Si la novela que publicaron Secker y Warburg en Londres el 8 de junio de 1949, y Harcourt y Brace en Nueva York el 13 de junio (fue El Libro del Mes en julio) se hubiera llamado El último hombre en Europa, un título que el autor aún consideraba en febrero de 1949, el presente se ría distinto. Variaría el rumbo del periodismo, las publicaciones, el comentario político, los pronunciamientos editoriales y partidarios, los coloquios académicos y las letras en general. Más sutil pero incisivamente, serían muy distintos en el ánimo político y la sensibilidad social, en las formas en que los hombres y mujeres ilustrados suponen y encuentran una expresión a la mano de la imagen que tienen de sí mismos, de sus comunidades y de sus oportunidades de supervivencia en un planeta dividido ideológicamente y armado hasta los dientes.

Sin embargo, como es bien sabido, George Orwell y su amigo y editor Fred Warburg, escogieron otro título (Orwell discute las dos posibilidades en una carta que le escribió a Warburg el 22 de octubre de 1948). Como terminó el manuscrito en noviembre de ese año, Orwell simplemente invirtió los dos últimos dígitos. A causa de este ardid más o menos aleatorio —si Orwell hubiera terminado la obra en 1949 estaríamos esperando 1994— este año será, más que 1984, 1984.

La atribución del año al libro podrá alcanzar una escala megalítica y opresiva. La novela —“no es un libro que me permita esperar grandes ventas”, escribió Orwell a su editor en diciembre de 1948— ha sido traducido a sesenta idiomas y se calcula que sus ventas totales han alcanzado cifras de ocho ceros. En Gran Bretaña, la atención de la radio y la televisión comenzó en agosto pasado. Una película de sesenta minutos, titulada El espíritu de cristal, retrata la existencia solitaria y literalmente moribunda, de Orwell en la isla de Jura, en las Hébridas Interiores, —donde fue escrito 1984. Dos programas de televisión mostrarían las relaciones entre la vida y la obra del novelista. Al comenzar el año aún se discutían las fechas de estreno. Entre las más probables estaban el 21 de enero, aniversario de la muerte de Orwell, en 1950; el 25 de junio, fecha de su nacimiento, y el 4 de abril, fecha ficticia en la que el antihéroe Winston Smith hace la primera anotación en su diario clandestino. Secker y Warburg pondrán a la venta una colección de diecisiete lujosos volúmenes de obras completas. La edición original en cuatro volúmenes de Ensayos, artículos y cartas aparecida en 1968 será aumentada con otros cuatro volúmenes que incluyen más de un millón y medio de palabras no reunidas con anterioridad. Penguin está por inundar el mundo con un 1984 de nuevo diseño. Sir Peter Hall, prepara una puesta en escena para el National Theatre de Rebelión en la granja de Orwell, aparecida en 1945. Los cursos de verano sobre Orwell que se llevarán a cabo bajo la égida del “más autorizado” biógrafo de Orwell, el profesor Bernard Crick (este rubro absurdo se hace necesario porque el mismo Orwell pidió expresamente que no hubiera servicios luctuosos ni biografía), es uno, aunque dudosamente el más prestigioso entre las docenas de similares seminarios académicos, cursos, mesas redondas y conferencias que se efectuarán a todo lo largo y ancho de la tierra que Orwell rebautizó como Airstrip One.

El 7 de junio de 1983, el Wall Street Journal declaró que había llegado la hora para que todos los hombres buenos decidieran si 1984 sería como 1984. Al parecer, las reacciones se harán extensivas a los Estados Unidos. La radio y la televisión ya han anunciado numerosos programas presentando o dramatizando a Orwell y la novela. El Instituto de Estudios e Investigaciones para el Futuro en la Universidad de Akron pondrá su mayor atención en “Después de 1984, ¿qué futuro tendrán la libertad individual, la autoridad política y la cultura civil?”. Una conferencia en la Universidad de Wisconsin versará sobre el tema “Premoniciones y perspectivas de 1984: ¿Ha llegado el mundo orwelliano?”. El Instituto Smithsoniano conmemorará 1984 analizando si los medios masivos pueden o no controlar el pensamiento. Pronto se conocerán proyectos de universidades, institutos, programas de educación para adultos y silabarios de preparatoria. Pero incluso estos proyectos —y pueden ser comparados con las listas similares en prácticamente todas las sociedades más o menos abiertas del planeta— se verán empequeñecidos si se lleva a cabo un proyecto que al parecer se organiza desde Tokio: nada menos que la reunión en Japón de todos los premios Nobel vivientes para expresar sus puntos de vista sobre la veracidad, o el grado de cumplimiento de la pesadilla de Orwell hace treinta y cinco años.

Ningún otro libro ha sido publicitado, empacado y proyectado de esta manera. Por comparación estadística, los centenarios de Shakespeare han sido discretos. Ningún otro libro se ha apropiado así de un año en toda la historia de la humanidad. Este es, claro, el punto central. Como ningún otro artefacto literario, 1984 de Orwell es su título. El último hombre en Europa hubiera transmitido con mayor precisión la temática subyacente en el libro: su alegato en favor de una Europa social-demócrata que resistiera tanto al sistema totalitario de Stalin como a la inhumanidad detergente de una tecnocracia y una hipnosis por los mass-media del tipo de la que para Orwell se estaban convirtiendo los Estados Unidos. Al decidirse por 1984 se apuntó un extraordinario golpe. Puso su petición y firma en una porción del tiempo. Ningún otro escritor ha hecho algo parecido. Y, desde mi punto de vista, sólo hay un caso paralelo en los récords de la conciencia. Kafka supo (hemos sido testigos de esta realización) que había creado su propia letra en el alfabeto romano. El supo que “K” se convertiría por largo tiempo en sostén de la máscara fatal que él asumió en sus relatos, y que lo señalaría a él ineluctablemente. La letanía de la letra es recitada por el poeta inglés Rodney Pybus en su “In Memorian Milena”:

K y otra vez K y otra vez K
K por Kafka
K de El castillo
K de El proceso
K la clave del miedo
Oh Franz yo no puedo
huir de esa letra K después de K

Pero aunque ahora tiene significado en términos de lenguaje (según entiendo, Kafkaesque —kafkiano— es adjetivo corriente incluso en japonés), la identificación de “K” con Kafka probablemente no se extiende más allá de una minoría ilustrada. En una escala mucho mayor que su público, 1984 se ha incrustado y se incrustará en la conciencia temporal del hombre. Shakesperare no posee la S ni monopoliza doce meses. La apropiación de 1984 es una para la cual ni la teoría literaria ni la semántica están preparadas.

En una de las innumerables encuestas previas a 1984 que han inundado los medios, Len Murray, el muy razonable secretario general del Congreso Británico de Sindicatos, lo expresó de la siguiente manera: “Rara vez se ha denigrado tanto un año antes de que ocurra como George Orwell lo hizo con 1984”. La sintaxis incierta hace sincera contraparte con la complicación espantosa del tema. ¿Qué puede uno hacer ante un trabajo literario, un libro de ficción “que denigra antes de que ocurra” un año en la vida de los hombres? Han existido otros años predestinados y funestos en la numerología del apocalipsis. Conocemos los grandes pánicos que atacaron a las comunidades de Europa Occidental en el año 1000, y sabemos de sectas que preparan su camino al sur de California con vistas al Juicio Final del año 2000. 1666 fue visto por astrólogos y teólogos como el año del advenimiento final de la ira divina, tal como fue predicho en el Libro de la Revelación. Pero estas intimidaciones histéricas no provienen del título de un libro moderno. Len Murray pudo ser más enfático: nunca un sólo hombre, o un plumazo, han expulsado así un año del calendario de la esperanza. Si hubiera una catástrofe termonuclear este año, si la hambruna impusiera un imperio más poderoso del que ya tiene, innumerables hombres y mujeres sentirán, desafiando a la razón, que de algún modo Orwell ya había previsto 1984, que en su 1984 había una operación no sólo de clarividencia sino —y ésta es una noción todavía más perturbadora— de cumplimiento cabal, de plena exactitud. Y otra vez el caso de Kafka ofrece un posible paralelo. El proceso, La metamorfosis y, sobre todo, La colonia penitenciaria expresan una previsión alucinante del régimen nazi y de los campos de concentración donde murieron la Milena de Kafka y las tres hermanas del escritor. ¿Acaso la profecía es coercitiva? ¿Hay en una clarividencia tan abrumadoramente exacta alguna semilla de cumplimiento cabal?

El fenómeno 1984 plantea nada menos que el asunto de los derechos fundamentales de la imaginación. Desde Platón se ha dado el debate sobre los límites permisibles de la ficción. ¿Acaso la eficaz representación estética de la sexualidad, del sadismo, del fanatismo político, de la obsesión económica induce al lector, al espectador, al público a una conducta imitativa? En esta perspectiva, la censura no es una inhibición de la libertad del hombre social: crea para el hombre promedio esas esferas de espontaneidad, de experimento personal, de indiferencia o ignorancia terapéutica en la cual la inmensa mayoría de los seres humanos desea guiar sus vidas cotidianas. ¿Tiene el artista, tiene el imaginador literario o filosófico de absolutos el derecho de vivir nuestras vidas internas por nosotros? ¿Necesitamos, debemos confiar nuestros sueños o pesadillas a su mando abarcador? El mismo Orwell tenía un interés nervioso y puritano en los efectos de la literatura barata sobre la sociedad y la imaginación en general, y de las más o menos sádicas historias de crimen. De ahí salieron dos de sus ensayos más penetrantes: “Semanarios para niños”, de 1939 y “Raffles y Miss Blandish”, de 1944. Al ocuparse de las narraciones de James Hadley Chase, Orwell encuentra en ellas una vena de sadismo corruptor. Sus gestos y sus valores son los del fascismo. Orwell leía atentamente. En Ya no lo va a necesitar de Chase, observa Orwell, “se describe una escena donde el héroe golpea violentamente a un hombre en la cara, y luego, habiéndole roto la boca, le aplasta la cara restregándole el talón en ella una y otra vez”. En 1984 esta imagen precisa, si puede ponerse de este modo, dio un fruto escalofriante. Y no obstante, ¿qué decir de las propias imaginaciones de Orwell? La ferocidad, la vulgaridad, el tedio febril que inyectan en la sociedad la literatura barata y la industria porno es un fenómeno asqueante pero también difuso, y un fenómeno cuyos efectos reales sobre la conducta siguen siendo discutibles. La anticipación prioritaria, el avance de la oscuridad que 1984 trae a 1984 es un hecho mucho más específico y apremiante ¿Tiene la literatura la licencia moral para tomar del tiempo futuro su conjugación de la esperanza?

No hay evidencias de que Orwell se hiciera alguna vez esta pregunta. Ni la metafísica ni la grandilocuencia eran su fuerte. Su áspera sensibilidad se resistía a cualquier subida a las alturas. Más aún, mientras Orwell escribía 1984 su propio tiempo estaba cerca del fin. La tuberculosis que lo hizo sufrir durante tanto tiempo declaró su total virulencia en 1947-48. Orwell se sabía un moribundo. (Murió unos seis meses después de la publicación del libro.) Puede ser, de hecho, que la enfermedad extrema es la constante en la historia interna de 1984. A pesar de las cartas disponibles, los escritos de ocasión y los testimonios de la época hay mucho que está sin aclarar sobre el origen y los fines de la obra.

En la carta a Warburg del 22 de octubre de 1948, Orwell dice que pensó por vez primera en su novela en 1943. El 26 de diciembre refiriéndose a la solapa que pondría el escritor Orwell dice que lo que en realidad se propone 1984 es discutir las implicaciones de dividir el mundo en Zonas de influencia’ (pensé en eso en 1944 como resultado de la Conferencia de Teherán), y junto con esto indicar mediante la parodia las implicaciones intelectuales del totalitarismo”. La ligera disparidad en lo que se refiere a la techa del inicio —1943 en un lado, 1944 en el otro— es trivial. Lo que importa es que no tenemos otro testigo para ninguna de estas cronologías. George Orwell tiene una envidiable reputación de honestidad, y no hay motivo para suponer que buscaba engañar ya fuera así mismo o a otros. Es totalmente plausible que la idea de hacer una especie de sátira utópica sobre un mundo ideológicamente dividido, sobre un planeta peligrosamente separado en superpoderes, le vino a Orwell al final de la guerra en Europa y luego de alguna de las reuniones en la cumbre de Churchill, Roosevelt y Stalin. Sin embargo, es de observarse que Orwell tenía mucho interés en dar una fecha previa. Porque 1984, como Orwell lo compuso y como ahora lo conocemos, depende crucial e íntimamente de otro libro. Y sobre este punto cardinal el testigo de Orwell se muestra —para decirlo cuidadosamente— reservado.

La reseña de Orwell al libro Nosotros de Y.I. Zamiatin apareció en Tribune, un semanario independiente orientado hacia la izquierda, el 4 de enero) de 1946. Orwell había leído el texto ruso en una traducción francesa. Lo definió como “una curiosidad literaria en esta época en que se queman libros”. Un mundo feliz de Aldous Huxley, cuya propia influencia sobre 1984 Orwell reconoció repetidamente y sin incomodidad, “debe derivarse en parte” de Zamiatin. A pesar de las apariencias a pesar del exilio de Zamiatin de la Unión Soviética y de la total supresión de su libro en ese país, Nosotros no va dirigida, según Orwell, contra ningún país o régimen en particular. Satiriza y advierte contra “los objetivos implícitos de la civilización industrial”. Prueba de esto, dice Orwell es el hecho de que Zamiatin, desde que vino al lado occidental, “ha escrito algunas sátiras mordaces sobre la vida inglesa”. Es cierto que Zamiatin había sido encarcelado en 1922 en la misma crujía de la misma prisión donde la policía zarista lo había puesto en 1906 pero Nosotros debía leerse como “un estudio de la Máquina, el genio al que el hombre irreflexivamente ha dejado salir de la botella y ahora no puede regresarlo a ella otra vez”. El reseñista encuentra diversas cualidades en la fantasía de Zamiatin. Sus intuiciones políticas y su visión sobre “el culto al Líder” vuelven a esta novela rusa “superior a la de Huxley. Pero “hasta donde puedo discernir no es un libro de primera línea”. En una carta a Warburg el 30 de marzo de 1949 cuando iba a imprimirse 1984, Orwell apoyo la posible publicación de una versión en lengua inglesa de Nosotros. Pero su entusiasmo vuelve a ser reservado. No hay ningún indicio de que haya cambiado su forma de pensar sobre la estatura del libro.

El Nosotros de Zamiatin, publicado en 1924, cuenta la vida humana en “El Estado Unico”. El Estado, regido por “El Benefactor”, ejerce el control absoluto sobre todos los aspectos de la vida mental y corporal. La vigilancia y el castigo están en manos de la policía política o “Guardianes” (es evidente el pastiche satírico de Zamiatin a la República de Platón.) Los súbditos del Benefactor habitan casas de cristal y están expuestos a la inspección y al registro constantes. A hombres y mujeres se les identifica no por nombres propios sino por números. Los cupones de racionamiento les dan derecho de bajar las cortinas y gozar “la hora del sexo”.Nosotros es la historia de un intento de rebelión de D-503 quien, como lo fue el mismo Zamiatin, es un hábil ingeniero, pero es al mismo tiempo “Una pobre creatura convencional” (como Orwell lo describe en su reseña). D-503 se enamora y esto lo lleva a la conspiración. Sorprendido por la policía que todo lo ve, traiciona a su amada, 1-330, y a sus aliados. Ve cómo torturan a 1-330 por medio de aire a presión bajo una campana de cristal. Ella no se dobla y debe ser eliminada. A D-503, por el contrario, le dan un tratamiento de rayos X para curarlo de un tumor llamado “la imaginación”. Vivirá para agradecer el cuidado omnipotente de El Benefactor.

He citado expresamente los elementos de la narración de Zamiatin que Orwell entresacó en su reseña del libro. “El Estado Unico” se vuelve la “Oceanía” de 1984; “El Benefactor” pasa a ser el “Big Brother”; los “Guardianes” son los equivalentes de “La Policía del Pensamiento” de Orwell; Winston Smith en efecto conserva su nombre, pero oficialmente es conocido y fichado como “6079 Smith W.”. El tema de la sexualidad auténtica contra la sexualidad programada, del acto de amor entre hombre y mujer como la fuente primordial y última de la insurrección libertaria, es el centro de ambas narraciones. Las torturas psíquicas y físicas bajo la campana de cristal se reflejan muy de cerca en el cuarto 101 de 1984. El efecto de las viviendas de vidrio de Zamiatin es precisamente el mismo que se obtiene con las tele-pantallas de Orwell. Igual que D-503, Winston Smith será curado del cáncer de la imaginación autónoma, del crecimiento maligno de los recuerdos íntimos. En el seguimiento de la trama, la diferencia es que la heroína de Zamiatin muere sin someterse, mientras que la Julia de Orwell se une a su alguna vez amado en la traición y la autotraición.

Con una sola excepción —y es, como veremos, el toque de genio en 1984— todos los temas importantes y la mayoría de las situaciones narrativas en el texto de Orwell se derivan de Zamiatim. Sin Nosotros, 1984, tal y como la conocemos, simplemente no existiría. No sabemos nada de lo que pudo, o no pudo, haber sido el germen del proyecto de Orwell ya fuera en 1943 o 1944. Sí sabemos que la trama real y la ejecución de 1984 se originó de una lectura de Zamiatin en el invierno del 1945-46. Fue en agosto de 1946 que Orwell empezó su propia versión del infierno por venir. Y uno debe concluir que fue la dependencia absolutamente central de 1984 frente a su muy olvidado predecesor lo que hizo que las Orwell a Zamiatin fueran tan incómodas, tan casuales en sus descubrimientos.

Se invocan con presteza otras fuentes que sugirieron la novela Orwell. Incluyen El dormido despierta de H.G. Wells, El talón de hierro de Jack London (un libro que obviamente marcó mucho de la visión de Orwell) y, por supuesto, Un mundo feliz. Sin embargo, más significativas que cualquiera de estas fuentes parecen haber sido los escritos de James Burnham. Los “Otros pensamientos sobre James Burnham” de Orwell aparecieron en el periódico Polemic por mayo de 1946. El concepto de Burnham del “gerencialismo”, que se remonta hasta 1940, y su óptica de una nivelación apocalíptica de las sociedades humanas bajo la tecnocracia, impactaron y estimularon el Orwell profundamente. A Orwell le parece sospechoso el retrato que Burnham hizo de Stalin en “El heredero de Lenin” de 1945; la fascinación de Burnham por el potentado y líder de la gran guerra acaba produciendo un acto de homenaje, e incluso de autodegradación”. Pero de hecho algunos aspectos de la descripción de Burnham encajarán en el Big Brother. “Mientras el hombre común pueda oír todavía”, concluye Orwell, no todo se ha perdido, y las profecías de Burnham aún pueden resultar erróneas. De nuevo, vemos, aquí un tema que 1984 desarrollará. El 29 de marzo de 1947, cuando su trabajo en la novela estaba en pleno avance, Orwell publicó en The New Leader de Nueva York, una extensa reseña sobre La lucha por el mundo de Burnham. A Orwell le parece excesiva la óptica ruidosa de Burnham de que es inminente un asalto soviético sobre el Occidente. Es una sobresimplificación su descripción implícita del mundo como algo dividido irremediablemente entre el capitalismo norteamericano y el marxismo soviético. Hay, según Orwell, una tercera vía: la del “socialismo democrático”. Y es el deber histórico de Europa, después de dos guerras homicidas y, básicamente, internas, demostrar que el “socialismo democrático” puede llevarse a la práctica. Es muy difícil lograr unos “Estados Unidos Socialistas Europeos”, argumenta Orwell, pero en efecto no es algo inconcebible. De hecho, eso puede proporcionar la clave, frágil y huidiza, de la sobrevivencia humana. De un modo evidente, el debate de Orwell con Burnham apunta al pivote eurocéntrico” que aparece en 1984. Y esto pone en relieve el significado cabal del título que se descartó para la novela: El último hombre en Europa. El vano intento de Winston Smith por preservar su individualidad, por saber y recordar el pasado histórico, representa un quintaesenciado rechazo europeo tanto al totalitarismo estalinista como a la antihistórica cultura de masas del capitalismo norteamericano. Con la derrota y la abyección de Julia y Winston Smith, “el último hombre en Europa” se ha extinguido.

El artículo de Orwell sobre “La prevención de la literatura” apareció en Polemic en enero de 1946. Aquí, una vez más, podemos observar las opiniones de Orwell y algunos elementos que pronto utilizaría en 1984, ya madurados, por decirlo así, con lo que Zamiatin le sugirió. “‘Atreverse a estar solo’ es criminal ideológicamente lo mismo que peligroso en la práctica”. Ningún orden totalitario puede permitir el juego anárquico del sentimiento individual o la invención literaria:

Es muy probable que una sociedad totalitaria que se perpetuara triunfalmente, construiría un sistema de pensamiento esquizofrénico, en el que las leyes del sentido común valdrían para la vida cotidiana y algunas ciencias exactas, pero a las que el político, el historiador y el sociólogo podrían ignorar. Ya hay innumerables personas que piensan que es escandaloso falsificar un libro científico e texto, pero que no ven mal la falsificación de un hecho histórico. En el punto en el que se cruzan la política y la literatura es donde el totalitarismo ejerce su mayor presión sobre el intelectual.

En esta noción de esquizofrenia sistemática, que el Estado promueve y controla, vemos los orígenes del “Doublethink”. Conforme trabajaba en su novela Orwell llegó a ver en el solo acto de escribir una de las últimas posibilidades para la resistencia humana. Publicó sus reflexiones en “Los escritores y el Leviatán”, en el número de Politics & Letters correspondiente al verano de 1948. El socialismo pragmático de Orwell lo persuadió de que son necesarias las lealtades de grupo: “Y sin embargo, son venenosas para la literatura, en tanto que la literatura es el producto de individuos”. Es cuando Winston Smith, débil criatura, comienza a llevar un diario clandestino, comienza a poner sus propias palabras sobre la página, que el Big Brother resulta amenazado. La verdadera escritura, observó Orwell, siempre será el producto de un yo cuerdo que esté aislado, que registra las cosas que se hacen y que admite su necesidad, pero que se niega a ser engañado en lo que respecta a la verdadera naturaleza de tales cosas”.

El tema de las relaciones entre el lenguaje y la política, entre la condición del habla humana y la escritura, por una parte, y la del cuerpo político, por la otra, se había desplazado al centro de las inquietudes de Orwell. Esto lo apuntó de un modo incisivo en su famoso ensayo sobre “La política y la lengua inglesa”, en 1946. La propaganda bélica de ambos lados había hartado a Orwell. Midió lo que sería la erosión del estilo provocada por las mentiras empaquetadas en los medios masivos. La política misma, escribió Orwell, “es un cúmulo de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia”. Y por el hecho de que “todos los asuntos son asuntos políticos” este cúmulo amenaza con invadir y extinguir la vitalidad responsable de todo discurso humano. La decadencia del inglés aún tenía remedio. Nunca usar una palabra larga donde pudiera ir una corta; usar voces activas en lugar de pasivas cada vez que se pudiera; no usar ninguna jerga cuando el inglés cotidiano sirva para decir lo que se quiere decir; “rómpanse todas estas reglas antes de decir cualquier barbarismo”. El final del ensayo tiene la elocuencia de la impaciencia:

El lenguaje político… está diseñado para hacer que las mentiras suenen a verdad y el asesinato suene a respetable, y para darle una apariencia de solidez a lo que es sólo aire. No se puede modificar todo esto de un momento a otro, pero al menos se pueden cambiar los hábitos personales, y de vez en cuando, si uno es capaz de burlarse con la intensidad suficiente, se puede mandar alguna frase gastada e inútil —algún talón de Aquiles, estercolero, hervidero, prueba de fuego, verdadero infierno— al basurero al que pertenecen.

En esta frase uno percibe el eco de un celebrado “troskismo”. Trotsky y su retórica se apoderaron de Rebelión en la granja volverían a hacerlo en los asuntos de Airstrip One.

La percepción de las reciprocidades orgánicas entre el lenguaje y la sociedad es tan vieja como Platón. Fue algo que volvió a examinar y profundizar la teoría política y la teoría de la historia de Joseph de Maistre, la gran voz de la reacción y del pesimismo cultural de finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve. Muchas veces los escritos de Bernard Shaw resultan un ejercicio avocado a purgar el habla privada y pública de la afectación y la hipocresía. Orwell añade a esta tradición polémica un interés especial en la corrupción del lenguaje en los libros infantiles, en el arte popular, en las diversiones masivas y en la “mala” literatura (cfr. el ensayo de 1942 sobre Kipling, con su análisis sobre la fascinante tosquedad del idioma de Kipling.) Pero entre esas críticas y lo que Orwell hizo en 1984, hay todavía una distancia.

La actitud de Orwell ante Jonathan Swift fue ambigua. “Hasta donde entiendo a Swift, política y moralmente estoy contra él. Curiosamente, sin embargo, es uno de Los escritores que admiro con menos reserva y me parece imposible que Los viajes de Gulliver, en particular, llegue a cansarme alguna vez”. Es, dice Orwell, uno de los seis libros con los que se quedaría si todos los demás estuvieran destinados a la destrucción. El retrato de Swift latente en “Política vs. Literatura” (Polemic, septiembre-octubre de 1946) se acerca al autorretrato: “Swift no tuvo una sabiduría común, pero en cambio sí tuvo una terrible intensidad de visión, capaz de aislar una sola verdad oculta y de amplificarla y distorsionarla”. En la tercera parte de Los viajes de Gulliver, Orwell encuentra una “anticipación clarísima del ‘estado policiaco’ lleno de espías”. Informantes, acusadores, delatores, perseguidores, testigos difamantes se apiñan en el reino de Tribnia. Las denuncias y las contradenuncias son el mecanismo de los asuntos públicos. Swift, señala Orwell, anticipa el macabro automatismo de los juicios de Moscú durante la purga. Filtrados por el Nosotros de Zamiatin, 1984 utilizará estos elementos. Pero es, creo, en otro momento de la tercera parte que Orwell dio con la clave principal. En la “Gran Academia de Lagado”, que Swift satiriza ferozmente, hay oficiosos sabios ocupados en inventar nuevas formas de lenguaje, sistemáticamente simplificadas. Por supuesto, están creando “Newspeak”.

La adaptación, el desarrollo y la sistematización que hizo Orwell de la pista de Swift, le da a 1984 su derecho a la grandeza. Es aquí donde Orwell rompe con y va más allá de la huella que dejó Zamyatin. “Doublethink”, “Big Brother”, “proles”, “Ministerio del amor”, el mismo “Newspeak” han entrado al lenguaje en uso. “Unperson” se ha vuelto penosamente indispensable en las consignaciones actuales de la burocracia del terror, ya sean las de la Unión Soviética o de Argentina, las de Libia o Indonesia. A un nivel más profundo, e incluso haciendo a un lado el modo espectral en que Orwell se divirtió con algunos elementos de la dialéctica de Hegel como aparecen en la lógica marxista los famosos contrasentidos del “Newspeak” —“La guerra es paz”, “La libertad es esclavitud”, “La ignorancia es fuerza”— tocan los centros nerviosos de nuestra política. El Apéndice “Los principios de Newspeak” tiene una autoridad sin concesiones que no está presente en gran parte de la narración misma. Es como si toda la carrera de Orwell como reportero, analista político, crítico literario y lingüístico y novelista de ideas fuera un preludio a esta afirmación desalentadora:

Una persona que fuera educada en el Newspeak como lengua única, no sabría que igual tuvo alguna vez el otro significado de “políticamente igual”, o que libre significó alguna vez “intelectualmente libre”; lo mismo que una persona que nunca hubiera oído del ajedrez, no sabría los otros significados de reina y torre. Habrían muchos crímenes y errores que estaría fuera de su alcance cometer, simplemente porque no tienen nombre y son, por tanto, inimaginables. Y era de preverse que con el tiempo las características distintivas de Newspeak se acentuarían cada vez más: sus palabras serían cada vez menos, sus significados serían más y más rígidos, y siempre discriminaría la posibilidad de darles un uso inapropiado.

Este axioma de economía, basado en Swift, puede ser la única inexactitud en lo que Orwell previó. El Newspeak que practicamos es el de la inflación verbal: en los servicios de inteligencia al asesinato se le llama “Separación con perjuicio extremo”: a los sucesos recientes en El Salvador o Filipinas se les describe como “avizoramientos esperanzados de los principios de los derechos del hombre”. Pero el método es el mismo. La claridad de la representación, la herejía del pensamiento deben imposibilitarse por medio de la eliminación o la ofuscación del lenguaje que podría concebirlas y comunicarlas. Uno de los dictámenes de Orwell arroja una luz casi intolerable sobre gran parte de la educación primaria y secundaria de Estados Unidos. Las palabras complejas, polisilábicas, difíciles de pronunciar, en Newspeak se consideran, ipso facto, malas palabras. Mal oídas, ambiguamente registradas, esas palabras no son sólo elitistas: le abren un espacio vital al no conformismo.

Hay un virtuosismo sádico, autolacerante en los usos que 1984 le da a toda esta invención. De nuevo resulta revelador uno de los juicios de Orwell sobre Swift: “El placer y el disgusto se vinculan del modo más raro”. Son convincentes los ejemplos de la traducción del Oldspeak al Newspeak, la corrupción del estilo y el rebajamiento taquigráfico del mismo, para introducir mentiras: lo que practica Winston Smith para borrar o falsificar todos los textos del pasado que de algún modo pudieran traer dudas sobre la línea actual del partido. Aunque “goodthinkful”, “crimethink”, “joycamp”, “Thinkpol” no han entrado aún al inglés anglonorteamericano, funcionan naturalmente en el libro. Y sólo hay que abrir los periódicos o ver la televisión para saber la utilidad exacta del término “duckspeak”: “Es una de esas interesantes palabras que tienen dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario, significa insulto; aplicada a alguien con quien uno está de acuerdo, es un elogio”. Ejemplo: en Polonia, la ley marcial es una tiranía descarada contra los derechos humanos; en Turquía, es una preparación necesaria para la llegada, algún día, de las instituciones democráticas. No menos sorprendentes e ingeniosos son los contraejemplos de Orwell, las exploraciones de Newspeak que propone por medio de la deducción negativa. Chaucer, Shakespeare, Milton y Byron no pueden expresarse en el vocabulario del Big Brother. Por supuesto, serán traducidos esa traducción no sólo los volverá algo distinto sino algo contrario a lo que eran”. En el Newspeak que se utiliza para la cópula y la procreación autorizadas, la misma frase te amo” será un “sexcrime” arcaico, intraducible (un buen número de los manuales de hoy sobre las glorias del sexo o sobre su psicología social no están lejos de las fantasías de Orwell.) Incluso “yo sueño” se volverá, en virtud de su aura de libertad privada y clandestina, una pieza intraducible de Oldspeak pronta a erradicarse. Uno se pregunta si el autor de 1984 llegó a toparse con la frase jactanciosa del Reichsorganisationsleiter Robert Ley, cuando dijo poco después de que los nazis asumieron el poder en 1933: “Hoy en día el único individuo en Alemania que todavía tiene vida privada es el que esta dormido”.

El tema de Newspeak se desdobla con brillantez. Haciéndole un guiño a la Britannica, Orwell nos dice que la versión al uso en 1984 incluía la novena y la décima edición del Diccionario de Newspeak. Pero el Apéndice se ocupa de la versión final corregida, tal como viene en la decimoprimera edición”. Aún quedan bloques prodigiosos de historia, información y belles-lettres para purgar y traducir. Pero para el año 2050 la gran tarea habrá sido consumada. Y en ese bendito momento, el lenguaje, como alguna vez lo conocimos, no hará falta: “De hecho, no habrá pensamiento, en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar – no necesitar pensar. Ortodoxia es inconciencia.” O ignorancia; o un sistema de televisión activo las veinticuatro horas del día. O bautizar a una prueba termonuclear con el nombre Operación Rayo de Sol.

Pocas cosas en 1984 tienen tanta fuerza. El tema de las mujeres y del sexo disparaba un sentimentalismo fastidioso en los escritos de Orwell. Julia no es una excepción. “Las campanillas florecen densamente bajo los pies; el tordo hace fluir un torrente de canción”; “Julia hace a un lado su ropa con ese mismo gesto de magnificencia por el que toda una civilización parecía ser eliminada”; “la blancura de su cuerpo brilla en el sol”. Se hace referencia al sexo como a “eso” no en el Newspeak sino en Orwell (“¿Te gusta hacer esto? No me refiero solamente a mí; me refiero a la cosa en si?” “Me encanta eso”.) La misma clase de sentimentalismo, a la vez genuino y autoirónico, ilumina el descenso rebelde de Winston Smith al “viejo Londres”, al mundo prohibido de la tienda de antigüedades. Ahí está el pisapapeles victoriano con “un objeto rosa, enroscado y extraño que recuerda a una rosa o una anémona marina” en su empolvado centro. “Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente; /Me debes tres monedas, dicen las campanas de San Martín”. Aquí hay niñas en pleno esplendor, con bocas pintadas burdamente”, y jóvenes que las acechan. La mezcla de fascinación y repulsión que experimenta Winston Smith, cuya sensibilidad, se supone, debemos considerar monótona y tediosa, es en muchos aspectos, y de un modo incómodo, la sensibilidad de Orwell.

Desde antes de la aparición de 1984, eran ya muy numerosos los relatos sobre las torturas en las cárceles de la policía totalitaria, sobre la impartición metódica de dolor y humillación contra el cuerpo humano. Después de Auschwitz y el Gulag llegaron las bestialidades sistemáticas de las guerras de Argelia y Vietnam. Nuestros estómagos han tenido sobredosis de horror gráfico y se han insensibilizado. Pero la tercera parte de la “Utopía” de Orwell (su propia y exacta designación) sigue siendo casi insoportable. Así tenía que ser. Se nos convoca a imaginar en nuestra propia médula el terrible dolor físico que sufría Winston Smith. Debemos asquearnos ante lo que se nos dice:

¡El hombro! Había caído de rodillas, casi paralizado, abrazando su hombro herido con la otra mano. Todo se había vuelto una luz amarillenta. ¡Inconcebible, inconcebible que un golpe pudiera causar tanto dolor! La luz se aclaró y pudo ver a los otros dos observándolo. El guardia se reía de sus contorsiones. De cualquier modo encontró la respuesta de una pregunta: Por nada en la tierra puede desear uno el aumento del dolor. Del dolor sólo se podía desear una cosa: que cesara. Nada en el mundo era peor que el dolor físico. Frente al dolor no hay héroes, no hay héroes, pensaba una y otra vez mientras se retorcía en el suelo, apretando inútilmente su lisiado brazo izquierdo.

Esto tiene una autoridad cabal. Atestigua el sentido inamovible que tenía Orwell sobre demandas del cuerpo humano, del modo perfectamente legítimo en que estas exigencias pueden, a veces, dominar incluso al más alto de los ideales y a la mayor de las obligaciones. Igual que Jonathan Swift, Orwell estaba arraigado en el hedor y el desgarramiento verdadero de la carne.

Pero no es esta articulación de la agonía lo que hace tan difícil de soportar el final de 1984. Estamos, creo, frente a algo más complicado de definir: un cierto prurito macabro, una fibra de kitsch sadista, precisamente ése que Orwell llegó a descubrir en sus estudios sobre las novelas sensacionalistas. Para esto tenemos las propias palabras de Orwell —aunque sin duda pudieron deberse a una condescendencia con su corresponsal—: que a él mismo le causaban incomodidad los abultados procedimientos del Cuarto 101. La tortura de las ratas en la jaula que serán liberadas para que le saquen los ojos a Winston Smith y luego le devoren la lengua no fue invención de Orwell. Se puede leer sobre esto en los tomos morbosos de Castigos o la Historia de la tortura y la mutilación que todavía pueden encontrarse en las librerías de viejo de la calle Charing Cross. Su utilización en 1984 produce cierta fascinación onanista. Aquí hay “enfermedad” en más de un sentido. La carta a Warburg del 22 de octubre de 1948, trae una clave evidente. El libro, dice Orwell, “es una buena idea, pero su realización habría sido mejor si no lo hubiera escrito bajo la influencia de la tuberculosis”. Esa influencia nos parece penetrante. Las torturas, las abyecciones y las auto-traiciones impuestas a 6079 Smith W., son obviamente una traducción de las que George Orwell sufrió durante sus sucesivos e inútiles períodos de hospitalización. “No había esperanza: cada una de sus partes, incluso la cabeza, permanecían inmóviles… Sentía una violenta convulsión en su interior y casi perdió el sentido. Todo se oscureció. Durante un momento fue un demente, un animal que aúlla”. Es Orwell quien habla, es el dolor de sus pulmones desgastados, el abismo de la terapia estéril. En comparación, qué anodinos resultan los elegantes ataques de tuberculosis, observados metafísicamente en La montaña mágica de Thomas Mann.

Por último, el problema con 1984 es su enfoque. Durante un buen tiempo de la composición de la novela, Orwell pareció considerarla una sátira instructiva del gerencialismo tecnocrático, de la mecanización desquiciada. Desde este punto de vista, 1984 hubiera sido una versión más pesimista del R.U.R. (Robots Universales de Rossum) de Karel Capek —al que debemos la palabra “robot”— o de Tiempos modernos de Chaplin. Pero el libro no es nada de eso. Es una alegoría levemente velada del estalinismo, en la que son centrales los sucesos reales y las implicaciones ideológicas del conflicto Stalin-Trotsky. 1984 es en muchos niveles una expansión, una “humanización” literal de la fábula esquemática montada en Rebelión en la granja. Es muy conocida la declaración de Orwell para responder a una pregunta que le hizo Francis A. Henson de los Trabajadores Automotrices Unidos, poco después de la aparición de 1984 en Estados Unidos:

Mi última novela NO intenta ser un ataque al socialismo… sino Una exposición de las desviaciones a las que está expuesta una economía centralizada y que el comunismo y el fascismo ya han llevado a cabo parcialmente. No creo que el tipo de sociedad que describo llegará necesariamente, sino que considero (por supuesto teniendo en cuenta el hecho de que el libro es una sátira) que algo similar podría suceder. Pienso también que las ideas totalitaristas se han arraigado en la mente de los intelectuales de todas partes y he tratado de sondear las consecuencias lógicas de estas ideas. El escenario del libro se sitúa en Inglaterra para enfatizar que las razas de habla inglesa no son congénitamente mejores que las demás y que el totalitarismo, si no se le combate, puede triunfar en cualquier parte.

Sin embargo, todos los detalles del tema Stalin-Trotsky obstaculizan las generalidades de la sátira. En esto la actitud de Orwell es muy ambivalente. A “Goldstein” (Trotsky) lo describe tanto con admiración como con disgusto. El largo extracto que se da de los manuscritos prohibidos de Goldstein es una hábil parodia de la prosa de Trotsky. Cuando Winston Smith y Julia se ven obligados a unirse a la Hermanita secreta de disidentes troskistas, Orwell deja en claro que esta organización es tan homicida, tan opresora y tan dogmática como el régimen del Big Brother. El judaísmo incomodaba a Orwell. Esto se refleja en 1984. Es un reflejo que va a dar al extraño tema de la mujer que “podría haber sido judía”, a la que ametrallan en la película de guerra que vio Smith; esto vuelve gráfico en la persona de Goldstein. Más que nada, es algo que surge en un momento poco percibido pero crucial en el magistral Apéndice: “Lo que se requería en un miembro del Partido era una perspectiva similar a la del antiguo hebreo que sabía, sin saber muchas otras cosas, que todas las naciones que no fueron la suya adoraban ‘dioses falsos’. No necesitaban saber que estos dioses se llamaban Baal, Osiris, Moloc o Astarté. Es probable que mientras menos supiera sobre ellos era mejor para su ortodoxia. Conocía a Jehová y los mandatos de Jehová. Sabía, por lo tanto, que todos los dioses con otros nombres eran ‘dioses falsos’”. Un buen comentario, pero es de llamar la atención que viene un defensor, un descendiente del puritanismo de Bunyan o Milton. 

En otros puntos clave también hay ambigüedades o confusiones similares. “El Partido acabaría por anunciar que dos y dos son cinco, y uno tendría que creerlo.” Durante la tortura, esto es exactamente lo que Winston creerá. Pero aquí hay más en cuestión que una imagen torpe de abyección irracional. El derecho mismo de proclamar que dos y dos son cinco, frente a todo lo anterior, frente a cualquier ortodoxia, frente a los dictados del obsequioso sentido común, es aquél que Notas desde el subterráneo de Dostoievski identifica con la libertad humana. Dostoievski enseña que la imaginación humana permanecerá libre mientras pueda rechazar la aprobación a los axiomas euclidianos universales. Por supuesto, Orwell conocía este célebre pasaje. ¿Cómo se supone entonces que debamos interpretar el modo en que lo usa y lo altera? ¿Qué valores, paródicos, nihilistas, o simplemente confusos, debemos atribuirle al precepto de que aquellos hombres que sean lo bastante sanos y valientes como para resistir a los Big Brothers deben estar prestos para “arrojar ácido sulfúrico a la cara de un niño”? Winston Smith inventa a un “Camarada Ogilvy” para los fines de hagiografía partidista:

Le parecía muy curioso que se pudieran crear hombres muertos pero no hombres vivos. El camarada Ogilvy no existió nunca en el pasado y una vez que se hubiera olvidado el acto de falsificación, existiría tan auténticamente y con la misma evidencia que Carlomagno o Julio César.

¿Debemos concluir, partiendo de este concepto ingenuo, que nuestra misma historia pasada es una fabricación inverificable?

Mientras trabajaba en este artículo, releí La condición humana de Malraux y Oscuridad al mediodía de Koestler. En cuanto al impacto, a la influencia difundida, 1984 es en efecto el tercer caso en esa serie. Sin embargo, en su categoría intrínseca está por debajo de las otras. La novela de Malraux sigue siendo una gran novela, convincente en su percepción de lo incierto, lo denso y lo imbricado que es el comportamiento humano. El enfoque de Koestler es puntual, el de Orwell no. La clara inteligencia político filosófica y el conocimiento de lo interno que se manifiestan en Oscuridad al mediodía son características diferentes a las de 1984. Estas comparaciones llevan a la interesante posibilidad de que el libro de Orwell pertenezca a una categoría limitada, muy particular: la de los textos de mucha fuerza o ingenuidad que deben leerse a fondo alguna vez. Esos textos siguen fijos en nuestra mente y nuestro recuerdo como un grabado. Cuando volvemos a ellos, la impresión de déjà vú, de idea imperativa es, como en el caso de algunas famosas fotografías de prensa, difícil de soportar. En lo personal yo incluiría a Cándido y La roja insignia del valor en esta misma rúbrica de lo que “alguna vez inolvidable”. ¿Desaparecerá 1984 de la inmediatez y de la conciencia popular, una vez que termine el año de 1984? Esta es, creo, una pregunta difícil de responder. “La perspectiva actual”, declaró Orwell al Partisan Review de julio-agosto de 1947, “es muy oscura y cualquier pensamiento serio debe partir de ese hecho”. Nada de lo que sucede hoy en nuestros asuntos internos o internacionales, contradice esta proposición. Para cientos de millones de hombres y mujeres sobre la tierra, el ya muy famoso momento culminante de la visión de Orwell: “Si quieres una imagen del futuro, piensa en una bota pateando un rostro humano —para siempre—”, resulta más una imagen banal del presente que una profecía. Si llega a darse el desastre nuclear o si nuestros sistemas políticos se derrumban bajo el peso de los armamentos y la codicia, tal vez habrá quienes —y tal vez serán muchos— recordarán la novela de Orwell como un acto inspirado de anunciación. Pero también podría ser que se revelaran sus debilidades como argumento, como obra de arte.

Las opiniones que abundarán este año apuntan a un trabajo importante “en exceso” pero también a un libro peculiarmente defectuoso. Es probable que sólo pudiera ser de esa forma. Pues, como se pregunta Thoreau, ¿puede un hombre matar el tiempo sin perjudicar a la eternidad?

 

George Steiner