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Me gustaría saber qué significa un escritor maldito en la actualidad, cuando los asesinatos se explayan en todas direcciones y cualquier burócrata o funcionario cínico, corrupto o ladrón puede hacer el mal a manos llenas. Un escritor, si tiene talento para conmover, si se halla fuera de toda clasificación o corral estético, no podría considerarse “maldito” a riesgo de hacer evidente su inocencia. He conocido a lo largo de mi vida a escritores indeseables, no a causa de sus escritos, sino de su persona. Por el contrario, he trabado amistad con escritores buenos como el pan en sus sentimientos, pero cuya literatura repele a las morales incluso más tolerantes y abiertas. El escritor y artista maldito es un permanente amigo de la muerte; ésta bebe y duerme a su lado, es la más asidua invitada de sus creaciones. De tanto representarla la olvida y se transmuta en ella. Félix de Azúa (autor de Diario de un hombre humillado e Historia de un idiota contada por él mismo) escribió un ensayo acerca de Baudelaire en el que sugiere que la ingenuidad agresiva del poeta francés lo llevó a creerse un artista innovador: “El animal seguro de su mismidad no precisa alteridad alguna y propicia una comprensión viva de la muerte”. “Y, sin embargo —sigue Azúa—, el fracaso es lo único que Baudelaire podrá experimentar personalmente, por mucho que nosotros (pero sólo nosotros) sepamos la esperanza que hay en su poesía”. La conciencia del fracaso inminente, de la enfermedad que acecha, de la maldad que aguarda la oportunidad para trastornar nuestros pasos, todo ello acosa al espíritu romántico que a su vez ha dado lugar al artista maldito. Que un escritor sea moral o civilmente incorrecto o irrespetuoso de las normas morales imperantes de la sociedad en la que vive, que transgreda costumbres sagradas o intocables, que su impertinencia lo haga notable y despreciable parecen ser características de un artista maldito. Ahora bien, todo ello a condición de que el mito que encarna posea un sentido creativo, literario o artístico y no se concentre en el fracaso y la autodestrucción que pueden azotar a cualquier persona. No basta inmolarse y vivir una vida traumática, disipada o marginal sin ninguna obra, ya que en ese caso una buena parte de la población mexicana, por ejemplo, tendría que considerarse maldita.

El escritor maldito

Ilustración: Ricardo Figueroa

Céline, Charles Bukowski, Thomas Bernhard, Carlos Droguet, Fernando Vallejo son artistas de la icomodidad, del desapego social y el odio o indiferencia hacia la humanidad, o hacia una clase o porción de ella; los judíos, en el caso de Céline, los austriacos en el de Bernhard, o los católicos desde la mirada inclemente del escritor colombiano. No me detendré a escribir acerca de la íntima relación entre el movimiento romántico y la malditez de algunos artistas, pero los vasos comunicantes son sencillos de descubrir, no sólo a partir del pietismo alemán y el romanticismo de las letras inglesas o alemanas, sino desde la vena estética que ha ligado y alimentado a escritores de todos los tiempos, desde Shakespeare, Hamann y Goethe hasta los hipsters de los años cuarenta en Estados Unidos, los beats y los artistas posmodernos, por ejemplo. “Si llevamos —escribió Isaiah Berlin— el romanticismo a sus últimas consecuencias éste termina siendo una forma de demencia”. El escritor maldito es, antes que nada, un individuo y crea a partir de su soledad una especie de traje inmune, de orgulloso exilio, preso de una arrogancia que lo lanza hacia la marginalidad.

Sería ingenuo separar de manera tajante obra y autor ya que ambos de alguna forma se entrelazan y se corresponden. Al maldito le incomoda la idea o noción de los ideales universales por más que practique el desapego y el individualismo de manera contundente, le molesta lo sistemático (Dostoievski odiaba las ciencias naturales, John Keats experimentaba un sentimiento similar hacia las matemáticas), el orden impuesto, la academia y algunos de sus métodos castrantes de la sensibilidad; por otra parte, no sólo se halla seducido por el arte, sino que él quiere representar a través de su actitud y obra el arte encarnado, el centro de todo lo que ocurre a su alrededor, encuentra en el placer una brújula personal que apunta hacia las direcciones más extravagantes; el placer, la ironía, la autodestrucción e incluso el sufrimiento como formas de conocimiento son para el maldito un necesario e ineludible tránsito por la vida hacia la libertad. Si para Thomas Bernhard el mundo representa una disminución progresiva de la luz es porque tal languidecimiento lo alejaba de una humanidad simpática o inclusiva. Cuando Krista Fleischman le preguntó al escritor austriaco qué lo mantenía vivo, él respondió: “la fe en la pensión mínima —la muerte siempre está pensando en mí y se pregunta: ¿cuándo podré llevármelo a casa?”. Termino esta breve nota arriesgando una opinión: es posible que el artista maldito sea una invención del religioso apasionado, del mitómano o del historiador cursi que no pueden pensar ni vivir sin héroes aunque estos héroes, en caída, se precipiten hacia las más ambiguas y perturbadoras oquedades de la imaginación.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.