La pequeña isla arenosa que parte el río Sena donde se sienta la catedral de Nuestra Señora de París se llama Île de France: Isla de Francia. En su costa este tiene una pequeña colina donde sus primeros pobladores, hombres de la Edad de Hierro de origen celta o galés que le dieron al país su nombre original —Gaule, o Galia—, erigieron dos o tres siglos antes de Cristo un templo de madera en honor a Esus, el coloso leñador; al toro Taruos Trigaranos; a Ceruno, el hombre con cornamenta de ciervo, y a las diosas madres de la fertilidad —a veces representadas en una sola mujer y, a veces, en trío, como las parcas: Rosmerta, Cantismerta y Atesmerta—, también responsables de la guerra, del gobierno, de la abundancia y de la medicina. Julio César quien, en Alesia, alrededor de 52 años antes de Cristo, consignó en sus Memorias de la guerra de las Galias el camino hacia una dura victoria sobre el jefe galo Vercingetorix, se maravillaba de la sabiduría de sus druidas y de la ferocidad con que estos hombres de cabello rojizo adoraban y defendían a sus divinidades, a quienes sacrificaban humanos apuñalándolos o colgándolos de sus robles sagrados. Quizá por eso en París no quedan más ruinas romanas que parte de las viejas termas en lo que ahora es el museo de Cluny, pero el templo galo sigue allí, en el mismo sitio donde fue erigido hace 23 siglos, guiñándonos sus orígenes primigenios desde la advocación cristiana de Nuestra Señora de París.

Notre Dame

Ilustración: Alberto Caudillo

Con la llegada del imperio, el templo de madera dedicado a los dioses de la naturaleza fue sustituido por uno de piedra que albergaba tanto al culto celta como al romano, construido por los prósperos navegantes de la rebautizada Lutecia más o menos cuando Jesús de Nazareth predicaba entre las arenas palestinas. Para cuando Roma comienza a desmoronarse —un poco por las invasiones y saqueos a manos de los godos alrededor del siglo V a.C., un mucho por la conversión de Constantino, quien hizo de su nueva religión la única oficial, sustituyendo la primacía ciudadana del Estado romano por la devoción hacia la Santa Madre Iglesia—, ese templo de piedra fue convertido, entre el siglo IV y el siglo VII, en una basílica de mármol y mosaico dedicada exclusivamente a san Esteban. Para entonces la ciudad había dejado su nombre romano para tomar el de sus fundadores celtas, los parisii, aunque tanto éstos como sus colonizadores latinos habían caído ya a manos de los francos, tribus guerreras procedentes de las vecindades del río Rin que, luego de saquearlo, se asimilaron al imperio romano primero como sus mercenarios y, muy pronto, como sus usurpadores; la autoridad central de Roma se desvanecía entonces a pasos agigantados para ser suplantada por una sucesión de hombres fuertes acicateados, la más de las veces, por los canónigos u obispos locales, testaferros de la única autoridad transfronteriza capaz de aglutinar la voluntad de los pueblos dispersos y huérfanos luego de la pérdida de la pax romana. Los príncipes de la Iglesia le dispensaban a los príncipes a secas la necesaria legitimidad moral y la consiguiente sumisión popular a cambio de protección, generosas dádivas en especie y de un ejercicio tácito de poder compartido.

En Frankia, como se llegó a conocer la tierra bajo su mando, Clovis I, coronado en 481 a.C., expandió y unificó sus dominios, venciendo y expulsando a los jefes visigodos o romanos hasta quedar como el único rey de un vasto territorio que, en su época máxima, llegó a abarcar desde lo que hoy es Normandía hasta el Mediterráneo, y del Atlántico y el norte de España hasta Alemania, con París como su capital y con Notre Dame como su basílica primaria. Cuando, tras su matrimonio con la cristiana Clotilde, Clovis se convierte a la Iglesia de Roma, las pocas instituciones reticentes a aceptar su dominio capitulan, inaugurándose así la dinastía Merovingia —de Merovio o Meroveo, por el abuelo de Clovis que primero llegó a esas tierras— y, con ella, el mayor centro de poder de lo que luego conoceríamos como Europa; el papa romano, asediado por los ejércitos que continuamente pasaban por su territorio, dependió una y otra vez de los guerreros francos para su salvaguardia, y los obispos franceses llegaron a tener sobre la Iglesia, en lo administrativo y en lo dogmático, más poder y primacía que el pontífice; tan es así que instalaron a su propio Papa en Avignon cuando así les convino, aunque esa es otra historia.

Al paso de los siglos la dinastía Merovingia se debilitó y, en un golpe de poder, la coparon sus lugartenientes, los Carolingios, quienes, además de traicionar a sus reyes y erigirse en sucesores auténticos del imperio romano —Sacro Imperio Romano desde el día de Navidad del año 800, cuando el papa León III coronó así a Carlomagno, oficializando en Europa la tóxica hermandad entre la mitra y la corona—, y a pesar de sentar el nuevo emperador su capital en Aix-la-Chapelle, o Aachen, nombraron a Notre Dame catedral. De una línea ilegítima de los Carolingios surgieron los Capetos, a su vez rama madre de los Valois y de los Borbones, cuya sangre llegó a irrigar toda casa real de Europa hasta que la derramaron en la plaza de la Concordia bajo la revolucionaria guillotina.

Para el siglo XII la vieja basílica de san Esteban les había quedado a los reyes francos, los más poderosos y ricos del mundo conocido, demasiado chica. Habiendo latinizado el nombre de su fundador, Clovis, a Lovis o Luis, uno de sus portadores, Luis VII, nacido en 1120 en París, llegó a fundar la universidad de la ciudad, a encabezar la desastrosa segunda cruzada y a mandar erigir una Notre Dame gótica más o menos como la conocemos. El palacio real, a la orilla contigua del Sena, reflejaba la autoridad dual entre la Iglesia, encabezada en ese momento por el obispo Maurice de Sully, y el Estado. Al inicio de su construcción, que las crónicas citan entre el 24 de marzo y el 25 de abril de 1163, con el papa Alejandro III traído de Italia para colocar la primera piedra, Nuestra Señora de París fue concebida como la catedral más grande y más majestuosa de Europa: sus arbotantes vertiginosos, su altísimo domo acanalado y sus vitrales caleidoscópicos fueron diseñados para hacerle sentir al empequeñecido peregrino la omnipotencia de Dios, de la Iglesia y del rey. Su espira, construida un siglo después, y el esqueleto de orfebrería de su techo fueron armados con más de 12 mil robles añosos, reforzados con plomo; las firmas talladas de sus carpinteros podían verse en sus troncos a casi mil años de distancia. A partir de entonces no hubo ejército francés cuya bandera no fuera bendecida en su atrio, incluyendo a la de la tercera cruzada, desde allí lanzada. Como regalos de Luis IX, o San Luis Rey, su tesorería dice contar, comprados a un alto precio en Tierra Santa, con la corona de espinas, un clavo de la cruz y un pedazo del madero. En su plaza el gran maestre de los Caballeros Templarios, Jacques de Molay, maldijo en 1314 al rey, Felipe IV, y al papa Clemente V luego de ser torturado y sentenciado a morir en la hoguera junto a sus lugartenientes. Allí fue canonizada Juana de Arco, y Felipe el Hermoso inauguró el Ancien Régime, lanzando los Tres Estados que definirían la administración y la vida social y política del reino hasta la revolución. No hubo presidente que no fuera velado bajo su bóveda, incluyendo Charles de Gaulle. Napoleón se coronó allí. Un Magnificat sonó desde su órgano cuando París fue liberada en 1944, y todas las carreteras de Francia tienen a sus entrañas como el punto cero. Una de sus capillas laterales está dedicada, a petición del entonces arzobispo primado de México, Luis María Martínez, a la virgen de Guadalupe —la reproducción de la bella imagen, de mosaico, quedó intacta luego del reciente incendio—, y el 11 de febrero de 1932 Antonieta Rivas Mercado se suicidó al pie de su altar, disparándose con la pistola que había sido de su amante, José Vasconcelos.

Luis XIV destruyó gran parte de su abigarrada carpintería gótica, remplazándola por una decoración que consideró más elegante y clásica. En la revolución fue expropiada por la nación, como el resto de las propiedades eclesiásticas y, aunque el pueblo decapitó las estatuas de los apóstoles y profetas en sus fachadas, confundiéndolas con las de sus viejos reyes, el edificio fue respetado, convirtiéndolo en un templo jacobino a la Razón con todo y su estatua central, dedicada a la Libertad; en su atrio se hicieron festivales de aires paganos, con muchachas en togas, flores en la cabeza y bandas de sedas coloridas, una llama eterna se montó en su altar mayor y la inscripción “A la Filosofía” fue tallada en sus portones de madera. Robespierre, a quien esos excesos le parecían degenerados, cambió la devoción por la del Ser Supremo y esterilizó los ritos. Las misas no volverían hasta cuando Napoleón reinstauró, en 1801, el catolicismo en Francia, regresando a las iglesias del país, mediante un concordato, al uso eclesiástico, aunque manteniendo su posesión; desde 1905 todas las catedrales, como monumentos artísticos e históricos de una república laica, pasaron a ser propiedad del Estado francés. La inserción de la catedral en el imaginario colectivo moderno, sin embargo, no llegaría hasta 1831, cuando Victor Hugo escribió su jorobado; la nueva popularidad le brindó al edificio, para entonces en ruinas y habiéndose considerado su demolición, una segunda vida a través de una restauración mayor comenzada en 1844 a manos de los arquitectos Jean-Baptiste Lassus y Eugène Viollet-le-Duc, quienes, entre otras cosas, remplazaron tabla por tabla la gran espira central, que había sido retirada por ruinosa en 1786, añadiéndole ornamentaciones y volutas y alargándola unos cuantos metros.

Notre Dame había comenzado, en 2018, otra de sus renovaciones exhaustivas: las dos grandes guerras y la polución moderna minaron sus cimientos; su cantera se resquebrajaba, enmohecida por la humedad; sus gárgolas que no habían caído estaban carcomidas, apuntaladas al vapor por tubos de PVC, y sus vitrales dejaban pasar aquí y allá estrellas de sol. No hace falta decir que carecía de las medidas de seguridad más básicas, como aspersores, alarmas o extinguidores. Su presupuesto anual, de dos y medio millones de dólares, era insuficiente hasta para las reparaciones más urgentes. La tarde del 15 de abril causas por determinar la hicieron arder por cerca de 12 horas —se habla de un corto circuito, del cigarrillo de alguno de los trabajadores o de químicos y solventes mal manipulados, no de algún atentado; el único de seriedad contra esa catedral se dio el 4 de septiembre de 2016, cuando un coche cargado de explosivos y propaganda del Estado Islámico fue estacionado en uno de sus costados, afortunadamente descubriéndose antes de detonar—, derribando su veleta en un suspiro colectivo de desesperación e impotencia. El techo entero fue consumido, dejando la estructura principal frágil, aunque más o menos salva, incluyendo a sus dos torres y a la fachada principal. Pero las paredes laterales, por su larga exposición al fuego, han quedado quebradizas, incluyendo las que sostienen majestuosos rosetones y la que carga el órgano, aún en riesgo de colapsarse. Por ese motivo, y porque el plomo con que se amalgamaban algunos elementos constructivos fue volatilizado en un polvo tóxico, la catedral está acordonada a cuadras a la redonda.

En el resto de París la gente habla con tristeza de la pérdida, pero la vida parece seguir. Ya casi no hay quien llegue, como en los primeros días, a arrodillarse en las plazas vecinas, en las intersecciones, en las banquetas, para rezar el rosario con veladoras en las manos y, a veces, a llorar. Eso no quiere decir que Francia va a abandonar a su corazón de piedra: el presidente Emmanuel Macron prometió que la reconstrucción comenzaría al día siguiente de la catástrofe. Casi mil millones de euros han sido prometidos por individuos e instituciones para tal fin.

Alrededor de 30 mil almas visitaban Nuestra Señora de París cada día. Entre 1977 y 1980 yo fui una de ellas, acudiendo cada fin de semana cuando salía del colegio, refugiándome de una matrona española de muchos aspavientos y pocas pulgas y, sobre todo, del exilio de mi universo conocido. Entonces, además de uno que otro viajero, habitábamos las tardes sabatinas de Notre Dame un par de ancianas malencaradas rezando el rosario, uno que otro sacristán acomodando patenas o manteles sobre el altar y una niña mexicana que, sorprendida, no se cansaba de admirar el encaje de cantera gris, las ocasionales nubes de incienso mezcladas con el petricor, la frescura y la oscuridad protectoras, las bancas de madera crujiente, los arcoíris de los vitrales moviéndose con el sol sobre el granito del piso, y el silencio y la soledad propia de las iglesias europeas antes de la llegada de los detectores de metales y de las colas para comprar boletos; cuando alguien como yo podía recorrer sus pasillos y recovecos sin ser molestada. Me parecía encontrar allí un sentimiento de permanencia, una voluntad de belleza majestuosa, un vuelo de eternidad que me daban a mí y a la humanidad entera una casa que de otra manera nunca tuve y que me llenaba de paz.

Las veces que he tenido la suerte de regresar a París no he dejado de visitar la catedral. La pérdida de mi fe de niña no ha hecho mella alguna en el asombro que me causa. A la semana del incendio estuve allí. Apenas pasado el Pont Neuf, el puente que cruza el norte del Sena hacia la isla, percibí claramente un olor que se adhería al aire de esa parte de la ciudad y que no se despejaba con el viento ni con las lluvias primaverales: un olor pernicioso, acre y orgánico, a 23 siglos de historia quemada.

 

Roberta Garza
Periodista.

 

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