, de los veinte a los cuarenta, en la oficina del notario Manuel Aguirre, la número 27, donde también trabajaba un tal licenciado Fernández Calzado. Lo supe porque a la muerte de mi madre encontré unas carpetas que confirmaban su pobre historia. Las carpetas tenían desde recibos de flores que el señor Fernández enviaba a su esposa hasta cartas escritas a máquina, copiadas con papel carbón. Alerta a las pocas probabilidades de éxito, mi madre había documentado nuestra desgracia. Diez años de coqueteo, de buenos días, buenas tardes, y alguna conversación arrancada en posadas o aniversarios de la notaría. Cinco años de amistad, de salidas al cine y a comer, aparentemente castas. Una crisis: la boda de él. Un ataque de celos: cuando mi madre decidió temporalmente buscarse un futuro que lo excluyera. Después un affaire torrencial: mi madre de 36 años, ya desesperada; él cogiéndosela mañana, noche y día, prometiéndole dejar a su mujer, hasta el momento en que aparecí yo, la corrieron de la notaría y terminó la relación.

Aun cuando tenía frente a mí las carpetas, los faxes desteñidos, las tarjetas de navidad con nochebuenas escarchadas y una colección de boletitos, recibitos —hasta telegramas se habían mandado— no sentí lástima sino envidia. A mis treinta años —sin contar la relación con mi primo Alberto que no cuenta— no he tenido ningún fling que dure más de dos semanas. Un mes, si cuento a Pepe, en tercer semestre de carrera, pero durante la mitad de ese mes él ya tenía otra novia, así que tampoco.

En la oficina tenía varios amigos, con quienes llevaba una relación de buenos días, buenas tardes y algo sabía de sus vidas. Pero no podía imaginar que con alguno de ellos, nuestra incipiente amistad se tornara en una relación y menos en una pasión de alto voltaje. Por andar con un hombre casado, yo no juzgaba a mi mamá. Desde hace mucho eso dejó de ser un impedimento hipotético para mí. Pero casado o no, yo no tenía esperanza.

Al que juzgaba era a él, por abandonarme a mí, por despreciar a mi mamá. La carpeta de su affaire no era nuestro único recuerdo. También había fotos mías de bebé, rolliza y cachetona, con una diadema de elástico y encaje. Fuerte y bien peinada, asomando mi lengua por entre el hueco que dejaron mis dientes, montada sobre un pony en el parque. Con un fleco desafortunado que ocultaba las espinillas de mi frente, pero no las de mis mejillas. Graduación de prepa con corsé en la muñeca. Graduación de universidad, la foto de grupo, no asistí a la fiesta. ¿Dónde había estado todo este tiempo? ¿Porqué me había dejado sola con ella?

Me pasaron tantas cosas por la mente una vez que supe la verdad. Pensé en todo: buscar al señor Fernández Calzado, ver si seguía vivo, presentarme con mis medios hermanos, bajarles una lana, ir por la vía legal y reclamar la justa indemnización de mi mamá. La habían corrido sin siquiera pagarle su aguinaldo, ni qué decir antigüedad. Imaginé que me lo topaba, pero dónde, ¿en un aeropuerto? Ese tipo de señor no va al súper. Imaginé que azarosamente chocaba contra su coche, mientras él iba o salía del Club Campestre. Mentiría si no les digo que pasé por el club, que queda cerca de la casa, dos veces, y que a la segunda vez me di cuenta de lo estúpida que era; ni siquiera sabía si el tal Fernández Calzado seguía vivo. Pero imaginé todo: que entraba a mi oficina pidiéndome algo —disculpas, al menos— o que me reconocía y me daba un largo abrazo de telenovela, diciéndome que de ahora en adelante todo iba a ser distinto.

Los lunes en la mañana es cuando la juez distribuye los asuntos. A pesar de que llevo años pidiendo que lo haga por materia, para que así nos especialicemos en alguna de las muchas áreas que vemos, el método de ella consiste en dividirlo en tres montones del mismo peso, sin que importe el contenido de los asuntos. Yo a la vez se los paso a mis secretarios, y aunque durante los primeros años sí les daba al menos un vistazo, no recuerdo la última vez que los hojeé antes de delegarlos. Los martes y jueves tenemos audiencias. Mis secretarios me ponen los asuntos del día y yo debería de verlos para estar al tanto, pero como hace dos años la juez me recriminó por haber dado mi opinión previamente en un asunto relacionado con un incumplimiento de contrato de arrendamiento, decidí que era más fácil no decir nada si no sabía nada del asunto: calladita me veo más bonita, como no cesaba de repetirlo mi madre.

El primero que llegó fue un licenciado con una joven abogada, una variación del mismo tema de siempre: o llegaba un viejo con una joven o un viejo con un joven, o bien dos jóvenes pasantes en asuntos menores. Nunca me habían tocado dos mujeres, tampoco dos hombres del mismo nivel; dos socios por ejemplo. Esos ocasionalmente venían con el cliente, pero solo lo hacían en audiencias posteriores. En estas preliminares venían a tantear las aguas, a ofrecer alguna dádiva que yo luego pasaba como oferta al juez. El viejo que entró era alto, gordo y encorvado, tenía una papada de guajolote y usaba un bigote delgado y teñido. Lo que le quedaba de pelo era una combinación de tintes y raíces blancas. Llevaba el saco abierto, por una prominente barriga que escondía donde terminaba el pantalón y el cinturón. La camisa y corbata, en cambio, eran finas. Su anillo universitario, dorado con una piedra azul, al parecer había logrado estirarse para caber en su dedo ancho. Quizás siempre había sido gordo. Ella llevaba medias sobre las piernas peludas, un saco verde lagaña y el pelo con rayos color cobre de estética barata.

—Normalmente hubiera mandado a alguien en mi representación —comenzó esta vez el licenciado.

Mi oficina se llenaba todos los días de gente que normalmente hubiera enviado a alguien más. Abrí el expediente para fingir leerlo y poner atención al asunto. Juicio único civil: pago de daños y perjuicios. Eduardo Jaime Fernández Calzado vs. Guillermo Olguín Lozano.

—¿Es usted el Señor Fernández Calzado? — alcancé a decir, con voz normal.

—Sí, como le dije, normalmente hubiera mandado a alguien pero ya que este asunto me concierne, vengo a hablar directamente con usted.

—¿Y sabe usted con quién está hablando? —estaba nerviosa, mi tono fue arrogante lo que hizo que se incomodara, moviendo su peso de un lado al otro de la silla. La mujer que lo acompañaba lo miraba de reojo. Fue ella la que se atrevió a hablar.

—Pedimos hablar con la juez. Pero nos dijeron que es usted la que ve los asuntos.

Yo asentí, pausadamente, sin saber qué hacer con ellos. Decidí escucharlos como si se tratara de cualquier otro asunto. En nuestro juzgado, en promedio, tardamos tres o cuatro años por juicio; ya tendría tiempo para ver cómo lidiar con mi padre. Dentro del cajón izquierdo de mi escritorio guardaba un retrato de mi mamá. Pensé sacarlo y ponerlo sobre el escritorio a ver si reaccionaba. Calladita me veo más bonita, recordé. Ya tendré oportunidad de dar cuantas notificaciones sean necesarias. Ella prosiguió a informarme del caso, y él la corregía de cuando en cuando, haciendo las precisiones técnicas. Al final él dejó un sobre con la cantidad estándar para hacer que el juicio progresara debidamente. Me miró a los ojos al entregarlo. Tengo los mismos ojos que mi madre, obstruidos por mis anteojos. No me importaba demasiado, después de toda la vida de buscarlo, finalmente lo tenía frente a mí sin saber qué hacer. Ya tendría tiempo.

Un mes después, el Licenciado Fernández Calzado volvió a hacer una cita, el contrario había solicitado varias diligencias y él buscaba aplazarlas. Esta vez yo estaba preparada. Antes de que entrara a mi oficina puse la foto de mi madre sobre el escritorio, y lo recibí sin anteojos. Por fortuna esta vez venía solo. Yo tengo el nombre de mi madre, María, que es muy común, y el apellido de él, que tampoco es raro. Aun así entre la foto, mi nombre y mis ojos, pensé que tendría suficientes pistas. Él procedió a hablarme como lo haría cualquier abogado, enfocándose puramente en su asunto. Al cabo de un rato, perdí la paciencia. Fijando la vista al retrato de mi madre le pregunté:

—¿No recuerda usted a María Almagro del Castillo?

—No— contestó sin pestañear.

En mi casa volviendo a hurgar entre los recuerdos de mi madre, había encontrado una foto donde estaba él. Era una foto de grupo, una posada de la oficina, pero ahí estaba él, inconfundiblemente él. Yo quedé muda, y quizás me puse roja o blanca, pero sin duda perdí la compostura. Entonces él dijo, con cara de quien sabe mentir.

—¿Por qué lo pregunta?

Me quedaba sin salida. ¿Qué decirle? De todas formas, el nuestro era un caso perdido.

 

Lorea Canales
Abogada por la Universidad de Georgetown, periodista y novelista. Es autora de Apenas Marta (2011) y Los Perros (2013). La traducción al inglés de la primera, Becoming Marta, ganó el premio International Latino Fiction Awards.

• Lorea Canales, Mínimas despedidas, México, Dharma Books, agosto 2019, 144 p.

 

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