Presentamos una de las piezas que conforman Todos los cuentos del mundo (2018, Arpa editores, distribuida en México por Océano). Se trata de un recorrido por los relatos infantiles de la tradición oral de varios rincones del mundo —desde Bélgica y Japón hasta El Tíbet, Tailandia o Costa de Marfil— asumiendo que la tradición más universal de la humanidad es la de contar historias. Cincuenta cuentos de cincuenta nacionalidades del mundo que los creadores del libro escribieron a partir de las historias orales referidas por inmigrantes. Así, el proyecto defiende que no hay mejor integración posible, tanto de la sociedad de acogida como de la sociedad que emigra, que acercarse al meollo de la cultura oral del otro, en la nueva configuración mundial marcada por las olas migratorias.


La diosa Quilla, que en lengua quechua significa Luna, y el dios Inti, que significa Sol, tenían una preciosa hija llamada Wayra.

Wayra, que en quechua significa Viento, era una muchacha alegre, de carácter afable y abierto, que vivía feliz y despreocupada al lado de sus padres.

Un día, paseando por el campo, se encontró con un campesino llamado Mururata. Comenzaron a hablar, a conocerse, y en seguida se sintieron atraídos. Mururata, además de admirar la belleza de Wayra, quedó hechizado por la bondad de su corazón. Y Wayra, que hasta aquellos momentos solo había conocido la vida de palacio, quedó prendada por la nobleza de espíritu de Mururata. Al instante, y sin poderlo evitar, se enamoraron perdidamente.

Sin embargo, había un problema: tendrían que amarse en secreto porque los padres de Wayra la habían prometido en matrimonio al príncipe Ollantay, hijo de los reyes de otro pueblo. Pero aquello no supuso ningún impedimento para los enamorados y, día a día, su amor fue creciendo.

Un tiempo después, los padres de Wayra la llamaron a su presencia.

—Hija mía —anunció el dios Inti—, dentro de tres semanas se celebrará tu boda tan esperada con el príncipe Ollantay.

—Querida niña —dijo la diosa Quilla—, va a llegar el momento que soñábamos desde que naciste. ¿Estás contenta?

Wayra bajó la mirada y guardó silencio. No sabía qué responder. Por un lado, estaba su amor por Mururata; pero por otro, sabía que si se lo confesaba a sus padres les iba a causar una profunda decepción y tristeza. Y se debatía entre ambos sentimientos sin saber qué decir.

—Wayra —dijo el dios Inti—. ¿Por qué guardas silencio? ¿Es que acaso no te sientes la muchacha más afortunada de este mundo?

—Yo… es que yo… —balbuceaba Wayra.

—¿Qué te sucede, hija? —preguntó la diosa Quilla—. ¿Qué preocupación ensombrece tu rostro?

Sin poder resistirlo más, Wayra por fin confesó la verdad.

—Padres míos, os respeto con toda mi alma y jamás querría causaros ninguna pena… pero yo… yo amo a Mururata.

—¡Mururata! —exclamó enfurecido el dios Inti—. ¡Si solo es un pobre campesino!

—Sí, lo sé, pero lo amo con todo mi corazón —declaró Wayra.

—¡Esto es una locura! —intervino la diosa Quilla—. ¡Estás prometida al príncipe Ollantay! ¡No puedes amar a otro hombre!

—¡Pues lo amo! —replicó Wayra—. ¡Y jamás me casaré con ese Ollantay a quien ni siquiera conozco!

Atónitos, el dios Inti y la diosa Quilla observaron a su dulce hija transformarse en una valiente y decidida mujer. En una mujer que, con toda la furia del viento, se enfrentaba a ellos en defensa de su amor por un campesino.

Tras mucho discutir, Wayra zanjó la conversación afirmando:

—Me casaré con Mururata y solo con él. No se hable más.

—Escúchame bien, hija descarriada —amenazó el dios Inti, hirviendo de enfado—. Si no te casas con el príncipe Ollantay, serás desterrada. ¿Me oyes? ¡Desterrada para siempre! ¡Para toda la eternidad!

Wayra escuchó aquellas terribles palabras en silencio, sin inmutarse.

—Hija, por favor —insistió la diosa Quilla—. Reflexiona. Por tu bien te lo pido. No hagas caso a tu joven corazón y obedece a tus padres.

—La decisión está tomada —dijo Wayra, firme como una roca—. No me casaré con el príncipe Ollantay porque amo a Mururata.

El rostro del dios Inti se agrietó de rabia y exclamó:

—¡Entonces, desde este momento estás desterrada! ¡Y como castigo, llorarás durante toda la eternidad por todo el daño que nos has hecho!

Y así fue. Y no satisfecho con esto, el dios Inti también condenó a Mururata. Pero a él, a muerte. Y lo convirtió en una montaña que, con el tiempo, pasó a llamarse Mururata.

Condenada a hacerlo para siempre, Wayra lloró y lloró sin cesar. Lloró sobre la montaña Mururata. Fueron tantas las lágrimas que derramó sobre ella, que mantienen su cumbre permanentemente nevada. Y la nieve, al deshacerse y caer por su ladera, formó el gran lago Titicaca. Desde entonces, el pueblo inca, en su sabiduría, pasó a llamarlo el Lago Sagrado.

Hoy en día, cuando no llueve, los campesinos realizan un ritual antes de la siembra grande. Escogen a una doncella virgen y la envían por la noche a recoger agua del Lago Sagrado, debiendo volver antes del primer rayo de sol. A continuación, en una gran vasija, mezclan el agua del Lago Sagrado (agua hembra) con el agua del pueblo (agua varón), y ofrecen la mezcla al Sol. Por último, riegan una parcela donde van a sembrar.

Es un ritual de agradecimiento y permiso para poder usar la tierra (Pachamama, madre tierra), y nunca se recoge toda la cosecha. Se deja un poco como muestra de gratitud a Pachamama por todo lo que les ha dado. Y con este ritual, permanece vivo hasta nuestros días el recuerdo del gran amor entre Wayra y el campesino Mururata.

 

• Aro Sáinz de la Maza y J.M Hernández Ripoll, con ilustraciones de Marta Velasco Velasco, Todos los cuentos del mundo,Barcelona, Arpa y Alfil editores, septiembre 2018, 304 p.