… y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son.
— Karl Marx

Todo escritor conoce la mezcla de tristeza, resentimiento y desesperanza que Robert Burton llamaba “la melancolía de los letrados”. No es sorprendente, entonces, que Alfonso Reyes, el más letrado de nuestros literatos, sufriera un ataque casi fatal de melancolía burtoniana en los albores de su prematura vejez. “No puedo ni quiero escribir”, anota en su Diario a mediados de 1944. “Paso días amargos… sometido a coerciones inútiles. Todo por no ser rudo con mi gente. Me sorprende que no me den el descanso que necesito”.1 En el corazón de la depresión de Reyes late una conciencia visceral de su propia mortalidad. La primavera de ese mismo año le trajo el primero de los infartos que terminarían por matarlo quince años después. “A las tres de la madrugada”, escribe Reyes en Cuando creí morir:

Mientras yo escribía afanosamente ciertas páginas de intención filosófica… el brazo izquierdo empezó a dolerme… A poco —tal fue mi impresión— oí que alguien gritaba dentro de mí, adueñándose de mi voz a pesar mío: era yo mismo, a efectos de la pena que se había vuelto agudísima.2

A partir de ese momento el visionario de Anáhuac vive esperando la muerte. El presente se vuelve pasado antes incluso de terminar de pasar:

Comenzamos a contemplarlo todo como en el recuerdo. Y ¿hay cosa que, siendo más nuestra, nos sea más ajena que el recuerdo? —¿Aquél era yo?— nos decimos. Y así, desde este término indeciso, nuestra propia persona se deja observar a lo lejos.

Los médicos del ensayista —los mismos que le sugieren que se imagine a su corazón “como un jarrito de barro… que ha comenzado a rajarse”— sospechan que sus misteriosos achaques son producto de la hipocondría: “No entienden la naturaleza de mis padecimientos, que son un reflejo de la época”, Reyes anota. En efecto, el Diario registra largas sesiones de escucha radiofónica a los boletines de guerra de Reuters. Europa, fuente de tantos bálsamos espirituales, se desgarra a sí misma. ¿De qué sirven los libros si no consiguen evitar la destrucción de las bibliotecas?

La situación en México tampoco es esperanzadora. Los amigos del Ateneo se han convertido en versiones degradadas de sí mismos y en espejo de la propia decadencia. Vasconcelos, “al que le perdonábamos tanto” por ser “una fuerza de la naturaleza”, se ha convertido en “un pícaro”, término que en este contexto es un eufemismo para decir que ha pasado de escribir tratados de metafísica a escupir disparates fascistas. El gobierno posrevolucionario, el mismo que durante un puñado de años presumía ser un patrono de la cultura, va poco a poco mostrando su cara verdadera: la del filisteo que confunde ignorancia y cinismo. Los años de la diplomacia, cuyas tareas solían parecerle distracciones, se revelan como un periodo feliz: atrás han quedado las conversaciones con Borges y el gran amor desesperado, tanto más dulce por imposible y prohibido. Sólo le queda la Capilla: ese remedo de la torre de Montaigne, ese mausoleo para un hombre póstumo, un refugio para aguardar a la muerte en paz, repasando en silencio los silogismos de la monja y los pasos perdidos del peregrino.

El problema es que el santuario no es inviolable. La presencia de la muerte tiñe de negro todas las cosas, haciendo que las interrupciones más insignificantes aparezcan como afrontas personalísimas. Una traducción de Heidegger en la que el autor escribe Höldering cada vez que quiere decir Hölderlin basta para desesperar del estado de las letras en general; la irrupción de una mariposa nocturna es suficiente para despertar al fantasma del insomnio. Incluso los intentos de escape resultan tiros por la culata: una excursión a Cuernavaca, emprendida con la esperanza de trabajar en paz al menos por tres días, se vuelve amarga y “sin provecho” al descubrir que la ciudad “está imposible de levantinos, yiddish, y gringas”. El desliz antisemita, más digno de Vasconcelos o de un accionista del Lomas Country Club que de un humanista de la talla de Reyes, es por desgracia sintomático de los últimos tomos del Diario, cuya lectura no puede sino convencernos de la sabiduría del lugar común que aconseja mantener a los ídolos a una sana distancia, so pena de descubrir que su alma, como la nuestra, está constituida de las “sórdidas imágenes sin cuento” que Eliot describe en sus Preludios.

La principal queja de Reyes, sin embargo, es la que nos interesa: nuestro ensayista está harto de escribir por encargo. “Todo me pide un artículo para su número de aniversario. Sur me pide, por cable, un artículo sobre Francia. ¡Y acabo de dar uno a Cuadernos Americanos! ¡Ya no puedo más!”. Reyes desesperado por ocultar su misantropía se descubre incapaz de negarle a nadie el uso de su pluma. Tales son las “coerciones inútiles” a las que se siente sometido: Europa arde, México se estanca, el corazón se resquebraja, el tiempo apremia, la muerte aguarda; y en vez de dejarlo releer a Homero en paz, deletreando los hexámetros con la lentitud de quien se sabe lector común en vez de experto autorizado, los editores de las revistas más prestigiosas del mundo hispanohablante insisten en pedirle a Reyes que eche a andar la maquinaria con la que produce páginas luminosas sobre cualquier tema que le pongan en frente; páginas que, milagrosamente, conservan su lumbre pese a ser el producto de la prisa de quien escribe a regañadientes. Confrontado con el Diario, uno termina preguntándose qué habrá sentido Reyes al despertar en una de sus últimas mañanas para descubrir que había publicado suficiente como para llenar veintiséis tomos de textos menores. ¿Se habrá dado cuenta de que la suma de esos papeles excede por mucho la colección de sus partes? ¿Que los artículos por encargo y los ensayos de ocasión constituyen, en conjunto, el registro de una vida riquísima, un mapamundi del espíritu trazado a lo largo de fatigosas travesías por las selvas de las bibliotecas?

La lectura de los volúmenes del Diario que corresponden a los cuarenta nos deja con una nítida imagen de un espíritu en crisis y de una mente al borde del colapso. No se trata del momento más oscuro en la vida de Reyes —quien quiera descubrirlo no tiene más que echar un vistazo a las páginas que corresponden a los años 1910 a 1913— pero sí de uno de los menos heroicos. La suya es una infelicidad cotidiana, un hartazgo pedestre que tiene menos en común con la tragedia que con una farsa tan absurdista que termina por resultar aburrida. Es en este estado mental que Reyes recibió, el 15 de septiembre de aquel año, una carta firmada por el secretario particular de un antiguo amigo: Jaime Torres Bodet, quien por entonces ocupaba la vieja percha de Vasconcelos al mando de la Secretaría de Educación Pública. El propósito de la misiva era el mismo de siempre: el señor secretario quería un texto. Lo sorprendente era la naturaleza del encargo: una cosa didáctica que expusiera “un mínimo de preceptos morales que ayuden a cambiar las formas de vida básicas de nuestras clases bajas”.3 La idea era que el ensayo se editaría en un tiraje pantagruélico —¡10 millones de ejemplares!— para complementar al cuaderno de ejercicios que sería distribuido como parte de la Campaña Nacional Contra el Analfabetismo.

Ilustraciones: Izak Peón

Reyes aceptó con un entusiasmo que traicionaba que sus intenciones no eran inocentes. Para descubrir el origen de su respuesta tenemos que releer con ojos sospechosos el texto de veintitantas cuartillas que nuestro ensayista escribió en el curso de los tres días que siguieron y que originalmente se llamaba “Lecciones de Moral”. El título de la Cartilla es una enmienda tardía, hecha a mano sobre la copia limpia del manuscrito, el mismo que pasaría los siguientes ocho años durmiendo el sueño intranquilo de los vampiros en el archivo de la Capilla. Es en ese cambio de título que se esconde la clave del misterio de la Cartilla Moral: si Reyes la escribió en 1944, ¿por qué vio la luz pública hasta 1956?

La pregunta se justificaría por puro interés filológico, pero la historia reciente la ha dotado de la suerte de urgencia que suele faltarle a la crítica literaria. Como sabemos, el presidente Andrés Manuel López Obrador es un admirador no tanto de Reyes como de la Cartilla. El año pasado, cumpliendo una promesa de campaña, su gobierno formó una comisión encargada de producir una “Constitución Moral” inspirada en el texto de Reyes. “La decadencia que hemos padecido por muchos años”, escribe López Obrador en su prólogo a la edición masiva de la Cartilla que su gobierno publicó al inicio de su administración

se produjo tanto por la corrupción del régimen y la falta de oportunidades de empleo y de satisfactores básicos, como por la pérdida de valores… Nuestra propuesta para lograr el renacimiento de México busca hacer realidad el progreso con justicia y promover una manera de vivir sustentada en el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la humanidad… La difusión de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes es un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que en nuestras comunidades… haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad.4

La lectura crítica de la Cartilla, entonces, deja de ser un pasatiempo académico para convertirse en parte esencial de la interpretación del presente. Tanto el presidente como el partido al que encabeza y el movimiento social al que lidera se anuncian de izquierda, pero mucho en su estilo de gobierno y en sus decisiones políticas sugiere otra cosa. Dado que la Cartilla es una de sus fuentes de inspiración, es posible que el texto contenga la clave para descubrir la coherencia latente que se esconde debajo de la contradicción manifiesta entre los dichos y los hechos del morenismo. El conservadurismo de la Cartilla, como la enfermedad de Reyes, es más que un mero reflejo de su época: se trata, más bien, de un intento consciente de diseminar ideas de derecha entre las “clases bajas” de México. En el fondo sus mandamientos se reducen a uno solo: Honrarás a tu Padre como al Estado y al Estado como a tu Padre.

Las implicaciones de la apropiación morenista de la Cartilla son profundas y graves. El texto de Reyes, quisiera sugerir, es una de las manifestaciones más claras de uno de los fenómenos políticos más importantes de nuestra historia reciente, al que propongo llamemos “la reacción subterránea”: la tendencia de las ideologías conservadoras posteriores a la República Restaurada a expresarse a través de discursos liberales o incluso de izquierda. Una revisión crítica del pensamiento político y de buena parte de la literatura mexicana del último siglo y medio no puede sino conducirnos a la conclusión de que la hegemonía discursiva de nuestro liberalismo, una ortodoxia política que ha resultado bastante más duradera que los variopintos regímenes que pretendieron encarnarla, esconde un profundo antagonismo ideológico. Buena parte de la historia reciente de México se explica cuando entendemos que nuestro país está lleno de conservadores que no se asumen como tales y que en muchos casos ni siquiera son conscientes de serlo.

Semejante tesis requiere de bastante más evidencia y argumentación de la que es posible presentar en un solo ensayo. Así, esta lectura de la Cartilla Moral no es más que una primera aproximación a lo que espero será un esfuerzo sostenido, así como una invitación a leer con nuevos ojos una serie de textos que se han vuelto tan parte de nuestro paisaje que nos olvidamos de interpretarlos.

 

El texto de Reyes toma la forma de una sucesión de proposiciones que dependen lógicamente entre sí, de manera que las conclusiones de la primera lección se convierten en las premisas de la segunda. Reyes llama a estas proposiciones “respetos” y los define de la siguiente manera:

La apreciación del bien, objeto de la moral, supone el acatamiento de una serie de respetos que vamos a estudiar en las siguientes lecciones. Estos respetos equivalen a los “mandamientos” de la religión. Son inapelables; no se los puede desoír sin que nos lo reproche la voz de la conciencia.5

Estos respetos, nos dice Reyes, forman una serie de “círculos concéntricos.” El proceder de su exposición es por lo mismo inductivo, avanzando de lo particular a lo general: el respeto a uno mismo implica el respeto a la propia familia, el cual implica el respeto a la sociedad, el cual implica el respeto a la naturaleza. Esta forma de presentación, sin embargo, no supone la prioridad lógica o temporal de una u otra proposición. El texto agrupa a los respetos “de la forma que nos parece más adecuada para recordarlos de memoria”, pero en el mundo real los respetos existen en simultaneidad y demandan la misma “obediencia”.

Esta divergencia entre realidad y representación esconde la inconsistencia lógica de la Cartilla. La estructura de Reyes quiere tratar a los respetos como una serie de axiomas “inapelables” y al mismo tiempo como elementos móviles de un silogismo cuyas conclusiones son igual de axiomáticas que sus premisas. El problema es que un axioma, para serlo cabalmente, tiene que ser simple, es decir, completo en sí mismo e independiente de todos los otros axiomas, ya no se diga de las proposiciones secundarias que derivamos de ellos. La concatenación lógica de las lecciones de la Cartilla es un truco de ilusionista: Reyes parece llevarnos de la mano a través de una elegante demostración pero no hace sino pasearnos en círculos. Esta lógica falaz queda en evidencia desde el segundo párrafo de la primera lección:

Podemos figurarnos la moral como una Constitución no escrita, cuyos preceptos son de validez universal para todos los pueblos y para todos los hombres. Tales preceptos tienen por objeto asegurar el cumplimento del bien, encaminando a este fin nuestra conducta.

Que Reyes sienta la necesidad de modificar al sustantivo sugiere que el concepto de “constitución” presupone la escritura. Después de todo, la característica esencial de las constituciones, lo que las distingue de otras especies de reglamentos, es que su lenguaje pretende fijar en el presente las bases del futuro. Una constitución, si ha de merecer el nombre, tiene que asumirse como permanente e inalterable salvo en circunstancias excepcionales. Por lo mismo, la constitución tiene que existir en un medio que le permita persistir en el tiempo. No es casual que Moisés descienda del monte con dos tabletas de roca en vez de con una canción en los labios. No es casual, tampoco, que uno de los textos más antiguos que conocemos sea el famoso Código de Hamurabi. ¿Será, acaso, que la invención de la escritura tuvo algo que ver con la necesidad de que a la ley no se la llevara el viento?

La tensión entre la grafía del gesto constitutivo y la oralidad de la tradición nos conduce a la aporía que late en el corazón del texto de Reyes: el uso sinónimo de “la moral” y “la ley,” dos términos que en realidad se oponen como los polos negativos de los imanes, menos por diferencia que por similitud. Donde la ley es abstracta, universal y al menos en teoría perpetua, la moral es concreta, particular y tan mutable como el lenguaje oral. La etimología de la palabra resulta esclarecedora: moral desciende del mismo vocablo latino que moeurs en francés y manners en inglés, términos que conservan más claramente que el español su acepción original de maneras, modales, usos y costumbres. La moral, entonces, es menos un sistema ético o un aparato jurídico que la forma de vida de una comunidad: todas aquellas normas que los miembros de una comunidad toman por sentado al grado de olvidarse de su existencia en tanto que normas. Pensemos en la costumbre mexicana de saludar de beso a las personas del género al que deberíamos, en teoría, sentirnos atraídos. Se trata de un gesto tan cotidiano que termina por volverse reflejo, pero debajo del saludo inocente se esconde una aserción ritual de la heteronormatividad.

A diferencia de las leyes, que como veremos más adelante se enfrentan con un laberinto sin salida al momento que tratan de legislar la excepción, las reglas no-escritas de la moral incluyen cláusulas que indican cuándo es válido suspenderlas. La moral de los católicos ricachones del poniente de la Ciudad de México, por ejemplo, censura el sexo premarital al mismo tiempo que le guiña el ojo a los chavos. Es por esto que el moralista, a diferencia del legislador, es antes que nada un observador de la vida tal cual es y no un arquitecto de vidas ideales: pensemos en la enorme distancia que separa los proyectos de La Rochefoucauld e Ibargüengoitia de aquellos de Kant y Solón. De ahí que buena parte del discurso constitucional parece concebirse como una corrección de las tendencias injustas de una u otra moral. Del mismo modo que los mandamientos de Moisés buscaban rescatar a los israelitas de sus malas costumbres, la Decimocuarta Enmienda a la Constitución Norteamericana pretendía ponerle freno a la moral racista de la sociedad estadunidense. El proyecto de Reyes, entonces, es contradictorio en tanto que pretende poner por escrito un discurso que el texto mismo define como esencialmente oral o incluso tácito. Si la moral es en verdad una constitución no-escrita, un texto normativo puede ser ética, jurisprudencia, teología o autoayuda, pero no propiamente moral. Pero, en ese caso, ¿qué clase de libro es el que tenemos en las manos?

Más grave aún que las falacias formales de la Cartilla es que su fondo sea una celebración del principio de autoridad: la idea de que el primer deber que tenemos es el de obedecer —respetar— a quien sea que nuestra sociedad haya autorizado para mandar. En el mundo de la Cartilla esta autoridad recae siempre en un Padre real o simbólico. La moral —más bien: la ideología— que Reyes predica en la Cartilla es patriarcal no sólo porque su uso de “el hombre” como antonomasia de la humanidad traiciona su misoginia, sino porque su concepto de la fuerza normativa de los respetos, lo que nos obliga a obedecerlos, deriva del supuesto de que la subordinación a los designios del Padre es tanto natural como deseable. Consideremos la lógica con la que Reyes pretende conducirnos del respeto a uno mismo al respeto del “hecho natural” de la familia: “con la vida en común de la familia comienzan a aparecer las obligaciones recíprocas entre las personas, las relaciones sociales; los derechos por un lado y, por el otro, los deberes correspondientes”. Pasando por alto que “la familia” no tiene nada de natural, Reyes excluye la posibilidad de que el respeto a uno mismo y el respeto a la familia se vuelvan mutuamente excluyentes. Una niña a quien su padre golpea puede exigir respeto a sí misma o respetar a la autoridad paterna, pero tiene que escoger.

Es cierto que Reyes admite que el respeto a la familia debería de correr en ambas direcciones entre padres e hijos. Pero ¿quién, en una relación necesariamente jerárquica, define los parámetros de estos respetos? El padre golpeador está convencido, uno supone, que tal gesto no constituye una falta de respeto; al contrario, se trata de un gesto de amor. La hija podrá disentir y decirlo, pero en última instancia es el padre quien decide sobre la validez de la queja. Reyes admite esta posibilidad de forma implícita, pero la descarta con el gesto más torpe del legislador: la apelación a la “naturaleza”: “El acatamiento que el menor debe… a sus padres no es un mero asunto sentimental o místico; sino una necesidad natural de apoyarse en quien nos ayuda, y una necesidad racional de inspirarse en quien ya nos lleva la delantera”. El problema se revela con mayor claridad cuando recordamos que Reyes quiere hacer de la convivencia familiar el origen de los derechos. Estas protecciones son jurídicas por definición, pero la autoridad del padre no está sujeta a un código explícito que aplica tanto a gobernantes como a gobernados. El punto de dotar a los niños con derechos es, precisamente, protegerlos de posibles abusos por parte de padres y educadores.

No debería sorprendernos, entonces, que el aspecto más infausto de la Cartilla aparezca con mayor claridad en su teoría del Estado. Dado que las familias se agrupan en tribus y pueblos que terminan por asumirse como naciones, el mismo principio que demanda que nos respetemos y por lo tanto respetemos a nuestra familia nos obliga a respetar a nuestra patria: “En torno al círculo del respeto familiar”, nos dice Reyes, “se extiende el respeto a la sociedad”. Esa sociedad, sin embargo, no es la colección de individuos que me rodean sino “la sociedad organizada como Estado”, que Reyes parece entender no como institución cuyas raíces históricas se hunden en la tierra baldía de las guerras fundacionales, pues su “forma misma” no es otra cosa que la constitución, esa “encarnación de la voluntad del pueblo”. Al insistir en que la moral y la ley son intercambiables, el ensayista termina por demandar de sus conciudadanos la misma obediencia a la autoridad pública que la que los niños deben a sus padres, pues “toda violación de la ley lo es también de la moral”. Pasando por alto que esta es la defensa de Eichmann, la objeción que discutimos arriba aplica aún más cuando quien detenta la autoridad no es el Padre sino el Estado: ¿cómo he de respetarme y al mismo tiempo respetar al Estado cuando este último no me respeta?

La Cartilla intenta evadir esta pregunta postulando una diferencia entre Estado, nación y gobierno. Reyes nos dice que México, pese a sus muchas constituciones, sigue siendo el mismo país que nació con la Independencia. La permanencia de la patria se explica haciendo del gobierno un ente transitorio independiente de la ley: “Cuando el gobierno”, escribe Reyes, “comienza a contrariar las leyes o a desoír los anhelos de reforma que el pueblo expresa, sobrevienen las revoluciones”. Dejando de lado que el Estado es perfectamente capaz de ejercer una enorme e injusta violencia sin romper una sola de sus leyes, los pasajes en los que Reyes trata de elucidar la relación entre la moral y la ley terminan por confrontarlo con el problema de la excepción. En la formulación clásica de Carl Schmitt —el filósofo del derecho cuya genialidad es un recordatorio inquietante de que no hace falta ser idiota para afiliarse al Partido Nacional Socialista— el límite de la jurisprudencia es que una constitución no puede legislar las condiciones de su propia suspensión, pues incluso las cláusulas que reglamentan las emergencias pueden ser suspendidas.6 La teoría política emanada de la Ilustración descansa sobre la atribución de poderes mágicos a lo que es, la hora de la verdad, un papelito.

La pregunta, entonces, no es si la constitución puede ser suspendida sino quién tiene la autoridad para suspenderla. Para Schmitt la respuesta funciona como una definición del principio de autoridad: soberano es aquel que decide sobre la excepción. Para sus intérpretes de izquierda esta definición funge como el fundamento de la legitimidad revolucionaria: al levantarse contra un Estado que no representa sus intereses, los insurgentes actualizan la abstracción de la soberanía popular.7 Para Schmitt mismo, sin embargo, la ecuación de la soberanía con la capacidad de suspender la ley implica que todo gobierno es en última instancia una forma más o menos hipócrita de dictadura.

Pero volvamos a Reyes. ¿Cuál de estas dos actitudes frente a la autoridad del Estado se aproxima más a la suya? Nuestro ensayista mantiene que las revoluciones “no son delitos en sí mismas, aunque en la práctica se les trate como tales cuando los revoluciones son vencidas”. En otras palabras: la diferencia entre las revoluciones que violan la ley —y por lo tanto la moral— y aquellas que la defienden no depende de la validez del anhelo sus participantes sino de su éxito o fracaso. Esto implica que todas las revoluciones, incluso las que logran justificarse a posteriori, son inmorales en el momento de su estallido. Reyes nunca se plantea la pregunta obvia —¿qué significa esto para la Revolución mexicana?— pero la responde de manera implícita : “Lo que pasa es que hay revoluciones justas e injustas”. Pasemos por alto que esto es tan banal que es un insulto a la inteligencia del lector. Dado que las revoluciones no son delitos en sí mismas, ¿con qué criterio hemos de decidir si una revolución es justa?

Es decepcionante, lo sé. Este no es Alfonso el Grande, el visionario de Anáhuac que es al ensayo lo que Bach es a la fuga; tampoco Alfonso el Sabio, capaz de discurrir durante horas sobre la vida y milagros de San Luis de Góngora sin volverse jamás aburrido; mucho menos Alfonso el Triste, el más querido de mi muchedumbre de abuelos adoptivos: Reyes el ironista, el angustiado, el nostálgico incapaz de sentirse dichoso salvo en retrospectiva, ese digno heredero de Montaigne para quien la lectura era una conversación con los muertos y la escritura un aplazamiento del suicidio. No, este es Alfonso el Viejo: el amargado precoz para quien la cortesía es un intento desesperado de ocultar una larga lista de resentimientos tan profundos como predecibles. De ahí la primera pregunta implícita en el misterio de la Cartilla: ¿por qué aceptó Reyes dedicar tres días de trabajo —un verdadero derroche de generosidad en una época en la que escribir era un suplicio— a improvisar una constitución moral para las “clases bajas” de México?

La condescendencia de Reyes por sus lectores analfabetas aparece en todos los párrafos de la Cartilla. Su desprecio por ellos, sin embargo, no se traiciona hasta las lecciones dedicadas al respeto a “la especie humana” y al “arrastre de las circunstancias”. El primero de estos respetos se refiere al “amor a [las] tradiciones”. Estas tradiciones —es decir: estos usos y costumbres, estas morales— no son el residuo de un pasado de adelantados y conquistadores sino “adelantos ya conquistados”. Reyes, sin embargo, no corre el riesgo de que sus lectores de “clase baja” se queden con la idea de que la historia que les ha robado todo salvo la vida llana ha sido toda ella color de rosa. “Las tradiciones”, nos dice Reyes, “no deben confundirse con las meras cosas ya sucedidas, pues también suceden cosas malas. La moral enseña a distinguir las buenas: sólo éstas constituyen tradición respetable”.

Resulta que el criterio con el que hemos de decidir cuáles tradiciones constituyen la herencia de la humanidad y cuáles son meros escombros ensangrentados es la tradición misma. Para Reyes, el Estado merece obediencia porque es la encarnación material de la voluntad del pueblo, el cual se compone de tribus compuestas de familias gobernadas por padres, cuya autoridad deriva del respeto que sus hijos se deben a sí mismos. Así también, la moral es el criterio que nos permite juzgar el valor (la moralidad) de los usos y costumbres (las morales) que heredamos de nuestros padres (los árbitros de la moral), que no son otra cosa que las tradiciones (la moral) de nuestra sociedad, la cual se organiza en un Estado cuya autoridad (moral) para suspender la ley (que es también la moral) es, esa sí, un hecho natural. Vale decir: una rosa es una rosa es una rosa. En caso de duda, obedece al dueño del rosal.

El último respeto que Reyes describe en la Cartilla es el más vago de todos: “respeto a lo que escapa a la voluntad humana”. Sin él, afirma Reyes, “nuestra vida sería imposible. Nos desviviríamos en rebeliones estériles, en cóleras sin objetivo. Tal resignación es parte de la virtud”. En otro contexto estas líneas serían una expresión de los lugares comunes del estoicismo más rebajado, pero el destinatario de la Cartilla es un adulto analfabeto en el México de mediados del siglo pasado. Para una “clase baja” cuyos años formativos coincidieron con la violencia de la Revolución, “lo que escapa a la voluntad humana” incluye no sólo las tragedias de la vida privada y la certeza atroz de la propia mortalidad, sino también el horror del azar histórico: es a ellos, a los protagonistas de Rulfo, a quienes Reyes siente la necesidad de recordarles que no todo lo que ha pasado en la historia ha sido bueno, con el añadido de que la respuesta moral a las cosas de más que sí han pasado y siguen pasando no es la rebeldía sino la resignación.

 

La hermenéutica, como la esgrima, es un arte de círculos: cada interrogante nos lleva a otra pregunta, de tal suerte que nunca obtenemos respuestas pero nuestro entendimiento del texto se enriquece con cada vuelta de rueda. Para entender la decisión de Reyes de asumirse legislador moral de los pobres, conviene que nos planteemos otro problema: ¿por qué renegó Torres Bodet de su promesa de publicarla en una edición masiva destinada a la Campaña Alfabética?

Sin mencionar a Reyes por nombre, el Señor Secretario nos dice en sus Memorias que en algún momento pensó en comisionar un suplemento literario para acompañar al cuaderno de ejercicios, pero que en última instancia decidió no incluirlo porque los textos que recibió eran “fríos”.8 No me parece descabellado afirmar que Torres Bodet leyó el texto de Reyes y lo encontró tan profundamente reaccionario que era difícil interpretarlo como otra cosa que una crítica a la Revolución y por lo tanto al Partido. Los años de la “educación socialista” de Cárdenas habían quedado atrás, pero el corporativismo de los cuarenta no era todavía el del 94. Muchas de las facciones dominantes del  gobierno aún sentían la necesidad de guardar las apariencias revolucionarias. El secretario ya tenía suficientes problemas.

Pero tenemos que recordar que Torres Bodet, además de burócrata, era poeta. Esto sugiere que la Cartilla tiene por lo menos dos audiencias: las “clases bajas” a las que se dirige de forma manifiesta y el lector culto a quien apela de manera latente. ¿Será posible que el texto de Reyes contenga un mensaje cifrado, por así decirlo, un significado esotérico que sólo será accesible para quien sepa leer entre líneas? Después de todo se trata de un documento sobre padres y revoluciones, dos categorías que tenían para Reyes un significado bastante más personal e infinitamente más doloroso de lo que parecería a primera vista. Su padre, el general Bernardo Reyes, fue durante décadas una de las figuras más visibles y poderosas de la dictadura porfiriana, al grado de que muchos llegaron a considerarlo el heredero de Díaz.9

Tal parentela hubiera bastado para hacer de Reyes un enemigo natural de la Revolución. El golpe de gracia, sin embargo, tuvo lugar tres años después del triunfo de Madero. El 9 de febrero de 1913, en las primeras horas de confusión del golpe contrarrevolucionario, un grupo de alzados liberó a los prisioneros de la cárcel donde el padre de Reyes cumplía una sentencia por sedición. El viejo general no perdió un momento antes de buscarse un caballo y un puñado de hombres y marchar hacia el Zócalo, que creía bajo control de sus aliados, para tomar posesión del Palacio Nacional y asumir la presidencia de la República. Al llegar a la plaza, sin embargo, los golpistas descubrieron que las fuerzas del gobierno legítimo habían recuperado el recinto. El general Reyes murió ametrallado a plena luz del día, víctima de los primeros disparos de lo que llegaría a ser conocido como la Decena Trágica. Su hijo salió apresuradamente del país y pasó veinticinco años de semiexilio que produjo, entre otros frutos nostálgicos, ese magnifico panorama de una geografía imaginaria que se llama Visión de Anáhuac.  

A diferencia de Tablada y muchos otros escritores a quienes el destino o las convicciones hicieron antagonistas de la Revolución, Reyes buscó y encontró la reconciliación con el régimen posrevolucionario. Para cuando recibió la comisión de Torres Bodet, nuestro ensayista había servido como embajador plenipotenciario del gobierno que se asumía como heredero de los asesinos de su padre. Al mismo tiempo, nadie que conozca la obra de Reyes puede negar que el dolor de la muerte del general acompañó al ensayista hasta el último día de su vida. El corolario de este luto infinito es que la relación del escritor con el establecimiento posrevolucionario no puede haber sido tan simple o tan amistosa como la historia oficial de nuestra literatura pretende hacernos creer.

Nuestra pregunta inicial, sin embargo, sigue sin respuesta: ¿Qué pasó con la Cartilla entre su escritura y su publicación? El texto no vio la luz pública hasta 1956, cuando una joven llamada Rosario Castellanos se apersonó en la Capilla Alfonsina en nombre del Instituto Nacional Indigenista para pedir permiso de publicar una edición destinada a las escuelas rurales. Los íntimos del autor, sin embargo, pudieron leerla desde 1952, cuando Reyes mismo costeó una edición privada de 200 ejemplares. Que Reyes haya accedido a la petición de Castellanos es natural: su diario registra —¿con sorna? ¿con ternura racista?— la reunión celebrando que “el más griego” de sus esfuerzos haya terminado por convertirse en un “libro para indios”. Lo que llama la atención es que haya decidido distribuirlo entre un público a quien su Aristóteles simplificado impresionarían bastante menos que a un adulto analfabeta de las “clases bajas”.

La clave es otra vez la figura del Padre. Catorce años antes de recibir el encargo de Torres Bodet, Reyes escribió un texto bellísimo en honor al general: la Oración del 9 de febrero.10 En el curso de una meditación sobre la milagrosa persistencia de los muertos en la conciencia de los vivos, Reyes nos da un recorrido por la biblioteca de su padre, deteniéndose en los tomos en los que encuentra evidencia de la evolución de la firma del general: “La primera, la preciosa firma llena de turgencias y redondeces, aparece en un tomo de Obras Poéticas de Espronceda… y en una Cartilla Moral Militar, del Conde de la Cortina, edición de Durango, Francos Veía, año de 1869”.

Esta otra Cartilla es exactamente lo que cabría esperar de un aristócrata novohispano a quien los primeros gobiernos de la Independencia confiaron el manto del Regimiento de Comercio, una especie de guardia nacional a medio camino entre un cuerpo de policía y un destacamento militar cuya misión consistía en imponer y conservar el orden del Estado entre la población civil. Como el texto de Reyes, la Cartilla Moral Militar toma la estructura de un catecismo, esta vez en la forma de un diálogo imaginario entre un joven soldado de dudosas habilidades intelectuales y un general tan amoroso, y paciente como un padre. Un pasaje ejemplar es el siguiente:

P: ¿Qué es la subordinación?

R: La sujeción a la orden y el mando de otro.

P: ¿Cómo debe de ser esta sujeción entre militares?

R: Absoluta […]

P: ¿ Y si [los superiores] le ordenan [al soldado] una cosa injusta?

R: El militar debe obedecer aún en ese caso.11

Resulta que el axioma central de la Cartilla de Reyes —“toda violación de la ley lo es también de la moral”— proviene de un documento destinado a indoctrinar a la carne de cañón de la República Restaurada, la misma que habría de sostener en el poder por treinta largos años  entre otros al general Reyes. El soldado, como el adulto analfabeta de las “clases bajas”, tiene la obligación moral de rendir “respeto y veneración a los superiores en dignidad… aun cuando [el superior en cuestión] sea malo, porque el respeto que se le tributa, aunque en este caso no lo merezca la persona, lo merece sin duda la dignidad de que se halla investido”.

Aún más notoria es la similitud entre las definiciones de lo que Reyes llama “resignación” y el Conde, menos dado a los eufemismos, “la virtud del sufrimiento”, a saber:

la conformidad o tolerancia con la que [el soldado] debe llevar todas las penas a que constantemente lo somete su profesión, pues además de verse obligado a arrostrar la muerte y en la necesidad de sufrir las molestias de las estaciones y carecer de alimento y de abrigo, de descanso y aún de esperanza, no pocas veces se ve también obligado a soportar insultos y humillaciones.

Sobra decir que la descripción del Conde se ajusta tanto o más a los lectores del “libro para indios” de Reyes que a los soldados que su padre condujo a la muerte en el curso de las largas campañas de pacificación que hicieron del XIX un siglo de guerra sin fin.

La última pista necesaria para resolver el misterio de la Cartilla es que Reyes nunca publicó la Oración del 9 de febrero. Siguiendo su propio consejo, el ensayista había preferido hacer del sufrimiento una virtud y de la resignación un consuelo frente al azar histórico, prefiriendo aceptar una posición diplomática que destruirse en “rebeldías sin sentido”. Publicar una elegía desgarradora en memoria de su padre golpista habría sido una falta de respeto para el Estado en el que los mexicanos, justa o injustamente, habían cristalizado los anhelos de su revolución. La Oración data de 1930, apenas un año después de la represión de la campaña presidencial de Vasconcelos, en el curso de la cual el ex amigo de Reyes sufrió no menos de cinco atentados contra su vida.

En 1944, la invitación a darle lecciones de moral a las “clases bajas” debió parecerle a Reyes oportunidad perfecta para una venganza simbólica: décadas después de la destrucción de la torre, el espíritu de don Bernardo reencarnaría en diez millones de mexicanos. Cuando Torres Bodet advirtió lo que ocurría y renegó de su acuerdo con Reyes —¿será posible que estuviera tratando de protegerlo?— el ensayista decidió tomar cartas en el asunto y distribuir el texto entre lectores que serían capaces de entender que la Cartilla, más que un mediocre libro de texto, es una obra maestra de lo que Leo Strauss, ese otro reaccionario, llamaba comunicación esotérica: el arte de esconder nuestras ideas políticas en un lugar donde sólo los elegidos sabrán encontrarlas.

No pretendo que estos últimos párrafos sean otra cosa que especulación. Incluso si ninguna de mis fantasías tuvo lugar, sin embargo, es imposible negar que la Cartilla es un texto ultraconservador. Las opciones son dos: o la administración en turno es incapaz de reconocer a un reaccionario cuando se les aparece en el espejo o, al contrario, lo que les gusta del texto de Reyes es precisamente su conservadurismo.

 

Pero ¿no estamos siendo injustos con Reyes? Quizás la resignación que predica la Cartilla sea menos un gesto contrarrevolucionario que el consejo sincero de un hombre que ha sufrido en carne propia las heridas de la historia. El mensaje de Reyes a las “clases bajas” y a los “indios” de México sería entonces un elogio de la ironía: esa capacidad de contemplar el naufragio del barco del que uno es pasajero con la distancia de quien contempla el desastre desde la playa. Uno nace en el seno de una familia rica o pobre, con padres amorosos o tiránicos, en una sociedad cuyas costumbres son fuente de sabiduría o de violencia, subordinado a un gobierno que sigue o no sigue la ley, y que será o no será derrocado por una revolución justa o injusta que tarde o temprano será a su vez derrocada. En vez de desesperar ante la arbitrariedad del juego, quizás lo mejor que podemos hacer es simplemente jugar las cartas que nos tocaron de acuerdo con las reglas que nos fueron dadas. Así, trata de no herirte a ti mismo ni a tu familia, no te metas en problemas, y recuerda que incluso la más gloriosa de las revoluciones hubiera quedado en crimen de no ser por los infinitos accidentes de su triunfo. No seas rudo con tu gente; honra a tus padres y perdónales sus pecados, pues ellos tampoco saben lo que hacen.

La Cartilla sería entonces un intento profundamente imperfecto (y clasista y racista y misógino) de transmitir la receta de los bálsamos con los que Alfonso el Triste se consolaba en sus noches de insomnio, cuando las mariposas negras y la memoria de su padre asesinado lo sumían en lo que su amigo Borges llamaba “la impaciencia de ser mármol y olvido”. Nada de esto, sin embargo, haría de la Cartilla un texto progresista. Basta con citar un párrafo de un folleto anónimo publicado en la Ciudad de México en 1855 e intitulado El Partido Conservador:

Las ideas conservadoras, es decir, las ideas morales y religiosas aplicadas al gobierno de la sociedad humana; el respeto a los lazos de la familia; el respeto a la propiedad individual; el respeto a la autoridad pública; y, como consecuencia de todo, la administración del gobierno puesta en manos de hombres honrados y capaces; son ideas que existen por convencimiento en el corazón y en el espíritu de todas las personas sensatas e ilustradas y por instinto en las clases más bajas e ignorantes.12

La conexión es tan obvia que no puedo evitar preguntarme por qué no asociamos a Reyes con el conservadurismo. Es cierto, él mismo cultivaba la imagen de un viejo bonachón demasiado ocupado con epítetos homéricos y hiperbatones gongorinos como para perder el tiempo en cuestiones pedestres como la justicia o injusticia de la Revolución que cobró la vida de su padre, pero sólo un ingenuo pensaría que la decisión de alejarse de la política no es en sí misma una decisión política. ¿Será posible que Reyes prefirió refugiarse en temas librescos no porque la política le tenía sin cuidado, sino porque se sabía miembro de la facción perdedora? Pregunto por un amigo.

En fin. Estas consideraciones nos permiten apreciar la utilidad analítica del concepto de “reacción subterránea” al que aludí al inicio de nuestra discusión. La obra de Alfonso Reyes, al menos la parte que incluye a la Cartilla y a la Oración, se nos revela entonces como un ejemplar paradigmático de nuestra derecha soterrada. Lo mismo puede decirse de prácticamente todos los presidentes de México posteriores a Lázaro Cárdenas, incluyendo, claro está, a López Obrador. Esta es la hipótesis que quisiera que consideráramos: las elecciones del año pasado no fueron el triunfo de la izquierda que tantos hubieran querido ni la fiesta populista que unos cuantos temían sino la victoria de la reacción subterránea.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.


1 Los siete volúmenes del Diario están por fin disponibles en excelentes ediciones del Fondo de Cultura Económica. Este ensayo cita el tomo IV, que cubre los años 1939-1945, publicado en 2018 a cargo de Javier Garciadiego, y el tomo VII, que cubre los años 1951-1959, a cargo de Belem Clark de Lara, Fernando Curiel Defossé y Luz América Viveros Anaya.

2 Fuera de la Cartilla y el Diario, todos los textos de Reyes citados en este ensayo están disponibles en el primer volumen de Visión de México, la excelente antología que la Academia Mexicana de la Lengua publicó en 2016. La edición, a cargo de Alfonso Castañón, es de clase mundial y resultará útil tanto para reyistas inveterados como para lectores primerizos. Se agradecen, en particular, las abundantes notas al pie, tanto las que proveen contexto histórico como las que señalan delicias filológicas.

3 Esta cita, así como buena parte de la información concerniente a la historia documental de la Cartilla que presento aquí, puede encontrarse en el aparato crítico de la edición de la Cartilla que Garciadiego preparó para El Colegio de México en 2019.

4 La edición morenista de la Cartilla puede descargarse de forma gratuita en el dominio https://www.gob.mx/constitucionmoral/ El texto no es el de Reyes sino una “adaptación” peparada por José Luis Martínez, quien fungía como secretario particular de Torres Bodet en 1944. Martínez dice que su “adaptación” consiste en “retoques”, ninguno de los cuales “se aparta de la intención y el espíritu” de Reyes. Esto es falso. Sin ir más lejos, la primera página de Martínez inserta una serie de párrafos en torno al concepto de “el mal” que son completamente ajenos a Reyes, quien nunca cae en maniqueísmos tan torpes como el de Martínez: “El bien es una cuestión de amor y de respeto. Es amor y respeto a lo que es bueno para todos y aversión a lo perjudicial. No todo está permitido. Lo excluido es aquello que está mal, que causa mal. El bien es benéfico, y el mal es maléfico”. Tal violencia editorial es preocupante: Esta es la “Cartilla” (entre comillas porque un texto que ha sufrido semejante mutilación deja de ser de la autoría de su escritor) que ha de guiar la redacción de la Constitución Moral que ha de regirnos. Que el Estado legisle “el bien benéfico” es grave; que legisle “el mal maléfico” es gravísimo, y no sólo por lo atroz del pleonasmo.

5 Todas las citas de la Cartilla provienen de la edición de Garciadiego. Es imposible exagerar su utilidad: incluye, además de un prólogo histórico-literario de primer nivel, un anexo documental caído del cielo. Este ensayo no hubiera sido posible de no ser por el trabajo de Garciadiego, a quien le expreso mi admiración como crítico y mi gratitud como lector.

6 El texto de Schmitt que nos interesa es Politische Theologie, de 1922. Para este ensayo consulté la traducción al inglés que George Schwab publicó con el MIT en 1985. La afiliación nazi de Schmitt hace la contextualización de su pensamiento especialmente importante. Recomiendo el primer capítulo de Spectrum, de Perry Anderson, Verso, 2007.

7 Entre estos intérpretes se cuentan Walter Benjamin (véanse las Tésis sobre la historia en la luminosa traducción del luminoso Bolívar Echevarría, Ítaca, 2008) y Giorgio Agamben (State of Exception, Universidad de Chicago, 2003).

8 Véase la edición de la Cartilla de Garciadiego.

9 Para entender el contexto del febrerazo, recomiendo Garciadiego, Alfonso Reyes, Planeta, 2009. Garciadiego mantiene que el apoliticismo de Reyes era bastante más sincero de lo que sugiero en este ensayo. En cierto sentido tiene razón: Reyes se creía sinceramente apolítico. Este no es el lugar para discutir con nuestro más grande reyista, así que me limitaré a remitir al lector al epígrafe que me robé del Brumario de Marx.

10 Véase la antología de la AML. Alternativamente: https://bit.ly/2KLzFpo.

11 El texto íntegro de la Cartilla Moral Militar puede consultarse en línea en: https://bit.ly/2LrSey8. No se trata de la edición que Reyes menciona, pero no tengo razones para creer que el texto difiera radicalmente.

12 Véase el tercer tomo de El pensamiento conservador y el conservadurismo en México, de Alfonso Noriega, publicado por la UNAM en 1972. El libro es más útil como repositorio de fuentes documentales que como análisis, pero vale la pena revisarlo con cuidado. Está lleno de sorpresas, la mayoría desagradables.

 

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