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Nadie hubiera podido prever a finales del siglo XIX y comienzos de éste, las excepcionales dificultades que se levantarían como obstáculos entorpecedores en el desenvolvimiento de la tendencia histórica orientada a la restructuración democrática y socialista del mundo contemporáneo. El obstáculo menos previsible de todos era el que emergería de la formación social en las que cristalizaron las rupturas anticapitalistas ocurridas en diversos países del orbe, el llamado socialismo real. En efecto, a la vuelta del siglo a nadie se le hubiera ocurrido disociar proyecto socialista y programa de democratización social. No es casualidad que los primeros agrupamientos políticos en los que se concretó la mencionada tendencia histórica se conocieran con el nombre de socialdemocracia. Para todos era evidente que el socialismo no sería sino la democracia llevada hasta sus últimas consecuencias y que la eliminación de la propiedad privada es sólo un aspecto de un proceso más amplio ocurrido casi todo el siglo XX, sin embargo, socialismo y democracia han terminado por ser vocablos excluyentes. El socialismo real, con su pretensión de ser la realidad del socialismo, aparece como la confirmación cotidiana de esta contradicción. Frente a la prueba brutal de los hechos en el socialismo real, ¿cómo sostener que al socialismo le es ajena la eliminación del pensamiento crítico, el sofocamiento de la sociedad civil, la cancelación del pluralismo ideológico y político, la anulación del libre debate de ideas, la subordinación al partido de los sindicatos y demás organismos sociales… en fin, la negación de la democracia?

La circunstancia de que las rupturas revolucionarias ocurrieron en sociedades de capitalismo incipiente, con escaso desarrollo económico y un atrasado sistema político donde los espacios democráticos eran inexistentes, con una sociedad civil embrionaria y gelatinosa, marcó de manera definitiva la estructura de la sociedad posrrevolucionaria. A pesar de que la mitología de izquierda caracteriza tales rupturas como revoluciones proletarias o socialistas, el más superficial examen basta para mostrar que fueron revoluciones en sociedades agrarias en las que no se había constituido ni podía constituirse una hegemonía obrera de contenido socialista. Debiera ser evidente la necesidad de aplicar a las sociedades derivadas de esas rupturas, la tesis de que “así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de si mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son” (Marx). En efecto, no importa lo que partido y Estado en el socialismo real se imaginan ser sino lo que en verdad son. A pesar de que el pensamiento socialista tiende con frecuencia, sobre todo cuando se trata de dar cuenta de los resultados efectivos de la propia práctica, a desechar la concepción materialista de la historia, es obvio que la caracterización correcta del régimen sociopolítico configurado en los países del campo socialista no puede basarse en la imagen que de sí mismas tienen las fuerzas políticas que allí ejercen el poder. Tampoco la caracterización adecuada de esas sociedades puede descansar en el simple hecho de que se haya procedido a la estatización de los medios de producción, pues la índole de esa formación social no es resultado directo e inmediato de la abrogación de la propiedad privada. No hay socialismo por la mera circunstancia de la desaparición de esta forma de propiedad, si ella no va acompañada de la socialización del poder.

Ahora bien, las rupturas anticapitalistas no dieron lugar a la formación de sociedades socialistas, no sólo porque ocurrieron en los eslabones débiles del sistema mundial capitalista, países agrarios sin hegemonía obrera, sino también porque los nuevos regímenes nacieron y se desarrollaron, desde Rusia en 1917 hasta Nicaragua en nuestros días, bajo el permanente asedio e intervención militar de las potencias imperialistas. No es fácil tener una idea precisa de lo que ha significado la necesidad de desplazar una enorme masa de recursos materiales y humanos a la construcción de una fuerza militar capaz de hacer frente a la amenaza constante de un enemigo dispuesto a destruir mediante la violencia la gestación del nuevo orden social. Más difícil aún es pensar con claridad en qué medida la agresividad de las potencias imperialistas estableció una cultura de guerra donde la apertura de espacios democráticos -hasta entonces, vale la pena insistir, inexistentes- se volvía más improbable. Los Estados posrrevolucionarios en el socialismo real devinieron Estados antidemocráticos no sólo porque se constituyeron en sociedades atrasadas, sino también porque tuvieron muy pronto que vivir para el combate contra el enemigo exterior. No sólo había que desatar un rápido proceso de sobreacumulación (con la consiguiente explotación del trabajo) para subsanar gigantescos déficits en la satisfacción de necesidades elementales sino, además, para crear la base industrial que permitiera organizar una defensa militar eficaz.

Sería insuficiente, en cualquier caso, pretender que el atraso de las sociedades agrarias en las que fueron factibles rupturas anticapitalistas y el acoso exterior al que fueron sometidos los Estados posrrevolucionarios, bastan para explicar la ausencia de vida democrática en el socialismo real. Habría que admitir hasta qué grado en la propia elaboración teórica del movimiento socialista se encuentran elementos cuya contribución no ha sido menor en la generación de esa ausencia. Así, por ejemplo, atraso y peligro externo están en la base de la centralización del poder, pero el monstruoso Leviatán que ha emergido en esa región del mundo tiene también mucho que ver con el funcionamiento práctico del centralismo democrático, binomio que remite a una concepción del partido donde el sustantivo se acentúa hasta la completa eliminación del adjetivo. El centralismo excluye la libre circulación de ideas y traba la formación de corrientes y tendencias hasta conformar una estructura vertical que refuerza la concentración del poder en la cúspide del aparato. El verticalismo inherente a esa figura de la forma orgánica partido se exacerba cuando se conjuga con modos de gobierno que ocluyen cualquiera otra forma de organización social ajena al estricto control partidario.

En los países del campo socialista el centralismo ahogó el libre debate interno en el partido, pero otros elementos teóricos han intervenido para inhibir, además, la formación y despliegue de una vigorosa sociedad civil. La idea, por ejemplo, de que el partido es expresión o representación de la clase, está en el origen del apabullamiento de los aparatos sindicales y demás formas de organización social. En tanto el partido se presenta a sí mismo como expresión de la clase la actuación de ésta (y del pueblo en su conjunto) es sustituida por la actividad del supuesto partido-representante. Toda la iniciativa política queda reducida a la que emana de la dirección partidaria, esta concepción desemboca en la hostilidad a cualquier perspectiva ideológica distinta a la oficial pues fuera de los horizontes establecidos por el partido todo es catalogado como ideología burguesa. No es extraño si para preservar la unidad sin fisuras en tales condiciones, se vuelve imprescindible lograr la más amplia desinformación de la sociedad mediante el control riguroso de la producción discursiva.

La izquierda de los países capitalistas ha tenido que recorrer un largo camino para estar en posibilidad de apreciar en forma crítica lo que sucede en el socialismo real. Esa distancia ha sido cubierta de manera desigual por los diferentes segmentos de la izquierda en los diversos países del mundo occidental. Era natural y previsible que las rupturas anticapitalistas recabarían de modo inmediato y automático la adhesión entusiasta e incondicional de parte de quienes en el resto del mundo pugnaban por rupturas semejantes. Ese apoyo solidario no podía desaparecer, por supuesto, de la noche a la mañana y menos cuando las visiones críticas eran impulsadas casi siempre por quienes no tenían otra finalidad que mantener la forma capitalista de organización social. En efecto, la idea falsa de que toda evaluación crítica de la experiencia histórica del socialismo real es una simple modalidad del pensamiento anticomunista, arraigó en círculos de izquierda no sólo por las inclinaciones dogmáticas que éstos desarrollaron, sino también por la reiterada comprobación de que con frecuencia se trataba más bien de fortalecer la defensa del orden constituido. Todavía hoy la derecha ilustrada de nuestro país (para no hablar ya de los sectores empresariales y de los publicistas reaccionarios), a la vez que se muestre altamente preocupada por la falta de democracia en el campo socialista, se siente obligada a formular juicios ridículos como, por ejemplo, que íEstados Unidos no es una potencia militarista! En otras palabras, dado que la derecha de los países capitalistas se desentiende de las perspectivas democráticas en sus respectivas sociedades y está atenta sólo a la negación de la democracia allí donde se ha eliminado la propiedad privada, contribuye a reforzar la identificación que la izquierda primaria suele establecer entre defensa del capital y defensa de la democracia. El discurso democrático pierde credibilidad por las numerosas veces en que es formulado por quienes a la vez promueven mecanismos despóticos para la reproducción de los privilegios vigentes.

La política internacional estadounidense es la mejor ilustración de lo anterior. Junto a la firme denuncia de la antidemocracia reinante en el socialismo real, Washington es desde hace mucho tiempo el respaldo fundamental de los gobiernos más bárbaros y genocidas del Tercer Mundo. Detrás de casi todas las tiranías del capitalismo dependiente está la ayuda de la Casa Blanca. Serían impensables las formas brutales de ejercicio del poder, en el área centroamericana, por ejemplo, sin la intervención militar estadounidense. Washington participa de manera decidida en el aplastamiento de la democracia chilena y a la vez pretende erigirse en el más severo juez de la conducta del gobierno cubano. Los sostenedores de la dictadura somocista aparecen ahora como los críticos más implacables del sandinismo. No sería preciso recordar hechos elementales de la vida política contemporánea, si no fuera porque la farisaica derecha ilustrada omite aspectos decisivos de la realidad actual. Las clases dominantes sólo exhiben preocupaciones democráticas cuando está en juego su sistema de dominación, pero es insensato responder con el mismo rasero y alimentar demandas democráticas nada más donde prevalece el régimen de propiedad privada.

La idea de que el enfrentamiento de bloques es manifestación de la lucha de clases en escala mundial, peca del mismo espíritu reduccionista presente en la tesis reaganiana según la cual todos los conflictos sociales y políticos constituyen una manifestación del antagonismo Este-Oeste. El pensamiento de izquierda queda embotado si en aras de aquella idea cancela o suspende su juicio crítico respecto al socialismo real. Es comprensible que quienes despliegan la lucha social en el Tercer Mundo, con frecuencia en condiciones de terrible opresión, concedan poca atención al debate en torno al carácter de las sociedades surgidas de las rupturas anticapitalistas. El futuro del movimiento social depende, sin embargo, de su capacidad para no disociar el esfuerzo de transformar la sociedad en una dirección tendencialmente socialista y la preocupación por una verdadera consolidación de la democracia. La expropiación de los medios de producción, pero sin libertad de expresión, autonomía sindical, pluralismo político e ideológico, información fluida, colectivización de las decisiones y socialización del poder, podrá constituir sociedades más igualitarias pero ahí no cristalizará una sociedad socialista.

El asunto de la democracia es inseparable de la cuestión del socialismo. Justo porque en las sociedades capitalistas la democracia es siempre restringida o de plano erradicada, es preciso concederle un lugar central en todo proyecto de cambio social en la dirección mencionada. Si bien en los países capitalistas del centro, la prolongada lucha de clases dominadas y las favorables condiciones creadas por la capacidad de arrancar excedente producido en el resto del mundo, han conducido a significativos avances en la democratización social, una abundante experiencia histórica muestra que la dinámica propia del capitalismo periférico es profundamente hostil a los menores resquicios democráticos. Aquí la democracia será resultado del movimiento popular o no será. Una preocupación consecuente por las perspectivas democráticas en el Tercer Mundo no excluye, todo lo contrario, la preocupación similar al respecto a tales perspectivas en el socialismo real. La circunstancia de que el neoconservadurismo haya hecho del asunto de la democracia en el campo socialista una plataforma publicitaria, no exime a la izquierda de reflexionar críticamente sobre su actitud ante el problema de la democracia, no sólo en referencia a su tratamiento teórico de la cuestión, sino también en relación con los efectos de su práctica política.

 

Carlos Pereyra