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Hay consenso entre quienes se ocupan del análisis de la crisis, que esta se presenta ya como un fenómeno de carácter orgánico. Se afirma, que esta vez no estamos frente a una mera situación de coyuntura sino que apenas estamos presenciando un doloroso parto que tiene aún un transito de larga duración. Crisis económica sí, pero también agotamiento del patrón de acumulación y del modelo del desarrollo; ello aunado a una crisis de las instituciones políticas, de los aparatos ideológicos y, aún más, una aguda crisis de confianza y de legitimidad del Estado mexicano.

El gobierno ha manifestado su preocupación por resolver la crisis, y para ello ha diseñado una estrategia de recuperación que aún no muestra signos de efectividad. Paralelo a la ineficiencia de sus resultados a corto plazo, las medidas instrumentadas presentan tendencias a afectar negativamente a los sectores populares y a las clases trabajadoras del país. La restricción como política, ha hecho comprimir al máximo los salarios disminuyendo el poder adquisitivo de la clase trabajadora, ya de sí minado por los altos índices inflacionarios; efectos que se recrudecen por la cancelación de un importante número de tareas que se inscribían en el marco de las políticas sociales del Estado y que hoy día han sido suprimidas como resultados de la restricción presupuestal del sector público.

El proceso de modernización de los últimos años trajo consigo una profunda transformación de la sociedad; nuevos grupos y sectores sociales fueron emergiendo de la descomposición del México rural. Sin embargo, la modernización no se acompañó de un desarrollo social de la misma magnitud, el patrón de acumulación instrumentado fue conformando una sociedad cada vez más desigual, tanto en la distribución del ingreso, como en la concentración de la propiedad y de los recursos productivos. El desarrollo desigual que ha caracterizado nuestro proceso, ha dejado por consiguiente un importante contingente de desposeídos y marginales; un significativo número de mexicanos fue quedando fuera de los beneficios de la industrialización. El fenómeno de la marginalidad ha sido una consecuencia del modelo de crecimiento industrial del país, en los últimos años la polarización social se ha recrudecido. En el contexto de la crisis, las tendencias a privilegiar a los menos y a comprimir a los muchos, parecen manifestarse incluso como procesos incontrolables. Las políticas de gobierno orientadas a favorecer a los sectores marginales, frecuentemente se revierten sin que los beneficios de la acción estatal incidan de manera significativa en los niveles de vida de este importante grupo poblacional. Por el contrario, los efectos más agudos de la crisis han sido resentidos con mayor intensidad en los distintos grupos sociales que constituyen el amplio sector de los marginados.

Pero los marginales no sólo han quedado fuera de los beneficios de los procesos modernizantes, las reformas políticas y las posibilidades de su representación y participación política tampoco han logrado trascender las barreras de los sectores tradicionalmente corporativizados. Los cambios que con gran rapidez se han suscitado al seno de la sociedad civil no han encontrado sus transformaciones correspondientes en la sociedad política, que se ha mantenido sin modificaciones de trascendencia afirmando en un anquilosado sistema político que ha sido incapaz de absorber a los nuevos protagonistas que como categorías políticas específicas irrumpen en la escena de la lucha de clases. Los llamados grupos minoritarios hoy en día conforman una masa política que amenaza con desestabilizar el ya caduco e inoperante sistema político de corte tradicional. La emergencia de nuevas formas organizacionales, que se expresan incluso fuera de los límites partidistas y con manifestaciones de creciente autonomía, se advierten particularmente en aquellos grupos identificados como “marginales” (las “bandas” de los jóvenes de las colonias populares, las invasiones urbanas que protagoniza la CONAMUP y otras organizaciones afines, las numerosas organizaciones indígenas que se presentan como fenómeno inédito en la historia política de nuestro país, las expresiones culturales de tepito arte a’ca, etc.). Nuevos protagonistas del México rural y urbano, con demandas propias, con novedosas manifestaciones políticas surgidas de la creatividad popular están diseñando formas nuevas de organización y de defensa. La toma de las calles y de las bardas; reuniones convocadas por ellos mismos, con la exclusión de los agentes oficiales y oficiosos; revistas, murales, pasquines, etc., son tácticas, recursos populares que forman parte de una lucha política dirigida a crear consenso entre la sociedad civil, así como a constituirse en importantes grupos de presión que incidan en la obtención de beneficios, así como en la conducción y transformación conjunta de la sociedad.

La importancia de la movilización popular no puede ser entendida fuera de la situación de crisis orgánica que cruza actualmente nuestro país; movilización que es portadora de sus propias respuestas para su solución. El conocimiento de las mismas es un trabajo que aún no se realiza y que reclama su urgente tratamiento.

Araceli Burguete Cal y Mayor

Centro de Estudios Económicos

y Sociales del Tercer Mundo.