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El miércoles 30 de mayo de 1984, a las seis y media de la tarde, fue asesinado en el Distrito Federal el periodista Manuel Buendía. Empezaba a oscurecer, Buendía había abandonado su oficina en el número 58 de Insurgentes Centro y se dirigía al estacionamiento por su coche. Un joven moreno y delgado, con el pelo al rape ocultado por una gorra de beisbolista, se deslizó sobre sus tenis hasta alcanzarlo, jaló la gabardina que Buendía gustaba echarse como un capote sobre los hombros y le disparó por la espalda a quemarropa, dos veces, sobre el pulmón izquierdo, a la altura del corazón.

Sacudido por los impactos y llevándose la mano instintivamente hacia, su propia pistola, Buendía giró hacia su matador, quien disparó otras dos veces, sobre el costado y el tórax del periodista, amenazó al ayudante de éste -Juan Manuel Bautista, que salía del edificio e intentaba seguirlo- y corrió hacia una de las calles de la Zona Rosa donde trepó a una moto para huir por las rendijas del intenso tráfico de la hora. Tendría entre 25 y 30 años y medía 1.70. Usó un arma de nueve milímetros y balas de cobre con punta de plomo, características, según los expertos, de pistoleros profesionales.

En el momento de su muerte, Manuel Buendía era el periodista más leído e influyente de México. Salvo por censura del editor, su columna Red Privada aparecía sin falta de lunes a viernes en el diario capitalino Excélsior y en decenas de la provincia que la adquirían a través de la Agencia Mexicana de Información. Los mismos lectores ávidos habían agotado en unas semanas los primeros diez mil ejemplares del libro de Buendía, La CIA en México, y convertido al autor en obligado tema cotidiano de la vida pública: «¿Ya leíste hoy a Buendía?»

Para el gremio periodístico, celoso de sus propios logros tanto como de los de otros, Buendía había llegado a ser un símbolo indiscutido de éxito y plenitud profesional, como si se lograran en él naturalmente las aspiraciones íntimas, generalmente frustradas, de la prensa nacional: respetabilidad e influencia, credibilidad y lectores.

Manuel Buendía, por Rogelio Naranjo

Buendía era un sitio de confluencia, estímulo y expresión para los más distintos grupos y causas de México: lectores arrinconados en su impotencia ciudadana, dirigentes sindicales urgidos de una discusión pública de sus problemas, funcionarios intermedios alarmados por iniciativas que se cocinaban en las oficinas de sus jefes, especialistas universitarios ansiosos de transmitir sus diagnósticos sobre el país, directores de comunicación social dispuestos a tomar riesgos informativos, políticos y funcionarios decididos a sacar del secreto cómplice arbitrariedades de colegas y excolegas.

Eso, y la mejor cultivada gama de amigos, conocidos e informantes que pueda ambicionar un reportero.

Difícilmente pudo escogerse un blanco mejor que Buendía para inyectar en la sociedad mexicana la sensación de temor, desgobierno y cambios ominosos en su vida pública. El mismo treinta de mayo por la noche, en la funeraria donde se velaba el cuerpo de Buendía, una conocida periodista preguntaba sin cesar: «¿Quién sigue?» Había empezado esa noche a portar en su bolso una pistola. Un diputado federal incitaba a organizar multitudinariamente el sepelio del día siguiente y confiaba en que el gobierno y el PRI comprenderían que los asesinatos políticos exigen respuestas políticas. Un funcionario gubernamental emitió en privado su diagnóstico: «Los programas de desestabilización de los gobiernos empiezan cortando los canales de comunicación con la sociedad.» El asesinato de Buendía era un paso típico de esa estrategia.

La lógica de la investigación policiaca del asesinato de Buendía, no corresponde necesariamente a la lógica de sus implicaciones políticas. Del resultado de la primera se sabe poco en el momento de escribir estas líneas; del sentido de la segunda era posible hablar incluso antes del asesinato que hoy lamentamos.

La ejecución de Manuel Buendía es dolorosa y terrible en dos órdenes complementarios: el de su pérdida misma que iremos descubriendo en su dimensión verdadera conforme el tiempo aclare hasta qué punto su trabajo era parte crucial de nuestro tejido y nuestros hábitos ciudadanos, hasta qué punto su ausencia nos separa de un foco de cohesión nacionalista, el foco que era por sí solo Manuel Buendía, con su línea de nostálgico y activo cardenismo, su convicción antiautoritaria y antiplutocrática, resistente al facilismo utópico pero de honda inspiración popular, tan solitario en sus riesgos como solidario en sus causas, irreductible bajo la fina apariencia de su cortesía, terriblemente serio bajo la invariable envoltura de su humor, sometido a la sombría adivinación del precio de su independencia bajo la pulida superficie de su parsimonia, su equilibrio y su serenidad.

Políticamente hablando, sin embargo, el asesinato de Buendía va más allá de eso, es parte de una secuencia, un mensaje trágico de significación más general. Las campanas no doblan sólo por él, por sus familiares, amigos y lectores, sino quizá también por la estabilidad misma del país, como si anticiparan su fractura, el posible inicio de una quiebra cuyo rasgo más preocupante es la inmovilidad política con que se asiste a su despliegue. El tipo de inmovilidad que precede al desmoronamiento.

Las terribles semanas que preceden a la ejecución de Buendía -hay que decir ejecución, para subrayar el carácter programado del hecho, más que sus posibles aristas de ven- ganza privada- tienen como coordenadas externas: 1o. El mayor asedio estadunidense que haya tenido un gobierno mexicano desde las épocas de Calles, en los años veinte; 2o. El ascenso de la guerra regional centroamericana, para cuyos requerimientos bélicos la sociedad, el gobierno y el ejército mexicanos no están preparados. Sus coordenadas internas son: 1o. La descomposición de la alianza política tradicional que ha gobernado hasta ahora al país, sin que haya cuajado la nueva coalición nacional que habrá de suplirla; 2o. El fracaso del proyecto reordenador del nuevo gobierno, cuyos resultados están considerablemente abajo de lo previsto pero acusan ya los costos políticos y sociales del esfuerzo demandado: reducción del mercado, extenuación salarial, nueva oleada de desconfianza pública y especulación contra el peso. 

Es una desdichada convergencia de adversidades. Su lógica política no tiene autor comprobable (hasta donde puede verse, tampoco tiene beneficiario real), pero sus consecuencias demoledoras apuntan sólo en una dirección: la desestabilización en marcha del régimen político de México.

DEL LADO DE AFUERA

En la cuenta de las presiones estadunidenses y el incendio centroamericano, hay que poner la incursión de soldados guatemaltecos contra campamentos de refugiados en territorio mexicano el 30 de abril de 1984, los aumentos de las tasas de interés que golpearon el centro de la estrategia financiera gubernamental a principios de abril y principios de mayo, y las amenazas del presidente Reagan durante el viaje mexicano a Washington, amenazas que habían empezado a cumplirse con los dos hechos anteriores y alcanzaron un tono personal con el balde de agua fría que el columnista Jack Anderson derramó sobre el presidente De la Madrid el día de su llegada.

LA GUERRA

Todo empieza en la frontera y, acaso, todo regrese a ella. El ejército guatemalteco incursionó varios kilómetros dentro de territorio mexicano, hasta el campamento de refugiados de El Chupadero, para cobrar la vida de seis personas, entre ellos una mujer embarazada, a la que abrieron y degollaron, y un menor de edad al que le fueron cortados los genitales. Fue una brutal manera de obtener varios efectos. Primero, calentar la frontera sur para volver deseable su militarización. Segundo, enardecer a las fuerzas internas que podrían demandarla (antes que ninguna otra, el ejército mexicano, ya que el hecho desafiaba su compromiso de defender la soberanía territorial del país). Tercero, alimentar a la muy amplia red de comunicación que milita puertas adentro contra la política centroamericana de México: publicaciones, escritores, columnistas -y Televisa- que claman contra esa política invocando eficaces chovinismos del tipo candil-de-la-calle-oscuridad-de-la-casa.(1)

Cuarto, se trataba también de desprestigiar la propuesta mexicana para la zona centroamericana. Una propuesta de índole política y diplomática, no militar. La incursión de El Chupadero debía exhibir la inoperancia nacional de los principios internacionales que a través de Contadora México sostiene y demostrar la incapacidad mexicana para controlar en su propia frontera situaciones de guerra similares a las que trata de resolver por medios pacíficos en los países centroamericanos.

Quinto, era también una forma de hacer endeble la posición mexicana durante el anunciado viaje de mediados de mayo a Washington, un modo de desarmar al visitante con el argumento implícito: «No hable de soberanía y autodeterminación quien no puede siquiera cuidar sus fronteras. No hable de guerra quien, llegado el caso, no sabe cómo manejarla, ni de paz efectiva quien no sabe cómo garantizarla en su propio territorio.»

LAS TASAS

No es posible afirmar que el aumento de las tasas de interés norteamericanas en 1.5% (11% al empezar el año, el 12.5% al fin de mayo) tienen dedicatoria para México. La tienen para todo el mundo, quiere decir que los países del mundo capitalista, industriales o no, seguirán pagando el auge de la economía estadunidense y el enorme déficit presupuestal generado por la inversión reaganiana en desarrollo militar.

Pero el alza arrebata entre 900 y 1 000 millones de dólares a la recuperación económica mexicana: reduce la reserva de dólares y puede forzar un deslizamiento mayor del peso (una devaluación mayor) como única forma de combatir, también, el hecho de que la inflación mexicana sigue alta mientras la de Estados Unidos tiende a desaparecer. Lo decisivo, sin embargo, es que el alza de las tasas de interés limita severamente la disponibilidad de recursos para la inversión pública de este año y el siguiente y pone en entredicho la recuperación (de por sí raquítica) prevista para 1985.(2)

No es casual, por ello, que ese tema y no Centroamérica haya sido el eje de los planteamientos mexicanos al gobierno estadunidense durante la visita presidencial de mayo.

EL VIAJE

Resumiendo por igual la experiencia mexicana y la de su viaje de un mes antes por Argentina, Colombia y Brasil, De la Madrid dijo a Reagan que el conflicto centroamericano era solucionable y que no debía ocultar el problema, más general y duradero, de la reactivación económica de los países latinoamericanos sin la cual esos países no podrían pagar sus deudas. Fue, seguramente, el planteamiento más serio de todo el viaje. Pero Reagan no quería hablar de política financiera y tasas de interés, mucho menos de la responsabilidad dispendiosa de su gobierno en ellas. Quería hablar de Centroamérica, de la irresponsabilidad del gobierno mexicano por no reconocer en ese conflicto la presencia de miles de cubanos y soviéticos, el escenario intolerable de la confrontación Este-Oeste: «Miles de cubanos y personal militar del bloque soviético -dijo Reagan en su discurso de bienvenida- han acompañado (el) flujo de armamentos y equipo a la región, por lo que los gobiernos responsables de este hemisferio no pueden cerrar los ojos a lo que está ocurriendo.» (Subrayado HAC.)

Advirtió luego a De la Madrid: «Como amigos, México y Estados Unidos tienen ante sí un universo de oportunidades. Como adversarios, nuestros horizontes serán limitados.»

En ese contexto radical de impotencia mexicana ante la inmovilidad financiera estadunidense y de amenazas estadunidenses por la ceguera centroamericana de México; la columna de Jack Anderson en el Washington Post acusando a De la Madrid de tener 162 millones de dólares en un banco suizo, debió ser anecdótica. No lo fue. En realidad fue traumática, a juzgar por el manejo de emergencia que recibió de las autoridades mexicanas: confiscación de las ediciones del Washington Post en México, solicitación de silencio a los diarios mexicanos, una inútil o ingenua petición de desmentido al Departamento de Estado contra la información de Anderson y una carta aclaratoria al Washington Post cuyo editor la publicó suprimiéndole las palabras «auténtica calumnia» y «falso» que incluía la redacción original.

Tres o cuatro días después de las columnas, días de rumor y malicia, vino la respuesta mexicana: un alud declarativo, sincero y demagógico, contra la calumnia, la ofensa y la insidia andersoniana, hasta lograr el triste efecto de que dos ridículos artículos de un periodista que ignora todo sobre México, se volvieran centro de la agitación y el honor nacional. El sentido profundo del viaje, su violenta gravitación sobre el futuro inmediato de México, se diluyeron así ante el escamoteo y la magnificación de cinco cuartillas de chusquerías y mexican curious… para mexicanos.

DEL LADO DE ADENTRO

En la cuenta de las sacudidas internas, hay que poner la bomba que estalló el primero de mayo en un balcón de Palacio Nacional, la intensa discusión que libran con el sistema gobernadores y líderes agraviados por el lamadridismo, el nuevo pánico devaluatorio que arrancó la segunda semana de mayo y las evidencias de que el modelo de ajuste, enormemente doloroso para la sociedad, no ha traído los beneficios prometidos y sí desgaste, descoordinación e inmovilidad al nuevo gobierno.

EL BOMBAZO

La bomba en el balcón de Palacio y la subsecuente declaración del Presidente atribuyendo el hecho a fuerzas extrañas, oscurecieron el hecho político básico de la celebración: los contingentes obreros que desfilaron ese 1° de mayo eran ya portadores de una insatisfacción y un distanciamiento político con el nuevo gobierno. 1983 fue un año de persistente golpeteo sobre las cúpulas sindicales. Las razones fueron distintas: provocación de izquierda en el caso del STUNAM, improductividad demagógica en el caso de los nucleares, corrupción en el caso de petroleros, caciquismo contrario a la revolución educativa en el caso de los maestros, improductividad a secas en el caso del SME. El resultado fue parejo: una bronca política sostenida con la burocracia obrera.

En el Ateneo de Angangueo, 1981. De izquierda a derecha: Iván Restrepo, José López Portillo, Elena Poniatowska, Manuel

Buendía, Fernando Benítez.

Al castigo salarial y económico para las bases se unió el castigo político para la dirigencia, un año de agravios e intentos de desplazamiento que incluyeron la inflación de la CROC para minar a Fidel Velázquez, el estímulo de la división en el Congreso del Trabajo y la descalificación del propio Fidel Velázquez a quien el Presidente de la República aludió claramente como demagogo por proponer una congelación temporal de precios y salarios.

Esa dirigencia hostigada leyó el bombazo del primero de mayo a Palacio como una provocación del gobierno o parte de él contra el movimiento obrero organizado, lo cual indica hasta qué punto había llegado su desconfianza y su desacuerdo.(3)

LAS RUPTURAS

La irritación acumulada de ese sector no es un dato menor en el recuento de las rupturas que sufre el sistema. Pero no es la mayor, aunque pudiera ser la última. Un recuento: la nacionalización bancaria de septiembre clausuró por mucho tiempo la posibilidad de un acuerdo político nacional con los grupos privados, particularmente si el nuevo acuerdo pretende revivir el viejo molde. La crisis económica recurrente desde los años setenta, destruyó otros supuestos básicos del modelo como el crecimiento sostenido de la economía, el desequilibrio moderado en el intercambio externo y la estabilidad monetaria y financiera; cerró también la fuente de financiamiento exterior que durante tantos años suplió ineficiencias productivas y pagó los subsidios sociales del llamado «populismo» mexicano. El fuego renovador del lamadridismo puso también su cuota: desató amarras con la clase política tradicional, que construyó y usufructuó aquel acuerdo, ratificó y amplió en las clases medias la convicción de la universal e irredimible corrupción gubernamental, uno de cuyos efectos fue la deserción electoral priísta; enfrentó la crisis como una ocasión de cambios más que de conciliaciones y emprendió un gobierno no de transacciones sino de principios, la mayor parte de ellos distintos o contrarios a la tradición de la política mexicana.

El mes de mayo cosechó disonancias y jalones en todos esos frentes hasta crear la sensación política de que las fuerzas andaban sueltas y habían empezado a hacerse públicas rupturas mantenidas hasta entonces en la sombra. Primero el gobernador de Querétaro, Rafael Camacho Guzmán, dirigente de los trabajadores de la radio y la televisión, dijo que el presidente De la Madrid no quería a los obreros. Luego el gobernador de San Luis Potosí, dirigente de los maestros y uno de los blancos previstos de la descentralización educativa, se refirió irónicamente al secretario de Educación como un eminente intelectual y político de cuyos planes concretos no sabía todavía nada (año y medio después de iniciado el gobierno). Finalmente, el líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, La Quina, prometió abrir los libros del sindicato para probar la honradez del gremio enlodado por sus enemigos (siendo los enemigos, en particular, los intentos del nuevo gobierno por frenar la corrupción en Pemex). No es forzar las cosas leer en esas salidas al público una respuesta política del propio sector obrero a los acontecimientos del primero de mayo, que Juzgaron ominosos. La respuesta no se hizo esperar: el gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo, político «de la línea directa del Presidente», como se dice en las columnas periodísticas, pidió que el PRI enjuiciara al gobernador de Querétaro por su mal gobierno, y que se le removiera del puesto por vías constitucionales.

EL PÁNICO

Simultáneamente a estos desarreglos, el frente político financiero vivió la primera oleada seria de desconfianza, especulación y rumores devaluatorios que haya tenido este gobierno. Con siete mil millones de dólares en las reservas y el control sobre el 80% de las transacciones del mercado de cambios, no parecía haber razones económicas o monetarias para el nuevo pánico. Pero hubo pánico, demanda de dólares por encima de lo previsto, escasez y más pánico. El bombazo en Palacio, el alza de las tasas de interés, la expectativa de enfrentamiento con Estados Unidos, la especulación (según el semanario Barron’s de San Francisco, el origen de la escasez fue una sola transacción de 5 millones de dólares) hicieron su efecto político. En forma aberrante, con el peso todavía subvaluado en un 20 o 30 por ciento, comprar dólares en 200 y 210 pesos volvió a ser la operación más procurada de México.

No sólo hubo factores subjetivos, también las primeras evidencias del fracaso del programa de ajuste gubernamental, fracaso medido en relación con sus propias metas: una inflación mayor de la anunciada, (no de 55% sino de 85% para 1983) y una caída del producto interno bruto mayor de la prevista (no de cero crecimiento sino de -4.7%). Eso aunado, como se ha dicho antes, a las crecientes dificultades externas por el alza de las tasas y por el descenso de la inflación norteamericana (próxima al cero en abril), factores que obligarán a ajustar las tasas de interés internas y son en sí mismos a la vez una presión inflacionaria y una presión devaluatoria.

LA PARÁLISIS

Pero entre todos los síntomas impropicios de mayo, acaso el más preocupante haya sido la inmovilidad pública del gobierno, su incapacidad manifiesta para hacer política de frente a los acontecimientos y no sólo en las negociaciones invisibles que se hacen tras bambalinas.

Un ejemplo: a la incursión guatemalteca y el bombazo del primero de mayo el gobierno respondió no con una movilización, sino con una denuncia de las fuerzas extrañas que intentaban desestabilizar a México. La única encarnación visible de esas fuerzas extrañas acabaron siendo, ridículamente, dos lumpenlíderes de la Preparatoria Popular, identificados como los autores del bombazo. En relación con los campamentos de refugiados de la frontera hubo, en cambio, uno de los momentos más notorios de descoordinación del gobierno en relación con los problemas de su frontera sur. El jueves 10 de mayo tres periódicos capitalinos publicaron declaraciones del secretario de Gobernación según las cuales se había decidido poner fin a los asentamientos de refugiados en la frontera con Guatemala; los 46 mil guatemaltecos que había en ellos podrían optar entre repatriarse o ser trasladados al interior del sureste mexicano. Contrariando la esencia misma de la posición mexicana el secretario de Gobernación habría señalado que los campamentos ponían en entredicho la seguridad nacional» de México y estaban constituidos por «refugiados económicos» no por perseguidos políticos.

Los periódicos ponían en boca del secretario una buena cantidad adicional de declaraciones extrañas: «México reforzará la vigilancia de la frontera con Guatemala para evitar el ingreso fácil de refugiados a territorio nacional» (El Sol de México). «No descartó el secretario de Gobernación que entre esos grupos haya infiltrados guerrilleros, como tampoco se puede negar, dijo, que entre ellos figuran fuerzas del ejército guatemalteco, pues muchos refugiados visten uniforme militar» (Excélsior). La Secretaría de Gobernación se vio precisada al día siguiente a hacer el planteamiento contrario. En un comunicado de prensa refrendó la decisión de hacer el traslado pero afirmó su visión de los refugiados como fugitivos de condiciones de violencia y peligro inminente, dio seguridad amplia sobre el derecho de asilo y no tocó los temas de la vigilancia y la seguridad nacional.

Otro ejemplo. La decisión norteamericana de alzar un punto la tasa del prime rate en mayo, sólo produjo indignación en la Canacintra que calificó la medida como una salvajada. Los encargados gubernamentales de la política económica, no vieron en la noticia la ocasión para un llamado a la solidaridad nacional. Minimizaron la importancia de la decisión afirmando que su efecto sería moderado porque estaba previsto. En realidad, puertas adentro, la noticia los ponía contra la pared.

LOS IDUS DE MAYO

Las semanas del mes de mayo de 1984 fueron para la opinión pública un tobogán de sorpresas e incertidumbre; para los funcionarios públicos, el terreno de la precipitación, la inseguridad y el desconcierto político; para el conjunto de la sociedad, el espacio del temor y la ocasión de nuevas sospechas sobre la integridad de su gobierno. La ejecución de Buendía añadió un tinte sombrío a la terrible lógica política de esas semanas, porque fue ese clima de tensión, esa atmósfera de crisis ahondada, lo que la hizo posible. Quienes hayan sido los asesinos, lo cierto es que la percepción del río revuelto aceleró o definió fechas y le otorga a la muerte de Buendía su calidad de hecho político límite, como parte de la lógica de la conspiración y la desestabilización que rondan por igual a la sociedad inerme y al gobierno inmóvil de México.

Sólo lo rondan.

¿Cuánto hace falta para desestabilizar el régimen político de un país como México? Seguramente más cosas de las que trajo el mes de mayo, jugadas más profundas y, seguramente, más sangrientas. Pero los idus de mayo anticipan el horizonte de lo que puede ser ya un país sacudido, sin conciencia ni concierto, asediado y dividido, que agota en medio de la crisis sus opciones y sus respuestas; un país sometido a extraordinarias presiones externas, bélicas y financieras, sin una verdadera respuesta nacional que permita contrarrestarlas; un país que vive de por sí un confuso proceso de cambio de época en su sistema y sus tradiciones políticas y no parece encontrar ni en los recursos del gobierno ni en las iniciativas de la sociedad, el nuevo acuerdo amplio que restituya su impulso histórico.

Al velorio y sepelio de Manuel Buendía llegó casi todo el gremio periodístico y algo más, Televisa incluida. Zabludovsky fue más solidario y sensible al asesinato en sus 24 Horas que los operadores del Canal 13, cuyos Siete Días colaron la noticia como información de policía. Desde la noche del crimen los dirigentes del PRI estuvieron ahí en la capilla, con Adolfo Lugo a la cabeza, y todos los columnistas de México y directores de periódicos y revistas, funcionarios, universitarios, diputados y senadores. El Presidente de la República hizo guardia al día siguiente con sus secretarios de Gobernación y de Relaciones, y tras él desfilaron casi todos los demás secretarios, gobernadores, intelectuales, estudiantes. Ahí estaban todos, amigos, conocidos, distanciados, resentidos y diversos. Raúl Velasco alcanzó a firmar un autógrafo en los finales de la ceremonia previa al entierro en la estatua de Francisco Zarco.

Un amigo observó: -Todavía fue un muerto de todos.

Quería decir: todavía fue un punto de unión y acuerdo en una sociedad que tiende a desgarrarse y en la que empiezan a producirse hechos como el asesinato de Buendía, enconos y divisiones que ya no se dirimen políticamente sino en emboscadas y a balazos. El creciente lugar de la discordia civil, de las diferencias irreversibles, innegociables, inaplazables. ¿Es esto lo que sigue?

En junio de 1983 escribió Buendía en esta revista un comentario sobre la crisis mexicana, terminaba así: «El hecho de que nos siga pareciendo que ‘de pronto’ esta crisis se nos vino encima, es elocuentísimo. Parece haber tomado desprevenidos a todos o a casi todos, inclusive a los que dentro y fuera del gobierno tenían por obligación legal, profesional y ética, servir de atalayas. Esto, independientemente de la sordera proverbial del gobierno y del encantamiento que la ‘administración de la abundancia’ había creado en muchas mentes, también es síntoma de decadencia en una sociedad organizada que apenas había comenzado a vivir.»

Un año después, el 29 de mayo, comiendo con el líder, de los telefonistas, Francisco Hernández Juárez, Buendía comentó que los hechos críticos acumulados en el mes de mayo de 1984, serían recordados por mucho tiempo. Al día siguiente, de pronto, como la crisis y las bombas en Palacio Nacional, su propia muerte se nos vino encima.

Todo ese tramo avanzó la sorpresa. ¿Por quién doblan las campanas?

De izquierda a derecha: Fernando Benítez, Margo Su, Iván

Restrepo y Manuel Buendía. En el centro, Cara de foca Pérez

Prado.

6 de junio de 1984

NOTAS

1. Una verdadera novedad fue en este sentido la participación de Televisa en el esfuerzo de consolidación informativa de la toma de San Juan del Norte por Edén Pastora. El día de la invasión, de pie frente a un mapa y con varita en mano, Jacobo Zabludovsky explicó durante varios minutos a su audiencia por qué empezaba ahí una nueva situación política y militar en Nicaragua. Lo que empezaba en realidad era una nueva situación política en la línea informativa de la empresa: había coincidido hasta entonces con los planteamientos de la Casa Blanca sobre el conflicto; en el tema Pastora, empezó a coincidir directamente con la CIA que, como se sabe, montó de principio a fin la aventura de San Juan del Norte.

2.»Cada aumento de un punto… en las tasas de interés reduce el producto nacional bruto de Brasil por 0.3% y el de México por 0.5%», escribió a principios de junio en el New York Times Pedro Pablo Kuczynsky, exministro de Energía y Minas peruano entre 1980 y 1982 y ahora director administrativo del First Boston Corporation. Reproducido en Excélsior, 5 de junio de 1984.

3. A propósito de una circular de la Secretaría de Hacienda que abría la posibilidad de gravar el ingreso de los trabajadores por concepto de prestaciones, un alto funcionario de la secretaría acudió a explicar la medida a los dirigentes del Congreso del Trabajo. La sarcástica conclusión de estos últimos fue característica del desacuerdo en que andan: «No entendemos muy bien lo que nos quiere decir. Pero tenemos la impresión de que nos quiere chingar.» Al término de la sesión, el funcionario se quejó de que en materia de modernización fiscal el Congreso del Trabajo siguiera viendo moros con tranchetes. «Así es», comentó más tarde Fidel Velázquez.

«Los moros son ellos y sus circulares los tranchetes.»