“Hace tiempo hubo un hombre entre nosotros
alegre iluminado
que amó vivió y cantaba hasta la muerte
libre como los pájaros”.
—Juan Goytisolo

Decía Keynes que para ser un buen economista era necesario tener la improbable combinación de conocimientos propios de un estadista, filosofo, historiador y matemático, además claro de saber de economía. El pasado domingo seis de julio perdimos a uno de los pocos economistas que cumplen a cabalidad la descripción dada por Keynes; Jaime Ros. Las líneas que siguen son un pequeño homenaje a la vez que carta de presentación al hombre a quien muchas y muchos economistas mexicanos admiramos y deseamos emular. Como cualquier homenaje, está escrito desde la parcialidad que da el cariño emanado de conocer y ser cercano a la persona sobre quien se escribe. Tocará a los historiadores del pensamiento económico del futuro escribir biografías desde otras latitudes.

I. Entender la economía, en el corto y en el largo plazo

Quizá la preocupación que por más tiempo ocupó la mente de Jaime fue el entender el funcionamiento de las economías en desarrollo, en particular las latinoamericanas. Jaime era la persona apropiada para la tarea. Por un lado, contaba con una excelente formación matemática, fruto de su paso durante la preparatoria por el área físicomatemática del Liceo Franco Mexicano. A ello, se sumaban los conocimientos en ciencia política y sociología que Jaime obtuvo mientras estudió, gracias a una beca del gobierno francés, la licenciatura en ciencias sociales en la Universidad de París XII durante los convulsos años de 1969 a 1971. Posteriormente, agregaría los conocimientos propios de economía que obtuvo durante la maestría en economía de la UNAM  y durante su paso por la Universidad de Cambridge. Sería en esta última en donde conocería a varias de sus principales influencias intelectuales. Por un lado, convivió con los últimos años de las carreras académicas de los economistas que, junto a Keynes, lanzaron la revolución keynesiana y quienes construirían las bases del pensamiento poskeynesiano. A la vez, convivió con los herederos de estos, entre los que destacan John Eatwell, Wynne Godley, Ajit Singh y Terry Barker. Es esta formación un tanto ecléctica y multidisciplinaria la que explica que el rigor en el manejo de los argumentos, ya sean matemáticos, históricos, empíricos y políticos, haya sido siempre la constante en el trabajo de Jaime.

La carrera de Jaime comenzó con la búsqueda de los determinantes de corto plazo del comportamiento de la economía mexicana. En particular, trató de identificar cómo las condiciones estructurales de la misma (la estructura y organización industrial, los mecanismos de determinación de precios y salarios, la existencia de cuellos de botella en algunos sectores, los elementos institucionales que generaban inercia en la inflación) influían sobre los niveles de empleo y del ingreso. Como resultado de la curiosidad de Jaime en entender mejor esos procesos y ayudar a la toma de decisiones y al debate público informado por la evidencia empírica es que se creó el primer modelo econométrico en la academia para la economía mexicana en su conjunto: el Modelo Econométrico de la Economía Mexicana (MODEM) basado en el Departamento de Economía Mexicana del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Esto, que hoy en día nos podrá parecer trivial, supuso una gran innovación en su momento. El MODEM fue el primer modelo econométrico capaz de realizar pronóstico sobre el desempeño de corto plazo de la economía mexicana basado en una institución académica. Ello supuso la existencia de un modelo, ajeno al gobierno y a la banca, que permitía analizar los efectos de las distintas opciones de política macroeconómica, de la misma forma que ocurría en Estados Unidos con el modelo de la Comisión Cowles desarrollado por el premio Nobel Lawrence Klein, o en Reino Unido con el modelo del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad de Cambridge coordinado por Wynne Godley.

Esta preocupación por el desempeño de corto plazo de las economías latinoamericanas se acentuó durante los años ochenta, pues la crisis de la deuda llevó a Jaime a concentrarse en analizar las distintas opciones para estabilizar a la economía, buscando la de menor costo social. Esta preocupación era compartida por un grupo de economistas que entendían a la economía de una forma muy similar a la de Jaime, entre los que se encontraban Nora Lustig, Edmar Bacha, Roberto Frenkel, Bill Gibson, Fernando Fajzylber, Luiz Carlos Bresser Pereira, Ricardo Ffrench-Davis, por mencionar a algunos. Conocidos como los neoestructuralistas, este grupo sería el que ofrecería alternativas a los planes de estabilización impulsados por el Fondo Monetario Internacional y por los economistas ortodoxos de la región. Estos planes, basados en una austeridad draconiana y un retraimiento de la participación del Estado en la economía, serían en parte responsables de efectos nocivos que tuvo la década de los ochenta sobre el bienestar de las sociedades latinoamericanas.  Al final del día, la historia terminaría por dar la razón a Jaime y a los neoestructuralistas, pues la estabilización de la economía mexicana y de la brasileña se logró vía una serie de planes de corte heterodoxo.

Al final de los ochenta, y tras un periodo en el que transitó por distintas instituciones internacionales, Jaime llegaría al Departamento de Economía de la Universidad de Notre Dame en Indiana, EEUU. Ahí, Jaime cambiaría de lente, y comenzaría ya no sólo a analizar el comportamiento de corto plazo de las economías en desarrollo, sino a preocuparse también sobre por qué éstas no se desarrollaban. Esta preocupación le llevaría a recuperar a la Economía Clásica del Desarrollo como el marco de análisis esencial para entender los problemas de la región latinoamericana. Jaime no sólo recuperó este marco de análisis, sino que construyó un marco unificado en donde los distintos modelos sobre desarrollo y crecimiento podían ser analizados. Dicho marco, expuesto de forma completa en sus dos libros “Development Theory and the Economics of Growth” del 2000 y “Rethinking Economic Development, Growth and Institutions”  de 2013, provee herramientas analíticas para superar el que para él era el problema fundamental de las economías de la región: un insuficiente acervo de capital físico. Dicha escasez de capital físico impide a esas economías sostener una estructura productiva lo suficientemente compleja como para proveer a toda la población de condiciones de vida dignas, y construir sociedades menos desiguales y jerárquicas. Porque si bien es cierto que la obra de Jaime es, en su mayor parte macroeconómica, detrás de ella se encuentra siempre la preocupación sobre como lograr garantizar que todos y todas vivamos en condiciones dignas. En eso se expresaba su socialismo, herencia de sus padres miembros del exilio español.

Esta preocupación por el largo plazo no se quedó en los argumentos teóricos, sino que le llevó a escribir, junto a Juan Carlos Moreno Brid, uno de los mejores libros sobre historia económica de México desde una visión de muy largo plazo: “Desarrollo y crecimiento en la economía mexicana. Una perspectiva histórica”. El libro fue uno de los primeros esfuerzos por hacer historia económica a partir de un enfoque de macroeconomía aplicada, es decir, tratando de identificar cuáles eran los factores que restringían el crecimiento de la economía mexicana. Al momento de su muerte, una segunda edición del libro estaba siendo preparada para ser entregada al Fondo de Cultura Económica para su revisión. Esperemos pronto salga a la luz.

Hacia el tramo final de su carrera, Jaime se abocó a entender (y explicarnos) las razones por las que la economía mexicana lleva estancada desde los años ochenta del siglo pasado. Fruto de ese esfuerzo fue una trilogía de libros. El primero “Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México” buscaba despejar la discusión sobre la economía mexicana a través de señalar los múltiples errores e inconsistencias que era posible encontrar en las explicaciones dominantes del mal desempeño de la economía mexicana. El libro detonó un par de polémicas interesantes, en donde los autores de dichas explicaciones trataban de refutar las críticas de Jaime. Entre estos intercambios vale la pena recuperar el que tuvo con Carlos Elizondo (publicado en esta revista) y con Santiago Levy, siendo este último el más interesante dado que se trataba de dos de los mejores economistas del país. A este libro le siguió otro, “¿Cómo salir de la trampa de bajo crecimiento y alta desigualdad?” en donde Jaime daba su propia explicación del bajo crecimiento de la economía mexicana, vinculándolo por un lado a las brechas de infraestructura en el país, los bajos niveles de inversión pública, así como la desigualdad. El libro que habría de completar la trilogía trataría sobre el tema de la desigualdad vista desde la distribución de pagos al trabajo y al capital. Desafortunadamente, Jaime aún se encontraba escribiendo el libro cuando lo sorprendió la muerte.

II. Crear espacios de reflexión

Si bien el legado intelectual de Jaime es vasto, provocador e imaginativo, éste no se restringe a artículos y libros. Jaime también colaboró en la construcción de instituciones que a la larga resultarían fundamentales para el desarrollo de la disciplina económica en México. En ese sentido, vale la pena destacar que a los 27 años se convirtió en el director fundador del Departamento de Economía Mexicana del CIDE. Durante su periodo como director, que va de 1978 a 1985, Jaime consolidó al programa de Maestría de dicha institución como unos de los principales en México. De igual forma, y como ya se dijo, al interior de dicho departamento se construyó el primer modelo macroeconométrico para la economía mexicana. Alrededor del modelo se creó la revista académica Economía Mexicana, en la cual se presentaban análisis sobre la situación de la economía mexicana en ese momento, haciendo uso de la información provista por el modelo, así como de estudios sobre elementos particulares de la economía mexicana.

Durante su estancia en la Universidad de Notre Dame (que fue de 1990 a 2011), Jaime, junto con otros economistas como Amitava Dutt, hizo del departamento de economía de dicha universidad uno de los centros de pensamiento heterodoxo más reconocidos a nivel mundial. Dicha reputación se mantuvo hasta que el departamento fue reformado, ante lo cual, a pesar de haber recibido una invitación para quedarse en el nuevo departamento de corte más ortodoxo, Jaime prefirió regresar a México.

En su vuelta al país, Jaime colaboró activamente en la reformulación del plan de estudios de la Maestría de Economía de la Facultad de Economía de la UNAM, particularmente en la creación del campo de conocimiento de Desarrollo Económico. De igual forma, creó una revista dedicada a analizar a detalle las problemáticas actuales de la economía mexicana. De nombre “Revista de Economía Mexicana. Anuario UNAM”, en sus cuatro años de existencia bajo la dirección de Jaime, la revista se ha constituido como un foro de discusión técnica sobre temas como la deuda pública, la pobreza, la distribución del ingreso y el crecimiento económico.

III. Mentor de varias generaciones

Sin embargo, de todos los legados que deja tras de si Jaime Ros, quizá el más importante sea el que sembró con su trabajo en las aulas. Desde sus inicios en el departamento de economía de la Universidad Anáhuac allá en los años setenta hasta las últimas clases que impartió en la Facultad de Economía de la UNAM, algo que distinguió a Jaime siempre fue su compromiso con los alumnos y la claridad que tenía para explicar cualquier tema de clase. Aquellos y aquellas que tuvimos la oportunidad de tomar clase con él, sabemos que Jaime siempre llegaba dispuesto a explicar cuantas veces fuese necesario el más complejo de los modelos macroeconómicos o el punto más confuso en la intrincada historia económica de México. Siempre buscó poner en contacto al estudiante con lo últimos desarrollos en la teoría económica, en el debate de política económica o incluso, con quienes tomaron las decisiones de política económica que marcaron el desarrollo de la economía mexicana. A ello se suma una gran calidad humana, que le hacía comprensivo de las situaciones por las que un estudiante muchas veces se ve afectado durante su trayectoria académica.

Quienes además tuvimos la fortuna de ser sus tesistas, ya sea a nivel de licenciatura, maestría o doctorado, podemos dar testimonio que Jaime siempre apoyó a sus asesorados. Ya sea apuntándoles hacia la literatura económica que les resultaría más útil para su trabajo o leyéndoles a detalle y señalando las inconsistencias o puntos poco claros en su análisis. Buscaba transmitir no sólo el conocimiento sino un modo de trabajar, en donde la claridad expositiva fuese siempre acompañada de rigor analítico, en donde se revisase de forma exhaustiva el trabajo de otros sobre nuestro tema para encontrar la mejor forma en la que podríamos contribuir. Siempre empujaba a sus asesorados a ser ambiciosos y hacerse las preguntas importantes, pues ello les permitiría realizar su potencial. De ello es testimonio que varios de los economistas más destacados como son Juan Carlos Moreno-Brid, Enrique Dussel Peters o Carlos Ibarra Nieto hayan sido alumnos suyos en algún momento.

Quizás es necesario que hable sobre por qué escribo este texto. Trabajé con Jaime de 2011 a 2014 como asistente de investigación, y durante el mismo periodo dirigió mi tesis de licenciatura. Trabajar con él influyó de forma determinante en mi carrera. No sólo por lo mucho que me enseñó sobre economía y que difícilmente hubiera aprendido en las aulas. Tampoco por la disciplina y rigor que me inculcó el ver cómo conducía sus propios proyectos y supervisaba mi tesis. Su más grande forma de influir fue al ser siempre un ejemplo de humildad y calidad humana. Jamás se rehusaba a hablar con un alumno, aunque no fuese de su curso. Siempre trataba de asistir a las invitaciones que le hacían alumnos de otras escuelas. Siempre trataba a los estudiantes como colegas de quienes aprender algo y estaba abierto a preguntas y cuestionamientos. Su oficina estaba abierta en todo momento para dar un consejo sobre a qué programas de posgrado solicitar ingreso o sobre qué materias tomar. Y en las pocas veces que no tenía un consejo puntual, de esos que nos permiten entender las cosas y ver sus soluciones, siempre tenía una anécdota o una palabra de aliento con la cual reconfortar. Tuve la fortuna de volverme su amigo una vez que concluí mis estudios de licenciatura y dejé de trabajar con él. Puedo decir que cada desayuno que compartimos era en realidad un espacio de aprendizaje para mí. Su partida deja un vacío irreparable, no sólo por ser un gran economista, sino, sobre todo, por ser un gran ser humano, de esos que nos redimen como especie.

Descansa Jaime, aquí te extrañaremos.

 

Luis Ángel Monroy-Gómez-Franco