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HONDURAS

Hay veces en que una fotografía cuenta toda la historia. En agosto pasado, después de que el presidente hondureño Roberto Suazo Córdova sufriera dos ataques cardiacos, su gobierno distribuyó a la prensa una foto oficial del presidente, en la que se veía a un hombre regordete y entrado en años, con pijama rayada rodeado por los jefes militares de Honduras, Guatemala, El Salvador y el Comando Sur norteamericano estacionado en Panamá; el señor presidente sonreía y los generales mostraban rostros graníticos. Hace dos años, durante su campaña política, cuando ganó por un pequeño margen las primeras elecciones en diez años, el equipo de relaciones públicas del entonces candidato explotó su imagen de modesto doctor pueblerino, con el fin de mostrar su populismo e integridad. Hoy la gente en Tegucigalpa se burla del “enfermito” de Centroamérica. Según Manuel Gamero, editor del periódico liberal Tiempo y uno de los pocos opositores que aún se atreven a mostrar la cara, “en 1981 la gente votó para erradicar la corrupción, contra la presencia de las fuerzas armadas en el poder, por un cambio del estilo político así como por la neutralidad en la guerra regional. Tan sólo en dos años,” agrega con amargura “el gobierno ha hecho todo lo contrario”.

La responsabilidad del deterioro en Honduras recae en Washington. El personal militar norteamericano parece estar en todas partes, y con ellos la ya imagen familiar de un país ocupado. Algunos de los soldados que estuvieron allí para realizar las maniobras Ahua Tara II -la más grande realizada en Centroamérica, pues participaron 5 500 soldados norteamericanos- se la pasan viendo cablevisión en el lujoso hotel Honduras Maya, donde se alojan. Otros, estacionados en la base de Palmerola, no tienen otra que entretenerse con cosas más elementales; un fotógrafo narraba sorprendido el espectáculo que presenció el día de thanksgiving: unos Boinas Verdes, disfrazados de payasos, entregaban juguetes y regalos a decenas de niños que habían sido trasladados especialmente para la ocasión desde una localidad cercana a la base. Por su parte, la comunidad médica local discute las causas del repentino incremento de las enfermedades venéreas en el país. Unos hablan de la “rosa vietnamita”; otros, simplemente de la tradicional gonorrea hondureña.

Bajo la superficie, la presencia norteamericana en Honduras ha sido corrosiva. Hasta 1979 la política norteamericana hacia el país fue la de un desprecio benigno, pero todo eso cambió después del shock de la victoria sandinista. En septiembre de 1979, el Secretario de Estado adjunto para las relaciones interamericanas, Viron P. Vaky, delineó el nuevo rol geopolítico hondureño como una trinchera anticomunista que remplazaría a Somoza, sólo que con una gran diferencia: sería una democracia. Las credenciales del nuevo gobierno hondureño habrían de ser intachables. El desplazamiento de los militares sería compensado con una generosa ayuda militar norteamericana para incrementar su poder dentro del país y consolidar al sector militar como un aliado regional de Estados Unidos.

Hasta las elecciones de noviembre en 1981 hubo una notoria continuidad entre las políticas de Carter y Reagan, pero ese mes el Consejo Nacional de Seguridad aprobó la acción encubierta contra Nicaragua y comenzó a considerar operativos militares abiertos. El gobierno norteamericano elevó de rango a su embajada en Honduras y nombró embajador a un protegido de Kissinger: John Dimitri Negroponte. Así, Honduras se transformó en el centro operativo de la guerra secreta contra Nicaragua y Negroponte fue su guardián.

Al principio, Honduras funcionó como dique de contención contra la guerrilla salvadoreña y plataforma para los ataques contra Nicaragua. Luego surgió el proyecto de convertir al país en súbdito incondicional y base militar norteamericana, y Honduras se convirtió en el principal receptor centroamericano de ayuda militar norteamericana, después de El Salvador.

Este año el país recibirá 41 millones de dólares, casi todos en el marco de un programa de ayuda y asistencia militar. Las maniobras Ahua Tara han abierto la construcción y ampliación de la infraestructura militar, los aeropuertos y los equipos de radar: además, con el fin de evadir las restricciones del congreso norteamericano, se construyó un centro de adiestramiento para las fuerzas armadas salvadoreñas en Puerto Castilla.

Lo más alarmante de la política norteamericana hacia el país, es que arrasa la realidad política hondureña. Intoxicados por su propia retórica, que hace de Honduras una isla pacífica en medio del escenario bélico, los estrategas norteamericanos se han pasado estos dos últimos años haciendo malabarismos con sus conocimientos. “Debajo de la fachada democrática”, dice Efraín Díaz, único parlamentario demócrata cristiano, y una especie de solitaria conciencia nacional, “está la realidad autoritaria de un Estado de seguridad nacional”. No podía ser de otra manera, dado el papel que le tocó jugar al país en la cruzada anticomunista global.

En realidad, a Honduras la dirige una alianza entre Estados Unidos y los derechistas de línea dura, encabezados por el general Gustavo Alvarez Martínez, quien hasta hace poco controlaba las fuerzas armadas. Al ocupar este cargo en julio de 1982, Alvarez prometió limpiar a Honduras de “ideologías foráneas”. Estableció alianzas con grupos claves, mientras que con el Partido Liberal en el poder y la policía secreta, Alvarez formó una red denominada Comités de Defensa Civil que no hacen sino delatar a los sospechosos de ser comunistas. “Las organizaciones campesinas y obreras y la universidad están infiltrados por los comunistas” afirma Santiago Gradiz, gobernador del departamento Francisco Morazán. “Uno puede reconocer a un comunista por el modo en que actúa o su manera de hablar. No hay que preguntarle a nadie, es obvio”. La alianza que coronó los esfuerzos de Alvarez fue con el dirigente empresarial derechista Miguel Facusse al formar la Asociación para el Progreso de Honduras (APROH), presidida por el propio Alvarez. Según Gamero, director del periódico Tiempo, “este eje entre los militares y el sector privado (era) un proyecto claramente fascista. Un nuevo tipo de anticomunismo radical que desdeña los canales parlamentarios”. El 23 de septiembre de 1983, los dirigentes de la APROH se reunieron en Miami con Rudolph Peterson, representante de Kissinger, e insistieron en que la única solución para los problemas de la región era “el derrocamiento militar del gobierno sandinista, en un lapso no mayor de tres a seis meses”. Es evidente que su lapso ha debido ampliarse.

Mientras tanto, la inescrutable realidad es que a Honduras se le aprovisiona para que sostenga la presencia militar norteamericana en la región. La ficción de que Honduras aún sobrevive como un país soberano es parte de la tragicomedia. Hasta antes de ser desplazado, Alvarez ofrecía teatralmente su helicóptero para que la prensa inspeccionara la frontera nicaragüense y descubriera pruebas de la presencia (que él negaba) de los contras.

Y los oficiales de Comando Sur estadunidense fingieron sorprenderse cuando un periodista les preguntó sobre los nuevos centros de radar: “Realmente no tenemos información sobre el asunto, pregunte a los hondureños”. Por su parte, las autoridades hondureñas son más frívolas sobre su destino: cuando la Comisión Kissinger visitó Tegucigalpa, fue recibida con un informe de cien páginas que preparó el gobierno, donde la conclusión era que la democracia hondureña tiene dos opciones si el gobierno sandinista no es derrocado. Una es transformarse en la frontera de la nueva guerra fría, con una presencia importante de tropas estadunidenses permanentemente estacionadas allí la otra es aceptar un estatus más colonial. Las apuestas son: Honduras como Corea del Sur, Honduras como Puerto Rico.